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25/12/25

Cómo bloquear la pornografía de una vez por todas - Pólvora en salvas XIX

El porno de hoy en día no tiene mucho que ver con el de antaño. En mis tiempos púberes, nos dábamos con un canto en los dientes si de vez en cuando caía en nuestras manos una revista guarra o alguna película que alguien hubiera grabado furtivamente del mítico Canal Plus. Lo que ocurre, es que aquella manera clandestina, limitada y, en cierto modo, inocua, de consumir contenidos pornográficos, ya no existe. Los varones del presente comienzan a zambullirse en el océano de la lujuria visual a edades cada vez más tempranas y lo hacen de un modo repentino, radical, de cero a cien en un segundo. Los grandes portales pornográficos ofrecen a los usuarios una cantidad de material virtualmente infinita, no siendo menos inmensa la variedad de dicho contenido, el cual aparece clasificado en un universo de categorías que resultaría casi imposible enumerar. Estas cualidades de la oferta pornográfica moderna, combinadas con su inmediatez y facilidad de acceso, con el modo solitario y secreto en que se consume y con su supuesto coste cero, están generando un verdadero ejército de hombres adictos que ni si quiera saben que lo son.  

Pero lo más grave de todo este asunto son las consecuencias que acarrea dicha adicción. La web y libro Your brain on porn ofrece una amplia información al respecto basada en varias decenas de estudios que relacionan el consumo de pornografía en línea con problemas sexuales como la disfunción eréctil, la eyaculación precoz y la retardada, la anorgasmia y la falta de libido. Además de esto, puede darse un fenómeno llamado desensibilización, el cual lleva al usuario a necesitar cada vez mayor tiempo de consumo y/o acceso a contenidos cada vez más fuertes para lograr los mismos niveles de estimulación. Por si fuera poco, muchos expertos alertan de que puede producirse desconexión emocional con la pareja, ansiedad social, depresión o baja autoestima, por citar solo algunos efectos. 

Los testimonios de hombres cuyas vidas se encuentran desechas por culpa del consumo de pornografía son abundantísimos y cualquier persona podrá encontrar cientos de ellos explorando los comentarios de vídeos sobre el tema en plataformas como YouTube. A pesar de estar sufriendo estas terribles consecuencias, para muchos resulta prácticamente imposible abandonar el hábito.

Si tú te encuentras en esta situación, o conoces a alguien que lo esté, quiero que sepas que es posible vivir alejado de ese pozo siniestro y destructivo que es la pornografía. Lo sé porque yo mismo he librado esa batalla durante años y, finalmente, he logrado alcanzar un éxito, no perfecto, pero sí bastante satisfactorio. Desde mi experiencia, puedo asegurarte que, si logras acumular una cierta racha de abstinencia inicial, los impulsos por consumir se irán volviendo cada vez más débiles y, por tanto, mantenerte limpio te resultará cada vez más fácil. Pero soy consciente de que construir esa buena racha inicial puede parecer impresionantemente complicado, por lo que quiero recomendarte que empieces bloqueando el contenido pornográfico en tus dispositivos. 

Para lograr un bloqueo eficiente de la pornografía vas a necesitar dos cosas, a mi entender, imprescindibles: un amigo y un poco de dinero. Esto se debe a que aplicar bloqueos gratuitos suele acabar siendo ineficaz. Pero no te preocupes, el coste monetario es perfectamente asumible por la mayor parte de la población, y tu amigo no te va a juzgar, pues es casi seguro que él también sea adicto a la pornografía, lo sepa o no. 

Mi recomendación, después de muchos años de prueba y error, es que instales el programa de control parental Qustodio en tu PC y en tu móvil, que pagues la suscripción anual (unos 43 euros al año) y que tu amigo disponga de la contraseña, como si tú fueras su hijo. Lo suyo es que creéis una dirección de correo nueva y que solo sirva para que tu amigo acceda a Qustodio. Eso sí, pídele que apunte en algún sitio dichas dirección y contraseña. 

Con esto, en teoría, tus dispositivos quedarán libres de contenidos pornográficos y tú podrás iniciar esa racha de abstinencia inicial que te permitirá ir construyendo una vida física, mental y espiritualmente mucho más sana. Pero si, al igual que yo, eres un tremendo zascandil que no puede parar de enredar hasta liarla parda y necesitas un extra de protección, puedes utilizar el programa Cold Turkey (un solo pago de 39 euros y ya lo tienes para siempre) para el PC, o la aplicación AppLock para móvil (gratis). Estas herramientas no bloquean contenido para adultos, sino programas, aplicaciones o páginas web concretas a través de contraseñas o números PIN. 

Dejar la pornografía merece mucho la pena: se recuperan claridad, energía y una relación más sana con uno mismo y con los demás. Los bloqueos no son una demostración de debilidad, sino una ayuda inteligente en las primeras etapas, cuando la tentación es más fuerte. Si te das esa ayuda inicial y perseveras lo suficiente como para que el impulso empiece a perder fuerza, descubrirás que la libertad acaba llegando. Y cuando lo hace, todo el esfuerzo previo cobra sentido.

9/9/25

Entre el rugido y el silencio: crónica mínima del Barrio del Aeropuerto - Pólvora en salvas XVIII

El Barrio del Aeropuerto es ese recodo pequeño y obstinado de Barajas que vive a la sombra literal y sonora del Adolfo Suárez, pegado a la Alameda de Osuna por un lado y a Rejas por el otro. Creció de forma apresurada en los años cincuenta y sesenta sobre suelos no preparados, con obras de urgencia y defectos que dejaron huella en fachadas, tuberías y calles. 

Aquí los vecinos aprenden pronto a hablar de riadas como quien habla del tiempo: cada verano trae la memoria de garajes anegados, comercios heridos y charcos de agua turbia que tardan en irse. Los descampados plagados de coches y los bloques de viviendas tienen el aire de quien ha sobrevivido a muchas promesas administrativas; aun así, en cada portal, los vecinos se saludan con familiaridad y rebuscan soluciones comunitarias. 

Hace pocos años empezaron obras de rehabilitación en fachadas y ascensores, detalles pequeños que cambian días y rutinas. Proyectos recientes miran al barrio como laboratorio de regeneración urbana sostenible, intentando que el ruido del aeropuerto no sea el único latido que marque la vida de este lugar. Aquí, entre contenedores, parques mal medidos y voces de cafetería, se teje un melancólico costumbrismo que nunca olvida de dónde viene.

9/6/24

Sí que era para tanto - Pólvora en salvas XVII

Poseo un par de títulos superiores en literatura, pero, aun así, no puedo evitar que el síndrome del impostor se apodere de mí cada vez que me dispongo a dar una turra sobre bellas letras. Imagínense entonces cómo se siento cuando me da por hablar de cine, un arte del que no tengo ni pajolera idea y del que apenas consumo dos o tres producciones al año, aunque hace tiempo sí que solía clavarme quince o veinte películas casi todos los meses. 

Esta vez no me ha quedado más remedio. Hoy he venido aquí a hablar sobre cine porque hace unos días, para bien o para mal, vi Martyrs (2008). Sabía de la existencia de esta cinta francesa porque en algún momento de la última década llegó a mis ojos algún perturbador fotograma que hizo que no quisiera saber más del asunto. Sin embargo, hace unos días, me dio por buscar en Internet información sobre Edwart Bryant, autor de un fantástico relato de zombis titulado Un triste último amor en el bar de los malditos, contenido en la maravillosa antología El libro de los muertos. Fue cuestión de un par de clics el que apareciese un enlace a algún contenido de la película Martyrs y fue cuestión de un par de segundos que un atávico y masoca sentimiento morboso me empujase a pinchar en él.

Desde ese momento vivo obsesionado con la película. Lo estoy incluso desde bastantes días antes de atreverme a verla. Antes incluso de aventurarme a mirar imágenes fijas en Google, puesto que me puse a leer reseñas en Filmaffinity y allí empezó la locura. Para empezar, me llamó la atención que tuviese una puntuación de 6.4, probablemente demasiado alta teniendo en cuenta que fue una película muy polémica debido a las devastadoras imágenes de violencia y tortura que pueblan su metraje, algo que llevaría a muchas personas a puntuar la obra con notas ínfimas simplemente por haber sufrido un daño brutal en su sensibilidad. Si resulta razonable pensar que la obra recibiría muchos ceros y tiene de media casi un notable, podemos concluir que quizás también ha logrado muchos dieces. Me inclino a pensar que no vivimos inmersos en una mayoría social conformada por sádicos, así pues, esta película tenía que ofrecer algo más que una colección de carnicerías. 

Después, la lectura de un buen puñado de reseñas no hizo más que disparar mi curiosidad porque, como era de esperar, se encontraban altamente polarizadas. Algunas personas calificaban la película de auténtica obra maestra del séptimo arte, mientras que otras decían que no se nos ocurriera verla, que nos iba a dejar destrozados. Me dio mucha pena una chica llamada Jimena que contaba cómo Martyrs la había hecho sentir. Creo que merece la pena transcribir algunos fragmentos: 

Es horrorosa, repugnante, odiosa, cruel hasta límites inimaginables...nunca me había pasado que una película me deje mal cuerpo, me haga tener pesadillas toda una noche, me deje sin fuerzas y me rompa el ánimo y el espíritu en dos.

