Mostrando entradas con la etiqueta fragmentos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta fragmentos. Mostrar todas las entradas

28/10/21

Fragmentos sublimes de literatura española en la prensa

El artículo puede considerarse una especie de primo pequeño del ensayo y, en torno a ambos y a otras formas discursivas, como el diálogo o la biografía, y que pueden englobarse bajo etiquetas como «géneros no miméticos» (Domínguez Caparrós) o «géneros didáctico-ensayísticos» (García Berrio y Huerta Calvo), se alza la polémica sobre si deben o no ser tratados como miembros de pleno derecho de la gran familia literaria. La decisión que tomemos con relación a este asunto dependerá de la definición de literatura que decidamos adoptar: si consideramos la mímesis, la ficción, como un rasgo esencial del arte de la palabra, entonces, en principio, se quedarían excluidos; mas si sostenemos que basta para calificar a un texto como literario el hecho de que este muestre voluntad de estilo, intención artística o estética, o como queramos llamarlo, entonces el artículo podrá considerarse literatura en estado puro, especialmente cuando es ejercitado de modos tan excelsos como los que veremos a continuación. 

Nota 1: He seleccionado estos fragmentos únicamente por su belleza formal, no tengo por qué estar de acuerdo o en desacuerdo con los contenidos. 

Nota 2: Todos los fragmentos provienen de artículos compilados por el profesor Francisco Gutiérrez Carbajo en los libros Artículos periodísticos (Castalia, 1999) y Artículos literarios en la prensa (Cátedra, 2007).


EL MAL DE ESPAÑA (1903) - JOSÉ MARTÍNEZ RUIZ, «AZORÍN»

Pero descended al hecho; dejad el libro y el período; meteos en un pueblo, vivid en él; saturaos de sus hombres y de sus cosas. Y entonces, en este pueblecillo, toparéis con una apretada y menuda red de pasiones, de prejuicios, de sordideces, de miseria, de tristeza. La pobreza de un suelo sin agua ni árboles -que son talados bárbaramente-, sin cultivos racionales, ha contribuido a cristalizar este ambiente a lo largo de las generaciones; se vive en casas incómodas; se come apenas; se carece en invierno de leña que conforte nuestros miembros helados; en algunas partes es tanta la pobreza, que pasan las noches en tinieblas, faltos de luz artificial... ¿Cómo un hombre ha de transformar en breves años este medio y esta mentalidad, que es su corolario? Y así es toda España; quitad la región del Cantábrico, separad las estrechas estepas irrigadas de la depresión del Ebro y del Mediterráneo, y tendréis la España hórrida y muerta de las dos mesetas y la España yerma de los latifundios andaluces y extremeños...


DIVAGACIONES (1905) - ANTONIO MACHADO

En su hermoso libro Vida de Don Quijote y Sancho enaltece Unamuno la locura, el ímpetu generoso. Sóbrale razón. ¿Necesita maestros de cordura esta tierra de vividores, de fríos y discretos bellacones? Locos necesitamos, que siembran para no cosechar. Cuerdos que talen el árbol para alcanzar el fruto, abundan por desdicha. ¿Dónde están los lunáticos, los idealistas, los renunciadores, los ascetas, los románticos, que apenas se ven por ninguna parte? ¿Qué fantasmas son esos? En estas luchas de parásitos, que es la vida española, ¿quién ha visto a caballeros de la muerte? Tierra es esta de vividores. Venga en último caso quien enseñe y ayude a bien morir. 


