13/12/16

La vida es horrible y todos lo sabemos pero nos gusta hacernos los tontos

Por todo el cosmos se están produciendo decesos estelares, supernovas que iluminan más que galaxias, que se expanden a lo largo de decenas de años luz y cuyos restos exánimes tardan mil siglos en disolverse en el vacío espacial, y yo, aquí, sentado, mirándome los pies, con el pelo sucio y las encías enfermas de tanto fumar, aburrido, indiferente ante la fragilidad de mi futuro, cansado de completar ciclos, ignorando toda la belleza del conocimiento, toda la fuerza poética que hay en cada brizna de polvo, dejándome arrastrar, resignado ante las macabras reglas de este juego insoportable.

Como ciudades en ruinas, como Sardes, como Éfeso, así me yergo ante la ventana de mi habitación, una ventana con cristales manchados de gotas secas que distorsionan la imagen de mi barrio-cementerio, así me alzo, derrotado, como un gigante con osteonecrosis, y observo al viejo que vive enfrente, ese viejo con cara de asesino que tiene a tres pájaros enjaulados, tres criaturas inocentes que morirán en soledad sin haber sabido nunca cómo es la vida más allá de los barrotes.

No conozco a las mejores mentes de mi generación, no tengo ni idea de sus nombres, no sé cómo son sus caras ni en quién piensan al masturbarse, pero es probable que muchas de esas mentes privilegiadas estén ahora mismo muriéndose de hambre, es posible que se estén desangrando en un precario hospital de campaña, los huesos astillados, la carne quemada, los músculos desgarrados por una bomba de racimo que cayó demasiado cerca, o puede que su piel se halle llena de ampollas, que estén vomitando y teniendo diarrea, que se hayan quedado ciegos y se encuentren convulsionando en la cama después de haber estado expuestos a una nube de gas mostaza o puede que estén sufriendo una violación en grupo o puede que estén sentados viendo la tele o pensando en cómo medrar en el trabajo a costa de sus compañeros menos ambiciosos, lo único que tengo claro es que yo no he sido ni soy ni seré una de las grandes mentes de mi generación.

Todas esas capas de mugre sobre nuestras cabezas, toda esa miseria moral repartida entre cierto porcentaje de la población, el silencio eterno hacia el que caminamos, esa angustia punzante cuando piensas en ello, la ausencia de luz y la ausencia de oscuridad, el abismo, el vacío sin fin, la nada, como cada una de las gotas de paciencia de un vaso hecho añicos contra el televisor, la futilidad absoluta, el sinsentido perfecto, como una máquina enamorada de su creador, como un tumor en el cerebro de un bebé, y pienso: ¿para qué todo esto?, ¿hacia dónde se dirigen nuestros pasos?, ¿qué mensaje pretenden transmitir esos aullidos inhumanos que escucho en mitad de mis pesadillas?

A veces pienso en las medusas, esos seres extraños que no parecen de este mundo, que se desplazan por las profundidades oceánicas con la gracia de un ángel, esos animales gelatinosos y tubulares, afortunados por carecer de cerebro y corazón, esas lágrimas del mar, odiadas por la humanidad odiosa, seres bellos que no sufren, luminosos y translúcidos, hechos de agua, radialmente simétricos, únicos y perfectos, y pienso en sus vidas mágicas, en su tránsito despreocupado, en cómo se frotan unas con otras sin que nada les importe, en cómo vuelan entre las vastas masas del cielo acuático, y siento envidia y casi rencor, porque han tenido suerte, tanta suerte como las plantas, han tenido la suerte de no ser nada, se han llevado toda la suerte para ellas mientras los malditos, aquí, en el infierno, estamos expuestos a la crudeza de la realidad, aquí, los condenados, los poseedores de redes neuronales complejas que nos hacen caminar sobre las arenas movedizas de la vida, donde un paso en falso puede llevarte al dolor, al sufrimiento extremo, ese que millones de seres están padeciendo en este instante, ahora mismo, por todo el mundo, tal vez por todo el universo, ese que tú y yo podríamos experimentar en cualquier momento, el precio que pagamos por la posibilidad del amor, la amistad, la literatura, el sexo, la música, las puestas de sol o las gotas de lluvia golpeando contra los cristales.


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