Mi amiga se fue a casa sin mediar palabra, con los ojos brillantes, apaleada y torturada como yo. Nunca me había pasado que una escena destroce así el ambiente y el buen rollo entre dos personas que hasta ese momento estaban pasando un buen rato. "Lo siento" es lo único que acerté a decirle, ya que la película (en qué hora) la había elegido yo.

Nunca me había pasado que me levanto a la mañana siguiente y la vida me parece un poco más oscura y más triste y no me sale la risa tan fácil, pese a que en los Alpes brilla el sol y la ciudad irradia energía.

Tengo que reconocer que soy bastante cagueta para el cine de terror, a pesar de que, en principio, ni creo ni dejo de creer en cosas raras, y que por ello no soy muy dado a ese tipo de cine dentro de que ya soy poco dado al cine en general, pero no podía parar de pensar en la película. Despertaba mucho mi curiosidad, y no por el hecho de contemplar las escenas de violencia como si un servidor fuera un maldito perturbado, sino por conocer el argumento, el desarrollo de la acción, la motivación de esas personas que trataban tan brutalmente a sus víctimas y, como no terminaba de atreverme a ver la película, pero estaba absolutamente devorado por la intriga, decidí meterme en Wikipedia, donde se ofrece un resumen muy detallado del argumento.  

Ya conocía la esencia de la historia y las motivaciones de los malos, porque, sí, una de las grandes virtudes de Martyrs es que los malos no son (solo) unos psicópatas zumbados, sino que con sus brutales actos persiguen dar respuesta a una de las preguntas más inquietantes de la existencia, a saber, ¿qué hay después de la muerte? Sí, los malos de Martyrs conforman una sociedad secreta de hijos de puta convencidos de que las personas sometidas a martirio adquieren la facultad de echar un vistazo al más allá mientras todavía siguen vivos. Y esta sociedad secreta de hijos de puta no escatima en medios para lograr saciar su curiosidad. Nunca nadie llevó a la práctica de un modo tan extremadamente desgarrador la sentencia «el fin justifica los medios», aforismo de cabecera de todos los grandes sacos de mierda de la historia. 

Supongo que a nadie sorprenderá que la lectura del resumen, por muy completo que este fuere, no solo me supiese a poco, sino que más bien disparase mi curiosidad de forma inusitada. Pero como todavía me daba miedo tener pesadillas siniestras o que mi sensibilidad se viese demasiado destruida, decidí dar un paso intermedio entre leer el resumen y ver la película: buscar en YouTube. Allí descubrí un vídeo de trece minutos que contaba y mostraba lo esencial del film, el cual me dejó trastocado durante varios días. Finalmente, llegó un momento en que no pude soportar más la inquietud de la incertidumbre y el deseo loco de saciar mi curiosidad y me decidí a buscar la película por internet y verla de principio a fin. 

Cuando ante mí apareció el rótulo final que muestra la definición etimológica de mártir como testigo, hecho que contribuye a redondear la perfección de la cinta, y el plano acercándose a lo que queda de Anna, a su mirada perdida en lo incognoscible y el fundido a negro que da paso a los créditos finales, acompañados de preciosas imágenes de las dos protagonistas cuando tenían diez años jugando felices y despreocupadas en el orfanato mientras suena una de las piezas de la increíble banda sonora, entonces me dije a mí mismo algo como «bueno, no ha sido para tanto». Pensé en lo exagerada que es la gente y lo desproporcionados que me parecían algunos hechos como las arcadas, los vómitos y las ambulancias en las salas de cine, o el haber clasificado la película como +18 en Francia, algo que rara vez ocurre. Pero también me dije a mí mismo que aquella gente se sentó en la butaca sin saber muy bien a lo que iban a enfrentarse y que se tragaron sin anestesia toda la brutalidad de una de las películas más devastadoras que se hayan filmado. Probablemente si yo hubiera experimentado Martyrs de ese modo habría necesitado asistencia psicológica. 

Pero es que, además, yo estaba equivocado. La película sí que era para tanto, y solo pude ser consciente de ello con el paso de las horas y los días. Imagino que mi sistema nervioso, tan poco acostumbrado a semejantes estímulos, debió verse un poco sobrepasado y no me permitió asimilar adecuadamente todo lo que acababa de ver. Tuve la sensación de que realmente yo ya lo había visto todo en el resumen de YouTube, pero no, me había faltado mucho por ver, infinitos detalles de todo tipo que, con el transcurrir del tiempo, fueron asentándose poco a poco sobre mi alma, como una fina lluvia de un líquido muy denso, removiendo y cambiando mi interior y mi modo de percibir la existencia hasta el punto de que, desde entonces, todas las noches me duermo pensando en la cinta de Pascal Laugier.

Se podría decir que Mártires no es una película, sino dos. La primera posee un ritmo frenético, unas cantidades industriales de sangre, un terror de estilo sobrenatural y típico de películas orientales (mujeres en posturas anatómicamente imposibles y caras monstruosas que te dejan sin respiración) y se encuentra claramente protagonizada por Lucie (Mylène Jampanoï). La segunda película, que ocupa más o menos la última mitad del metraje, se encuentra, por su parte, claramente protagonizada por Anna (Morjana Alaoui) y ofrece un ritmo lentísimo, sin ningún tipo de susto diarreico, y un terror de un estilo mucho más psicológico y brutal, con un lenguaje artístico mucho más bello y elaborado, además de contener casi toda la carga filosófica o intelectual de la película. 

Siento decepcionar a quienes hayan llegado a este artículo buscando una explicación para el final, que es a mi modo de ver uno de los mejores de la historia del cine, porque aquí no va a encontrar nada en ese sentido. He leído un montón de teorías posibles y ninguna resulta convincente del todo. De hecho, es probable que la película realmente no pueda tener un final satisfactorio al cien por cien, ya que ni siquiera el propio director sabe lo que Anna le dijo a la hija de puta de Mademoiselle, pues quería dejarlo totalmente abierto para que cada espectador le buscase su propia explicación. Pero el problema es que todas las explicaciones tienen algún fallo. Ya sea que Anna le dijese a Mademoiselle que no había visto nada o que ha visto el cielo o el infierno o que ha visto lo indescriptible o lo incomprensible o lo incognoscible o le dijera que no pensaba contárselo o le dijera una mentira o incoherencias o le dijera cualquier cosa, por lo menos cualquiera de las que hasta ahora he leído o se me han ocurrido, siempre se podrá encontrar algún fallo, ya sea en la decisión que toma la vieja conchuda, en la conversación con el ayudante, en la duración de las palabras de Anna o en cualquier otro detalle. Y es que las cosas son así, puede que esta película no tenga un final con una explicación satisfactoria y que ese enigma tan cabrón sea lo que lo convierta en el mejor final de la historia del cine (o en uno de los mejores, no he visto todas las películas que se han grabado).

Pascal Laugier comentó en una entrevista muy jugosa que su película está ambientada en «un mundo moribundo, casi como un pre-apocalipsis, un mundo donde el mal triunfó hace mucho tiempo, donde las conciencias han muerto bajo el reinado del dinero y donde la gente pasa el tiempo haciéndose daño unos a otros». Estas palabras describen la realidad de la historia a la perfección. No hay más que ver el modo impasible en que los verdugos tratan a las víctimas, su ausencia total de empatía y piedad, de misericordia, o el comportamiento miserable de los miembros de la sociedad secreta, que son capaces de dormir tranquilos mientras sus víctimas sufren los peores tormentos imaginables. Por si fuera poco, este atajo de hijos de puta no escatima en cinismo, pues manifiestan una especie de veneración hacia Anna, diciendo que es una persona muy especial y que todos deben rezar una oración por ella, como si la pobre muchacha se hubiera sacrificado voluntariamente para satisfacer sus inquietudes existenciales.

¿Recomendaría yo ver esta película? La verdad es que esa es una pregunta complicada. ¿Me arrepiento de haberla visto? En absoluto. No me arrepiento, y eso que soy una persona extremadamente sensible para cuestiones relacionadas con la tortura y bastante cagueta en cuestiones relacionadas con la ficción de terror, pero no, no me arrepiento, porque esta es una película que te marca, que te cambia la vida, que te va a acompañar para siempre y porque creo que eso es, en definitiva, lo que hace a una verdadera obra de arte. 

Quiero concluir diciendo que todas las mujeres torturadas que aparecen en esta película, especialmente Anna, se han convertido para mí en personajes cuasi reales cuyo sufrimiento me causa dolor, así como frustración me genera el no poder ayudarlas, no poder consolarlas, no poder, de algún modo, acompañarlas en su martirio y en su soledad, en su tristísima y desgarradora soledad, y siendo consciente desde mi lado racional de que estoy hablando de personajes de ficción, algo dentro de mí me pide que reescriba la historia cambiando el final, de forma que un personaje, yo, por ejemplo, entre en esos lugares tenebrosos armado con un fusil de asalto y libere a esas pobres chicas de su condena. 