EL INSTINTO BÉLICO DESPUÉS DE LA GUERRA (1918) – LUIS BELLO

Desde 1914 hay millones de niños que tienen a sus padres, a sus hermanos en la guerra. ¿Qué hacen? ¡Matar! Esta es una terrible «lección de cosas». Matan por defender su patria y todas las ideas ajenas a la idea de patria. Luego se extenderán por el mundo esos millones de hombres que han matado y que, sin ellos quererlo, han adquirido el hábito de la violencia y han perdido el sagrado temor de la sangre. El más noble tendrá la heroica intrepidez de un cirujano que saja en el enemigo, con sangre del enemigo, y si es preciso con sangre propia, el tumor de la agresividad bélica. Otros conservaran la impasibilidad del carnicero ante la matanza. ¿Hasta dónde llegará después la reacción contra los horrores de hoy? Esos mismos que viven días de dolor y de gloria, los de las ofensivas mortíferas, los de los avances sobre montones de carne humana, los que asaltan trincheras y las limpian de defensores, los que arrojan bombas sobre los acantonamientos, los que no sueñan sino con la destrucción y muerte del adversario, ¿qué harán después, cuando vuelvan a la paz de su hogar y acaricien la frente de un niño que quiere saber lo que su padre hizo en la guerra? ¿Continuarán la leyenda de la gloria bélica?


EL HAMBRE, LA IGLESIA Y LA NACIÓN (1934) – AMÉRICO CASTRO

Mas si no se sabe con seguridad adónde queremos arribar, ni en qué navío se va a realizar el viaje, es innegable que están ahí unos millones de seres sumidos en desventura (miseria nativa, fatalidad, ambiente sin entrañas, incapacidad propia). Tales gentes han aprendido a tener conciencia de su daño y a expresarlo. Saben que ningún dolor les menguará por espontánea iniciativa de los demás, que imperturbables les dejaran fenecer. Fracasado el ensayo cristiano de evangelizar al prójimo (siempre utópico), saben los débiles que solo les resta la serena y propia energía. Por amor y deber nadie se adelanta a satisfacer la demanda del paria -el cual, por lo demás, si mañana se hace fuerte dejará en mantillas a sus colegas en bienestar-. El naufragio de la Iglesia es en este punto cosa tan enorme, que si el plomo de la rutina no aplastara las posibilidades de discurrir, no quedaría una sola persona de buena fe que se llamará cristiana. Por qué, ¿cómo es posible que obispos, clérigos, frailes de todo linaje, amén de esas monjas que salieron a votar, no acudan en apretadas legiones a los lugares de horror donde millares de criaturas -llamadas sarcásticamente hijos de Dios- viven en dura e incalculable desdicha, y no se tornen en sus primeros sostenes y sus más ardientes valedores? Sus mimos no son para los parias, sino para los beatos (bienaventurados) en esta vida, a los que preparan en justa compensación los sedosos y aterciopelados placeres de la otra. Y esos son los agentes de la divinidad; y su agenda sirve también para las elecciones y para anestesiar a la República. 


ORACIÓN POR LOS CAIDOS (1938) – RAFAEL SÁNCHEZ MAZAS  

Esta ley moral es nuestra fuerza. Con ella venceremos dos veces al enemigo, porque acabaremos por destruir no sólo su potencia sino su odio. A la victoria que no sea clara, caballeresca y generosa preferimos la derrota, porque es necesario que, mientras cada golpe del enemigo sea horrendo y cobarde, cada acción nuestra sea la afirmación de un valor y una moral superiores. Aparta así, Señor, de nosotros, todo lo que otros quisieran que hiciésemos y lo que se ha solido hacer en hombre del vencedor impotente de clase, de partido o de secta, y danos heroísmo para cumplir lo que se ha hecho siempre en nombre de una Patria, en nombre de un Estado futuro, en nombre de una cristiandad civilizada y civilizadora.


TEJER Y DESTEJER (1979) - CAMILO JOSÉ CELA

Sobre el cañamazo de la historia el hombre teje, desteje y vuelve a empezar pacientemente, aplicadamente, eternamente, como si no supiera hacer más cosa que ir y venir, un pie tras otro, adelante y atrás, ayer, hoy y mañana, un día y otro día y otro, hasta que muere y se desdibuja en el horizonte familiar y en la flaca memoria de las gentes. Para Tucídides, la historia no es sino un incesante volver a empezar. 

–¡Es un supuesto muy amargo!

–No; Quizá no sea más que una evidencia sin sabor alguno. O una ilusión para no morir de hastío. 

–Quizá.


