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7/3/21

Costumbrismo

Aquella tarde de marzo caía una lluvia despiadada sobre Madrid. Ajeno a la fragosidad de la tormenta, Héctor tomaba café frente a la pantalla de su ordenador portátil. Su habitación, no poco ordenada, de paredes blancas y descubiertas, suelo de tarima y armarios empotrados, mostraba un aspecto entenebrecido a causa de la exigua iluminación que diseminaba la luz plomiza de la calle. 

Unos días antes, su novia le había enviado por correo electrónico una convocatoria para un concurso literario. Se trataba del Primer Certamen de Relatos Costumbristas de la editorial Castalia. Al parecer, el impresionante auge de la lectura de los últimos años había traído consigo un renacido interés por ciertos géneros olvidados, y la literatura costumbrista constituía uno de los principales ejemplos. Eso sí, aunque las ediciones digitales de Larra, Mesonero Romanos o Estébanez Calderón alcanzaban buenas posiciones en las listas de ventas, lo cierto es que eran otras obras más recientes las que realmente triunfaban. Poseían las características esenciales del género, como la descripción de tipos y escenas, pero se ambientaban en las primeras décadas del siglo XXI y, en menor medida, en las últimas del XX. Eran narraciones breves, de escasa o nula acción, abundante diálogo y finales exornados con una enternecedora nota de nostalgia. 

Héctor dio un sorbo a su bebida, que ya empezaba a enfriarse. Suspiró, entrecruzó los dedos para hacerlos crujir y observó la página en blanco del procesador de textos. Llevaba mucho tiempo sin escribir ficción. Antes lo hacía con frecuencia y no del todo mal, pero en los últimos años no había logrado reunir ni el coraje ni la inspiración necesarios. Ahora tenía la oportunidad. Empezó a recordar una tarde remota y, entonces, sus dedos comenzaron a teclear...


LOS BUENOS TIEMPOS

Un joven matritense del montón, cansado de tanto estudio, decide marcharse a tomar café. Se pone la mascarilla, coge las llaves, algo de dinero y sale a la calle, donde es recibido por el estruendo de las obras y el calor flamígero del verano. Recorre apenas cincuenta metros y llega al bar-restaurante «La Parada», inaugurado en 1968 y cuyo nombre es el tercero más repetido en este tipo de establecimientos a lo largo y ancho de nuestra castigada piel de toro (por detrás de «Plaza» y «Avenida», por delante de «Paco» y «Central»).

Todavía no es la hora de comer, por lo que el olor que le llega al atravesar el umbral de la puerta es más cafetero que pringoso. Pocos clientes ocupan a esta hora el espacio, recientemente reformado con un gusto rústico pero elegante. La pieza superior de la barra, antes de metal, fue sustituida por una de madera oscura, mucho más agradable al tacto y a la vista. Las grandes baldosas blancas con bandas grises que formaban una trama de cuadrados de aspecto ya demasiado vetusto, resultaron también remplazadas por largos tablones de madera en la zona más cercana a la puerta y por baldosines de gres porcelánico modelo Berkane multicolor en la zona más próxima a la cocina, baldosines que también ornamentaban la vertical de la barra, integrando a esta en el conjunto decorativo. Las máquinas de dardos habían sido retiradas y en su lugar se erguía una imponente pizarra en la que los dueños podían informar sobre precios y menús mediante gruesas letras trazadas con tizas de colores. Del mismo modo, el futbolín, testigo singular de otras épocas, había terminado sus días en el punto limpio del distrito para así dejar paso a una barra complementaria, paralela a la principal, que facilitase el acceso y la comodidad de un mayor número de clientes. Los propietarios llevaron a cabo un importante desembolso pero sin duda esto había redundado en elegancia, pulcritud y buen gusto para su establecimiento, algo que la amable clientela sabría recompensar con fidelidad y simpatía. 

―Hola ―saluda el joven estudiante acercándose a la barra―. Un café con leche templada, cuando puedas. 

―Estoy limpiando la cafetera, dame un minutito― dice la camarera, una mujer de unos treinta y siete años, con algo de sobrepeso, pelo largo y teñido de rubio, mirada amable circundada de ojeras y sonrisa oculta tras la mascarilla. 

―Sin problemas.

