30/4/20

«La comedia nueva» o el triunfo de Moratín

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RESUMEN


El presente trabajo, realizado como parte de la evaluación de Teatro Español de los siglos XVIII al XXI, asignatura de cuarto curso del Grado en Lengua y Literatura Españolas de la UNED, contiene un análisis de la obra La comedia nueva o El café, del dramaturgo español Leandro Fernández de Moratín en el que se estudian aspectos como la estructura, los personajes, el contexto teatral o las unidades dramáticas.

Palabras clave: Moratín, La comedia nueva, El café, siglo XVIII, comedia neoclásica.


ABSTRACT

The present work, carried out as part of the evaluation of Spanish Theater from the 18th to the 21st centuries, subject of the fourth year of the Degree in Spanish Language and Literature from UNED, contains an analysis of the play La comedia nueva or El café, by the playwright Spanish Leandro Fernández de Moratín in which aspects such as structure, characters, theatrical context or dramatic units are studied.

Keywords: Moratín, The new comedy, The cafe, XVIII century, neoclassical comedy.

Escena de La comedia nueva, representada por la CNTC

MORATÍN Y EL TEATRO NEOCLÁSICO

Vino al mundo don Leandro Fernández de Moratín el 10 de marzo de 1760 y lo hizo en el Madrid del por entonces recientemente coronado Carlos III. La vida de nuestro autor se iba a encontrar desde el principio en cercana relación con la literatura y los debates artísticos de su tiempo, habida cuenta de que fue hijo del también dramaturgo y poeta don Nicolás Fernández de Moratín y de que nació en el período en el que los valores neoclásicos continuaban su proceso de arraigo en la sociedad española (Pedraza y Rodríguez, 1981: 34). 

No parece que disfrutase de una infancia demasiado feliz. Las marcas en su rostro producto de un brote de viruela que puso en peligro su vida, pudieron afectar profundamente a su carácter, tal como relató su primer biógrafo, Manuel Silvela (Fernández Nieto, 2002: 17), aunque Pedraza y Rodríguez (1981: 327) opinan que los efectos de esta enfermedad en Moratín siempre se han sobrestimado y que tal vez solo potenciaron en cierta medida su introversión innata. Por otra parte, el propio Moratín describe en su Autobiografía el solitario y sombrío deambular de un muchacho que no tiene amigos, que no aprende los juegos propios de su edad y que, nada más terminar las clases, se marcha directamente a casa, donde escucha las tertulias literarias de don Nicolás y sus compañeros y se refugia en la lectura de los clásicos de las letras españolas (Fernández Nieto, 2002: 18).

Don Leandro Fernández de Moratín
Todas estas circunstancias, unidas a una natural inclinación hacia la ironía y la burla (lo cual entraba en contradicción con su carácter reservado) debieron ir configurando el destino literario de nuestro autor. Y es que, aunque no cursó estudios superiores y comenzó pronto a trabajar como joyero, no tardó mucho en cosechar sus primeros éxitos en el mundo de las letras. Con tan solo diecinueve años se hizo con un accésit en un concurso de poesía convocado por la RAE, logro que repetirá tres años después con la obra Lección poética. Sátira contra los vicios introducidos en la poesía castellana, en la que censura los excesos barrocos (Pedraza y Domínguez, 1981: 419), anticipando la que sería una de sus principales puntas de lanza a lo largo de su vida.

Por aquel tiempo, tiene lugar otro hecho que resultará trascendental en la producción literaria de don Leandro, aunque diferentes críticos relatan distintas versiones. Según Fernández Nieto (2002: 18-19), contando Moratín con veinte años y enamorado de una vecina quinceañera llamada Sabina Conti, tuvo que ver cómo esta era casada con un primo suyo que le doblaba la edad. Por su parte, Andioc (2006: 9-10) asegura que el amor por esta adolescente fue platónico, que su casamiento tan solo debió dejarle «algún cuidadillo en el corazón» y que el auténtico suceso que marcó a nuestro joven literato fue el matrimonio forzado con un viejo al que se vio condenada una joven con la que sí que mantuvo relaciones y de la que nunca desveló su identidad. En cualquier caso, lo que es seguro es que el tema de los matrimonios de conveniencia devino en una constante en su obra dramática, llegando a ser calificada de obsesión, pues, lo convirtió en el asunto central de todas sus comedias originales, salvo en La comedia nueva, aunque incluso en esta aparece de forma secundaria, tal y como veremos más adelante. 

No tardará Moratín en comenzar a desarrollar su producción dramática y, en 1790, estrenará su primera obra, El viejo y la niña, a la que seguirán (obviando por ahora La comedia nueva) El barón (1803), La mojigata (1804) y El sí de las niñas (1806), sobre las que no podemos detenernos demasiado por falta de espacio. Todas son enmarcables dentro del género denominado comedia neoclásica, del cual será don Leandro el máximo exponente, alcanzando la maestría en un proceso que venía puliéndose desde los años sesenta, con intentos más o menos logrados llevados a cabo por dramaturgos como Moratín padre o Tomás de Iriarte (Álvarez, 2005: 214-215). Este tipo de comedias se basa en los preceptos neoclásicos y, por tanto, respeta las unidades de tiempo, espacio y acción, busca la verosimilitud en escena, trata asuntos cotidianos y atiende al decoro y al buen gusto. Por otro lado, se guía por la máxima horaciana prodesse et delectare, es decir, por la concepción del arte como un medio para transmitir una enseñanza. Moratín aplicó con mucha firmeza estas ideas a su literatura, llegando en ocasiones a entorpecer el funcionamiento de sus comedias a causa de su obsesión por la moraleja (Pedraza y Rodríguez, 1981: 330). Según Fernández Nieto (2002: 30), «de no haber sido tan estricto con la preceptiva neoclásica, tal vez podría haber desarrollado una dramaturgia más amplia y extensa, más trascendente de lo que fue». 

A pesar de haber cosechado nuestro autor un notable éxito, en especial con El sí de las niñas, Pedraza y Rodríguez opinan que la comedia neoclásica (que es conocida también como moratiniana) resultó un género fallido en España, dando en numerosas ocasiones obras de muy baja calidad a causa del afán moralizante de los autores, los cuales quedaron muy lejos del modelo original de Molière. Añaden que si don Leandro pudo destacar en este ámbito, fue únicamente por la mediocridad general de nuestras letras dieciochescas (ibid. 318, 329). 

Tras El sí de las niñas, don Leandro no concibió más producciones dramáticas originales, culpando de ello a los ataques y críticas recibidos, aunque es probable que se sintiese desalentado por la imposibilidad de igualar la calidad de su obra maestra (Fernández Nieto, 2002: 50). Vivió una vejez solitaria y sombría, quizá similar a su infancia, y murió en París el 21 de junio de 1828 a la edad de 68 años. 


REFORMISTAS VERSUS TRADICIONALISTAS

A comienzos del XVIII se genera en España un movimiento reformista que intenta llevar los principios de la Ilustración a todos los ámbitos de la vida, recibiendo el rechazo de los partidarios de valores más tradicionales. El teatro se convertirá en un campo de batalla especialmente agitado, ya que era el espectáculo más popular y, por tanto, con mayor capacidad de influir en la población (Álvarez, 2005: 208-209).

El enfrentamiento se va a manifestar con especial nitidez a partir de los años sesenta a través de la dialéctica entre dos formas antagónicas de concebir el hecho teatral: por un lado, la popular, representada por autores como Luciano Francisco Comella, del que hablaremos más tarde, y, por otro, la neoclásica, cuyo principal representante fue Moratín, hijo. La primera gozaba del favor del público y englobaba géneros como las comedias de magia, las comedias de santos o las tragedias heroicas. Según comenta Álvarez Barrientos (ibid.), esta corriente experimentó una progresiva evolución desde principios de siglo, abandonando su barroquismo y adquiriendo progresivamente elementos cercanos a las tesis neoclásicas. Aunque tradicionalmente la crítica la consideró exenta de valor, al no poseer demasiado empaque literario, poco a poco se le ha ido otorgando una mayor importancia al ser analizada desde el punto de vista de la escenografía y la espectacularidad. Respecto a la segunda, ya hemos adelantado sus rasgos al hablar de la comedia neoclásica en el apartado anterior, pero cabe añadir que, si bien se instaló en nuestras tablas como una corriente extranjera, lo cierto es que el teatro español ya había reivindicado una escena más clasicista en el siglo XVI, especialmente a través de Cervantes (ibid.: 213). 

