Mostrando entradas con la etiqueta Delibes. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Delibes. Mostrar todas las entradas

23/11/24

Breves apuntes sobre el corpus narrativo de Miguel Delibes

Resulta complicado determinar con precisión cuántas historias, de entre las que escribió Miguel Delibes, pueden ser categorizadas como novelas y cuántas como relatos. Las proporciones dependerán de cómo consideremos un pequeño conjunto de narraciones fronterizas. 

Así. es seguro que Delibes publicó, como mínimo, 20 novelas, que serían las siguientes:

  1. La sombra del ciprés es alargada.
  2. Aún es de día.
  3. El camino.
  4. Mi idolatrado hijo Sisí.
  5. Diario de un cazador.
  6. Diario de un emigrante.
  7. La hoja roja.
  8. Las ratas.
  9. Cinco horas con Mario.
  10. Parábola del náufrago.
  11. El príncipe destronado.
  12. Las guerras de nuestros antepasados.
  13. El disputado voto del señor Cayo.
  14. Los santos inocentes.
  15. Cartas de amor de un sexagenario voluptuoso.
  16. El tesoro.
  17. Madera de héroe.
  18. Señora de rojo sobre fondo gris.
  19. Diario de un jubilado.
  20. El hereje.
Por otro lado, también es seguro que publicó 29 relatos, que serían:
  • Del libro La partida: «El refugio», «Una peseta para el tranvía», «El manguero», «El campeonato», «El traslado», «El primer pitillo», «La contradicción», «En una noche así» y «La conferencia».
  • Del libro La mortaja: «El amor propio de Juanito Osuna», «El patio de vecindad», «El sol», «La fe», «El conejo», «La perra», «Navidad sin ambiente» y «Las visiones».
  • Del libro Tres pájaros de cuenta y tres cuentos olvidados: «El otro hombre», «La vocación», «Bodas de plata», «La grajilla», «El cuco» y «El cárabo».
  • Otros relatos: «La bruja Leopoldina», «Envidia», «El duro», «La broma», «La barbería», «La milana».

Ahora bien, las cifras definitivas dependerán del género que le asignemos, por un lado, al libro Viejas historias de Castilla la Vieja y, por otro, a las narraciones «La partida», «La mortaja», «El loco», «Los nogales» y «Los raíles».  

Con respecto a la primera cuestión, no me veo capaz de decir mucho y me limitaré a reflejar lo que opinaron algunos expertos. Gonzalo Sobejano no incluyó Viejas historias de Castilla la Vieja entre los libros de relatos de Delibes, mientras que los editores del volumen Viejas historias y cuentos completos y la Fundación Miguel Delibes, sí que lo hicieron. Por su parte, Ramón García Domínguez en principio no se posiciona pero después dice que Delibes publicó veintinueve cuentos, lo que implica que no considera como tales a los capítulos de Viejas historias de Castilla la Vieja, sino como partes de una novela, igual que Sobejano. 

En cuanto a la segunda cuestión, considero que, por su extensión de entre 4000 y 9500 palabras, las narraciones «Los nogales», «La partida» y «La mortaja» no pueden llegar a considerarse novelas breves sino relatos extensos. Por su parte, «Los raíles» y «El loco» sí que permitirían debate al respecto dadas sus extensiones de unas 15000 y 19000 palabras. Esta dificultad no pasó desapercibida para Delibes y así y se lo comentó a Ramón García Domínguez: «hay ciertos relatos míos que resulta difícil clasificarlos: si como cuentos largos o novelas cortas. La mortaja, por ejemplo. O El loco, o Los raíles…».

En definitiva, ante la imposibilidad de determinar si Viejas historias de Castilla la Vieja es una novela o un conjunto de relatos, y de dilucidar si «Los raíles» y «El loco» son relatos extensos o novelas breves, considero que la única conclusión certera a la que podemos llegar es a que Delibes publicó entre 20 y 23 novelas, y entre 32 y 51 relatos, que, en cualquier, caso darían un total de entre 55 (23 novelas + 32 relatos) y 71 (20 novelas + 51 relatos) narraciones. 

Ahora bien, todo este asunto podría complicarse si tenemos en cuenta que el vallisoletano poseía una opinión ambigua respecto a las narraciones breves, pues, por un lado, veía «más mérito en escribir breve que largo, en encerrar en diez folios una historia cabal sin necesidad de estirarla porque sí» y por otro consideraba que una «novela, breve o larga, es algo más complejo». Pero resulta interesante que Delibes, más que atendiendo a la extensión, diferenciaba los dos géneros narrativos precisamente en función de su complejidad, de tal forma que el cuento sería una historia lineal y simple mientras que en una novela se entrecruzarían historias y personajes. Tal vez de esto podríamos concluir que pudiera darse una obra A de una extensión menor que otra B, pero que debido a la complejidad en cuanto a historias y personajes, llegase a considerarse A como novela breve y B como relato extenso. 

En cualquier caso, resulta curioso que Delibes se alejase del cuento después de los años sesenta, ya que en 1993 declaró que este género constituía su «espacio literario natural», debido a la importancia que otorgaba a los personajes, pues, cuanto más breve es la narración, mayor papel juegan, de tal forma que en el cuento «basta una viñeta sensible del personaje central para imprimir a la narración un hálito de vida». Es probable que Delibes no se animase a escribir más cuentos por dos motivos. El primero, que el desarrollo de su carrera como novelista le fuese aportando la holgura económica necesaria para no tener que depender de la publicación de cuentos en revistas [1] y, el segundo, que sus novelas en general tenían una extensión lo bastante breve como para sentirse cómodo con ellas [2]. 



NOTAS

[1] Delibes explicó que recurría a los cuentos porque estaban bien pagados y se cobraban pronto, sin esperar a liquidaciones de derechos de autor.

[2] «no me digas que algunas de mis novelas no son narraciones notablemente… breves, al menos para lo que tradicionalmente se considera una novela», le dijo a Ramón García Domínguez.


BIBLIOGRAFÍA
  • DELIBES, M. (2007). Viejas historias y cuentos completos. Palencia: Menoscuarto. 
  • GARCÍA DOMÍNGUEZ, R. (2020). Miguel Delibes de cerca. Barcelona: Destino. 
  • SOBEJANO, G. (1984). «Introducción». En La Mortaja, Delibes, M., 11-66. Madrid: Cátedra.

30/1/23

Arte y ciencia de la novela en Miguel Delibes, mi nuevo libro

Miguel Delibes se hizo un hueco en la historia de nuestras bellas letras principalmente gracias a sus maravillosas novelas, aunque también nos dejó una gran cantidad de textos no ficcionales. Entre ellos, podemos encontrar artículos, ensayos, discursos o conferencias en los que el vallisoletano reflexionó sobre diversos aspectos relacionados con la literatura. La idea central de este libro es que el estudio de dichos textos puede constituir una poderosa herramienta para explorar en profundidad inolvidables obras maestras como El camino, Cinco horas con Mario o Los santos inocentes.