T. V. = TEDIUM VITAE (1987) – CARMEN MARTÍN GAITE

Cuando llega la noche de verano, el pirulí de televisión vigila con sus ojos encarnados el deambular de los vecinos insomnes que se trasladan sin designio de una habitación a otra, bajan a la calle a pasear un perro, riegan las adelfas achicharradas de sus terrazas, y acaban claudicando de todo, inmovilizados frente a las imágenes sincopadas que dispara el televisor, encendido aunque no lo mire nadie. Desde mi ventana abierta se ven sus ventanas abiertas, y a través de ellas se percibe, multiplicado e idéntico, el resplandor azulado que emiten los rectángulos gobernados desde el pirulí. Todos estamos mirando lo mismo, enterándonos al mismo tiempo de lo mismo, familiarizándonos con un terror inoculado como droga rutinaria, veneno neutralizado por el contraveneno del tedio con que se recibe.


VERGÜENZA BIOLÓGICA (1991) - MANUEL ALCÁNTARA  

La operación "Tormenta del Desierto" nos ha metido a todos arena en los ojos. Por eso estamos llorando. Entre las lágrimas y la arena se forma un barro sucio y es el momento de preguntarnos si no estaremos hechos de ese barro. Quizá el ser humano no tenga remedio, o quizá ocurra, así se ha pensado a veces, que el hombre es bueno y los hombres son malos. Lo cierto es que una ráfaga de pesimismo antropológico nos lleva a sentir lo que Valle-Inclán llamó vergüenza biológica. ¿Por qué tengo yo que pertenecer a esta especie cruel? La humanidad ha retrocedido de ayer a hoy, desde el mismo momento en el que empezaron los bombardeos nocturnos, que parece que los iraquíes, como los comanches, no gustan de guerrear en la noche, y el mundo es peor de lo que era. Un mesón destartalado donde los huéspedes matan y mueren. 


DUENDES EN LA GALAXIA GUTENBERG (1992) - LUIS LANDERO  

Pero, de todas aquellas academias, recuerdo sobre todo una que quedaba por Fuencarral, en un piso segundo que daba a unos patios interiores donde nunca se oía nada salvo, en días de lluvia, un canalón ciego que vertía de lo alto. Todo era allí sucio y penumbroso. Una luz trémula de oratorio apenas se bastaba para poner en fuga la vaga perspectiva de unos corredores largos, de techos encumbrados y confín ominoso. El equívoco de los claroscuros, los espejismos del silencio, los recovecos y rincones: todo invitaba allí a la levedad y al devaneo. A la larga, aquel ambiente entre hospitalario y soporífero se me revela como una imagen exacta de la época. Más de un estudiante, rendido por una jornada laboral que había empezado con el amanecer, se quedaba dormido sobre el pupitre, mientras remotamente el profesor explicaba de Hegel lo único que al parecer había entendido de él: su oscuridad. Él soñaba con Hegel y el estudiante soñaba acaso con un automóvil, una muchacha y un domingo de sol. Hijos de la misma desdicha, parecían ambos representar los sueños monstruosos o líricos de la razón desvanecida.


MELANCOLÍA (1993) - LUIS ALBERTO DE CUENCA

Ya no te sirve tu ciudad. La han convertido en un inmenso basurero donde los ciudadanos escarban buscando su ración de podredumbre, donde la fuerza bruta impera y todos desconfían de todos. ¿Qué pintas tú en esta ciudad sórdida y bronca donde nadie sonríe, plagada de automóviles, de calles levantadas, de caras antipáticas y hostiles, de jóvenes sin futuro y viejos aterrorizados? ¿Qué tienes que ver tú con una ciudad que va quitándose de encima los cafés y los cines para instalar, a cambio, en cada esquina un videoclub o una sucursal bancaria, con una ciudad que identifica el placer con el alcohol y con las drogas y que cree que sólo es posible divertirse de noche?