El estudiante se sienta en un taburete de la mencionada barra complementaria a esperar su café. Observa a un matrimonio de ancianos que mantiene conversación con la camarera; él toma un botellín de Mahou y ella una Coca-Cola; él lleva la mascarilla colgando de la oreja izquierda y ella no la lleva a la vista; él está sentado en un taburete y ella se encuentra de pie, girándose de vez en cuando hacia el otro lado del local, donde la pantalla de televisión muestra las imágenes de un videoclip de Lady Gaga cuya música sirve como sonido ambiente o como ruido de fondo, según se mire. 

―Y yo mis sábanas me las voy a llevar ―dice la camarera mientras continúa limpiando la cafetera.

―Pues vaya ganas ―dice la señora.

―Charo, que no sabemos dónde están los virus, que está la cosa muy peligrosa. Y yo, mira, es que me he vuelto muy asquerosa, como lo hemos pasado tan mal me he vuelto muy asquerosa ―dice la camarera, que ha terminado de limpiar la máquina. Prensa unos gramos de café molido en el portafiltros y en cuestión de segundos obtiene medio vaso de oscuridad humeante.

―Pero que en esos sitios te las dan lavadas, planchadas y todo, eh ―añade Charo. 

―Yo este año me las voy a llevar. ¿Templadita la leche? 

―Sí, por favor ―dice el estudiante, que se levanta para recoger el café y regresar a su sitio. 

―Y porque tú vas a ir una semana, pero si fueras quince días, a la semana te las cambian. ¿Sabes cómo te digo? 

La camarera cobra la cuenta de dos trabajadores del aeropuerto que se marchan con un hasta luego

―Mi padre. Mi padre ha dejado de salir con los amigos ―dice la camarera.

― ¡Joder, qué exageración! 

―Charo, mi madre ha estado a punto de morirse. 

―Hombre, nos ha jodido. Cuando has visto... ―dice el señor.

―Cuando no lo has visto de cerca no sabes. Te crees que es una tontería, pero no, es muy serio. 

―Hombre, claro que es serio, pero ya dejar de salir y estar con amigos... Vamos, no me mates.

―No, si no es cuestión de no salir, es intentar...― dice el señor.

―Y apretaros, eh, que en septiembre nos cierran otra vez ―advierte la camarera elevando el índice derecho.

― ¿En septiembre? ―pregunta el señor―. Yo creo que en octubre. 

―Porque es eso, como nos creemos que es una broma... Mira, el otro día vino aquí un hombre que trabaja en La Paz y dijo «mira, hemos hecho trasplantes de pulmón a niños pequeñitos». Para que luego digan que no afecta a los jóvenes. 

―Yo he oído que en octubre, en octubre nos van a cerrar porque... porque es el cambio de... de todo ―puntualiza el señor.

―No sé si nos confinarán en casa pero los bares... A los bares sí que nos van a meter caña.

―Y a los comercios ―añade Charo. 

―No, y como sigamos así, a todo el mundo― dice el señor. Que hay que tomárselo en serio. Porque yo me lo tomo en serio, la doctora me dijo «la mascarilla es por usted, es por su salud» y yo me la pongo. Ahora, ¿para ir por la calle solo...? Que yo me lo tomo en serio pero tampoco soy exagerado. Mira, yo tengo un cuñado que tiene un barreño en la puerta de su casa.

―Yo también ―corta la camarera―. Bueno, yo tengo un spray para los zapatos y me lo echo antes de entrar. 

―Mi cuñado tiene el barreño con lejía y tiene una bayeta que la echa antes de entrar y luego pone los pies encima de la bayeta. Y escucha una cosa. Dicho por gente de... gente que son eminencias: es más fácil que te caiga dos rayos en el mismo día que te lleves los virus en los zapatos. Fíjate tú. Eso dicho por...

―Sí, pero yo lo hago ―explica la camarera.

―No hay que exagerar tanto ya, eh. Una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa ―interviene Charo. 

―Seguimos con dos mil contagios diarios ―espeta la camarera―. Tenemos que ponernos las pilas. Mira, el otro día multaron aquí a un hombre. 

― ¿Por qué?

―Por entrar sin mascarilla. 

―Ah, le vieron entrar...

―Le vieron. Y vaya si le multaron. Cien euros. 

―Hombre, claro, es que te lo están diciendo ―dice Charo. Y añade: ―ya verás como no lo hace más. 

― ¿Qué hora es ya? ¿La una? ―pregunta el señor.