Arte y ciencia de la novela en Miguel Delibes resultará de interés para los amantes de la obra del novelista vallisoletano así como para aquellas personas que se dedican por afición o profesión a la teoría, la crítica o la historia de la literatura. Por otra parte, podrá ser de mucha ayuda para estudiantes universitarios de humanidades que tengan que afrontar la realización de un trabajo de fin de grado o máster.

ECHA UN VISTAZO 

COMPRAR EN TAPA BLANDA POR 6 EUROS

COMPRAR EN KINDLE POR 2.69 EUROS

14/5/22

Reseña de «Parábola del náufrago», de Miguel Delibes

Parábola del náufrago es una pequeña joya poco conocida y, probablemente, muy infravalorada dentro de, al menos, cuatro ámbitos: la narrativa delibesiana, la novela experimental, la literatura surrealista y el género de la distopía. Así, no suele ser incluida entre las mejores novelas de Miguel Delibes, siendo, en mi opinión, muy superior a otras aclamadas con mayor unanimidad, como El hereje o Señora de rojo sobre fondo gris. En lo referente a la narrativa experimental, los manuales de historia de la literatura suelen prestar mayor atención a obras como Tiempo de silencio, de Luis Martín Santos o Volverás a Región, de Juan Benet, pero el experimentalismo de Parábola no tiene nada que envidiar al de sus compañeras de tendencia, pues es comedido y plenamente justificado, ya que Delibes se proponía narrar una pesadilla. Con respecto al surrealismo, sorprende que esta novela no sea conocida como una obra señera de ese tipo de literatura, pues las situaciones que ofrece, como la castración de César Fuentes, la degradación perruna de Genaro Martín o los castigos aplicados a los insurgentes durante las fiestas patronales, son realmente exquisitas. 

Sin embargo, es la poca relevancia que la Parábola ha logrado dentro del fascinante género de las distopías lo que más llama la atención, aunque es probable que esto se deba justamente a sus mencionados rasgos surrealistas y experimentales, pues no suelen ser frecuentes entre las grandes novelas distópicas, como Nosotros, de Zamiatin, 1984, de Orwell, Un mundo feliz, de Huxley y Fahrenheit 451, de Bradbury, que más bien siguen los cauces de un realismo de corte clásico. 

Parábola del náufrago tiene su propio Gran Hermano, llamado Don Abdón, y que más que hermano es, a la vez, padre y madre de todos los empleados y habitantes de la ciudad. También posee su propia neolengua, inventada por el protagonista, Jacinto San José, llamada contracto, y cuyo objetivo no es tanto evitar el pensamiento racional como reducir los conflictos derivados de la comunicación humana. Y, del mismo modo, está impregnada de una crítica frontal hacia el totalitarismo, crítica inspirada por un viaje de Delibes a la República Checa comunista y por su propia experiencia durante el franquismo (curiosamente, en España se publicó sin problemas en 1969; habría que haberlo visto en la Rusia soviética).

Pero esta atípica obra delibesiana goza de otros elementos y virtudes de las que carecen las demás distopías, como el poderoso simbolismo del seto plantado en el refugio de recuperación, que crece impasible e inexpugnable, resistiendo como si nada los violentos y desesperados ataques de Jacinto; o la deliciosa prosa poética cargada de tecnicismos y onomatopeyas que nos regala el autor; o las apasionantes y angustiosas páginas durante las cuales la conciencia del protagonista le describe a este la aterradora parábola del náufrago que da título a la novela. 

Por supuesto, esta obra ofrece muchísimo más, pero confío en que estas palabras hayan podido animar a leerla a cualquier amante de la narrativa de Delibes, del experimentalismo, de la literatura surrealista o, especialmente, de las novelas de ciencia-ficción distópica. 

15/2/22

Yo no soy Miguel Delibes - Pólvora en Salvas XI

Esta mañana he decidido irme al coche durante la hora y media de turno partido que sufro en el trabajo y he aprovechado para leer «El manguero», un relato de Delibes recogido en su libro La partida. El protagonista de esta historia es un personaje odioso que disfruta maltratando las plantas del parque donde trabaja, algo que me viene muy bien para el TFM, pues puedo relacionarlo con un artículo en el que el vallisoletano trata la evolución del concepto de antihéroe en la novela contemporánea. Después de leer, me he puesto a almorzar y a escuchar la radio. Hacía mucho frío, pero no quería encender la calefacción, por no arrancar el motor y gastar gasolina. El sol ya se iba levantando sobre el horizonte, pero apenas calentaba. Enfrente se extendían estos descampados que hay junto al aeropuerto, que no sé muy bien hasta dónde llegan, y que poseen cierto aspecto salvaje, como de estepa, o de tundra, aunque yo no tengo muy claro cómo son las estepas ni las tundras. Es una zona que me gusta mucho, un paisaje desolado y distópico que me llena de sosiego y de nostalgia. La pena es que lo tienen hecho un asco, anegado de basura, como un vertedero. A veces me entran ganas de limpiar, de llevarme de allí cada día una bolsa llena de mierda, pero creo que podría tirarme años con la tarea y no conseguir nada. Es un área desatendida, huérfana, una especie de tierra de nadie donde no llegan barrenderos ni nada que se les parezca. En verano se alzan unos cardos borriqueros enormes, algunos más altos que yo y, mientras atraviesas los caminos para llegar al curro, ves montones de conejos que salen corriendo como locos entre los olmos y las olivardas. Naturalmente, yo no conocía los nombres de estos árboles y plantas, pero los identifiqué con una aplicación del móvil. 

Para bien o para mal, yo no soy Miguel Delibes. 

23/9/21

Artículos ganadores del Premio Miguel Delibes

A comienzos de este año, decidí empezar a escribir artículos de opinión con el objetivo de mejorar mi prosa, basándome en el método que Umbral llamaba «gimnasia de la literatura». De este modo, puse en marcha una especie de columna que titulé Pólvora en salvas y que apenas ha reunido doce publicaciones hasta la fecha; miseria, pero menos es nada, que diría Chejov. 

Como sigo interesado en escribir artículos, no solo como un medio para mejorar mi pluma, sino ya también como un fin en sí mismo, porque he ido descubriendo que este es un género muy agradable de practicar y muy satisfactorio de concebir, y como también soy consciente de lo adecuado que resulta aprender de los mejores en cualquier ámbito de la vida, decidí buscar algún galardón que reconociese la labor de nuestros más eximios articulistas, y fue así como me topé con el Premio Nacional de Periodismo Miguel Delibes, el cual no solo posee este cometido, sino que además se centra en aquellas obras que promueven un buen uso de la lengua española. 