21/4/19

Diez sobrecogedores fragmentos de 'Hijos de la ira'

Presentación

Dámaso Alonso

Dámaso Alonso generó un gran impacto con la publicación de Hijos de la ira (1944), considera la obra cumbre de la poesía desarraigada. En sus versos se aprecia una fuerte influencia del existencialismo y un profundo sentimiento religioso. Sin llegar a la crítica social que predominaría en los años cincuenta, el autor se alejó drasticamente de la poesía triunfalista y connivente afín al régimen, presentando un mundo desolado en el que el individuo cae presa del pesimismo y de la más absoluta agonía existencial. He seleccionado diez de los fragmentos más destacables, aunque recomiendo vivamente leer el libro completo, ya que considero que no tiene desperdicio. 

Por cierto, Dámaso Alonso fue esposo de Eulalia Galvarriato, una escritora injustamente olvidada e infravalorada, de la cual hemos hablado en este artículo. 

Fragmentos sobrecogedores de Hijos de la ira

Y paso largas horas preguntándole a Dios, preguntándole por qué se pudre lentamente mi alma, por qué se pudren más de un millón de cadáveres en esta ciudad de Madrid, por qué mil millones de cadáveres se pudren lentamente en el mundo. 
Dime, ¿qué huerto quieres abonar con nuestra podredumbre?
¿Temes que se te sequen los grandes rosales del día,
las tristes azucenas letales de tus noches? 

---

Pero tú vienes, mancha lóbrega,
reina de las cavernas, galopante en el cierzo, tras tus corvas pupilas, proyectadas
como dos meteoros crecientes de lo oscuro,
cabalgando en las rojas melenas del ocaso, 
flagelando las cumbres
con cabellos de sierpes, látigos de granizo.

---

Ah, nosotros somos un horror de salas interiores en cavernas sin fin,
una agonía de enterrados que se despiertan a la media noche,
un fluir subterráneo, una pesadilla de agua negra por entre minas de carbón,
de triste agua, surcada por la más tórpidas lampreas,
nosotros somos un vaho de muerte,
un lúgubre concierto de lejanísimos cárabos, de agoreras zumayas, de los más secretos autillos.
Nosotros somos como horrendas ciudades que hubieran siempre vivido en black-out,
siempre desgarradas por los aullidos súbitos de las sirenas fatídicas.
Nosotros somos una masa fungácea y tentacular, que avanza en la tiniebla a horrendos tentones,
monstruosas, tristes, enlutadas amebas.

---

Ah, muertos, muertos, ¿qué habéis visto
en la esquinada cruel, en el terrible momento del tránsito?
Ah, ¿qué habéis visto en ese instante del encontronazo con el
camión gris de la muerte?
No sé si cielos lejanísimos de desvaídas estrellas, de lentos
cometas solitarios hacia la torpe nebulosa inicial,
no sé si un infinito de nieves, donde hay un rastro de sangre, una
huella de sangre inacabable,
ni si el frenético color de una inmensa orquesta convulsa cuando
se descuajan los orbes,
ni si acaso la gran violeta que esparció por el mundo la tristeza
como un largo perfume de enero,
ay, no sé si habéis visto los ojos profundos, la faz impenetrable.

---

Ella recuerda sólo
que en todas hacía frío,
que en todas estaba oscuro,
y que al partir, al arrancar el tren
ha comprendido siempre
cuán bestial es el topetazo de la injusticia absoluta,
ha sentido siempre
una tristeza que era como un ciempiés monstruoso que le colgara
de la mejilla,
como si con el arrancar del tren le arrancaran el alma,
como si con el arrancar del tren le arrancaran innumerables
margaritas, blancas cual su alegría infantil en la fiesta del pueblo
como si le arrancaran los días azules, el gozo de amar a Dios y
esa voluntad de minutos en sucesión que llamamos vivir.

---

A veces en la noche yo te siento a mi lado,
que me acechas,
que me quieres palpar,
y el alma se me agita con el terror y el sueño,
como una cabritilla, amarrada a una estaca,
que ha sentido la onda sigilosa del tigre
y el fallido zarpazo que no incendió la carne,
que se extinguió en el aire oscuro.