De verdad, daría lo que fuera por poder ayudarlas.

¿Alguien puede explicarme esta imagen? (mira las esposas)


7/4/24

Siempre la misma historia - Pólvora en salvas XVI

Portada bastante guapa la de
esta joya descatalogada

Con el propósito de cosechar inspiración, he comenzado a leer un voluminoso libro titulado Antología del cuento norteamericano. La idea es estudiar a fondo las historias más interesantes, seleccionando de ellas algunos elementos narrativos con los que construir mis propios relatos, dando a dichos elementos un enfoque actual o llevándolos al absurdo o modificando algunas de sus características o aplicándoles cualquier otro cambio que se me pueda ocurrir. 

Esta técnica no es nueva y ya la he utilizado varias veces. Por ejemplo, el fogonazo creativo que me permitió escribir La muerte pública de Álvaro Cuervo vino simplemente de modificar con antónimos el título del cuento La vida secreta de Walter Mitty, de James Thurber. Pero no es solo que esta técnica no sea nueva, sino que probablemente venga siendo usada por los creadores de historias desde la noche de los tiempos. De hecho, si estás leyendo esto, probablemente hayas escuchado eso de que siempre se está contando la misma historia o que siempre se está escribiendo el mismo libro. Homero plasmó la estructura básica, que ya por entonces estaba muy lejos de ser novedosa, y todos los que vinieron después se limitaron a cambiar un poco los detalles. A este respecto, me ha gustado mucho un artículo que he encontrado informándome sobre ello, os lo dejo aquí (sí, les he plagiado el título). 

La cuestión es que el primer relato de la antología es un cuento fantástico, en las acepciones 2 y 4 del término que ofrece la RAE, titulado Rip van Winkle, del venerable señor Washington Irving, quien vivió en España de 1826 a 1829, trabó amistad con nuestra Cecilia Bolh de Faber y se enamoró profundamente de Granada, y que es más conocido por haber escrito La leyenda de Sleepy Hollow, llevada al cine por el gran Tim Burton. 

El regreso de Rip van Winkle
Estaba yo tan feliz imaginando una versión actualizada de esta historia formidable cuando empecé a ser consciente de que lo que venía a mi cabeza no eran ideas propias, sino lejanos recuerdos. Y es que, la esencia del cuento de Irving consiste en que <SPOILER> un hombre se queda dormido en el bosque y al regresar a su aldea descubre que han transcurrido veinte años </SPOILER>. ¿Dónde había yo visto algo parecido? Pues, para empezar, en un episodio de la mitiquísima serie Más allá del límite, en el que un hombre sufría un accidente de coche y, al regresar a casa, resultaba que habían pasado dos lustros, aunque él no había envejecido nada, pues desde su perspectiva solo habían transcurrido unas horas (en el cuento original el protagonista sí envejece veinte años). En este caso los culpables eran unos extraterrestres para los que no existía la noción del paso del tiempo y que no eran conscientes de que cada vez que enganchaban a este señor para vaya usted a saber qué, le estaban destrozando la vida. Me parece una vuelta de tuerca brutal al relato de Irving y, si os apetece ver el capítulo, podéis echarle un ojo en este enlace, pues algún héroe de las redes tuvo el detalle de colgarlo en Internet.

Pero este no fue, ni mucho menos el único caso. También vino a mi memoria un cuento de José María Merino que leí en su libro Historias del otro lugar. Antes tenía un ejemplar que recibí como premio en un concurso literario, pero acabé vendiéndolo por Wallapop, así que tuve que recurrir a la Biblioteca Secreta de Telegram (vivo al límite, lo sé) para releer la historia. Efectivamente, en un cuento titulado La noche más larga, Merino ofrece una actualización de Rip van Winkle ubicada en los recuerdos de un gallego que regresa a su pueblo y rememora la historia que, siendo joven, le narró un borracho conocido como El Samba, quien aseguraba que se quedó dormido en una casa habitada por tres mujeres y que despertó veinte años después. Me ha parecido una versión excesivamente deudora del original y el hecho de no incluir una triste nota al pie indicando la referencia me ha resultado, digamos, poco elegante. 

Además de esto, hace poco, viendo GEOS (muy recomendable si alguna vez necesitas un poco de motivación cuando te sientas cansado o tengas frío o pocas ganas de levantarte), me salió el tráiler de una película española titulada Salta, en la que un niño de 1989 se cae en un agujero de gusano y aparece en la actualidad, donde se encuentra con su hermano pequeño, que ahora es un adulto de unos treinta años. Esto también recuerda al cuento de Irving, aunque ahora se introduce un elemento propio de la ciencia-ficción, lo que me ha llevado a concluir que Rip Van Winkle podría considerarse una de las obras pioneras en explorar el género del viaje en el tiempo. Sí, no es lo mismo que Regreso al futuro, el viejo Rip no posee una máquina y no puede ir hacia atrás, pero pocas cosas puede haber más parecidas a viajar en el tiempo que quedarte dormido durante veinte años. 

Todavía he encontrado una historia más que se encuentra poderosamente influida por nuestro cuento. Es un episodio de la serie The Twilight Zone, se titula La travesura de Rip Van Winkle y su argumento gira en torno a un grupo de delincuentes que decide someterse a un sueño inducido de cien años para burlar la ley. Ah, y también tendríamos El dormilón de Woody Allen, que lo acabo de ver en la Wikipedia. 

Pero para sorpresa de… bueno, de nadie, resulta que el cuento de Irving tampoco es del todo original y en sus propias páginas se dice que es posible que la historia recuerde a la leyenda del emperador Federico Barbarroja, quien supuestamente no murió, sino que se encuentra durmiendo en una montaña a la espera de despertar para hacer que Alemania recupere su gloria imperial. Puede que Irving se inspirase en esta leyenda, o puede que lo hiciera en la de Los siete durmientes de Éfeso, en la historia japonesa de Urashima Tarō, o en el drama noruego de 1781 titulado Año 7603, o quizá en todas o tal vez en ninguna, qué más da, lo importante es que, al final, siempre estamos contando la misma historia y lo que tenemos que hacer es encontrar formas originales de volver a escribirla. 

8/12/23

Aprovecha el tiempo, pues los años vuelan y algún día morirás - Pólvora en salvas XV

Me encantan las locuciones latinas porque son breves, suenan bien y suelen encerrar grandes cantidades de sabiduría. Entre mis favoritas, hay tres que hacen referencia al transcurso del tiempo y que vienen a transmitir casi la misma idea. Son carpe diem, tempus fugit y memento mori. De hecho, sus significados pueden combinarse en una sola sentencia más extensa y poderosa y que he utilizado para titular este artículo: APROVECHA EL TIEMPO, PUES LOS AÑOS VUELAN Y ALGÚN DÍA MORIRÁS.

Aquellos que estamos interesados en el amplio mundo del desarrollo personal somos conscientes de lo importante que puede ser aprovechar nuestros días al máximo. Hay tantos libros que leer, tantas disciplinas que probar, tantas cosas que aprender, tantos sitios que visitar, tantas personas que conocer, tantos momentos que compartir… Sin embargo, ahí está nuestro tiempo, una cantidad que no solo no puede crecer, sino que se reduce día a día, minuto a minuto, y de la que ni siquiera podemos conocer su medida, pues la fecha de nuestro final constituye un enigma, por desgracia o por fortuna, irresoluble. 

Así pues, lo único que nos queda a este respecto es, por un lado, dejar de desperdiciar nuestro tiempo como si fuera algo infinito y, por otro, tratar de aprovecharlo para llevar a cabo durante su transcurso el mayor número posible de actividades que aporten valor a nuestras vidas. Un modo muy interesante de poner esto en práctica sería hacer varias cosas a la vez. No estoy hablando de la multitarea, que, al parecer, se ha demostrado que es imposible. Hablo de realizar al mismo tiempo una actividad que demande tu atención y otra que no lo haga, o, que al menos, no lo haga en gran medida. 

A lo largo de mis años transitando los caminos del desarrollo personal, he ido a dar con varias combinaciones de este tipo y hoy quiero compartir con vosotros las tres que considero más útiles e interesantes.

1) Lee mientras descansas en el gimnasio

Leer es uno de los mejores hábitos que podemos implementar en nuestra vida. Te entretiene, reduce el estrés y mejora tu vocabulario, tu ortografía, tus habilidades expresivas, tu imaginación y tu nivel cultural,
por citar solo algunas ventajas. Los que somos auténticos yonquis de la lectura lamentamos no disponer de más tiempo para adentrarnos entre las páginas de la inmensa lista de libros que tenemos pendientes, pero lo cierto es que podríamos leer mucho más si aprovecháramos los ratos muertos que nos ofrece nuestra cotidianidad

En este sentido, constituye todo un clásico leer en el transporte público, pero yo quería ser un poco más original, por lo que mi propuesta consiste en aprovechar los descansos entre series en el gimnasio. Por lo general, estos parones se prolongan durante un minuto y medio, dos o incluso tres minutos en determinadas rutinas. La mayoría de la gente los gasta en revisar las redes sociales, charlar o dar vueltas mirando a las musarañas. Si tomamos la determinación de invertir ese tiempo en lectura, la cantidad de libros que leemos al año puede incrementarse significativamente. 