―La una ―dice Charo―. Nos vamos a ir yendo. 

Los ancianos pagan su cuenta y se despiden. El estudiante termina su café poco después.

― ¿Qué se debe? ―pregunta, aunque sabe que debe uno con veinte.

―Uno con veinte.

Entrega un euro y medio y se marcha sin coger las vueltas. Afuera el sol continúa abrasando las calles. Por el camino, el joven llega a la conclusión de que 1,50 no es un mal precio a cambio de un buen café y una castiza escena mucho más interesante que la oferta televisiva. 



Héctor repasó un par de veces su historia y se sintió bastante satisfecho. Después envió el relato maquetado con fuente Arial 12 e interlineado doble y firmado con el pseudónimo «Aquiles», a la dirección de correo electrónico que la editorial había facilitado para el certamen. 

Afuera había dejado de llover. Y no solo eso. El sol brillaba poderoso en mitad de un cielo azul resplandeciente, reflejándose en los charcos de las aceras y en las hojas de los árboles, todavía mojadas. Héctor se acercó a la ventana, se acodó en el alfeizar y recibió con deleite los rayos de luz en el rostro mientras meditaba sobre un sinfín de cuestiones. Sí, la lectura había experimentado un auge impresionante desde que no se podían rodar series ni películas. Y es que, los escritores solo se necesitaban a sí mismos para continuar creando historias. Ni siquiera precisaban del soporte clásico, el libro en papel, pues gracias al e-book, la ficción podía llegar desde la mente del artífice hasta la del receptor sin que se estableciese ningún tipo de contacto físico durante el proceso. ¿Y el costumbrismo? En fin, parecía que se había convertido en una válvula de escape. Las personas simplemente echaban de menos los buenos tiempos, la cotidianidad, lo normal, lo de siempre, lo mundano, lo nimio, aquello que había ido quedando tan, tan lejos. 

Héctor se asomó un poco más y pudo observar la calle desierta, los comercios con el cierre echado, los coches con las ruedas desinfladas. Al fondo atisbó una patrulla de policía. Caminaban erguidos, vigilantes, aterradores con su trajes de bioseguridad y sus fusiles de asalto. Por el otro lado de la calle se aproximaba una furgoneta del Servicio Estatal de Distribución de Bienes Perecederos. Los repartidores iban dejando paquetes en el cubículo de desinfección de cada edificio para que los vecinos fuesen bajando por turnos a recoger sus correspondientes LAB´s (Lote Alimentario Básico). 

Aquello era la cotidianidad, la nueva normalidad; aquello era, en definitiva, el presente, un presente cuyas fronteras se extendían más allá de lo imaginable. Héctor reflexionó sobre la escena que se desarrollaba ante sus ojos: aquello no era otra cosa que el costumbrismo de los nuevos tiempos. 

24/1/21

Costumbrismo posmoderno prepandémico - Pólvora en salvas V

El joven llega a casa poco antes de que den las seis. La familia se va de veraneo y él ha preferido no acostarse porque quería salir de fiesta. Es un joven algo tarambanas. Los equipajes ya se encuentran cargados en el viejo Seat Toledo y en cuanto el joven hace acto de presencia, todos suben al vehículo para emprender la marcha. 

― ¿Qué tal, chaval? ¿Qué habéis hecho? ―pregunta el padre mientras hace ganar velocidad al coche en una incorporación a la M-40 dirección A-3. 

―Nada, tomar algo por ahí. 

El joven, sentado en el asiento del copiloto, gira la cabeza hacia la ventanilla. La mañana está a punto de alborear y los cielos empiezan a teñirse de matices violáceos y ambarinos. Se ven nubes oscuras como cuervos gigantes sobrevolando los edificios de Madrid, una ciudad que comienza una jornada como tantas otras. El firmamento palidece por instantes; una bandada de aves se expande y comprime como un solo ser, transmitiendo una impresión orgánica, biológica. 

El vehículo toma la A-3 y poco a poco va dejando atrás los distritos del extrarradio y las ciudades del suroeste. Enseguida la familia puede ver cómo los márgenes de la autopista empiezan a mostrar los primeros pueblos al tiempo que el sol se va despegando del horizonte. 