Parecería lógico que la Asociación de la Prensa de Valladolid, entidad convocante, ofreciese en alguna página web un listado con los ganadores, así como enlaces a las obras premiadas, pero esto no es así, y como yo quería leer esos artículos agraciados, me puse a buscarlos por Internet, y como gusto de compartir y además trato de que este espacio ofrezca contenido de calidad para los amantes de las letras, decidí crear yo mismo el mencionado listado con los enlaces a todos los artículos que pudiera encontrar. Buen provecho. 

1996 - Fernando Lázaro Carreter - Perdonar.

1997 - Vicente Verdú - La vista sorda.

1998 - Álex Grijelmo - No encontrado.

1999 - Jesús Marchamalo - 85 palabras.

2000 - José Jiménez Lozano - Sobre el español y sus asuntos.

2001 - Carlos Luis Álvarez - No encontrado.

2002 - Juan José Millás - Errores.

2003 - Javier Marías - El oficio de oír llover.

2004 - Valentín García Yebra - Desajustes gramaticales. 

2005 - Andrés Trapiello - El arca de las palabras.

2006 - María Ángeles Sastre Ruano - Sobre algunos plurales.

2007 - Tomás Hoyas - 'Flapigozo' Congresito.

2008 - Antonio Álamo González - Corazón de oro.

2009 - Luis María Anson - El idioma del periodismo. 

2010 - Joaquín Sánchez Torné - No encontrado.

2011 - Magí Camps Martín - El rosco de los americanismos.

2012 - Isaías Lafuente - Sin peros en la lengua.

2013 - Iñaki Gabilondo - La lengua que nos une (audio).

2014 - Ignacio Camacho - Almendras amargas.

2015 - Pepa Fernández - No es un día cualquiera (por toda la trayectoria del programa).

2016 - Martín Caparrós - La palabra viral; Ladramos, Sancho; Contra las letras

2017 - Elena Álvarez Mellado - Metáforas peligrosas 

2018 - Mariángeles García - Relatos ortográficos (serie de artículos).

2019 - Mar Abad García - El lenguaje impaciente: cada vez más corto, cada vez más rápido.

29/5/19

La novela española desde 1939: un rápido vistazo

Nota 1: te invito a leer este artículo en mi nuevo blog, VERBA LATENTIA

Nota 2: este artículo puede resultar de utilidad para estudiantes universitarios de Literatura española de los siglos XX y XXI desde 1939, impartida en la UNED.


La Guerra Civil provocó que la narrativa española tomase dos caminos a partir de 1939, cada uno con sus propias particularidades. Por un lado, los novelistas que se vieron abocados al exilio desarrollaron su labor literaria en libertad y sin aislamiento cultural, aunque condicionados por el hecho de tener que empezar una nueva vida en un país extranjero, habiendo dejado atrás seres queridos y propiedades, y sufriendo la incertidumbre en torno al posible regreso y al destino de sus compatriotas. Por otro lado, aquellos narradores que se quedaron en España tendrían que enfrentarse a considerables inconvenientes a la hora de concebir sus obras, como la censura, especialmente férrea en los primeros lustros, así como a la imposibilidad o extrema dificultad de acceder a las nuevas técnicas literarias que se fuesen desarrollando en el plano internacional.

LA NARRATIVA DEL EXILIO

Los exiliados, aislados del desarrollo de la sociedad española, centraron sus obras en la guerra civil y sus consecuencias. La experiencia del exilio o los problemas sociales del mundo occidental constituyeron también fuentes primarias de material narrativo. En cuanto a su estilo literario, podemos decir que son representantes de un realismo de carácter innovador, salvo en algunos casos como el de Arturo Barea, cuyas obras resultan herederas de un realismo de corte más clásico. En cualquier caso, hemos de tener presente que, como no puede ser de otro modo, en un grupo de autores tan numeroso tiene que existir una gran heterogeneidad. 

Rosa Chacel se exilió en Brasil y Argentina, pudiendo realizar un primer viaje a España en 1962. Sus novelas son lentas, con poca trama argumental y muy centradas en el mundo psicológico de los personajes. La memoria es un elemento fundamental. Entre sus obras del exilio destacan Memorias de Leticia Valle (1945), sobre las reflexiones intelectuales de una niña, y La sinrazón (1960) que constituye su novela más importante, en la que de nuevo la autora se proyecta en el protagonista para plasmar una serie de recuerdos y cavilaciones, algunas sobre España. Entre el exilio y su regreso escribe la trilogía compuesta por Barrio de Maravillas (1976), Acrópolis (1984) y Ciencias naturales (1988), en la cual trata los temas típicos de la narrativa de los desterrados: la realidad social de España desde comienzos del XX hasta la guerra y la experiencia del exilio. 

Ramón J. Sénder se exilia en Francia a finales 1938, desde donde viajará a México y Estados Unidos. Su obra pasa del compromiso político anterior a la guerra, a una amplia pluralidad de enfoques. Sus libros empiezan a conocerse en España en los sesenta, y muestran preocupación por los problemas del ser humano, tanto individuales como colectivos. Su estilo es por lo general sobrio, claro y preciso. Réquiem por un campesino español, publicada en 1953 (con el título de Mosén Millán) es una de sus mejores obras y en ella muestra dos planos temporales entrecruzados, bellas escenas costumbristas y una trama originada en los acontecimientos relacionados con la segunda república y el estallido de la guerra. 

Francisco Ayala marcha exiliado a Buenos Aires en 1939 y regresa por primera vez a España en 1960. Sus novelas se centran en la crisis de valores en occidente a partir de los horrores de las guerras mundiales. Maneja con maestría la diversidad de perspectivas y se decanta por el uso de la primera persona frente al narrador omnisciente. Su estilo es elaborado, de expresión precisa, e intenta imprimir originalidad en su prosa. Una de sus principales obras del exilio es Los usurpadores (1949), una colección de relatos vertebrados en torno a la idea del abuso de poder y ambientados en una España de tiempos remotos. 

Arturo Barea se exilia primero en Francia y después en Inglaterra, donde vivirá el resto de su vida. Toma como referentes a Galdós y Baroja y practica un realismo sencillo y eficaz no exento de un tono íntimo y entrañable. Logró un éxito impresionante con la trilogía La forja de un rebelde (1941-1944), publicada primero en inglés, saliendo de imprenta en España en 1971, cuando ya era conocida en numerosas lenguas. Los tres volúmenes narran la vida del autor y ofrecen un detallado panorama de la sociedad española desde principios de siglo hasta la guerra civil

Max Aub se exilió en México en 1942. En 1939 había escrito la primera novela de El laberinto mágico, su saga sobre la guerra civil, que se compondría de los títulos Campo cerrado (1943), Campo de sangre (1945), Campo abierto (1951), Campo del Moro (1963), Campo francés (1965) y Campo de los almendros (1967). Es considerada como una de las obras narrativas más amplias y profundas sobre el conflicto. 