Veámoslo con el ejemplo de una persona que vaya al gimnasio tres veces a la semana y que realice en cada sesión siete ejercicios de cuatro series. Redondeando a la baja, esto daría unos 25 minutos de descanso por sesión, lo que serían 75 minutos a la semana, o unas 65 horas al año. ¿Cuántos libros se pueden leer en ese tiempo? Pues la nada desdeñable cantidad de 6 o 7 libros de 200 páginas (en realidad pueden ser unos cuantos más). 

Creo que la posibilidad de leer varios libros más al año casi sin esfuerzo y sin la sensación de tenerle que dedicar tiempo resulta más que tentadora. Mi recomendación es hacerlo utilizando un Kindle. Es verdad que podemos leer libros en papel, pero resulta mucho más incómodo, no solo por el hecho de que el libro electrónico es más manejable, sino porque te evita estar buscando por dónde te quedaste la última vez cuando empiezas un nuevo descanso. En el Kindle esto se soluciona poniendo la letra bastante grande, lo que facilita enormemente encontrar el punto donde pausaste la lectura. 

2) Aprende idiomas mientras te arreglas

Creo que resulta ocioso relatar las ventajas que tiene hoy en día el aprendizaje de una segunda o tercera lengua. Por otra parte, tampoco pretendo atribuirme la idea de escuchar algo mientras te duchas y te preparas para ir a clase o al trabajo. Mi propuesta se concretiza en aprovechar, mientras realizas esas tareas (que no requieren casi atención, al encontrarse altamente automatizadas), para mejorar tu listening. Es decir, en vez de ducharte, afeitarte, preparar el desayuno y todo lo demás al ritmo de Los 40 Classic, invierte ese tiempo en escuchar podcast en inglés (o en la lengua que estés aprendiendo). Si lo haces casi todos los días, podríamos estar hablando fácilmente de más de 150 horas al año dedicadas a aprender un idioma, lo cual puede marcar una gran diferencia en esta cuestión. 

Si controlas bastante, podrás encontrar una amplia oferta en Internet. Es recomendable que los programas que elijas traten sobre temas que te interesen, pues así tu cerebro se esforzará más en entender el mensaje y tenderás menos a desconectar. Sin embargo, si no tienes demasiado nivel, puede resultar difícil encontrar algo que merezca la pena, pues lo ideal con el listening es que lo que escuchas solo esté un poco por encima de tu nivel actual, de forma que puedas entender una gran parte del mensaje. Si no logras comprender más de la mitad de lo que se dice, en la práctica será como estar escuchando ruido blanco. 

Por todo ello, quiero recomendaros que os habituéis a un podcast que me acompaña desde hace muchos meses y que es una auténtica maravilla. Se llama Listening Time y en él su creador habla en cada capítulo sobre un tema, los cuales suelen ser casi siempre interesantes y de lo más variado (algunos ejemplos son: los sueños, el cine, la inteligencia artificial, el día de la madre, la comida basura, los deportes extremos, el patriotismo, la lectura, la antigua Grecia…), con la particularidad de que se expresa de un modo un poco más claro y un poco más lento de lo que lo haría en una conversación normal. Este tipo de input comprensible es el entrenamiento perfecto para empezar a entender otro tipo de materiales audiovisuales que, por ahora se encuentran, fuera de nuestro alcance, algo que puede cambiar poco a poco sin que te des cuenta. 

3) Transcribe tu diario mientras caminas 

Los paseos suponen otra gran oportunidad para aprovechar el tiempo, tanto si caminas ex profeso (otra maravillosa locución latina) como si lo haces porque no te queda otra. Son varias las actividades combinables con las caminatas (escuchar música, escuchar podcast, reflexionar, buscar ideas creativas, incluso leer), pero la que yo propongo es la elaboración de un diario utilizando una app de transcripción. 

Llevar mi diario se ha convertido para mí en una actividad absolutamente irrenunciable y, aunque hacerlo posee múltiples ventajas, considero que la principal es su utilidad como almacén de ideas y de recuerdos. Es una verdadera lástima la cantidad de experiencias y pensamientos que vamos olvidando día tras día y, al mismo tiempo, si no lo has experimentado, no te imaginas lo satisfactorio que resulta leer los detalles de lo que hiciste un día cualquiera de hace unos años o incluso unos meses. Además, he comprobado por mí mismo que solo conservamos una parte de algunos recuerdos, mientras que olvidamos otras. Por ejemplo, yo recordaba perfectamente que tuve un incidente con mi vecino hace justo un año, pero había olvidado por completo hasta que lo leí ayer, que aquella noche me la pasé soñando con lo que me había ocurrido y despertándome en medio de la oscuridad sin estar seguro de si el suceso había tenido lugar en la realidad o no. 

A pesar de todos estos pros, escribir nuestro diario puede llevarnos bastante tiempo, lo cual podría hacernos desistir. Gracias a la transcripción, podremos registrar las cosas que hacemos cada día, las ideas que tenemos o cómo nos sentimos sin ningún esfuerzo. Después podemos copiar el texto, pasarlo a la app de Word, ponerle la fecha como título y que quede almacenado en la nube, constituyendo una especie de disco duro externo maravilloso para nuestra memoria. 

Espero de corazón que estas tres propuestas os hayan resultado interesantes y que os apetezca implementarlas en vuestras vidas. Recordad que, incluso aunque no las sigáis siempre, aunque no leáis en todos los descansos ni hagáis listening en todas vuestras duchas ni transcribáis vuestras cavilaciones en todos vuestros paseos, aunque solo lo hagáis algunas veces, siempre valdrá la pena el esfuerzo, pues cada minuto que logremos rescatar de cualquier rato muerto supondrá, en cierto modo, aumentar nuestro tiempo de vida. 


14/3/23

La noche en que conocí a Andrés Bosch - Pólvora en salvas XIV

Practicar boxeo ha traído grandes mejoras a mi vida: confianza, resistencia, pérdida de grasa, salud cardiovascular, aumentos de testosterona... Lo que nunca habría imaginado es que, gracias al deporte de los puños, iba a descubrir a mi nuevo escritor fetiche: don Andrés Bosch Vilalta

Todo ocurrió hace un par de semanas. Yo estaba informándome en la Wikipedia sobre el pugilismo patrio cuando vi un subapartado sobre el boxeo en la cultura popular en el que mencionaban la novela La noche. Casualmente yo tenía un ejemplar guardado en el cajón de los libros que vendo por Wallapop, por lo que pensé que podría rescatarla y echarle un ojo. El hecho de que hubiese resultado ganadora del Premio Planeta de 1959 me tiraba un poco para atrás, pero afortunadamente logré sacudirme el polvo de mis prejuicios. Desde entonces vivo obsesionado con Andrés Bosch, hasta el punto de haberme planteado en sueños la posibilidad de hacer un doctorado sobre su obra.

En fin, comencé a leer La noche y a las pocas páginas ya me sentía completamente atrapado por su poderosa fuerza narrativa. En paralelo a la lectura, empecé a buscar información sobre el autor y sus libros, pero curiosamente no encontraba casi nada: una escueta página en Wikipedia donde informan de los datos biográficos esenciales (fecha y lugar de nacimiento y muerte, obras publicadas, premios, poco más); un obituario firmado por Manuel Vázquez Montalbán, donde lo define como un buen escritor que casi nunca estuvo de moda, pidiendo que los críticos digan algo de él; una reseña en una web de boxeo inactiva desde 2013; y, por último, un artículo homenaje en un blog, entre cuyos comentarios figura uno del polémico crítico Manuel García-Viñó, fundador de La fiera literaria, donde califica a Andrés Bosch como el mejor novelista español del siglo XX.

Sinceramente, yo no creo que Andrés Bosch sea nuestro mejor novelista de la pasada centuria pero lo que sí puedo decir es que en mi vida he leído unas cuantas novelas, doscientas noventa y ocho, para ser exactos, y La noche es, sin ningún género de dudas, una de las mejores. Me fascinó su belleza sobria y sombría, su estilo crudo y eficaz, la personalidad y el conflicto del protagonista, la pléyade de personajes secundarios y extras que lo acompañan, caracterizados magistralmente por el autor con un par de pinceladas, como el olor, el tipo de sonrisa o, muy en la línea galdosiana, el uso frecuente de alguna expresión y, por mencionar una virtud más, las descripciones de los ambientes urbanos y naturales, que recuerdan al Baroja de La lucha por la vida, y que pueblan toda la obra llevando al lector a experimentar un orgasmo estético tras otro. 