De este contexto de pugna entre el teatro tradicionalista y popular por un lado y el reformista y neoclásico por otro, obtendrá don Leandro el tema principal de una de sus obras más logradas, exitosas y trascendentales, de la cual pasamos a ocuparnos a continuación.


LA COMEDIA NUEVA O EL CAFÉ

La comedia nueva fue llevada a las tablas del Teatro del Príncipe por la compañía de Eusebio Ribera el 7 de febrero de 1792. Se mantuvo siete días en cartel y existe cierta controversia sobre si este hecho constituye un éxito rotundo, moderado o si más bien supone un fracaso. Para Andioc (2006: 30), el estreno de La comedia nueva «fue tan bochornoso» como el de El gran cerco de Viena, la obra ficticia en torno a la cual gira su argumento, aunque explica que los abucheos se debieron a la acción de unos alabarderos, señalando asimismo que la recaudación fue moderada y que el público más aficionado al teatro popular no asumió con gusto que se le aleccionase. En esta línea, Higashitani (Caso y Rico, 1983: 564) opina que el desenlace de la obra resultaría muy decepcionante para un público acostumbrado al enredo. Por su parte, Álvarez (2005: 215) considera que la obra tuvo éxito, pero relativo, mientras que otros críticos apuntan más a un gran éxito sin medias tintas. Saneleuterio (2012: 160) argumenta que los siete días en cartel evidencian un triunfo, tesis similar a la sostenida por Dowling (1988: 38) que considera que tuvo «un verdadero éxito», obteniendo una buena taquilla y recibiendo importantes elogios de la crítica (ibid.: 50). 

Lo cierto es que el posible éxito obtenido por La comedia nueva queda bastante opacado si lo comparamos con el que supuso El sí de las niñas, que, según Andioc, se mantuvo veintiséis días en cartel, superando de este modo a las comedias de magia, logrando unos ingresos elevados y constantes con la venta de localidades de todos los precios (Saneleuterio: 164). Y es que, la importancia de La comedia nueva probablemente estribe, más que en la supuesta acogida favorable del público, en el hecho de haberse convertido en una obra paradigmática del teatro ilustrado (Saneleuterio, 2012: 155), pues no solo cumple con la preceptiva neoclásica, algo común a todas las comedias de Moratín, sino que además da «cabida en ella a un discurso metateatral» mediante el cual se hace eco de la polémica de su tiempo en torno a lo que el teatro debía ser.

A continuación, pasaremos a analizar los elementos de esta «crítica teatral dramatizada», como a ella se refiere Eduardo Vasco, director de la Compañía Nacional de Teatro Clásico (Romera Castillo, 2013: 44).


Estructura y personajes

La comedia nueva se encuentra dividida en dos actos. El primero cuenta con seis escenas y, el segundo, con nueve. La edición de 1825, contenida en Obras dramáticas y líricas de D. Leandro Fernández de Moratín, venía precedida de una valiosa Advertencia del autor en la que se tratan varias cuestiones. Por un lado, explica que sus personajes no están inspirados en individuos concretos (asunto sobre el que hablaremos después) y, por otro, se dedica a reflexionar sobre el futuro de su comedia, así como a relatar el desarrollo del estreno, las reacciones del público, las críticas recibidas o el papel de los actores.

La escena I del acto I comienza con un diálogo entre don Antonio, un ilustrado aficionado al teatro y Pipí, el camarero del café donde se desarrolla la acción. Este informa a don Antonio de que hay unos poetas celebrando el estreno inminente de una comedia nueva escrita por uno de ellos y titulada El gran cerco de Viena. Moratín aprovecha el diálogo para que Pipí vaya presentando a varios personajes del grupo: don Eleuterio, autor de la comedia; doña Mariquita, su hermana; don Hermógenes, prometido de esta; o don Serapio, un aficionado al teatro. Al mismo tiempo, se sirve de Pipí para dar al público toda la información necesaria: don Eleuterio espera, con los beneficios que le aportará la obra, casar a su hermana, doña Mariquita, con el erudito don Hermógenes. Asimismo, conocemos que don Serapio ideó el casamiento y que se deshace en halagos hacia la comedia de don Eleuterio. También aparece por primera vez la cuestión de las reglas, al preguntar Pipí por ellas, pues había escuchado que un grupo de aficionados las mencionaba.
DON ANTONIO.-  Hombre, difícil es explicártelo. Reglas son unas cosas que usan allá los extranjeros, principalmente los franceses.PIPÍ.-  Pues, ya decía yo: esto no es cosa de mi tierra.DON ANTONIO.-  Sí tal, aquí también se gastan, y algunos han escrito comedias con reglas; bien que no llegarán a media docena (por mucho que se estire la cuenta) las que se han compuesto.PIPÍ.-  Pues, ya se ve; mire usted, ¡reglas! No faltaba más. ¿A que no tiene reglas la comedia de hoy?DON ANTONIO.-  ¡Oh! Eso yo te lo fío; bien puedes apostar ciento contra uno a que no las tiene (Acto I, esc. I, p. 54).
Pipí continúa presentando el estado de los hechos y relata la historia de don Eleuterio, el cual se vio empujado a la dramaturgia al verse sin empleo y con una familia numerosa que mantener. De este modo, Moratín introduce un elemento triste con el objetivo de potenciar la eficacia aleccionadora de su comedia, pues, como nos comenta Saneleuterio (2012: 160), conmoviendo al público «es más fácil llegar a la razón y hacer que acepte la tesis de la obra». Apelando a los sentimientos y desarrollando la psicología de los personajes, Moratín consigue que el público «se identifique y ―por lógica― juzgue sus errores y aplique lo aprendido en su propio entorno». Así, para finalizar la escena, Pipí comenta que don Eleuterio ha dicho que si triunfa, podrá dar un pedazo de pan a sus hijos.

La escena II es sumamente breve y tan solo sirve para que aparezca don Pedro, el cual es también presentado al público en el diálogo entre Pipí y don Antonio en los siguientes términos:
DON ANTONIO.-  Este es don Pedro de Aguilar, hombre muy rico, generoso, honrado, de mucho talento; pero de un carácter tan ingenuo, tan serio y tan duro, que le hace intratable a cuantos no son sus amigos.
PIPÍ.-  Le veo venir aquí algunas veces; pero nunca habla, siempre está de mal humor.
(Acto I, esc. II, p. 56)
La escena III ocupa una gran parte del acto I. Aparece el grupo de los «poetas» mencionado anteriormente. Don Serapio y don Eleuterio ultiman cuestiones de El gran cerco de Viena, la comedia nueva a la que hace referencia el título de la obra de Moratín. En su modo de hacer improvisado y torpe se percibe la irónica crítica moratiniana a la corriente popular.