Cruzan la frontera entre Madrid y Cuenca y casi al instante sobrepasan el minúsculo pueblo de Belinchón. Ahora se encuentran inmersos en la tristeza del paisaje manchego; ahora ya todo es monotonía llana, matorrales, caminos de arena; todo es el cielo inmenso, azul, inabarcable; todo es sopor y adelantar camiones y el hilo de la radio sonando casi al mínimo volumen y la compañía constante, repetitiva, matemática, de las torres del tendido eléctrico, monstruosos centinelas vigilando celosamente sus pasos.

A la altura de Cervera del Llano, el joven cae en una especie de duermevela angustiosa que se prolonga durante cien kilómetros. Al despertar, observa que los cielos se han encapotado y que algunos goterones empiezan a colisionar contra el cristal, fraccionándose en decenas de minúsculos vástagos temblorosos. La lluvia va arreciando con suavidad, de forma muy paulatina, como si no quisiese causar sobresaltos, y el joven vuelve a caer preso de la somnolencia, que esta vez resulta dulce y reconfortante, llegando incluso a experimentar una serie de fragmentos oníricos inconexos en los que conserva un cierto grado de lucidez. En uno de ellos se besa con la novia de un amigo y, cuando este los sorprende, en lugar de mostrarse colérico, se limita a decirles que tengan mucho cuidado, pues podrían enamorarse y pasar mucho tiempo juntos. El joven llega reflexionar sobre lo curioso de semejante advertencia. Cuidado con ser feliz. 

Cuando despierta de nuevo, su madre está hablando en voz baja, acercándose con cautela desde el asiento trasero hacia el del conductor para que el padre pueda oírla. 

―... ni medio normal el olor a vinazo que nos está dando todo el viaje. Que por un día que no hubiera salido no se iba a morir…

El joven se incorpora un poco, tratando de acomodarse en el asiento. Hace bochorno y ya no queda ni rastro de lluvia. Afuera el paisaje se muestra todavía más desolador que antes. Hasta donde alcanza la vista tan solo pueden contemplarse inmensas extensiones de campos en barbecho o de tierras de sembradura, caminos pedregosos y árboles solitarios, alejados unos de otros como por castigo divino.  

― ¿Dónde estamos?

―Cerca de Albacete ―dice su padre―. Vamos a parar a tomar algo enseguida.

En el área de servicio piden cafés y unos sándwiches. El joven da un par de bocados y sale a fumar. Se sienta en las escaleras de la entrada y enciende un cigarrillo. Está pensando en sus cosas mientras contempla el inmenso vacío que se extiende ante sus ojos. Se siente cansado, física y mentalmente. ¿Qué tal le irán las cosas este verano? «Voy a estar allí un mes. Aquello está lleno de chicas. Muchas son guiris pero otras no. En la playa es más o menos fácil conocer a algunas. A ver si… No sé si estos podrán pillar, tampoco tengo mucho dinero y allí los porros no son gran cosa. Allí va casi todo Madrid, hay que tener cuidado. Puedes ir tan tranquilo por la calle fumándote uno y cruzarte con un vecino o con unos amigos de tus padres que van para la playa con su sombrilla…».

La parada termina y prosiguen el viaje. Sobrepasan la ciudad de Albacete, bordeándola por el noreste, y continúan recorriendo más y más kilómetros de asfalto ardiente y dejando atrás más y más pueblos perdidos en la inmensidad árida, rasa y abrasada de las tierras meseteñas bajomanchegas: Chinchilla de Montearagón, Villar de Chinchilla, Bonete, Almansa…

Recorren un largo trecho en paralelo a la frontera de Castilla-La Mancha con la Comunidad Valenciana y finalmente entran en la provincia de Alicante un poco antes de El Morrón. El paisaje ha ido transformándose paulatinamente, de un modo muy sutil, conservando ciertos rasgos y modificando otros, cediendo lo llano en pos de lo escarpado, y lo agostado en favor de lo verdoso.

Poco antes de Elche se desvían hacia la AP-7. La continua presencia de palmeras anuncia la proximidad del destino y el joven experimenta un latigazo de inquietud, una sensación que se repite desde la infancia y que puede rastrear hasta los lugares más remotos de su memoria. A la altura de Benijófar, toman el desvío hacia la CV-905, la cual, penetrando entre dos lagunas saladas, rosa y cobriza una, verde y oscura la otra, los lleva finalmente hasta la ciudad más poblada de la Vega Baja del Segura.