Pasemos ahora a centrarnos en aquellos autores que se quedaron en España, donde irán sucediéndose diferentes corrientes literarias muy influidas por el devenir de los acontecimientos culturales, sociales y políticos, las cuales, por convención, se han ido emparejando con sucesivas décadas del siglo XX. De este modo, tendríamos, por ejemplo, la llamada novela existencial en los años cuarenta, la novela social en los cincuenta, o la novela experimental o estructural en los sesenta. Aunque nos vamos a ocupar de estas corrientes predominantes, es necesario señalar que existieron otras tendencias al margen de ellas. Por ejemplo, una serie de novelistas como Juan Antonio de Zunzunegui o Elisabeth Mulder se mantuvieron fieles a un realismo de tipo decimonónico mientras que otros como Pedro de LorenzoEulalia Galvarriato (esposa de Dámaso Alonso, para quienes gusten del salseo literario) compusieron obras basadas en un realismo esteticista de prosa muy cuidada. Alejados de los moldes del realismo pero también con una esmerada estética, tendríamos a escritores como Álvaro Cunqueiro o Joan Perucho, que concibieron historias enmarcables en la fantasía medieval o legendaria. Es de destacar, por último, una narrativa humorística escrita por autores como Miguel Mihura o Antonio Mingote que, aunque en ocasiones dejaba traslucir algún atisbo de crítica social, por lo general evitaba buscar problemas con la censura. 

LOS AÑOS CUARENTA Y LA NOVELA EXISTENCIAL

La novela existencial tuvo entre sus principales representantes a Camilo José Cela, Miguel Delibes y Carmen Laforet, autores que vivieron la guerra siendo adultos y que mostraron cierto aislamiento o independencia respecto a sus compañeros de profesión. Algunos de sus temas básicos son la incomunicación y la incertidumbre del destino humano. Sus personajes son seres desorientados que caminan a la deriva dando bandazos ante un impasible desarrollo de los acontecimientos, marcados por el sinsentido, la desesperación y la muerte. En el aspecto técnico, destaca el uso de la primera persona, el relato autobiográfico, el monólogo interior y la narración objetiva de los hechos, en ocasiones brutales. Estas novelas, a pesar de la censura, describieron con crudeza la situación de miseria y angustia social, mostrándose como inquietantes anomalías dentro del panorama literario triunfalista afín al régimen, de un modo similar a como también se mostró el poemario de Dámaso Alonso Hijos de la ira

La familia de Pascual Duarte (1942) es la obra puntera de la corriente que se vino a llamar tremendismo, un tipo de novela existencialista construida mediante un brutal realismo expresionista de cuidada elaboración formal que narra hechos violentos y desagradables. Cela cosechó un extraordinario éxito con su debut como novelista, haciendo tambalearse los cimientos del panorama literario de posguerra y escandalizando a buena parte de la sociedad, ganándose el rechazo de la iglesia, que tachó la obra de inmoral y repulsivamente realista. Entre sus influencias se encuentra la novela picaresca, el naturalismo o la narrativa cervantina, en especial por el uso de la técnica del manuscrito encontrado. Cela fue un escritor que se caracterizó por la innovación, de tal forma que llevaba a cabo un nuevo ensayo en cada obra. Así, sus siguientes novelas, no repitieron la fórmula del tremendismo a pesar del éxito que le había reportado. Pabellón de reposo (1943), a la que Cela se refirió como «el anti-Pascual», es una novela de ritmo lento que, con una rica prosa poética, nos habla sobre los internos de un sanatorio. Por su parte, Nuevas andanzas y desventuras de Lazarillo de Tormes (1944) supuso un intento de traer a nuestros tiempos el género picaresco. Así pues, vemos que Cela se negó a transitar el camino que él mismo había dejado abierto. 

Nada (1945) de Carmen Laforet, ganadora de la primera edición del Premio Nadal, constituye la segunda obra fundamental del existencialismo tremendista, aunque de una violencia más psicológica que física, sin verse exenta de esta última. Es una novela pesimista y desoladora en la que sus seis personajes viven atormentados en un ruinoso piso de Barcelona. Algunas características de la narrativa de Laforet se muestran claramente en esta novela, como la construcción de agresivos personajes sumidos en un ambiente hostil y la síntesis narrativa entre invención y recuerdo. En 1952 vio la luz La isla y los demonios, una novela similar a la anterior, aunque algunos críticos señalan que la supera en cuanto a técnica narrativa. Posteriormente, Laforet publicó varias novelas breves de gran calidad caracterizadas por sus nuevas inquietudes religiosas. 

Al igual que Cela y Laforet, Miguel Delibes también logró un gran éxito con su primera novela, La sombra del ciprés es alargada (1948), ya que obtuvo el premio Nadal. En esta obra y en la siguiente, Aún es de día (1949), Delibes todavía no había desarrollado todo su potencial, y su narrativa se basaba en un existencialismo cristiano en busca respuestas al sinsentido de la vida. Sus mejores novelas empezarían a llegar en la siguiente década. 

LOS AÑOS CINCUENTA Y LA NOVELA SOCIAL 

La nueva década va a encontrarse dominada en lo literario por el llamado realismo social, que se manifestará en la novela, la poesía y el teatro. Su principales representantes vivieron la guerra siendo niños y se mostraron más solidarios, entre sí y hacia su pueblo, que sus predecesores. Como es natural, podemos observar distintas sub-corrientes dentro de la tendencia general. Así, María Clementa Millán  propone hablar de un realismo objetivista, capitaneado por Rafael Sánchez Ferlosio frente a un realismo crítico, formado por una nómina de autores como Ignacio AldecoaJesús Fernández Santos. Otras subdivisiones pueden establecerse en función del entorno en que se desarrollan los hechos: rural, por ejemplo en Aldecoa, urbano en Luis Romero. O, siguiendo a Sobejano, dependiendo de si la obra se centra en la defensa del pueblo (Aldecoa, López Pacheco…), en el ataque a la burguesía (García HortelanoJuan Marsé…) o en la crítica social desde el enfoque del individuo (Carmen Martín Gaite, Ana María Matute…). Curiosamente, va a ser de nuevo Camilo José Cela quien comience a andar el camino de la nueva década y de la nueva corriente literaria con su obra La colmena (1951), una novela bisagra entre el existencialismo y el realismo social en la que se muestran las dificultades de la sociedad madrileña de 1942 mediante el uso del protagonista colectivo. Otro miembro destacado de la etapa anterior, Miguel Delibes, contribuirá a la nueva corriente con algunas obras de fuerte componente crítico, como El camino (1950) o Las ratas (1962).