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Escena con don Pedro, don Eleuterio y don Antonio
Asistimos después al encuentro de don Pedro y don Antonio, que sirve para aportar más información sobre la personalidad y modo de vida ilustrado del primero. Se presenta como un hombre que ama la verdad y que considera una obligación moral no silenciarla. Esto hará que no tenga reparos en dar su opinión sobre la obra de don Eleuterio, por muy desagradable que resulte, actitud contraria a la que mantienen sus aduladores. Sobre este punto, ambos ilustrados mantienen un debate en el que don Pedro recrimina a don Antonio que este aplauda igual cualquier obra, a pesar de que por su formación literaria es capaz de distinguir la buenas de las malas, a lo que don Antonio responde que lo hace por diversión y porque sería cruel tal franqueza con ciertos dramaturgos cuya felicidad depende de su ignorancia. Don Eleuterio, que se había ido acercando a los dos ilustrados, interviene en la conversación y los tres conversan sobre vicisitudes del mundo teatral, como la percepción monetaria que reciben los autores. Hablan sobre el hecho de imprimir las comedias y don Eleuterio saca una copia de la suya. Mediante este recurso, Moratín podrá criticar por boca de sus personajes los desaciertos de El gran cerco de Viena, y, por extensión, de todas las comedias de la corriente popular, a las cuales representa. Tras la lectura de algunos pasajes, don Pedro no resiste más y tacha la comedia de disparatada ante en asombro de don Eleuterio. La escena termina con la entrada de don Hermógenes.

En la escena IV, don Eleuterio pide ayuda a don Hermógenes para que defienda la calidad de su obra y por su boca se nos presenta una parte de los rasgos del personaje, como su instrucción y sus trabajos de crítico literario. El resto se nos irá mostrando con su comportamiento y forma de hablar, de tal modo que veremos que se trata de un pedante «erudito a la violeta», término acuñado por Cadalso para criticar a ese tipo de personas.

Don Pedro se reafirma en que la obra es un horror, a pesar de los elogios de don Hermógenes y lanza un discurso algo más extenso en el que pide que el autor no se deje engañar por sus aduladores y que se dedique a otra cosa, que el teatro español tiene ya bastantes pésimos dramaturgos y que no necesita más, que lo que precisa es una reforma completa. Finalmente, llama pedantón ridículo a don Hermógenes y se marcha.

La escena V se inicia con don Hermógenes indignado. Es un pasaje muy breve que apenas sirve para que este continúe demostrando su pedantería y que don Antonio salga de escena manifestando para sí que jamás vio semejantes locos.

En la escena VI, don Hermógenes y don Eleuterio continúan refunfuñando por los oprobios recibidos. Descubrimos que el primero es un hombre asediado por las deudas y que del éxito de la comedia depende también su futuro, pues don Eleuterio saldará sus compromisos y lo casará con su hermana, doña Mariquita, a la que se describe como mujer hacendosa y femenina. El acto I termina aquí, con ambos personajes abandonando escena.

Comienza la escena I del acto II con el grupo de don Eleuterio hablando de la obra. Vemos cómo doña Mariquita, con una actitud que recuerda a la del niño del famoso cuento de Andersen El traje nuevo del emperador, es la única que no duda en señalar los disparates de la comedia, siendo menospreciada por los demás por su falta de formación.

Ocurre entonces un hecho trascendental para la trama. Don Hermógenes informa de que su reloj da las tres y media. La comedia comienza a las cuatro, por lo que el grupo entiende que tienen tiempo para seguir un rato en el café. Sin embargo, posteriormente sabremos que el reloj estaba parado y este inconveniente dará lugar a que el grupo se pierda el comienzo de la función, de tal forma que llegarán al teatro cuando la obra empieza a ser abucheada.

Por lo pronto, esta escena termina con don Eleuterio marchando a la librería para pedir el pago correspondiente a las ventas de las impresiones de El gran cerco de Viena.

Arranca la escena II con doña Mariquita manifestando su preocupación por el éxito de la obra, pues de ello depende que se cumplan sus aspiraciones, que no son otras que las de casarse y cuidar de su propio hogar. Así, podemos ver que esta escena sirve para conocer a los dos personajes femeninos y el contraste que muestran. Muy al contrario de doña Mariquita, doña Agustina, esposa de don Eleuterio, se revela como una mujer muy desapegada de las tareas del hogar y el cuidado de los niños, manifestándose más interesada en ayudar a su marido en sus composiciones dramáticas.

Hacia el final de la escena, don Serapio saca el tema de los alborotadores que van al teatro rival con la intención de reventar la función. Es probable que Moratín esté aquí criticando este tipo de prácticas que sin duda querría desterrar y que, de hecho, tal y como menciona en la Advertencia, él mismo sufrió en el estreno de La comedia nueva.

La escena III se inicia con el regreso de don Eleuterio, que trae la noticia de que solo se han vendido tres ejemplares, trastocando así el ánimo de sus contertulios.

Con la llegada de Don Antonio da comienzo la escena IV, que sirve para que todos descubran que el reloj de don Hermógenes está parado y que se han perdido gran parte de la comedia. Todos marchan corriendo al teatro.

En la escena V se han quedado solos en el café Don Antonio y Pipí, y este observa que se ve salir a mucha gente del teatro.

Don Pedro regresa al café al comenzar la escena VI y asegura que la comedia es lo peor que se ha visto. Por su boca, aprovecha Moratín para hacer una diferenciación entre los grandes dramaturgos del Siglo de Oro y los autores contemporáneos, explicando que, aunque las obras de aquellos no seguían la preceptiva, sin duda poseían un notable talento, algo de lo que carecían los autores de la corriente popular ―en esto difería de su padre y otros críticos, que tachaban a Lope y Calderón de corruptores del teatro (Fdez. Nieto, 2002: 37)―.

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Doña Agustina, don Eleuterio,
doña Mariquita, don Hermógenes
En la brevísima escena VII vemos entrar en el café al grupo de don Eleuterio en una situación lamentable y, ya en la escena VIII, sabremos por boca de doña Mariquita que la causa es el completo fracaso de la comedia. El brusco desengaño sufrido por don Eleuterio se acrecienta al descubrir que don Hermógenes le había estado mintiendo todo el tiempo y que ni siquiera él apreciaba ninguna virtud en su comedia, evaporándose el triste consuelo que le quedaba. Don Hermógenes termina de quitarse la careta y se marcha, demostrando que no solo ha sido un hipócrita, sino también un arribista y un desagradecido cuyo interés por doña Mariquita se limitaba exclusivamente al ámbito económico.

La comedia nueva llega a su fin en la escena IX del acto II. Doña Mariquita se lamenta por haber quedado sin marido y don Eleuterio todavía se resiste a aceptar el fracaso pero don Pedro decide intervenir por compasión y le explica por qué debe desengañarse de una vez. Simplemente, don Eleuterio carece de las cualidades y de la formación necesarias para ser un buen dramaturgo. Al instante, don Eleuterio acepta que la comedia es mala ―acusan aquí Pedraza y Rodríguez (1981: 337) cierto nivel de inverosimilitud al servicio de la moraleja― y centra sus preocupaciones en su lamentable situación económica. Don Pedro se apiada de él y, al conocer sus buenas cualidades para el trabajo, pues había sido paje en la casa de un noble, el ilustrado decide saldar todas las deudas de don Eleuterio ―un hecho igualmente no muy verosímil― y le ofrece un trabajo en una de sus fincas, a condición de que doña Agustina se dedique al cuidado de su hogar y familia. Por si fuera poco, consuela a doña Mariquita y le dice que no debe lamentar la pérdida de Hermógenes, pues la habría hecho infeliz, y le asegura que pronto encontrará un marido adecuado, dando a entender, a mi juicio, que él mismo la ayudará a conseguirlo. Moratín no escatima recursos en dotar de virtudes a don Pedro, habida cuenta de que constituye el arquetipo de ciudadano ilustrado, y le confiere también la humildad necesaria para afirmar que simplemente cumple con su deber, quitando importancia a todo lo que ha hecho por esos pobres desgraciados.

La obra termina con una reflexión de don Pedro a modo de resumen y moraleja, en la que anima a los dramaturgos de la corriente popular a que dejen de corromper el teatro con sus obras disparatadas, fruto de la falta de talento y formación.