---

Fino, fino,
iba creciendo y en largos arcos se irradiaba.
Proyectaba raíces, que, invasoras,
se hincaban en la carne,
desviaban, crujiendo, los tendones,
perforaban, sin astillar, los obstinados huesos, durísimos
y de él surgía todo un cielo de ramas
oscilantes y aéreas,
como un sauce juvenil bajo el viento,
ahora iluminado, ahora torvo,
según los galgos-nubes galopan sobre el campo
en la mañana primaveral.

---

Y estaban verdes, amarillos y de color de dátil, de color de tierra seca los insectos,
ocultos, sepultos, fuera de los insectos y dentro de mi carne,
dentro de los insectos y fuera de mi alma,
disfrazados de insectos.
Y con ojos que se reían y con caras que se reían y patas,
y patas que no se reían, estaban los insectos metálicos
royendo, royendo y royendo mi alma, la pobre,
zumbando y royendo el cadáver de mi alma que no zumbaba y que no roía,
royendo y zumbando mi alma, la pobre, que no zumbaba, eso no, pero que al fin roía, roía dulcemente,
royendo y royendo ese mundo metálico y estos insectos metálicos que me están royendo el mundo de pequeños insectos,
que me están royendo el mundo y mi alma,
que me están royendo mi alma toda hecha de pequeños insectos metálicos, que me están royendo el mundo, mi alma, mi alma,
ah!, los insectos,
ah!, los p... insectos. 

---

Si vais por la carretera del arrabal, apartaos, no os inficione mi pestilencia. 
El dedo de mi Dios me ha señalado: odre de putrefacción quiso que fuera este mi cuerpo, 
y una ramera de solicitaciones mi alma, 
no una ramera fastuosa de las que hacen languidecer de amor al príncipe, 
sobre el cabezo del valle, en el palacete de verano, 
sino una loba del arrabal, acoceada por los trajinantes, 
que ya ha olvidado las palabras de amor, 
y sólo puede pedir unas monedas de cobre en la cantonada. 
Yo soy la piltrafa que el tablajero arroja al perro del mendigo, 
y el perro del mendigo arroja al muladar. 
Pero desde la mina de las maldades, desde el pozo de la miseria, 
mi corazón se ha levantado hasta mi Dios, 
y le ha dicho: Oh Señor, tú que has hecho también la podredumbre, 
mírame, 
yo soy el orujo exprimido en el año de la mala cosecha, 
yo soy el excremento del can sarnoso, 
el zapato sin suela en el carnero del camposanto, 
yo soy el montoncito de estiércol a medio hacer, que nadie compra, 
y donde casi ni escarban las gallinas. 

---

Ah, pobre Dámaso, 
tú, el más miserable, tú el último de los seres,
tú, que con tu fealdad y con el oscuro turbión de tu desorden,
perturbas la sedeña armonía
del mundo,
dime,
ahora que ya se acerca tu momento
(porque no hay ni un presagio que ya en ti no se haya cumplido)
ahora que subirás al Padre,
silencioso y veloz como el alcohol bermejo en los termómetros,
¿cómo has de ir con tus manos estériles?
¿qué le dirás cuando en silencio te pregunte qué has hecho?



11/3/19

Fragmentos sublimes de literatura en español

Presentación

Hace más de tres años, escribí una entrada en la cual mostraba una serie de párrafos que había ido recopilando con el paso del tiempo. Eran fragmentos en prosa de grandes figuras de la literatura universal, como Hemingway, Céline, o Bertrand Russell (aunque destacó como filósofo y matemático, también ganó el Nobel de Literatura), y otros escritores no tan grandes ni tan universales, pero que a mí me gustan, como Bukowski, qué le vamos a hacer. Aquellos memorables conjuntos de palabras tenían en común el hecho de haber generado en mí una potente sensación de placer estético, el suficiente como para verme obligado a releerlos y sacarles fotos, copiarlos en viejas libretas o llevar a cabo cualquier otra medida necesaria para que no acabasen desvanecidos en el abismo de mi desmemoria. 