Lógicamente, cuanto más leía, más me extrañaba el silencio de la crítica. En mi ansiosa búsqueda de información, exploré los fondos de la biblioteca de la UNED y los contenidos de Dialnet y de Google Books, pero lo hice en vano. Nadie había publicado ni un miserable artículo sobre Bosch en ninguna revista especializada, ni mucho menos había defendido alguna tesis doctoral. Esto no sería un problema si la causa radicase en el elevadísimo nivel exigido por los críticos y teóricos de la literatura, pero no es así, pues excrementos narrativos como Las edades de Lulú o panfletos ideológicos como Soldados de Salamina han obtenido atención en decenas de publicaciones. Nadie dijo que la vida fuese justa, aunque tampoco dijeron que sería tan cabrona.

Pero dejemos que sean otros los que evidencien los méritos de La noche y de Andrés Bosch pues, finalmente, de tanto buscar, sí que logré encontrar algunos pronunciamientos de la crítica, honrosas excepciones en esta infamia artística que supone haber privado a nuestro narrador del reconocimiento que merece. Lo primero que cabría decir es que La noche ganó el Planeta con el voto unánime del jurado, un jurado entre cuyos miembros se encontraba nada menos que doña Carmen Laforet. Por otra parte, el mencionado García-Viñó le dedica a Andrés Bosch un capítulo de su ensayo Novela española actual, titulado «Andrés Bosch y las posibilidades de una nueva novela española». Allí lo define como el novelista español más importante surgido tras la guerra civil, junto a Carlos Rojas, declarando que «de todo lo que digo en este libro, esto es lo único que sé con plena seguridad». No he leído todo el artículo, pues no quiero destriparme otras novelas de Bosch, pero sobre La noche, García-Viñó destaca el alcance universal del protagonista (el inolvidable Luis Canales), restando importancia a la ambientación en torno al boxeo, asegurando que la esencia de la novela habría quedado inalterada si se hubiese utilizado el fútbol o el toreo como telón de fondo. Otro crítico muy respetable que dedicó palabras elogiosas hacia nuestro novelista, si bien no tan entusiastas, fue Gonzalo Sobejano, quien dijo de él que poseía un estilo depurado y que ofrecía unas narraciones cuidadosamente construidas basadas antes en la sobriedad que en el lucimiento. Por último, los profesores Pedraza y Rodríguez dedican a nuestro narrador algunas páginas del tomo XIII de su maravilloso Manual de literatura española. Allí ofrecen un comentario más que nada descriptivo, neutral. Dicen de Bosch que es un novelista que prioriza la psicología de los personajes por encima del argumento, que rechaza el realismo social aunque utiliza una estética realista o que gusta de alternar el enfoque objetivo con el subjetivo.  

El presente homenaje va llegando a su fin, pero puedo asegurar que esta no va a ser la última vez que Andrés Bosch aparezca por aquí, ya que desde mis humildes medios voy a tratar de hacer lo posible por honrar su memoria y otorgarle, al menos, una pequeña parte del reconocimiento que merece. 

Andrés Bosch junto a Manuel García-Viñó y Carlos Rojas

27/2/22

Preocupaciones de baja cualificación - Pólvora en salvas XIII

No suelo poner la calefacción cuando me voy al coche durante mi tiempo de turno partido, pero hoy sí que lo he hecho y tampoco se gasta tanto; tan solo unos kilómetros ha bajado el indicador de autonomía del vehículo. Espero que doña Greta Thunberg y don Íñigo Errejón puedan perdonarme por semejante agresión medioambiental, no sé, es posible que por mi culpa Madrid haya escalado vertiginosamente en la clasificación de ciudades más contaminantes del mundo, situándose entre las veinticinco megápolis (23 chinas junto a Moscú y Tokio) cuyas emisiones suman el 52% del total de CO2 que la humanidad lanza a la atmósfera. Y es que, como buen egoísta inconsciente de ultra extrema derecha radical, no es esto lo que me preocupa cuando me dirijo cada mañana hacia mi feíto Renault Modus, sino el hecho de hacer pasadas extra por el arco de seguridad. Si todos los días me voy al coche en lugar de quedarme con mis compañeros tratando de ser sociable, al cabo del año me habré llevado un montón de exposiciones a esa mierda radiactiva que podría haber evitado perfectamente. He leído por ahí que estas cosas no suponen un peligro real y que no sé cuántas miles de pasadas equivalen a la exposición a una radiografía. Pero lo cierto es que una vez, una coordinadora me dijo que estaba exenta de atravesar el arco por haberse quedado embarazada. Además, una compañera me comentó que mucha gente que ha trabajado toda la vida en el aeropuerto, al poco de jubilarse, acaba sufriendo cáncer. En fin, que está claro que algo hay, no puede ser completamente inocuo y también es evidente que a nadie le va a importar demasiado que un puñado de currelas de baja cualificación termine desarrollando tumores en el albor de su vida pensionista. En cualquier caso, yo espero no seguir demasiado tiempo en este trabajo, pero espero también, con mucha más fuerza, que el haberme tirado once años atravesando esos cacharros no haya llegado a generar ningún tipo de mella en mi material genético.

20/2/22

A vueltas con los zombis - Pólvora en salvas XII

Hoy he terminado de ver La noche de los muertos vivientes, pero la de 1990, no la original de George A. Romero. Contra todo pronóstico, me ha parecido una versión muy digna. Me han gustado la fotografía y la atmósfera, y creo que con el maquillaje lograron alcanzar unos niveles de decencia considerables para la época (al menos en lo referente a los zombis, es cierto que cuando Johny se abre la cabeza contra una lápida canta demasiado el muñeco). En esta película los muertos son muy lentos, bastante más que en The walking Dead, y no digamos ya respecto a la versión de El amanecer de los muertos de 2004, o a 28 días después o a Guerra mundial Z. De hecho, el propio Romero mostró su desaprobación ante esta peculiaridad de los caminantes (serían más bien corredores o velocistas) de nueva generación, pues el rigor mortis impediría a estos demostrar demasiada agilidad. En mi opinión, la velocidad a la que se mueven los zombis de la serie es la más adecuada, pues es la que ofrece mejor equilibrio entre emoción y posibilidades de supervivencia ante un ataque. Por otra parte, me ha resultado interesante detectar una gran cantidad de elementos de la serie que probablemente hayan podido tomar de esta película. Por ejemplo, la situación de un zombi solitario con el tren inferior dañado que se arrastra por el suelo y al que el protagonista decide, digamos, liberar de su sufrimiento; o la de una zombi que sujeta una muñeca; o la de utilizar a los zombis en peleas para ofrecer espectáculo; o la de amontonar una gran cantidad de muertos-muertos para quemarlos. Incluso aparece un personaje secundario al final, un redneck, que me ha recordado mucho a Negan, no solo en su forma de hablar o en su lenguaje corporal, sino incluso físicamente. En fin, que aquí queda esto, un irrisorio paso para la humanidad pero un considerable paso para el friki de los zombis. 

15/2/22

Yo no soy Miguel Delibes - Pólvora en Salvas XI

Esta mañana he decidido irme al coche durante la hora y media de turno partido que sufro en el trabajo y he aprovechado para leer «El manguero», un relato de Delibes recogido en su libro La partida. El protagonista de esta historia es un personaje odioso que disfruta maltratando las plantas del parque donde trabaja, algo que me viene muy bien para el TFM, pues puedo relacionarlo con un artículo en el que el vallisoletano trata la evolución del concepto de antihéroe en la novela contemporánea. Después de leer, me he puesto a almorzar y a escuchar la radio. Hacía mucho frío, pero no quería encender la calefacción, por no arrancar el motor y gastar gasolina. El sol ya se iba levantando sobre el horizonte, pero apenas calentaba. Enfrente se extendían estos descampados que hay junto al aeropuerto, que no sé muy bien hasta dónde llegan, y que poseen cierto aspecto salvaje, como de estepa, o de tundra, aunque yo no tengo muy claro cómo son las estepas ni las tundras. Es una zona que me gusta mucho, un paisaje desolado y distópico que me llena de sosiego y de nostalgia. La pena es que lo tienen hecho un asco, anegado de basura, como un vertedero. A veces me entran ganas de limpiar, de llevarme de allí cada día una bolsa llena de mierda, pero creo que podría tirarme años con la tarea y no conseguir nada. Es un área desatendida, huérfana, una especie de tierra de nadie donde no llegan barrenderos ni nada que se les parezca. En verano se alzan unos cardos borriqueros enormes, algunos más altos que yo y, mientras atraviesas los caminos para llegar al curro, ves montones de conejos que salen corriendo como locos entre los olmos y las olivardas. Naturalmente, yo no conocía los nombres de estos árboles y plantas, pero los identifiqué con una aplicación del móvil. 

Para bien o para mal, yo no soy Miguel Delibes. 

2/11/21

Escritores intentan imitar a Bukowski y pasa esto - Pólvora en Salvas X

Todos los escritores, desde el más eximio de los profesionales hasta el más mediocre de los aficionados, poseen referentes. Esto no tiene nada de malo y me atrevería a decir que es algo completamente inevitable, pues resulta complicado imaginar a un amante de la escritura que no admire, al menos, alguna que otra obra ajena. Por otra parte, tantos siglos de literatura han dado lugar a que casi cualquier cosa que se escriba no sea más que una leve variación de algo que ya se escribió muchas veces en el pasado. Por ejemplo, todo aquel que dé a luz una historia sobre un personaje que sale de su hogar, vive aventuras y regresa, estará tomando como referencia, lo sepa o no, la hay leído o no, a la Odisea de Homero. 