Ejes temáticos

Como ya se ha podido ver, el tema central de la obra no es otro que la dialéctica entre la corriente dramática más tradicionalista y popular y la corriente de corte neoclásico. Don Leandro toma partido por la segunda, defendiendo la necesidad de una intensa reforma que destierre de la escena a aquellos dramaturgos que no se cuiden del cumplimiento de las normas clasicistas y que no conciban el teatro como un medio para educar al público en aras del bien común. En mi opinión, para defender su tesis con mayor eficacia, a nuestro autor le interesaba inspirarse en un modelo real, alguien que encarnase todo aquello que los neoclásicos rechazaban, pues, de este modo, al público le resultaría más fácil identificar la causa del problema. Aunque en su Advertencia asegura Moratín que don Eleuterio es un «compendio de todos los malos poetas dramáticos» de su época y El gran cerco de Viena «un monstruo imaginario», todo apunta a que tienen una base real en el exitoso dramaturgo Luciano Comella y en su obra El sitio de Calés. Sin embargo, Moratín no podía calcar el modelo real, pues existían leyes que prohibían la sátira directa ―de hecho, sobre la base de estas leyes intentó Comella que se prohibiese la representación (Dowling, 1988: 47)― y, además, el hecho de que la comedia fracasase dentro de la ficción sería una violación flagrante del principio de verosimilitud, pues las comedias de Comella contaban con el fervoroso aplauso del público. La inteligente y práctica solución a todo ello fue presentar una caricatura de Comella en la que todos sus defectos como autor quedasen potenciados hasta el ridículo.

En paralelo al asunto principal, podemos apreciar otras líneas temáticas. Por un lado, de forma muy somera se trata la cuestión que más preocupó a Moratín en el resto de su producción dramática: el matrimonio de conveniencia. Doña Mariquita, una adolescente de dieciséis años, va a ser casada con don Hermógenes, un hombre bastante mayor por el que difícilmente podría sentirse atraída. De hecho, a causa de este compromiso, la muchacha pierde la oportunidad de contraer matrimonio con un joven que resultaba mucho más de su agrado. Al igual que el tema principal, este también se resuelve satisfactoriamente, pues doña Mariquita se libra de un matrimonio que le habría causado infelicidad y obtiene la promesa de un enlace mucho más propicio. Otros temas tratados tangencialmente son el de la hipocresía, representado por don Hermógenes, el de la falsedad, de la cual hacen gala todos los que adulan a don Eleuterio, o el de encontrar satisfacción ayudando a los demás, que se manifiesta en la actitud de don Pedro.

Existe otro tema secundario que me ha llamado poderosamente la atención, especialmente por el hecho de que, de los críticos consultados para el presente trabajo, tan solo lo mencione Andioc. Dice este hispanista que en La comedia nueva, Moratín censura que los dramaturgos como Comella presenten en sus obras a personajes de las clases dirigentes sufriendo problemas típicos del vulgo, pues esto podía dar una imagen de cercanía entre los grupos sociales y poner en peligro el statu quo. De este modo, don Leandro, dejando translucir un notable clasismo e ideas cercanas al determinismo social, presentaría a don Eleuterio como un miembro de la clase laboriosa que fracasa trágicamente intentando subir peldaños en la escala social por medio de la literatura, pretensión que podría haber acabado de un modo trágico de no ser por la intervención providencial de don Pedro. Por si fuera poco, nuestro autor manifiesta también un considerable sexismo planteando que doña Agustina ha cometido un error al entretenerse en delirios literarios y que si vuelve a atender su hogar «conocerá que sabe cuanto hay que saber y cuanto conviene a una mujer de su estado y obligaciones», mientras que a don Eleuterio le corresponderá el deber de trabajar fuera del hogar para mantener a la familia (Andioc 2006: 25-30), sin dar cabida a la posibilidad de que esos roles pudieran compartirse ni mucho menos intercambiarse. Resulta llamativo que los representantes de la facción «avanzada» de la sociedad de finales del dieciocho mantuviesen todavía semejantes postulados, aunque bien es cierto que no deberíamos caer en la arrogancia de juzgar a las personas del pasado con los estándares morales del presente.


Acción, tiempo, espacio

Como no podría ser de otro modo, Moratín respeta en La comedia nueva las llamadas unidades dramáticas de acción, tiempo y espacio*. La primera se cumple porque la acción es simple y consiste en que un humilde padre de familia fracasa intentando ser dramaturgo y acaba regresando al lugar que supuestamente le corresponde en la sociedad. No hay acumulación de giros ni historias paralelas, enredos o sorpresas. En referencia a la segunda, el autor nos indica al comienzo, en las didascalias, que «La acción empieza a las cuatro de la tarde y acaba a las seis», aunque Andioc (2006: 31) dice que don Leandro puntualizó que todo sucedía entre las tres y media y las cinco y cuarto. En cualquier caso, la obra se desarrolla prácticamente en tiempo real. La representación llevada a cabo por la CNTC en 2009 a cargo de Ernesto Caballero tenía una duración de una hora y cuarenta y cinco minutos, a los que habría que restar unos quince minutos dedicados a una introducción compuesta de dos partes: el final de La destrucción de Sagunto de Gaspar Zavala y Zamora, otro dramaturgo de la corriente popular, y la recitación de un fragmento de la Lección poética de Moratín por parte del actor que encarna a don Pedro (Romera 2013: 47). Por tanto, podemos ver que no hay mucha diferencia entre el tiempo real y el de la ficción. Este ajuste tan preciso no era necesario, pues lo que Aristóteles mencionó en su Poética fue que las tragedias solían representar el transcurso de un día o poco más (Aristóteles, 1985: 35). Sin embargo, no cabe duda de que constituye un recurso que aporta elevadas dosis de verosimilitud. Respecto al espacio, toda la acción transcurre en un café madrileño contiguo al teatro, motivo por el cual la obra es conocida también como El café. Se produce acción fuera del escenario, como cuando el grupo de don Eleuterio acude la función de El gran cerco de Viena, pero esa acción no es representada y solo sabemos de ella a través de los personajes que se quedan en escena o que van regresando.

* Se suele creer que fueron establecidas por Aristóteles en su Poética, pero en realidad el estagirita solo trató las unidades de acción y de tiempo. La unidad de espacio se menciona por primera vez en 1630 en «el prefacio de La Généreuse Allemande de Mareschal» (Martínez Dengra, 2004: 255).

Lenguaje dramático

Se preocupó también nuestro dramaturgo de seguir las normas del decoro, es decir, que cada personaje se exprese de acuerdo con sus rasgos socioculturales. En este sentido, quizá podríamos dividirlos en dos grupos: los que emplean un registro culto y los que utilizan uno más coloquial. En el primero tendríamos a don Pedro, don Antonio y don Hermógenes. Todos hacen gala de una correcta gramática y un léxico variado, pero los dos primeros se expresan con precisión, elegancia y sencillez:
DON PEDRO.-  ¡Oh, señor don Antonio! No había reparado en usted. Va bien.
DON ANTONIO.-  ¿Usted a estas horas por aquí? Se me hace extraño.
(Acto I, esc. III, p. 57).
Mientras que el segundo lo hace con un estilo ostentoso y sobrecargado de adjetivos, locuciones latinas, grecismos, arcaísmos y menciones de autoridades:
DON HERMÓGENES.-  Y los más celebérrimos dramaturgos de la edad pretérita, todos, todos convinieron nemine discrepante en que la prótasis debe preceder a la catástrofe necesariamente. Es así que la comedia (...) (Acto I, esc. IV, p. 68).
El resto de personajes constituiría el segundo grupo. Todos poseen una formación media (don Eleuterio, doña Agustina, don Serapio) o baja (Pipí, doña Mariquita) y muestran un habla más popular, en ocasiones con ciertos usos no muy normativos («en teniendo vena»), con léxico más pobre («sacaría dos o tres comedias»), o expresiones castizas («me dará un tabardillo pintado»), aunque en términos generales hacen uso de un habla correcta, propia de la lengua estándar y el registro coloquial.