Con una prosa elegante y cuidada y una equilibrada combinación de objetivismo y subjetividad, Ignacio Aldecoa aportó dos novelas en las que se muestra la tragedia de sus humildes personajes sin caer en el proselitismo ideológico. Son El fulgor y la sangre (1954) y Con el viento Solano (1956) en las que se narran las consecuencias de un asesinato desde perspectivas diferentes. Más tarde, publicaría dos novelas sin apenas trama en las que se centra en describir minuciosamente la vida de los pescadores: Gran Sol (1957) y Parte de una historia (1967). Por su parte, Jesús Fernández Santos, con una prosa precisa y unos diálogos llenos de naturalidad, publica también hitos del realismo social, como Los bravos (1954), sobre la cotidianidad de los habitantes de un pueblecito leonés o En la hoguera (1957), sobre las angustiosas vivencias de un tuberculoso. 

Con El Jarama (1955), Rafael Sánchez Ferlosio obtuvo el Premio Nadal y el Premio de la Crítica.  Esta obra se considera el ejemplo paradigmático del realismo objetivista, siendo destacable su equilibrio entre prosaísmo y lirismo. Se da una elevada concentración temporal y espacial y una trama escasa, destacando el diálogo por encima de la narración. El conjunto de personajes, protagonistas colectivos, mantiene su lucha contra el aburrimiento hasta que en un momento dado aflora la tragedia. 

En estos años publica Carmen Martín Gaite su novela más famosa, Entre visillos (1958), la cual se adscribe a un realismo social de tipo más intimista. En esta obra vemos un conjunto de personajes de vidas frustradas a través de la mirada de dos puntos de vista, uno más objetivo y otro más visceral. Por su parte, Ana María Matute publica también en 1958 su obra más ambiciosa, Los hijos muertos, ganadora del Premio de la Crítica y del Premio Nacional de Literatura. En ella, mediante la alternancia entre el presente y el recuerdo, se nos narra la tragedia de la Guerra Civil y sus consecuencias a través de dos generaciones. 

LOS AÑOS SESENTA Y LA NOVELA EXPERIMENTAL

Aunque hubo autores que continuaron cultivando el realismo social o incluso la novela existencial, la llegada de Tiempo de silencio de Luis Martín Santos en 1962 supuso el comienzo de una nueva etapa en la literatura española. El continuo proceso de aperturismo político había ido permitiendo por fin la llegada de nuevas técnicas literarias ensayadas en el extranjero desde hacía tiempo a través de la pluma de autores como Joyce, Faulkner, Dos Passos, Steinbeck o los escritores del Boom de la novela sudamericana. 

La innovación se apreciará principalmente en lo formal, afectando a todos los elementos de la novela. Se narran las historias en segunda persona, se rompe la linealidad temporal con retrospecciones y anticipaciones, así como por la simultaneidad de hechos que ocurren en tiempos diferentes, se prescinde del narrador omnisciente en pos de una pluralidad de voces, testimonios y testigos, abunda el estilo indirecto libre, el flujo de conciencia o el monólogo interior y se invita al lector a participar en la ficción, dejando huecos vacíos que deberá rellenar. 

Serán partícipes de este movimiento autores consagrados como Cela y Delibes. El primero publicará Vísperas, festividad y octava de San Camilo del año 1936 en Madrid (1969), cuya acción se enmarca en los días 17, 18 y 19 de julio de 1936, sirviéndose de tres niveles narrativos entremezclados: el de los enfrentamientos entre las tropas sublevadas y los habitantes de Madrid, el de la vida cotidiana de numerosos personajes al estilo de La colmena y el del narrador protagonista en segunda persona. Por su parte, Miguel Delibes aportará una de sus más célebres obras, Cinco horas con Mario (1966), en la que la protagonista mantiene un larguísimo diálogo (lógicamente unidireccional) con el cadáver de su marido que sirve para dejar su alma al desnudo y trazar un profundo retrato social. 

Gonzalo Torrente Ballester realiza su aportación a la literatura experimental de modo más tardío, en 1972, con La saga/fuga de J.B. A pesar de llevar por entonces unos treinta años dedicándose a las letras, aquella fue la primera ocasión en que cosechó un notable éxito. En esta obra, el autor gallego logra una exitosa fusión de realidad y fantasía que ya había ensayado con menor fortuna en Don Juan (1963). Entre sus innovaciones se encuentra la de estar formada por tres capítulos de un solo párrafo cada uno, el presentar la acción sin seguir un orden cronológico o la alternancia entre el monólogo en primera persona del protagonista y un narrador impersonal. 

Un autor más joven pero también con cierta trayectoria que dejará su huella en esta etapa será Juan Goytisolo con su Señas de Identidad (1966), primera parte de la autobiográfica trilogía de Álvaro Mendiola. Con esta obra se propone desmitificar España y para ello se sirve de técnicas experimentales como la fragmentación del relato, el discurso caótico, el incumplimiento de las normas de puntuación o la combinación de voces narrativas, incluida la segunda persona. En una situación similar tenemos a José Manuel Caballero Bonald, que, con una considerable obra poética publicada, debuta como novelista en 1962 con Dos días de septiembre, una obra enmarcable dentro del ya moribundo realismo social. Sin embargo, de un modo también tardío, se sumará a la corriente experimental con Ágata ojo de gato (1974). Las innovaciones en esta obra se manifiestan en un uso anómalo del lenguaje y en la inserción de largos fragmentos en cursiva exentos de signos de puntuación. 

La primera novela de Juan Benet fue Volverás a Región (1967), aunque su germen se encuentra en el libro de relatos de 1961 Nunca llegarás a nada. La obra no muestra tan alto grado de experimentación como otras coetáneas, pero Benet reconoció su deuda con Faulkner, del que toma técnicas como el monólogo interior, el uso peculiar del tiempo, el perspectivismo o la estructura compleja. Pero, sin duda, el autor más representativo de esta corriente fue, como ya apuntamos antes, Luis Martín Santos. Tiempo de silencio se publicó en 1962 con varias mutilaciones censoras, no viendo la luz completa hasta 1980. El argumento puede llegar a considerarse melodramático y folletinesco, aunque también es cierto que el autor suple la falta llevando a cabo una degradación paródica de dichos géneros. Aunque inicia una nueva etapa, no deja de ser heredera de la corriente del realismo social por sus ambientes, personajes y desarrollo de los acontecimientos. Pero lo que llevó a esta novela a ocupar un lugar privilegiado en la historia de nuestra literatura fue su técnica y estilo. Destaca el empleo de recursos como el monólogo interior, el tratamiento no lineal del tiempo, el perspectivismo, el uso de diferentes voces narrativas, la yuxtaposición de escenas, una sintaxis original y un vocabulario sorprendente. El autor inventa palabras compuestas como abretaxi o destripaterrónica, utiliza neologismos cultos como atrabiliagenésicas, tecnicismos médicos como algodón hidrófilo, voces de germanía como chorbo o parodias de expresiones latinas como jubilatio in carne feminae.   

LA NUEVA NARRATIVA EN LAS ÚLTIMAS DÉCADAS DEL SIGLO XX

Los años setenta estuvieron marcados por la transición a la democracia y, los ochenta, por el desarrollo económico y la definitiva modernización e incorporación de España a la esfera internacional. Los exiliados pudieron regresar (aunque muchos ya lo habían ido haciendo a lo largo de los sesenta) y los artistas de la palabra pudieron desarrollar su labor sin el miedo a la censura. 