Hace no mucho, me percaté de que, entre los seleccionados, no había un solo autor hispanohablante. Es normal que ahora me fije en estas cosas, pues soy un filólogo en ciernes, como también es normal que por aquel entonces, arrastrando prejuicios más extendidos de lo que sería deseable, no seleccionase a ningún compatriota (entendiendo patria como Camus la entendía, solo que con la lengua española en lugar de la francesa) pues yo, prácticamente, solo me paraba a leer literatura traducida. Por fortuna, aquella época pasó, las lecturas hispánicas entraron de lleno en mi vida y, poco a poco, fui llevando a cabo una bella recopilación similar a la anterior, dedicada en exclusiva a literatura escrita en nuestro querido idioma, y de la que espero disfrutéis intensamente.

grandes escritores hispanohablantes

Gertrudis Gómez de Avellaneda - Sab (1841)

Sab, de Gertrudis Gómez de Avellaneda
El sol terrible de la zona tórrida se acercaba a su ocaso entre ondeantes nubes de púrpura y de plata, y sus últimos rayos, ya tibios y pálidos, vestían de un colorido melancólico los campos vírgenes de aquella joven naturaleza, cuya vigorosa y lozana vegetación parecía acoger con regocijo la brisa apacible de la tarde, que comenzaba a agitar las copas frondosas de los árboles agostados por el calor del día. Bandadas de golondrinas se cruzaban en todas direcciones buscando su albergue nocturno, y el verde papagayo con sus franjas de oro y de grana, el cao de un negro nítido y brillante, el carpintero real de férrea lengua y matizado plumaje, la alegre guacamaya, el ligero tomeguín, la tornasolada mariposa y otra infinidad de aves indígenas, posaban en las ramas del tamarindo y del mango aromático, rizando sus variadas plumas como para recoger en ellas el soplo consolador del aura.

Emilia Pardo Bazán - Los pazos de Ulloa (1887)

Los pazos de Ulloa Emilia Pardo Bazán
Diez años son una etapa, no sólo en la vida del individuo, sino en la de las naciones. Diez años comprenden un periodo de renovación: diez años rara vez corren en balde, y el que mira hacia atrás suele sorprenderse del camino que se anda en una década. Mas así como hay personas, hay lugares para los cuales es insensible el paso de una décima parte de siglo. Ahí están los Pazos de Ulloa, que no me dejarán mentir. La gran huronera, desafiando al tiempo, permanece tan pesada, tan sombría, tan adusta como siempre. Ninguna innovación útil o bella se nota en su mueblaje, en su huerto, en sus tierras de cultivo. Los lobos del escudo de armas no se han amansado; el pino no echa renuevos; las mismas ondas simétricas de agua petrificada bañan los estribos de la puente señorial.

Benito Pérez Galdós - Misericordia (1897)

Misericordia Galdós
Con ese mirar vago y distraído que es, en los momentos de intensa amargura, como un giro angustioso del alma sobre sí misma, veía pasar por una y otra banda del jardín gentes presurosas o indolentes. Unos llevaban un duro, otros iban a buscarlo. Pasaban cobradores del Banco con el taleguillo al hombro; carricoches con botellas de cerveza y gaseosa; carros fúnebres, en el cual era conducido al cementerio alguno a quien nada importaban ya los duros. En las tiendas entraban compradores que salían con paquetes. Mendigos haraposos importunaban a los señores. Con rápida visión, Benina pasó revista a los cajones de tanta tienda, a los distintos cuartos de todas las casas, a los bolsillos de todos los transeúntes bien vestidos, adquiriendo la certidumbre de que en ninguno de aquellos repliegues de la vida faltaba un duro. Después pensó que sería un paso muy salado que se presentase ella en la cercana casa de Céspedes diciendo que hicieran el favor de darle un duro, siquiera se lo diesen a préstamo. Seguramente, se reirían de tan absurda pretensión, y la pondrían bonitamente en la calle. Y no obstante, natural y justo parecía que en cualquier parte donde un duro no representaba más que un valor insignificante, se lo diesen a ella, para quien la tal suma era... como un átomo inmenso. Y si la ansiada moneda pasara de las manos que con otras muchas la poseían, a las suyas, no se notaría ninguna alteración sensible en la distribución de la riqueza, y todo seguiría lo mismo: los ricos, ricos; pobre ella, y pobres los demás de su condición. Pues siendo esto así, ¿por qué no venía a sus manos el duro? ¿Qué razón había para que veinte personas de las que pasaban no se privasen de un real, y para que estos veinte reales no pasaran por natural trasiego a sus manos? ¡Vaya con las cosas de este desarreglado mundo! La pobre Benina se contentaba con una gota de agua, y delante del estanque del Retiro no podía tenerla. Vamos a cuentas, cielo y tierra: ¿perdería algo el estanque del Retiro porque se sacara de él una gota de agua?