Moratín compuso La comedia nueva en prosa, tal y como lo haría después con El sí de las niñas y al revés de como hizo con sus tres primeras comedias, que redactó en verso. La prosa sin duda aporta verosimilitud a una representación, por lo que me parece probable que don Leandro lo tuviese en cuenta. Según Dowling (1988: 51-52), la aportación de Moratín en este sentido no fue tanto la novedad, pues la prosa ya se había ensayado en el teatro español, sino la calidad de su lenguaje, el cual serviría de modelo a dramaturgos posteriores, algo con lo que concuerda también Andioc (2006: 31), quien añade que la prosa de Moratín en esta obra es «castiza, ágil, natural y elaborada».


CONCLUSIÓN: LA GRAN VICTORIA DE DON LEANDRO

Remataba Moratín su Advertencia de 1825 con un verso de la Epístola XIX de Horacio: «Non ego ventosae plebis suffragia venor», que se podría traducir como No voy en busca de la aprobación del vulgo veleidoso. De hecho, opinaba nuestro autor en ese mismo texto que La comedia nueva desaparecería de la escena, aunque confiaba en que acabaría convirtiéndose en «un monumento de historia literaria, único en su género, y no indigno tal vez de la estimación de los doctos». Y resulta que don Leandro acertaba en lo segundo, pero se equivocaba en lo primero, pues su obra volvería a las tablas 217 años después de estrenarse, de la mano de la CNTC, como ya se mencionó, algo totalmente impensable hoy en día para las tragedias heroicas, comedias de magia y demás dramaturgia creada por sus adversarios. Así pues, aunque Moratín no pudiese saberlo, el paso de los siglos deparaba, tanto para su fama como para sus obras, un destino tan feliz como el final de La comedia nueva


BIBLIOGRAFÍA

  • ÁLVAREZ, J. (2005). Ilustración y Neoclasicismo en las letras españolas. Madrid: Síntesis.
  • ARISTÓTELES (1985). Poética. Buenos Aires: Leviatán. 
  • CASO, J. M., RICO, F. (eds.). (1983). Historia y crítica de la literatura española. Ilustración y neoclasicismo. Barcelona: Crítica. 
  • FERNÁNDEZ DE MORATÍN, L. (1988) La comedia nueva. El sí de las niñas. ANDIOC, R., DOWLING, J. (eds.). Madrid: Castalia.
  • ― (2002). La comedia nueva. El sí de las niñas. FERNÁNDEZ NIETO, M. (ed.). Madrid: Alianza Editorial.
  • ― (2006). El sí de las niñas. La comedia nueva. ALCALDE, M. y ANDIOC, R. (eds.). Madrid: Espasa Calpe.
  • MARTÍNEZ DENGRA, E. (2004). «La evolución de las unidades dramáticas en el siglo XVIII francés». El texto como encrucijada: estudios franceses y francófonos. IÑARREA, I. y coord. SALINERO, M (coords.). Vol. 1. págs. 247-260. Consultado en línea el 22/11/19 https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=1011577 
  • PEDRAZA, F., RODRÍGUEZ, M. (1981). Manual de literatura española V. Siglo XVIII. Tafalla: Cénlit. 
  • ROMERA CASTILLO, J. (2013). Teatro español. Siglos XVIII-XXI. Madrid: UNED.
  • SANELEUTERIO, E. (2012). «Teoría y práctica de Lope y Moratín: la nueva comedia, La comedia nueva»452ºF. Revista electrónica de teoría de la literatura y literatura comparada, 7, 153-166. Consultado en línea el 14/11/19 http://bit.ly/2O9gIw8 

27/10/19

Paciente (microrrelato con prólogo pensado a partir de dos disparadores creativos)

PRÓLOGO

A veces puede resultar conveniente que, en caso de quedarnos sin ideas sobre las que escribir, utilicemos lo que llaman disparadores creativos. Yo lo he hecho en varias ocasiones y quería mostraros este microrrelato en el que me serví de dos de ellos. El primero consiste en elegir una frase al azar de un libro cualquiera. En mi caso, fue una de El proceso, de Kafka, y es la que abre mi texto. A partir de ahí empecé a escribir dejándome llevar, es decir, no "con mapa", sino "con brújula", que es mi modo favorito. En un momento dado, decidí usar el disparador de las noticias jodidas, como yo lo llamo, que consiste en buscar un suceso impactante o seleccionar alguno de una lista que hayamos ido confeccionando con anterioridad (lo recomiendo). Así, metí varias noticias, no como elementos de la trama, sino como parte de la programación que el protagonista veía en el televisor del hospital, un modo de dar a mi relato un toque más estrafalario (Chejov no aprobaría esta actitud, pues decía que si en el relato aparece una soga, al final el protagonista tenía que colgarse de ella). 

Si os interesa este tema, podéis leer un artículo que escribí para este blog y que se titula SIETE TRUCOS CON LOS QUE OBTENER IDEAS PARA ESCRIBIR


PACIENTE

Esta joven enfermera… no sé, parece sentirse atraída por mí.
―Ey, chica, eres muy guapa―le digo.
Ella me ignora y sigue a lo suyo.
―Si vamos a ser amigos, podrías traerme morfina.
La muchacha me mira con cara de mala leche y dice:
―Eso sería ilegal.
―Isi sirii iliguil ―me burlo.
―¡Váyase a la mierda! ―grita, y se marcha dando un portazo. 
Ay, qué guapa es.
Ayer mi padre me trajo tabaco de extranjis cuando vino a visitarme. Es un buen padre, aunque no tanto como yo. Enciendo un cigarrillo y a las pocas caladas aparece el tipo de seguridad.
―¡Está prohibido fumar en las habitaciones!
―Lo siento, agente, no lo sabía.
―¡Es la tercera vez que vengo! ¡A la próxima será expulsado del hospital!
Se marcha dando un portazo. La gente por aquí anda muy cabreada con la vida. No sé qué les pasa. Deberían alegrarse de no estar en mi pellejo. Tengo la pierna rota. No puedo fumar. No puedo conseguir morfina. Cualquiera diría que estoy en el infierno. Al menos me libro de ir al trabajo, eso sí, eso está bien.
Pongo la tele. En el telediario dicen que unos hinchas brasileños decapitaron a un árbitro que previamente había apuñalado a un jugador durante un partido de fútbol. También cuentan que un hombre murió tras mantener relaciones sexuales con un espantapájaros. También informan de que mañana va a llover. Apago la tele.
―¡Enfermera! ¿Dónde estás?―grito desesperado― ¡Vuelve, por favor! ¡Te necesito! ¡Creo que me he enamorado de ti!

Esta historia forma parte de mi libro PULSACIONES, 99 MICRORRELATOS DE INFARTO. Puedes comprarlo en este enlace



6/10/19

Elegía a una gatita con un corazón en la nariz

He perdido a mi gatita y la echo de menos. Ya sé que hay gente que pierde a sus hijos, a sus padres, a sus amores, pero yo he perdido a mi gatita y, en fin, la echo mucho de menos. 

Mi gatita tenía algo de perrito y corría ansiosa a saludarme cuando yo llegaba a casa y ansiosa se pegaba a mí y ansiosa me llenaba de lametones. Mi gatita era feliz a mi lado y se quedaba dormida sobre mi pecho mecida al ritmo de mis suspiros. 

Mi gatita era fuerte y valiente. Perdió toda la dentadura tras infinitos días y noches de calle, en jornadas duras y largas, destructivas, en jornadas de frío y de infierno, de hambre y peligro, de asistencia providencial en forma de señoras nobles de corazón desbordante. A mi gatita en el barrio la llamaban Chupeta, porque siempre besaba la mano que le daba de comer. 

Mi gatita tenía leucemia, calicivirus, insuficiencia renal... y diabetes y pancreatitis y también irritación crónica en el intestino, pero con amor y cuidados mi gatita logró vivir tres años desde el día en que tuve la fortuna de cruzarme con ella. 