En la narrativa, la nota dominante va a ser la diversidad y el placer de contar buenas historias, pasando a un segundo plano la experimentación formal, que todavía dará unas pocas muestras, como las obras de Cela Mazurca para dos muertos (1983) o Cristo versus Arizona (1988). Se produce un gran auge de la novela de género, como la policiaca, con Manuel Vázquez Montalbán o Eduardo Mendoza, o la histórica, cultivada por escritores como Carme Riera o Pérez Reverte. La huella de la experimentación de la década precedente se deja notar a veces en la mezcla de géneros y lenguajes. Autores consagrados como Delibes, Matute o el propio Cela, continúan con sus carreras, adaptándose a los nuevos tiempos y recibiendo grandes reconocimientos como el Cervantes o el Príncipe de Asturias. 

Los temas predominantes, por influencia del neorrealismo norteamericano, van a ser los desarrollados en ambientes urbanos, girando en torno a problemas de la vida contemporánea. También se va a recurrir a buscar la materia novelesca en los recuerdos de la infancia o la primera juventud, en general con una mirada más nostálgica o irónica que crítica. 

Se considera que La verdad sobre el caso Savolta (1975) de Eduardo Mendoza es la obra inaugural de este periodo. En ella destaca el uso del autor omnisciente que combina la primera y tercera persona y que transmite sus preocupaciones existenciales, así como la síntesis entre novela histórica y policíaca. En años posteriores, Eduardo Mendoza se consolidará como uno de los grandes novelistas de nuestro tiempo, revelándose como un autor poliédrico capaz de continuar fusionando con maestría diferentes géneros, como en Sin noticias de Gurb (1991) en la que mezcla el humor, la ciencia-ficción y el género detectivesco, al tiempo que compone novelas más sobrias y clásicas como La ciudad de los prodigios (1986). 

Manuel Vázquez Montalbán vendrá a ser el gran autor de novela policíaca, con su saga sobre el detective Carvalho, que generó grandes obras como Los mares del sur (1979) o Los pájaros de Bangkok (1983). Muchos de los procedimientos de este género se dejaron ver en obras de otros autores, como en Beltenebros (1989) de Antonio Muñoz Molina o Letra Muerta (1984) de Juan José Millás

El éxito de novelas históricas extranjeras como las de Umberto Eco, Robert Graves y Marguerite Yourcenar, provoca una gran eclosión de este género en España. Los tratamientos fueron diversos, como en el enfoque irónico de Torrente Ballester en Crónica del rey pasmado (1989) o en una mirada más seria en obras como En el último azul (1984) de Carme Riera. 

Otro de los caminos seguidos por la narrativa fue el de la llamada metaliteratura, que tuvo antecedentes clásicos en Cervantes o Calderón y algo más cercanos en Unamuno o Lorca. Algunos ejemplos de estas décadas son Gramática parda (1982) de Juan García Hortelano o Beatus Ille (1986) de Antonio Muñoz Molina. No está de más remarcar que en el inmenso panorama de la novela española reciente, cada autor posee sus propias particularidades, creando mundos narrativos personales, ensayando diferentes modelos y participando en multitud de géneros y enfoques. 

LA NOVELA A COMIENZOS DEL SIGLO XXI

A lo largo de los años noventa y en lo que llevamos de siglo XXI, han ido falleciendo las grandes personalidades que renovaron la narrativa española a partir de la guerra: Gonzalo Torrente Ballester (1999), Camilo José Cela (2002), Carmen Laforet (2004), Miguel Delibes (2010), Ana María Matute (2014) Juan Goytisolo (2017) o, muy recientemente, Rafael Sánchez Ferlosio. Otros escritores tomaron el relevo a la cabeza de las bellas letras españolas y continúan desarrollando sus obras. Nuevas generaciones y movimientos han ido buscando su sitio, como la Generación X o el After pop, con destacados e innovadores novelistas como el profesor Juan Francisco Ferré

Quizá todavía sea pronto para teorizar sobre la novela de estas últimas tres décadas en las que no parecen haberse dado grandes fracturas y sí una continuidad marcada por la diversidad de estilos, temas y géneros. Lo que probablemente podemos tener por seguro es que no vamos a dejar de contar con autores atentos a los problemas y desafíos del presente dispuestos a ofrecernos grandes historias que merezca la pena leer.

BIBLIOGRAFÍA

  • GUTIÉRREZ, F. (2011). Literatura española desde 1939 hasta la actualidad. Madrid: UNED
  • MILLÁN, M. (2010). Textos literarios contemporáneos. Madrid: UNED. 
  • PEDRAZA, F. Y RODRÍGUEZ, M. (2000). Manual de literatura española. Tomo XIII. Posguerra: narradores. Pamplona: Cénlit. 
  • SOBEJANO, G. (2003). Novela española contemporánea. 1940-1955. Madrid: Mare Nostrum.
  • SUÁREZ, A., MILLÁN, M. (2011). Introducción a la literatura española. Guía práctica para el comentario de texto. Madrid: UNED.
  • UMBRAL, F. (2002). Cela: un cadáver exquisito. Barcelona: Planeta.                                         

11/3/19

Fragmentos sublimes de literatura en español

Presentación

Hace más de tres años, escribí una entrada en la cual mostraba una serie de párrafos que había ido recopilando con el paso del tiempo. Eran fragmentos en prosa de grandes figuras de la literatura universal, como Hemingway, Céline, o Bertrand Russell (aunque destacó como filósofo y matemático, también ganó el Nobel de Literatura), y otros escritores no tan grandes ni tan universales, pero que a mí me gustan, como Bukowski, qué le vamos a hacer. Aquellos memorables conjuntos de palabras tenían en común el hecho de haber generado en mí una potente sensación de placer estético, el suficiente como para verme obligado a releerlos y sacarles fotos, copiarlos en viejas libretas o llevar a cabo cualquier otra medida necesaria para que no acabasen desvanecidos en el abismo de mi desmemoria. 