Pero una cosa es tener referentes que nos influyan a la hora de escribir y otra muy distinta pretender, prácticamente, convertirnos en esos referentes. Este fenómeno no resulta demasiado habitual, pero existe un caso de elevadísima recurrencia, y es el de la pléyade de escritores jóvenes y no tan jóvenes, profesionales y no tan profesionales, que tratan de, prácticamente, convertirse en Charles Bukowski. Un caso paradigmático lo tendríamos en José Ángel Mañas, autor de la exitosa novela Historias del Kronen, la cual ha provocado en mí un intenso sentimiento de vergüenza ajena desde las primeras frases (espero que si algún día José Ángel lee esto no se enfade. Mi novela también da vergüenza ajena pero al menos él ganó un montonaco de dinero con la suya). 

Comprendo perfectamente a todos los que han caído en esta trampa porque yo he sido uno de ellos, algo que con el tiempo me ha llevado a renegar de mi única novela publicada. Y es que, cuando uno lee por primera vez a Bukowski, siente que ha descubierto un tesoro literario de incalculable valor. Uno percibe en la narrativa y la poesía de Hank una inmensa novedad, un estilo distinto a todo lo que se ha leído hasta entonces y, claro, el deseo de escribir de un modo parecido tarda poco tiempo en aflorar. Además, parece que no es tan difícil; parece que todo consiste en utilizar frases muy breves, muchos párrafos, cortar los versos aleatoriamente, utilizar palabrotas, hablar de drogas, alcohol, cigarrillos y prostitutas, algún que otro tema polémico, alguna que otra referencia intertextual… «vaya, pues creo que yo también podría hacerlo». Pues, no, resulta que la cosa no es tan sencilla y que, cuando se intenta, lo único que se logra, en la mayoría de los casos, es producir basura impostada

El estilo personalísimo de Bukowski no puede reducirse a una ecuación o a una suma de ingredientes porque su estilo es, precisamente, resultado de su personalidad y de sus vivencias. Si no eres Charles Bukowski, nunca escribirás como él y, si lo intentas, acabarás, casi con total seguridad, provocando una mezcla de pena y vergüenza. Si quieres aceptar un consejo de un escritor aficionado que fracasó tratando de convertirse en escritor profesional, no intentes imitar a nadie. Lee muchísimo y escribe todo lo que puedas y, con el tiempo, tu propio estilo irá emergiendo. Probablemente no sea tan fascinante como el de Bukowski, pero, al menos, resultará natural, lo cual es mucho más de lo que puede ofrecer un considerable número de escritores exitosos y no tan exitosos.  

13/9/21

Diez formas de ganar el Premio Cervantes - Pólvora en salvas IX

Desde hace unas semanas, estoy siguiendo las enseñanzas de un joven sabio llamado Pablo Zamit. Con él he aprendido, por ejemplo, que la industria p0rn0gráf1ca está generando una sociedad de muertos vivientes, que hacer caridad sigilosa puede elevar tus niveles de oxitocina o que el juicio social es el mayor estresor al que nos vemos sometidos en nuestro día a día. Uno de sus pódcast sobre productividad se titula Conviértete en una máquina de crear ideas, y en él nos habla de una técnica para estimular la creatividad propuesta por el escritor millonario James Altucher. Dicha técnica consiste en elaborar listas de diez ideas sobre cualquier cuestión que se te ocurra. No importa si la cuestión o las ideas son disparatadas o imposibles (aunque no tienen por qué serlo) porque se trata simplemente de un ejercicio que busca fortalecer nuestro músculo creativo. Las ideas deben ir acompañadas de un primer paso necesario para ponerlas en práctica, el cual también puede ser disparatado o imposible. Has de apuntarlo todo en una libreta y, cuando juntes varias listas, puedes practicar el llamado sexo de ideas, que consiste en juntar dos ideas para ver qué pasa, pues, como dice mi maestro «a veces, una idea mala fusionada con una idea imposible da como resultado una idea genial».

Esta introducción ha sido necesaria para comentar que, hace unos días, estaba yo en el gimnasio cuando se me ocurrió que podría aprovechar los descansos entre series, que a veces se prolongan hasta por tres minutos, para practicar el ejercicio del que acabo de hablar. Pensé que podría resultar gracioso buscar diez formas disparatadas de ganar el Cervantes y, cuando tuve la lista concluida, pensé también que podría aprovecharla para escribir un nuevo artículo para mi blog, por lo que aquí dejo esta descabellada lista de ideas (la última es la más loca). Si alguien lograse hacerse con tan célebre galardón gracias a mí, espero que al menos tenga el detalle de dedicármelo

Idea 1. Sobornar a los miembros del jurado (primer paso: conseguir muchísimos millones de euros). 

Idea 2. Chantajear a los miembros del jurado (primer paso: investigarlos a fondo para encontrar sus trapos sucios). 

Idea 3. Hipnotizar a los miembros del jurado (primer paso: aprender hipnosis). 

Idea 4. Plagiar la obra de un futuro ganador (primer paso: conseguir una máquina del tiempo). 

Idea 5. Obligar/convencer a un gran escritor para que produzca obras para mí y me deje firmarlas (primer paso: elegir a ese escritor [¿Vargas Llosa…?]).

Idea 6. Desarrollar una inteligencia artificial que escriba obras revolucionarias (primer paso: matricularme en Ingeniería Informática). 

Idea 7. Plagiar la mejor literatura de alguna civilización alienígena (primer paso: entrar en contacto). 

Idea 8. Modificar los valores estéticos de la sociedad para que se aprecie lo que yo escribo (primer paso: publicar un tratado revolucionario de Teoría Literaria). 

Idea 9. Impedir que haya más candidatos (primer paso: convencer a los mejores escritores hispanohablantes de que no escriban nada más). 

Idea 10. Desplegar una amplia y exitosa carrera literaria que merezca el premio (primer paso: dedicar catorce horas diarias durante el resto de mi vida a escribir y estudiar literatura [resultados no garantizados]). 

7/9/21

Me importa un carajo la tilde de marras - Pólvora en salvas VIII

Cuando no tenía ni idea de lingüística, me consideraba un firme defensor de la tilde diacrítica (en adelante, la tilde de marras) en el adverbio solo y en los pronombres demostrativos, a pesar de que ignoraba lo que era un adverbio, un pronombre demostrativo y hasta incluso una tilde. Mantenía esa posición, supongo, para hacerme el guay, para mirar a la gente por encima del hombro y para ser rebelde. «Miradme, miradme todos, desobedezco a la RAE, le pongo tilde a sólo porque yo sé cuándo se le pone, (cuando se puede cambiar por solamente), ja, ja, ja, soy mazo intelectual». 

Más tarde, cuando empecé a aprender lingüística, fui comprendiendo los motivos por los que la RAE abogaba por eliminar la tilde de marras. La explicación, que mi antiguo yo preunediano ni se había molestado en leer, tenía todo el sentido del mundo, y la ofrezco aquí sintetizada en elegante silogismo: 

  • Premisa 1: La tilde diacrítica sirve para diferenciar palabras que se escriben igual pero que pertenecen a categorías gramaticales distintas, siempre que una sea tónica y otra sea átona (1). 
  • Premisa 2: El adverbio solo y el adjetivo solo se escriben igual y pertenecen a categorías gramaticales distintas, pero ambos son palabras tónicas
  • Conclusión: La tilde diacrítica no ha lugar en este caso

El razonamiento me pareció a todas luces impepinable, por lo que acabé convertido en un firme defensor de la eliminación de la tilde de marras. Sin embargo, hace poco, mientras escribía alguna mamarrachada, me di cuenta de que la forma como, del verbo comer, es tónica y no lleva tilde diacrítica a pesar de que existen palabras que se escriben igual, pertenecen a otras categorías gramaticales y son átonas, como es el caso del adverbio relativo como o de la conjunción como. Intrigado por este hecho, decidí elevar la cuestión directamente a instancias de la RAE, a través de un tuit dirigido a su cuenta de Twitter.

La respuesta que me ofrecieron fue que la tilde de marras «no es sistemática, sino que tiene carácter excepcional y tradicional» y adjuntaron un enlace a la versión en línea de la Ortografía de la lengua española de 2010. En dicho enlace se muestran muchos más ejemplos en los que la tilde diacrítica debería operar y no lo hace, como en la forma entre (verbo/preposición) o sobre (verbo y sustantivo/preposición). Las explicaciones se amplían comentando que las palabras escritas con tilde diacrítica tienen en común ser «de empleo frecuente» y que el objetivo es «facilitar su identificación rápida (…) evitando posibles ambigüedades». 