¡Qué sucia estaba mi gatita! Algún problema en su boca le impedía limpiarse en condiciones y fue necesario raparle aquellas rastas apelmazadas. ¡Cómo debió agradecerlo mi gatita! Con lo limpia que ella era, ¡cómo debió sufrir con aquel montón de mugre pegado a sus cuartos traseros!

Mi gatita era de pelo algo largo, negro y naranja, y era de mirada despierta y de porte elegante. Le gustaba dormir siestas interminables y tumbarse al sol y devorar cuenquitos de alimento como si nunca hubiese comido. Pero ante todo mi gatita amaba la compañía humana, quería tener a alguien siempre muy cerca y, como no podría ser de otro modo, mi gatita tenía un corazón dibujado en la nariz. 

Mi gatita tenía muchas virtudes pero, por desgracia, no era indestructible, y, un día, sin saber cómo, me vi en la clínica ante una mesa metálica y mi gatita era una bolsa de huesos consumida por la ineficiencia de unos riñones que ya no servían para nada. Y mi gatita, anestesiada por última vez, sin sentido, yacía mientras la veterinaria, con mi doloroso permiso, intentaba atravesar las venas de mi gatita, sus venas quebradizas y esquivas, para inyectar el tóxico que detuviese su corazón. Y mis lágrimas caían sobre el metal y mi mano acariciaba la cabeza de mi gatita y su ausencia empezó a materializarse incluso mientras todavía estaba allí, mientras aún era posible dar marcha atrás y tenerla a mi lado uno, dos, quizás tres días a lo sumo. Pero yo quería mucho a mi gatita y no podía hacerle eso. 

Y le dije adiós como si pudiera oírme, como si, en caso de poder oírme, también pudiera entenderme. Sé que es absurdo, pero a mí me da igual. Yo le dije adiós de todas formas, y le dije que la quería y que la iba a echar de menos. Y en las noches, querría poder escuchar su ronroneo, y sentirla buscar el hueco entre el edredón y mi brazo; y en las mañanas, quisiera que me sorprendiera saltando sobre mis piernas para quedarse allí dormida mientras yo trabajo. Pero sé muy bien que nada de esto es posible. Sé que ya nunca volveré a verla. Y sé que ella era mi gatita y que la echaré de menos para siempre. 



29/9/19

Los mejores libros de la narrativa hispánica según la legendaria y novedosa 100cia de la Listología

Después de decenas de minutos de arduo trabajo, me complace anunciar al mundo que he descubierto un nuevo método completamente 100tífico para clasificar obras literarias en función de su calidad. En pos de la exactitud he de decir que no nos hallamos ante un procedimiento completamente nuevo, pues ya lo utilicé en el pasado con el objetivo de elaborar una lista conocida como Los libros más recurrentes en las mejores listas de libros. Sin embargo, es hoy cuando esta legendaria y novedosa 100cia ve la luz dotada de un nombre, una etiqueta tan bella y suntuosa como Listología (el término tampoco es totalmente original, lo sé, Google arroja 233 resultados, pero nadie lo utiliza en el mismo sentido que yo, imagino). 

El nuevo logro de esta arcaica y naciente disciplina ha sido el de engendrar una lista con las mejores obras de la literatura hispánica. Como es lógico, esta lista adolece de graves fallos [1] pues el primer postulado de la Listología establece que “Toda lista adolece de graves fallos”. Que nadie se me eche las manos a la cabeza. Por supuesto que no estamos asegurando que El invierno en Lisboa sea mejor novela que Don Quijote de la Mancha, esto no es un artículo científico sino 100tífico, no nos volvamos locos.  

Luis Landero, claro vencedor con su obra "Juegos
de la edad tardía", ganadora del Premio de la Crítica,
del Nacional de Narrativa, y que aparece en
"Los 153" y en "Las 100" de El Mundo.
La metodología seguida ha consistido en analizar las listas de los ganadores del Premio de la Crítica de narrativa castellana, del Premio Nacional de Narrativa, del Premio Cervantes, la lista de Las 100 mejores novelas en español del siglo XX según El Mundo, la de los 153 libros escritos en español que hay que leer antes de morir y la de los 111 títulos de la Biblioteca Clásica de la RAE. Los libros obtenían un punto por aparecer en cada lista (en el caso del Cervantes, que premia trayectorias y no obras concretas, todos los galardonados obtenían un punto en aquellos libros que apareciesen en otras listas o premios). Y de aquí se deriva uno de los graves problemas de este proyecto: las diferencias cronológicas entre listas. Algunas obras de escritores tan importantes como Galdós o Clarín, solo obtuvieron dos puntos, pues los premios tenidos en cuenta no se concedían en vida de estos autores, que, seguro los habrían ganado. Del mismo modo, la Biblioteca clásica de la RAE solo llega hasta el siglo XIX, con lo que permite compensar un poco la desventaja de los clásicos frente a los contemporáneos, aunque no lo suficiente. Eso son solo dos ejemplos. He de decir también que en esta lista prima un poco la actualidad y, en caso de empate, se tiene en cuenta el criterio cronológico inverso, aunque no siempre prevalece [2]. 

En cualquier caso, guste mucho o guste poco, aquí va esta nueva lista de la que, por lo menos, nadie podrá decir que carece de originalidad (o que adolece de FALTA de originalidad). ¡A leer y a disfrutar del tiempo que nos queda!


OBRAS CON CUATRO PUNTOS 
  • Juegos de la edad tardía. Luis Landero.
  • La ciudad y los perros. Mario Vargas Llosa.
  • El Jarama. Rafael Sánchez Ferlosio. 
  • Ágata ojo de gato. José Manuel Caballero Bonald.

OBRAS CON TRES PUNTOS
  • Los hijos muertos. Ana María Matute.
  • Rabos de lagartija. Juan Marsé.
  • Las ratas. Miguel Delibes.
  • La verdad sobre el caso Savolta. Eduardo Mendoza.
  • La saga/fuga de JB. Gonzalo Torrente Ballester.
  • Leyenda del César visionario. Francisco Umbral. 
  • El hereje. Miguel Delibes.
  • Corazón tan blanco. Javier Marías.
  • Nada. Carmen Laforet.
  • El astillero. Juan Carlos Onetti. 
  • Mortal y rosa. Francisco Umbral. 
  • Ficciones. Jorge Luis Borges. 
  • Los gozos y las sombras. Gonzalo Torrente Ballester. 
  • La colmena. Camilo José Cela.
  • Cinco horas con Mario. Miguel Delibes.
  • La cabeza del cordero. Francisco Ayala.
  • Sobre héroes y tumbas. Ernesto Sabato. 
  • El siglo de las luces. Alejo Carpentier.
  • Señas de identidad. Juan Goytisolo. 
  • Tres tristes tigres. Guillermo Cabrera Infante.

