16/10/13

Tristeza

La vida se había convertido en algo muy similar a la muerte. Todo era silencio y penumbra, monotonía y quietud. La desgarradora tristeza, sin llegar nunca a desaparecer del todo, se había ido calmando poco a poco, como una bestia salvaje que se refugia para hibernar en lo más profundo de una oscura cueva. Otras sensaciones habían aflorado en su lugar: la apatía, el vacío, la desesperanza…

Sentada en el sofá, junto al ventanal, dejaba transcurrir las horas sin hacer nada  salvo respirar. Una densa bruma se había elevado en torno a sus recuerdos; un mecanismo de defensa contra la realidad. Tanto tiempo sin pensar, con la mente vacía, sin revivir los hechos, sin derramar más lágrimas…

Y, entonces, algo captó la atención de sus ojos. Allí, sobre el cristal, estampada en el frío vidrio, la huella de unas manos infantiles, una marca que nadie había visto, o que nadie se había preocupado por limpiar.

En su interior, la tristeza abandonó su letargo, tan salvaje y desgarradora como el día en que murió su pequeño.

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