Pues bien, ante esto, entendí que un defensor de la tilde de marras podría alegar que, si bien es cierto que solo siempre es una palabra tónica, no pasaría nada por hacer una excepción sobre la base de su uso frecuente, su tradición y su utilidad evitando ambigüedades. A esto, la RAE podría responder que las ambigüedades se resuelven por el contexto, lo cual es cierto, pero es algo que también podría aplicarse a los pares diferenciados por tilde diacrítica, lo que debería llevarnos a eliminarla en todos los casos. «Bueno, bueno», podría decir la RAE, «la cuestión es que la tilde de marras es para casos de tonicidad/atonicidad, y punto». A lo que los tilderos podrían responder, «sí, sí, claro, lo mismito que en sobre, entre, como, para, don, a, de, e, o, te, u, la, luego, santo, puesto, más, aún...».

Creo que se entiende a dónde quiero llegar, así que no seguiré desarrollando. Lo último que voy a decir es que a mí esta cuestión ya como que me la trae al pairo, no seré yo el que se enfangue en infructuosos debates con usuarios de redes sociales que no saben ni que existen las palabras átonas (2). Y si alguien me pregunta, le diré: «mira, en exámenes y trabajos universitarios, escríbelo sin tilde porque de lo contrario te pondrán una falta de ortografía. En el resto de los casos, haz lo que te dé la gana porque en realidad nadie tiene la razón y todos están equivocados». 


(1) Aunque en español, de forma aislada, todas las palabras tienen sílaba tónica, lo cierto es que en la cadena hablada, algunas palabras no reciben acento prosódico, es decir, se pronuncian átonas en todas sus sílabas. Esto es algo que podemos comprobar nosotros mismos, por ejemplo, al emitir la frase «Dile que te dé la caja de madera». Si lo hacemos con atención, nos daremos cuenta de que y de no se pronuncian igual. El primero se emite con énfasis y el segundo, no, por eso el primero es una palabra tónica y el segundo es una palabra átona. De hecho, por eso existen, y por eso se llaman así, los pronombres tónicos (yo, , , ...) y los pronombres átonos (me, nos, te, las...). Esta cuestión también está presente en el ritmo de los versos. Así, un endecasílabo yámbico tiene acentos prosódicos en las sílabas pares. Por ejemplo, el verso de Quintana «Eterna ley del mundo aquesta sea», quedaría dividido en sílabas, y con los acentos marcados con tildes, de este modo: E-tér-na-léy-del-mún-doa-qués-ta-sé-a. Efectivamente, son las sílabas pares las que tienen acento prosódico y ello nos muestra que todas las palabras del verso son tónicas salvo una, del, que es una palabra átona. Por si fuera poco, la existencia de palabras tónicas y átonas es algo que se comprueba empíricamente mediante programas informáticos de tratamiento de la voz que permiten obtener los llamados espectrogramas, los cuales muestran cómo el énfasis es mayor en las sílabas tónicas, como se aprecia en este enlace, que muestra claramente que la preposición de es una palabra átona. 

(2) Me he extendido tanto en la nota 1 justo por esto, porque hace un mes anduve enfangado en una discusión con dos tuiteros que negaban la existencia de palabras átonas. Lo curioso es que uno de ellos aseguraba ser filólogo. Vivir para ver. 

17/2/21

Pensadores y aplicaciones - Pólvora en salvas VII

Diversos pensadores de nombres tan vistosos como David Riesman, Gilles Lipovetsky o Zygmunt Bauman han señalado una serie de males que afectan a los miembros de la sociedad posmoderna, como la necesidad patológica de aprobación social, la reducción persistente de la intimidad o la evolución de las relaciones hacia un mero flujo de intercambios superficiales. Sus teorías poseen nombres también muy vistosos como «muchedumbre solitaria», «desolación de Narciso» o «soledad masificada». Sin embargo, no he venido yo hoy aquí para hablar de los males de la sociedad posmoderna sino de algunas de sus bendiciones, sobre todo de aquellas relacionadas con el mundo digital, mecanismos enigmáticos que pueden cambiar tu vida, muchas veces para mejor

Hablo por ejemplo de Wallapop, una app que te permite no solo ganar algún dinero con el que llenar la nevera, o liberar espacio en tu vida llena de trastos y mugres variadas, sino que además sirve como potenciador del ego. Y es que, si algún día uno se siente dominado por el pesimismo o la melancolía, no tiene más que echar un vistazo a la sección de valoraciones de su perfil para encontrar preciosos mensajes como: «un chico muy amable y simpático», «puntual y atento», «le pongo el máximo porque no se puede poner más», «majísimo», «maravilloso, como siempre», «más majo imposible», «excepcional», «un chaval muy agradable», «fantástico», «detallista», «un tipo estupendo»… y al final, claro, te animas o te animas

Otro ejemplo sería Picture This. Hace poco hablaba yo de los cedros del Himalaya de mi barrio y no sé si alguien llegó a pensar que un servidor posee suficiente cultura general como para saber las especies a las que pertenecen los árboles de las calles. En absoluto. De hecho, me he pasado la vida creyendo que eran abetos. Por suerte, Picture This me revela este tipo incógnitas, las cuales muchas veces terminan en sorpresa. Así, una tarde, caminando hacia el supermercado, vi una de estas hierbecitas que crecen contra todo pronóstico en mitad de la acera o en el ángulo de los bordillos y me pareció una imagen tan poética y romántica que necesité conocer el nombre de tan gallarda guerrera. Bien, se llamaba hierbo del marrano o metezurras. No son denominaciones demasiado épicas pero puedo asegurar que aquella cosa se convirtió al momento en mi hierbajo favorito. En otra ocasión, andaba paseando por el maravilloso parque de El Capricho y me crucé con un árbol horrible que parecía traído de los mismos infiernos. Entonces Picture This me explicó que aquel no era otro que el árbol del amor, aunque también se le llamaba árbol de Judas y, atención, algarrobo loco. Me parece superfluo explicar que merece la pena tener Picture This. 

Por último, me gustaría hablar de la función de dictado de Word. Descubrirla sí que ha supuesto un antes y un después en mi vida y ha sido así sobre todo por dos motivos: me ha facilitado la tarea de retomar mi diario (aunque ni aun así lo utilizo cada día) y me ha permitido ahorrar un montón de tiempo a la hora de elaborar mis apuntes. Por si fuera poco, a veces también me echo unas risas porque el pobre Word se lía con las palabras técnicas o con los apellidos extranjeros y trata de salir del paso poniendo lo que le sale del código. Así, trabajando sobre novela contemporánea, una vez le dicté «Proust, Joyce, Woolf, Faulkner» y él redactó «plus, joys, Google, fortnite»; también, estudiando la Generación del 98 le dicté «Kierkegaard, Schopenhauer y Nietzsche» a lo que él propuso «Kids Garden, shopping Howard y night qué»; por poner un ejemplo más, una vez le dicté «novecentistas» y él me dijo, no sé si con maldad «no ves dentistas». 

En definitiva, considero que, independientemente de lo que digan los pensadores, tal vez merezca la pena pagar estos buenos ratos que nos ofrece la Posmodernidad con un poquito de agonía existencial, nihilismo y graves carencias psicoafectivas

10/2/21

Las nieves del infierno - Pólvora en salvas VI

Mi barrio, que es como un pueblo, posee una de las plazas más antiguas de Madrid, la cual se encuentra presidida por unos gigantescos y majestuosos cedros del Himalaya cuyas copas suelen verse coronadas por familias de cigüeñas. Bueno, al menos era así hasta hace unas semanas; hasta el día en que nos vomitó encima la borrasca Filomena. 

Desde entonces, nuestros queridos cedros no han vuelto a ser los mismos. Sus ramas, antes enhiestas y frondosas, se vieron obligadas a soportar el peso de toneladas y toneladas de nieve inútil, estúpida, de nieve molesta y destructiva. Cuando por fin aquella nívea bilis tuvo el detalle de deshacerse, pudimos apreciar el desastre estético en toda su plenitud. Nuestros cedros, el orgullo del barrio, se mostraban alicaídos, enfermizos, humillados, con varias extremidades colgando o yaciendo partidas en el suelo y con la espesura de su ramaje clareando, exponiendo su interior, exhibiendo sus castigadas entrañas de madera centenaria. 

En el Sueño del infierno, se sorprendía Quevedo al verse de repente obligado a tiritar de frío en una zona determinada. Aunque Dante ya había utilizado las bajas temperaturas como castigo infernal, en el caso de la obra de nuestro satírico, la causa residía en la presencia de «bufones, trúhanes y juglares chocarreros», los cuales helaban aquella parte del inframundo con su falta de gracia. Hay quien apunta a que esta idea del frío infernal podría provenir de San Mateo, 22, 13, donde se lee aquello de «arrojadle fuera, a las tinieblas, donde no habrá sino llanto y crujir de dientes». Sea como fuere, recordando lo vivido y observando el aspecto mortecino de nuestros queridos cedros, no puedo dejar de pensar que, por unos días, Filomena quiso, maldita la gracia, instalar el infierno en nuestra tierra.  

 

24/1/21

Costumbrismo posmoderno prepandémico - Pólvora en salvas V

El joven llega a casa poco antes de que den las seis. La familia se va de veraneo y él ha preferido no acostarse porque quería salir de fiesta. Es un joven algo tarambanas. Los equipajes ya se encuentran cargados en el viejo Seat Toledo y en cuanto el joven hace acto de presencia, todos suben al vehículo para emprender la marcha. 