OBRAS CON DOS PUNTOS
  • La fuente de la edad. Luis Mateo Díez.
  • En la orilla. Rafael Chirbes.
  • La habitación de Nona. Cristina Fernández Cubas.
  • Verdes valles, colinas rojas 3. Ramiro Pinilla.
  • Patria. Fernando Aramburu.
  • Los girasoles ciegos. Alberto Méndez.
  • La ruina del cielo. Luis Mateo Díez.
  • El invierno en Lisboa. Antonio Muñoz Molina.
  • Diecinueve de julio. Ignacio Agustí.
  • Dejemos hablar al viento. Juan Carlos Onetti.
  • El jardín de las delicias. Francisco Ayala.
  • La casa verde. Mario Vargas Llosa.
  • El embrujo de Shanghái. Juan Marsé.
  • La catira. Camilo José Cela. 
  • Gran sol. Ignacio Aldecoa.
  • La isla de los jacintos cortados. Gonzalo Torrente Ballester. 
  • Mazurca para dos muertos. Camilo José Cela.
  • Recuerdos y olvidos 2. Francisco Ayala.
  • Diario de un cazador. Miguel Delibes.
  • Los cipreses creen en Dios. José María Gironella.
  • Extramuros. Jesús Fenández Santos.
  • Primera memoria. Ana María Matute.
  • Una comedia ligera. Eduardo Mendoza.
  • La fiesta del chivo. Mario Vargas Llosa.
  • Empresas y tribulaciones de Maqroll el Gaviero. Álvaro Mutis.
  • Noticias del imperio. Fernando del Paso.
  • La guerra del fin del mundo. Mario Vargas Llosa.
  • Si te dicen que caí. Juan Marsé.
  • El informe de Brodie. Jorge Luis Borges.
  • Últimas tardes con Teresa. Juan Marsé.
  • La muerte de Artemio Cruz. Carlos Fuentes.
  • El sueño de los héroes. Adolfo Bioy Casares.
  • Los pasos perdidos. Alejo Carpentier.
  • El laberinto de la soledad. Octavio Paz.
  • El túnel. Ernesto Sabato.
  • La invención de Morel. Adolfo Bioy Casares.
  • El Aleph. Jorge Luis Borges.
  • Tiempo nublado. Octavio Paz.
  • La ciudad de los prodigios. Eduardo Mendoza.
  • Las ninfas. Francisco Umbral.
  • Yo, el Supremo. Augusto Roa Bastos
  • La oscura historia de la prima Montse. Juan Marsé
  • La Habana para un infante difunto. Guillermo Cabrera Infante.
  • José Trigo. Fernando del Paso
  • Lituma en los Andes. Mario Vargas Llosa.
  • Conversación en La Catedral. Mario Vargas Llosa.
  • Pequeño teatro. Ana María Matute
  • Alfanhuí. Rafael Sánchez Ferlosio. 
  • Los santos inocentes. Miguel Delibes
  • Hombres de maíz. Miguel Ángel Asturias
  • San Camilo 1936. Camilo José Cela.
  • La sombra del ciprés es alargada. Miguel Delibes
  • Como agua para chocolate. Laura Esquivel.
  • La casa de los espíritus. Isabel Allende.
  • Cien años de soledad. Gabriel García Márquez.
  • Octubre, octubre. José Luis Sampedro. 
  • Los mares del sur. Manuel Vázquez Montalbán. 
  • Volverás a Región. Juan Benet. 
  • Rayuela. Julio Cortázar. 
  • Bomarzo. Manuel Mujica Lainez. 
  • Tiempo de silencio. Luis Martín Santos. 
  • Pedro Páramo. Juan Rulfo.
  • Réquiem por un campesino español. Ramón J. Sender.
  • El señor presidente. Miguel Ángel Asturias. 
  • El obispo leproso. Gabriel Miró.
  • Niebla. Miguel de Unamuno. 
  • Sonatas. Ramón María del Valle-Inclán.
  • Cañas y barro. Vicente Blasco Ibáñez.
  • Cuentos. Leopondo Alas "Clarín".
  • Fortunata y Jacinta. Benito Pérez Galdós.
  • Los pazos de Ulloa. Emilia Pardo Bazán.
  • La regenta. Leopondo Alas "Clarín".
  • Trafalgar. Benito Pérez Galdós.
  • Leyendas. Gustavo Adolfo Bécquer.
  • Facundo o civilización y barbarie. Domingo F. Sarmiento. 
  • El criticón. Baltasar Gracián.
  • La Dorotea. Lope de Vega.
  • Historia verdadera de la conquista de la Nueva España. B. D. del Castillo.
  • La vida del Buscón. Francisco de Quevedo. 
  • Los trabajos de Persiles y Sigismunda. Miguel de Cervantes.
  • Novelas ejemplares. Miguel de Cervantes. 
  • Don Quijote de la Mancha. Miguel de Cervantes.
  • Guzmán de Alfarache. Mateo Alemán. 
  • Amadís de Gaula. Garci Rodríguez de Montalvo. 
  • Libro de la vida. Teresa de Jesús. 
  • La vida de Lazarillo de Tormes. Anónimo. 
  • La Celestina. Fernando de Rojas.
  • El conde Lucanor. Don Juan Manuel. 
  • Libro de buen amor. Juan Ruiz. 
  • Cantar de Mio Cid. Anónimo. 

NOTAS

[1] Por favor, utilicemos bien el verbo adolecer; no significa carecer, sino 'tener algún defecto'.
[2] El criterio básico ha sido el número de puntos logrados; en caso de empate, se tenía en cuenta, primero, el número de premios; después, se priorizaban los premios en este orden: de la Crítica, Nacional de Narrativa, Cervantes; por último, en ocasiones primaba el criterio cronológico inverso y en otras el gusto personal o las ganas de terminar. Ya hemos dicho que esto es pura 100cia

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27/9/19

Por qué ya no se tilda 'guion' (y otros desvaríos ortográficos)

La ortografía es un conjunto de reglas que permite transcribir el habla, posibilitando la comunicación escrita. Estas reglas se establecen sobre la base de diferentes criterios y, en español, el principal es el de la unidad ortográfica, seguido del etimológico. Así, por ejemplo, aunque en no todos los países hispanohablantes se pronuncian del mismo modo todas las palabras que contienen diptongos o hiatos, se han establecido unas convenciones para conformar diptongos e hiatos ortográficos iguales para todos, independientes de la pronunciación. 

Esto explica por qué dejó de tildarse la palabra guion. Si eres un hispanohablante español, es probable que la pronuncies en dos sílabas: gui-on, por lo que, siguiendo las normas generales de acentuación, la o debería llevar tilde, pues se trataría de la vocal tónica de una palabra aguda terminada en n. Sin embargo, en otros lugares esta palabra se pronuncia en una sola sílaba, por lo que no llevaría tilde. A causa de estas diferencias, la RAE estableció que, independientemente de cómo se pronuncien las palabras, si tenemos una vocal abierta (a, e, o) tónica junto a una vocal cerrada (i, u) átona, siempre se forma un diptongo ortográfico [1]. Este es el caso de guion. La vocal cerrada i es átona mientras que el acento prosódico recae en la o, que es la tónica. Por tanto, en pos de la unidad ortográfica del español, se conviene en que ahí no hay hiato ortográfico (aunque muchos hispanohablantes lo pronuncien en dos sílabas), sino diptongo ortográfico. Lo mismo ocurre por ejemplo con la palabra rio (tercera persona del singular del perfecto de reír, antiguamente *rió), la o ya no lleva tilde porque se considera, a efectos ortográficos, una palabra monosílaba. Sin embargo, en la misma forma en primera persona del singular del presente, río, sí que se mantiene la tilde en la i porque en este caso sí que existe un hiato [2]. ¿Por qué? Porque la tónica es la vocal cerrada y la átona es la abierta (lo contrario que en guion y rio). 

Una vez explicado todo esto, voy a lanzar un par de opiniones que no creo que sean muy populares. Considero que el criterio de unidad ortográfica no tendría que tener tanta relevancia. La escritura es un medio secundario del lenguaje y el habla es un medio primario. Dicho en otras palabras, la escritura es un modo de representar el habla y no al revés. Si en España decimos gui-on, y en Hispanoamérica dicen guion, pues que allí no se tilde y aquí sí. ¿Qué problema hay? ¿Es que acaso si leo un libro impreso en Buenos Aires me voy a volver loco por ver que tildan de un modo distinto unas pocas palabras? Sinceramente, lo dudo mucho. Existen considerables diferencias en el modo de hablar español entre las múltiples zonas y esto no causa mayores problemas. ¿Por qué iban a causarlos unas pequeñas diferencias en el modo de escribirlo? Quizá existan razones de peso para haber llevado a cabo esta reforma guiada por el criterio de la unidad ortográfica, pero a mí se me escapan. De hecho, entre 1999 y 2010, la RAE, a pesar de haber establecido ya el asunto de los diptongos y los hiatos ortográficos, ofrecía la posibilidad de que cada uno escribiese según su pronunciación, es decir, era válido tildar guion en España y no hacerlo fuera. ¿Recordáis que aconteciese algún tipo de catástrofe en relación con esto? Yo tampoco. 