Hace no mucho, me percaté de que, entre los seleccionados, no había un solo autor hispanohablante. Es normal que ahora me fije en estas cosas, pues soy un filólogo en ciernes, como también es normal que por aquel entonces, arrastrando prejuicios más extendidos de lo que sería deseable, no seleccionase a ningún compatriota (entendiendo patria como Camus la entendía, solo que con la lengua española en lugar de la francesa) pues yo, prácticamente, solo me paraba a leer literatura traducida. Por fortuna, aquella época pasó, las lecturas hispánicas entraron de lleno en mi vida y, poco a poco, fui llevando a cabo una bella recopilación similar a la anterior, dedicada en exclusiva a literatura escrita en nuestro querido idioma, y de la que espero disfrutéis intensamente.

grandes escritores hispanohablantes

Gertrudis Gómez de Avellaneda - Sab (1841)

Sab, de Gertrudis Gómez de Avellaneda
El sol terrible de la zona tórrida se acercaba a su ocaso entre ondeantes nubes de púrpura y de plata, y sus últimos rayos, ya tibios y pálidos, vestían de un colorido melancólico los campos vírgenes de aquella joven naturaleza, cuya vigorosa y lozana vegetación parecía acoger con regocijo la brisa apacible de la tarde, que comenzaba a agitar las copas frondosas de los árboles agostados por el calor del día. Bandadas de golondrinas se cruzaban en todas direcciones buscando su albergue nocturno, y el verde papagayo con sus franjas de oro y de grana, el cao de un negro nítido y brillante, el carpintero real de férrea lengua y matizado plumaje, la alegre guacamaya, el ligero tomeguín, la tornasolada mariposa y otra infinidad de aves indígenas, posaban en las ramas del tamarindo y del mango aromático, rizando sus variadas plumas como para recoger en ellas el soplo consolador del aura.

Emilia Pardo Bazán - Los pazos de Ulloa (1887)

Los pazos de Ulloa Emilia Pardo Bazán
Diez años son una etapa, no sólo en la vida del individuo, sino en la de las naciones. Diez años comprenden un periodo de renovación: diez años rara vez corren en balde, y el que mira hacia atrás suele sorprenderse del camino que se anda en una década. Mas así como hay personas, hay lugares para los cuales es insensible el paso de una décima parte de siglo. Ahí están los Pazos de Ulloa, que no me dejarán mentir. La gran huronera, desafiando al tiempo, permanece tan pesada, tan sombría, tan adusta como siempre. Ninguna innovación útil o bella se nota en su mueblaje, en su huerto, en sus tierras de cultivo. Los lobos del escudo de armas no se han amansado; el pino no echa renuevos; las mismas ondas simétricas de agua petrificada bañan los estribos de la puente señorial.

Benito Pérez Galdós - Misericordia (1897)

Misericordia Galdós
Con ese mirar vago y distraído que es, en los momentos de intensa amargura, como un giro angustioso del alma sobre sí misma, veía pasar por una y otra banda del jardín gentes presurosas o indolentes. Unos llevaban un duro, otros iban a buscarlo. Pasaban cobradores del Banco con el taleguillo al hombro; carricoches con botellas de cerveza y gaseosa; carros fúnebres, en el cual era conducido al cementerio alguno a quien nada importaban ya los duros. En las tiendas entraban compradores que salían con paquetes. Mendigos haraposos importunaban a los señores. Con rápida visión, Benina pasó revista a los cajones de tanta tienda, a los distintos cuartos de todas las casas, a los bolsillos de todos los transeúntes bien vestidos, adquiriendo la certidumbre de que en ninguno de aquellos repliegues de la vida faltaba un duro. Después pensó que sería un paso muy salado que se presentase ella en la cercana casa de Céspedes diciendo que hicieran el favor de darle un duro, siquiera se lo diesen a préstamo. Seguramente, se reirían de tan absurda pretensión, y la pondrían bonitamente en la calle. Y no obstante, natural y justo parecía que en cualquier parte donde un duro no representaba más que un valor insignificante, se lo diesen a ella, para quien la tal suma era... como un átomo inmenso. Y si la ansiada moneda pasara de las manos que con otras muchas la poseían, a las suyas, no se notaría ninguna alteración sensible en la distribución de la riqueza, y todo seguiría lo mismo: los ricos, ricos; pobre ella, y pobres los demás de su condición. Pues siendo esto así, ¿por qué no venía a sus manos el duro? ¿Qué razón había para que veinte personas de las que pasaban no se privasen de un real, y para que estos veinte reales no pasaran por natural trasiego a sus manos? ¡Vaya con las cosas de este desarreglado mundo! La pobre Benina se contentaba con una gota de agua, y delante del estanque del Retiro no podía tenerla. Vamos a cuentas, cielo y tierra: ¿perdería algo el estanque del Retiro porque se sacara de él una gota de agua?

Pío Baroja - Camino de perfección (1901)

Camino de perfección Baroja
¡Qué vida! ¡Qué horrorosa vida! Cuando más se sufre, cuando los sentimientos son más intensos, se le encerraba al niño, y se le sometía a una tortura diaria, hipertrofiándole la memoria, oscureciéndole la inteligencia, matando todos los instintos naturales, hundiéndose en la oscuridad de la superstición, atemorizando su espíritu con las penas eternas... (...)

Era el colegio, con su aspecto de gran cuartel, un lugar de tortura; era la gran prensa laminadora de cerebros, la que arrancaba los sentimientos levantados de los corazones, la que cogía los hombres jóvenes, ya debilitados por la herencia de una raza enfermiza y triste, y los volvía a la vida convenientemente idiotizados, fanatizados, embrutecidos; los buenos, tímidos, cobardes, torpes; los malos, hipócritas, embusteros, uniendo a la natural maldad, la adquirida perfidia, y todos, buenos y malos, sobrecogidos con la idea aplastante del pecado, que se cernía sobre ellos como una gran mariposa negra. 

Miguel de Unamuno - Niebla (1914)

Niebla Unamuno
Oyose un ligero rumor, como de paloma que arranca en vuelo, un ¡ah! breve y seco, y los ojos de Eugenia, en un rostro todo frescor de vida y sobre un cuerpo que no parecía pesar sobre el suelo, dieron como una nueva y misteriosa luz espiritual a la escena. Y Augusto se sintió tranquilo, enormemente tranquilo, clavado a su asiento y como si fuese una planta nacida en él, como algo vegetal, olvidado de sí, absorto en la misteriosa luz espiritual que de aquellos ojos irradiaba. 



Ramón María del Valle Inclán - La lámpara maravillosa (1916)

La lámpara maravillosa Valle Inclán
Toda mudanza substancial en los idiomas es una mudanza en las conciencias, y el alma colectiva de los pueblos, una creación del verbo más que de la raza. Las palabras imponen normas al pensamiento, lo encadenan, lo guían y le muestran caminos imprevistos, al modo de la rima. Los idiomas nos hacen, y nosotros los deshacemos. Ellos abren los ríos por donde han de ir las emigraciones de la Humanidad. Vuelan de tierra en tierra, unas veces entre rebaños y pastores; otras, en la púrpura sangrienta de un emperador; otras, renovando la dorada fábula de los Argonautas, sobre la vela de las naves, con sol y con viento del mar. En las alas con que volaron cuando eran invasoras se mantienen muchos siglos las maternas lenguas, y declinan de aquel vuelo originario cuando nace una nueva conciencia. El espíritu primitivo -pastoril, guerrero o mitológico- deja de animarlas, nace otro espíritu en ellas y abre círculos distintos. El encontrado batallar del alma humana agranda la cárcel de los idiomas, y a veces sus combates son tan recios, que la quiebra. Y a veces los idiomas son tan firmes en sus cercos, que nuestras pobres almas no hallan espacio para abrir las alas, y otras almas elegidas, místicas y sutiles, dado que puedan volar, no pueden expresar su vuelo. Los idiomas nos hacen, y nosotros hemos de deshacerlos. Triste destino el de aquellas razas enterradas en el castillo hermético de sus viejas lenguas, como las momias de las remotas dinastías egipcias, en la hueca sonoridad de las Pirámides. Tristes vosotros, hijos de la Loba Latina en la ribera de tantos mares, si vuestras liras no quebrantan todas las cadenas con que os aprisiona la tradición del Habla. ¡Y más triste el destino de vuestros nietos, si en lo porvenir no engendran dialectos suyos, ciclos de una nueva conciencia en la lengua de los Conquistadores! Al final de la Edad Media, bajo el arco triunfal del Renacimiento, estaba la sombra de Platón meditando ante el mar azul poblado de sirenas. ¿Qué sombra espera bajo los arcos del Sol al fin de Nuestra Edad?