― ¿Qué tal, chaval? ¿Qué habéis hecho? ―pregunta el padre mientras hace ganar velocidad al coche en una incorporación a la M-40 dirección A-3. 

―Nada, tomar algo por ahí. 

El joven, sentado en el asiento del copiloto, gira la cabeza hacia la ventanilla. La mañana está a punto de alborear y los cielos empiezan a teñirse de matices violáceos y ambarinos. Se ven nubes oscuras como cuervos gigantes sobrevolando los edificios de Madrid, una ciudad que comienza una jornada como tantas otras. El firmamento palidece por instantes; una bandada de aves se expande y comprime como un solo ser, transmitiendo una impresión orgánica, biológica. 

El vehículo toma la A-3 y poco a poco va dejando atrás los distritos del extrarradio y las ciudades del suroeste. Enseguida la familia puede ver cómo los márgenes de la autopista empiezan a mostrar los primeros pueblos al tiempo que el sol se va despegando del horizonte. 

Cruzan la frontera entre Madrid y Cuenca y casi al instante sobrepasan el minúsculo pueblo de Belinchón. Ahora se encuentran inmersos en la tristeza del paisaje manchego; ahora ya todo es monotonía llana, matorrales, caminos de arena; todo es el cielo inmenso, azul, inabarcable; todo es sopor y adelantar camiones y el hilo de la radio sonando casi al mínimo volumen y la compañía constante, repetitiva, matemática, de las torres del tendido eléctrico, monstruosos centinelas vigilando celosamente sus pasos.

A la altura de Cervera del Llano, el joven cae en una especie de duermevela angustiosa que se prolonga durante cien kilómetros. Al despertar, observa que los cielos se han encapotado y que algunos goterones empiezan a colisionar contra el cristal, fraccionándose en decenas de minúsculos vástagos temblorosos. La lluvia va arreciando con suavidad, de forma muy paulatina, como si no quisiese causar sobresaltos, y el joven vuelve a caer preso de la somnolencia, que esta vez resulta dulce y reconfortante, llegando incluso a experimentar una serie de fragmentos oníricos inconexos en los que conserva un cierto grado de lucidez. En uno de ellos se besa con la novia de un amigo y, cuando este los sorprende, en lugar de mostrarse colérico, se limita a decirles que tengan mucho cuidado, pues podrían enamorarse y pasar mucho tiempo juntos. El joven llega reflexionar sobre lo curioso de semejante advertencia. Cuidado con ser feliz. 

Cuando despierta de nuevo, su madre está hablando en voz baja, acercándose con cautela desde el asiento trasero hacia el del conductor para que el padre pueda oírla. 

―... ni medio normal el olor a vinazo que nos está dando todo el viaje. Que por un día que no hubiera salido no se iba a morir…

El joven se incorpora un poco, tratando de acomodarse en el asiento. Hace bochorno y ya no queda ni rastro de lluvia. Afuera el paisaje se muestra todavía más desolador que antes. Hasta donde alcanza la vista tan solo pueden contemplarse inmensas extensiones de campos en barbecho o de tierras de sembradura, caminos pedregosos y árboles solitarios, alejados unos de otros como por castigo divino.  

― ¿Dónde estamos?

―Cerca de Albacete ―dice su padre―. Vamos a parar a tomar algo enseguida.

En el área de servicio piden cafés y unos sándwiches. El joven da un par de bocados y sale a fumar. Se sienta en las escaleras de la entrada y enciende un cigarrillo. Está pensando en sus cosas mientras contempla el inmenso vacío que se extiende ante sus ojos. Se siente cansado, física y mentalmente. ¿Qué tal le irán las cosas este verano? «Voy a estar allí un mes. Aquello está lleno de chicas. Muchas son guiris pero otras no. En la playa es más o menos fácil conocer a algunas. A ver si… No sé si estos podrán pillar, tampoco tengo mucho dinero y allí los porros no son gran cosa. Allí va casi todo Madrid, hay que tener cuidado. Puedes ir tan tranquilo por la calle fumándote uno y cruzarte con un vecino o con unos amigos de tus padres que van para la playa con su sombrilla…».

La parada termina y prosiguen el viaje. Sobrepasan la ciudad de Albacete, bordeándola por el noreste, y continúan recorriendo más y más kilómetros de asfalto ardiente y dejando atrás más y más pueblos perdidos en la inmensidad árida, rasa y abrasada de las tierras meseteñas bajomanchegas: Chinchilla de Montearagón, Villar de Chinchilla, Bonete, Almansa…

Recorren un largo trecho en paralelo a la frontera de Castilla-La Mancha con la Comunidad Valenciana y finalmente entran en la provincia de Alicante un poco antes de El Morrón. El paisaje ha ido transformándose paulatinamente, de un modo muy sutil, conservando ciertos rasgos y modificando otros, cediendo lo llano en pos de lo escarpado, y lo agostado en favor de lo verdoso.

Poco antes de Elche se desvían hacia la AP-7. La continua presencia de palmeras anuncia la proximidad del destino y el joven experimenta un latigazo de inquietud, una sensación que se repite desde la infancia y que puede rastrear hasta los lugares más remotos de su memoria. A la altura de Benijófar, toman el desvío hacia la CV-905, la cual, penetrando entre dos lagunas saladas, rosa y cobriza una, verde y oscura la otra, los lleva finalmente hasta la ciudad más poblada de la Vega Baja del Segura.


21/1/21

Ligar mal - Pólvora en salvas IV

Hacía frío aquella tarde en la Glorieta del Pintor Sorolla. Mis amigos se retrasaban y yo no dejaba de mirar hacia el interior de una cafetería situada junto a la boca del metro. Tras sus cristaleras podía ver grupitos de gente con tazas de café entre las manos, parejitas compartiendo porciones de tarta de chocolate o jóvenes abstraídos con sus teléfonos móviles y sus bebidas humeantes. Todos parecían tan felices en aquella especie de paraíso lleno de estanterías con pan recién hecho y mostradores rebosantes de bollitos, roscones, galletas…

“Llegamos tarde, nos hemos confundido de línea” me dijeron mis amigos. Yo sentí un escalofrío, escondí aún más la cabeza entre los hombros y volví a pasear la mirada por el interior de la cafetería. En un momento dado me di cuenta de que una camarera me miraba con extrañeza. Era rubita y mona, o al menos así reconstruía mi cerebro la parte de su rostro oculta por la mascarilla. Tras un instante de ensimismamiento, me puse a caminar de un lado a otro, como llevaba haciendo desde hacía un cuarto de hora. Cuando estimé que me encontraba a pocos pasos de la hipotermia, decidí entrar al establecimiento para esperar a mis amigos conservando la vida

Me senté a una mesa y enseguida me atendió la rubita. Le pedí un café y cuando me lo trajo me dijo que le había extrañado verme ahí fuera tanto tiempo. Yo le expliqué que mis amigos llegaban tarde, que me estaba muriendo de frío y que andaba valorando si seguir fuera o entrar a esperarles. Intercambiamos algunas palabras más y después la pizpireta camarera regresó a sus quehaceres. 

No es que un servidor tenga una imagen muy elevada de sí mismo, pero me pareció percibir cierta química. He escuchado mucho eso de que a las mujeres les gustan los hombres decididos y con capacidad para asumir riesgos pero también eso de que las mujeres están cansadas de recibir propuestas afectivas todo el rato. Ante mensajes tan contradictorios uno no sabe muy bien qué hacer. ¿Y si solo está siendo amable y la molesto? ¿Y si es el amor de mi vida y no digo nada por no molestar? Al final, simplemente por los valores en que has sido educado, tiendes a evitar causar molestias a las señoritas, igual que tiendes también a evitar causar molestias a los vecinos dando golpes a las cuatro de la mañana. La cuestión es que andas desentrenado entre la timidez, el civismo, la pereza y la pandemia, y cuando por fin te decides a actuar... pues acabas comportándote como un papanatas.

Y es que, tratando de dar con una solución equilibrada, se me ocurrió apuntar mi teléfono en un trozo de papel y dejárselo en el platito del cambio. De ese modo estaría dando un primer paso pero sin generar ninguna situación incómoda. Todo estaba preparado pero cuando llegó el momento de pagar descubrí que había que hacerlo en caja. Es decir, no había platito del cambio. Para colmo, ni siquiera me cobró ella. Improvisadamente, decidí dejarlo en el platito del café y, ya en el exterior, mis amigos me comentaron que, primero, tal vez nadie prestase atención a ese papelito y, segundo, tal vez lo viesen pero ¿por qué narices iban a suponer que era del tipo extraño para la camarera rubita? 

Como era de esperar, jamás recibí ninguna llamada, aunque siempre me quedará la duda de si la rubita no vio el papel o si lo vio pero no supo que era para ella, o si supuso que era para ella pero no de quién venía, o si dedujo toda la verdad pero resultó que la química que yo había percibido tan solo tuvo lugar dentro de mi cerebro. No sé si se me escapa alguna otra posibilidad. Probablemente sí.