Y aquí va la segunda opinión impopular. Ojalá una reforma ortográfica que eliminase el criterio etimológico y estableciese el de correspondencia biunívoca entre letras y fonemas. Sí, puede sonar duro, pero me encantaría, y las generaciones futuras estarían agradecidas, y es lo que creo que tendría que haber hecho la RAE en su momento, cuando se puso manos a la obra para limpiar, fijar y dar esplendor a nuestra lengua. A pesar de que el español es un idioma con una ortografía bastante fonética, existen numerosos desajustes entre grafías y fonemas que no tienen ninguna justificación práctica, salvo el criterio etimológico. Así, el fonema /b/ se representa con dos grafías, b y v mientras que la letra g, sirve para representar dos fonemas, /g/ ante a, o, u, y /x/ ante e, i [3]. Por otro lado, la letra h no representa ningún fonema, mientras que la letra x representa una secuencia de dos: /ks/. Esto son solo algunos ejemplos de desajustes que hacen más compleja la ortografía y dificultan en gran medida el aprendizaje de una lengua. ¿Qué implicaría la reforma de mis sueños, y de otros locos como Juan Ramón Jiménez y Unamuno? Pues adiós a la h, adiós a la x, adiós a la v, adiós a la w, adiós a la c, adiós a la ll, para /b/ solo b, para /θ/ solo z, para /k/ solo k, para /g/ solo g, para /x/ solo j, para /ʝ/ solo y. Y alguna cosa más que se me olvidará. 

Antes de que alguien intente averiguar mi dirección para ajusticiarme, que quede claro, no lo digo en serio, solo he redactado todo esto a modo de curiosidad. Está claro que una ortografía basada en el criterio biunívoco sería más sencilla de aprender y no podrían cometerse faltas de ortografía, pero está igual de claro que llevar a cabo semejante reforma sería imposible, simplemente no puedes cambiarle a 400 millones de personas un montón de reglas de ortografía de la noche a la mañana. Si con la eliminación (muy acertada y de la que hablaré más adelante) de la tilde en el adverbio solo y en los pronombres demostrativos se volvió la gente loca y todavía pasan del tema e incluso hay algunos académicos como Reverte, que encima lo justifican, imaginad la que se liaría si se llevase a cabo la reforma loca que acabo de plantear... 

En fin, dejadme en paz, que soñar es gratis (y desvariar también). 


NOTAS

[1] Estas son las normas sobre diptongos e hiatos ortográficos que se establecieron: 
  • Diptongo: vocal abierta tónica junto a vocal cerrada átona (guion, aunar) o una i junto a una u (ciudad, ruido).
  • Hiato: vocal cerrada tónica junto a vocal abierta átona (crío, caída) o dos vocales abiertas (caer, roedor) o dos vocales iguales (chiita, cooperar).

[2] En los hiatos de vocal cerrada y vocal abierta siempre se acentúa la cerrada, aunque se contravengan las normas generales. Por ejemplo, María es una palabra llana terminada en vocal, por lo que no debería llevar tilde. Sin embargo, lleva tilde en la penúltima sílaba porque aquí no se tienen en cuenta las normas generales, sino las particulares de acentuación de hiatos. 
[3] En fonología, /g/ es un fonema que representa al sonido que hacemos al leer la letra g en gato mientras que /x/ es un fonema que representa al sonido que hacemos al leer la letra g en gemelo o la j en jarrón

CONSULTAS
  • REAL ACADEMIA ESPAÑOLA (2010). Ortografía básica de la lengua española. Barcelona: Espasa. 
  • «Principales novedades de la última edición de la Ortografía de la lengua española (2010)». https://www.rae.es/sites/default/files/Principales_novedades_de_la_Ortografia_de_la_lengua_espanola.pdf 
  • INFORME SEMANAL - Una ortografía algo ligera de tildes. 18-12-2010.


24/9/19

23 películas filmadas en español que hay que ver antes de morir

En el año 2003 se publicó el volumen 1001 películas que hay que ver antes de morir, al que siguieron otros títulos como el dedicado a los discos o el que se ocupa de los libros, llegando con posterioridad el de los videojuegos, el de los cuadros, el de los viajes, el de los lugares históricos, las guitarras, las batallas, las comidas, los jardines, los coches, los vinos, los güisquis e, incluso, el de los 1001 agujeros de golf que sería conveniente que todos jugásemos antes de marcharnos a dormir el sueño eterno. 

Personalmente, creo que el asunto se les ha ido un poco de las manos y que con leer 1001 libros, escuchar 1001 discos y ver 1001 películas, quizá podríamos ir apañados, aunque, por fortuna, en este mundo hay gente para todo, y seguro que algunas personas consideran que visitar tan solo 1001 jardines o conducir nada más que 1001 coches resulta incluso poca cosa. 

La cuestión es que uno de los dos volúmenes de la colección que yo suelo utilizar es el de las películas. El otro, evidentemente, es el de los libros. Hace poco quise saber cuántas obras de las contenidas en este último habían sido escritas en nuestro idioma, por lo que publiqué la entrada «153 libros escritos en español que hay que leer antes de morir». Y, hace un poco menos, se me ocurrió que podría llevar a cabo algo parecido con las películas. En esta ocasión, la lista resultante ha sido mucho menor, máxime cuando he tenido que expandirla un poco añadiendo películas en español ganadoras del Óscar a la mejor película de habla no inglesa para que quedase algo más vistosa (y, ni por esas). 

No soy un experto en cine (ni en ninguna otra cuestión relacionada con la realidad) pero me parece un verdadero ultraje que los recopiladores no incluyesen ni un solo filme de Luis García Berlanga, ni uno, cuando, por ejemplo, aparecen nueve títulos de Luis Buñuel (en español y otras lenguas). Y que no se me malinterprete, no digo que el Luis turolense sea peor cineasta que el Luis valenciano, pero tampoco creo que lo supere en una medida tal que justifique semejante diferencia de representación en el conjunto. 

En fin, no parece que el idioma español haya tenido mucha importancia en la historia del cine, al menos si nos fiamos de la relevancia que en esta lista se otorga al celuloide filmado en nuestra lengua. Aunque, tal vez, un "fallo" como dejarse fuera a Berlanga podría llevarnos a pensar que quizás sea esta lista la que no merece demasiada atención. Y es que, resulta un poco extraño que de todo el conjunto de los hispanohablantes (en la actualidad el español es la lengua materna de 442 millones de personas) a lo largo del siglo XX y de lo que llevamos del XXI haya surgido tan exiguo puñado de películas dignas de gozar de un espacio entre las 1001 mejores de la historia. En cualquier caso, aquí va la lista:

1. Las Hurdes - Luis Buñuel
2. Los olvidados - Luis Buñuel
3. Viridiana - Luis Buñuel
4. Memorias del subdesarrollo - Tomás Gutiérrez Alea
5. Lucía - Humberto Solás
6. El topo - Alejandro Jodorowsy
7. Tristana - Luis Buñuel
8. El espíritu de la colmena - Víctor Erice
9. Cría cuervos - Carlos Saura
10. Volver a empezar - José Luis Garci
11. La historia oficial - Luis Puenzo
12. Mujeres al borde un ataque de nervios - Pedro Almodóvar
13. Belle époque - Fernando Trueba
14. Abre los ojos - Alejandro Amenábar
15. Todo sobre mi madre - Pedro Almodóvar
16. Nueve reinas - Fabián Bielinsky
17. Amores perros - Alejandro González Iñárritu
18. Y tu mamá también - Alfonso Cuarón
19. Hable con ella - Pedro Almodóvar
20. Mar adentro - Alejandro Amenábar
21. Volver - Pedro Almodóvar
22. El laberinto del fauno - Guillermo del Toro
23. El secreto de sus ojos - Juan José Campanella

Buñuel, Saura y Berlanga