Gabriel Miró - El obispo leproso (1926)

El obispo leproso Gabriel Miro
Verano de calinas y tolvaneras. Aletazos de poniente. Bochornos de humo. Tardes de nubes incendiadas, de nubes barrocas, desgajándose del azul del horizonte, glorificando los campanarios de Oleza. (...) Las hospederías, los obradores, las tiendas callaban con la misma modorra de sus dueños sentados a la puerta, cabeceando entre moscardas. Los árboles de los jardines, de la Glorieta, de los monasterios, hacían un estruendo de vendaval de otoño, o se estampaban inmóviles en los cielos, bullendo de cigarras como si se rajasen al sol. El río iba somero, abriéndose en deltas y médanos de fango, de bardomas, de carrizos; y por las tardes, muy pronto, reventaba un croar de balsa. Se pararon muchos molinos de pimentón y harina; y entraban las diligencias, dejando un vaho de tierras calientes, un olor de piel y collerones sudados. Verano ruin. No daba gozo el rosario de la Aurora y tronaba el rosario del anochecido. Fanales de velas amarillas alumbrando el viejo tisú de la manga parroquial; hileras de hombres y mujeres colgándoles los rosarios de sus dedos de difunto; capellanes y celadores guiando la plegaria; un remanso en la contemplación de cada misterio, y otra vez se desanillaban las cofradías y las luces por los ambages de las plazas, por los cantones, por las callejas, por las cuestas. 

Miguel Delibes - Las ratas (1962)

Las ratas delibes
Poco después de amanecer, el Nini se asomó a la boca de la cueva y contempló la nube de cuervos reunidos en concejo. Los tres chopos desmochados de la ribera, cubiertos de pajarracos, parecían tres paraguas cerrados con las puntas hacia el cielo. Las tierras bajas de don Antero, el Poderoso, negreaban en la distancia como una extensa tizonera.

La perra se enredó en las piernas del niño y él le acarició el lomo a contrapelo, con el sucio pie desnudo, sin mirarla; luego bostezó, estiró los brazos y levantó los ojos al lejano cielo arrasado:

—El tiempo se pone de helada, Fa. El domingo iremos a cazar ratas —dijo.

La perra agitó nerviosamente el rabo cercenado y fijó en el niño sus vivaces pupilas amarillentas. Los párpados de la perra estaban hinchados y sin pelo; los perros de su condición rara vez llegaban a adultos conservando los ojos; solían dejarlos entre la maleza del arroyo, acribillados por los abrojos, los zaragüelles y la corregüela.

Gabriel García Márquez - Cien años de soledad (1967)

Gabriel García Márquez - Cien años de soledad (1967)
Aureliano sonrió, la levantó por la cintura con las manos, como una maceta de begonias, y la tiró boca arriba en la cama. De un tirón brutal, la despojó de la túnica de baño antes de que ella tuviera tiempo de impedirlo, y se asomó al abismo de una desnudez recién lavada que no tenía un matiz de la piel, ni una veta de vellos, ni un lunar recóndito que él no hubiera imaginado en las tinieblas de otros cuartos. Amaranta Úrsula se defendía sinceramente, con astucias de hembra sabia, comadrejeando el escurridizo y flexible y fragante cuerpo de comadreja, mientras trataba de destroncarle los riñones con las rodillas y le alacraneaba la cara con las uñas, pero sin que él ni ella emitieran un suspiro que no pudiera confundirse con la respiración de alguien que contemplara el parsimonioso crepúsculo de abril por la ventana abierta. Era una lucha feroz, una batalla a muerte, que, sin embargo, parecía desprovista de toda violencia, porque estaba hecha de agresiones distorsionadas y evasivas espectrales, lentas, cautelosas, solemnes, de modo que entre una y otra había tiempo para que volvieran a florecer las petunias y Gastón olvidara sus sueños de aeronauta en el cuarto vecino, como si fueran amantes enemigos tratando de reconciliarse en el fondo de un estanque diáfano. En el fragor del encarnizado y ceremonioso forcejeo, Amaranta Úrsula comprendió que la meticulosidad de su silencio era tan irracional, que habría podido despertar las sospechas del marido contiguo, mucho más que los estrépitos de guerra que trataban de evitar. Entonces empezó a reír con los labios apretados, sin renunciar a la lucha, pero defendiéndose con mordiscos falsos y descomadrejeando el cuerpo poco a poco, hasta que ambos tuvieron conciencia de ser al mismo tiempo adversarios y cómplices, y la brega degeneró en un retozo convencional y las agresiones se volvieron caricias. De pronto, casi jugando, como una travesura más, Amaranta Úrsula descuidó la defensa, y cuando trató de reaccionar, asustada de lo que ella misma había hecho posible, ya era demasiado tarde. Una conmoción descomunal la inmovilizó en su centro de gravedad, la sembró en su sitio, y su voluntad defensiva fue demolida por la ansiedad irresistible de descubrir qué eran los silbos anaranjados y los globos invisibles que la esperaban al otro lado de la muerte. Apenas tuvo tiempo de estirar la mano y buscar a ciegas la toalla, y meterse una mordaza entre los dientes, para que no se le salieran los chillidos de gata que ya le estaban desgarrando las entrañas.

Luis Landero - Juegos de la edad tardía (1989)

Luis Landero - Juegos de la edad tardía (1989)
Inspirado en el eco de la última campanada, Gregorio se imaginó la agonía de un movimiento originariamente impetuoso. Vio morir las olas contra el faro, la calderilla postrera de una gran fortuna, el suspiro final de un alma apasionada, y no solo se negó a reconocer en esas visiones los síntomas precursores del presente, sino que retrocedió en el tiempo hasta encontrar a Aquiles detrás de la tortuga, y cuando a punto estaba ya de proclamar que el mundo era ilusión y solo ilusión, salió a la realidad con una tragantada de pánico.