Pío Baroja - Camino de perfección (1901)

Camino de perfección Baroja
¡Qué vida! ¡Qué horrorosa vida! Cuando más se sufre, cuando los sentimientos son más intensos, se le encerraba al niño, y se le sometía a una tortura diaria, hipertrofiándole la memoria, oscureciéndole la inteligencia, matando todos los instintos naturales, hundiéndose en la oscuridad de la superstición, atemorizando su espíritu con las penas eternas... (...)

Era el colegio, con su aspecto de gran cuartel, un lugar de tortura; era la gran prensa laminadora de cerebros, la que arrancaba los sentimientos levantados de los corazones, la que cogía los hombres jóvenes, ya debilitados por la herencia de una raza enfermiza y triste, y los volvía a la vida convenientemente idiotizados, fanatizados, embrutecidos; los buenos, tímidos, cobardes, torpes; los malos, hipócritas, embusteros, uniendo a la natural maldad, la adquirida perfidia, y todos, buenos y malos, sobrecogidos con la idea aplastante del pecado, que se cernía sobre ellos como una gran mariposa negra. 

Miguel de Unamuno - Niebla (1914)

Niebla Unamuno
Oyose un ligero rumor, como de paloma que arranca en vuelo, un ¡ah! breve y seco, y los ojos de Eugenia, en un rostro todo frescor de vida y sobre un cuerpo que no parecía pesar sobre el suelo, dieron como una nueva y misteriosa luz espiritual a la escena. Y Augusto se sintió tranquilo, enormemente tranquilo, clavado a su asiento y como si fuese una planta nacida en él, como algo vegetal, olvidado de sí, absorto en la misteriosa luz espiritual que de aquellos ojos irradiaba. 



Ramón María del Valle Inclán - La lámpara maravillosa (1916)

La lámpara maravillosa Valle Inclán
Toda mudanza substancial en los idiomas es una mudanza en las conciencias, y el alma colectiva de los pueblos, una creación del verbo más que de la raza. Las palabras imponen normas al pensamiento, lo encadenan, lo guían y le muestran caminos imprevistos, al modo de la rima. Los idiomas nos hacen, y nosotros los deshacemos. Ellos abren los ríos por donde han de ir las emigraciones de la Humanidad. Vuelan de tierra en tierra, unas veces entre rebaños y pastores; otras, en la púrpura sangrienta de un emperador; otras, renovando la dorada fábula de los Argonautas, sobre la vela de las naves, con sol y con viento del mar. En las alas con que volaron cuando eran invasoras se mantienen muchos siglos las maternas lenguas, y declinan de aquel vuelo originario cuando nace una nueva conciencia. El espíritu primitivo -pastoril, guerrero o mitológico- deja de animarlas, nace otro espíritu en ellas y abre círculos distintos. El encontrado batallar del alma humana agranda la cárcel de los idiomas, y a veces sus combates son tan recios, que la quiebra. Y a veces los idiomas son tan firmes en sus cercos, que nuestras pobres almas no hallan espacio para abrir las alas, y otras almas elegidas, místicas y sutiles, dado que puedan volar, no pueden expresar su vuelo. Los idiomas nos hacen, y nosotros hemos de deshacerlos. Triste destino el de aquellas razas enterradas en el castillo hermético de sus viejas lenguas, como las momias de las remotas dinastías egipcias, en la hueca sonoridad de las Pirámides. Tristes vosotros, hijos de la Loba Latina en la ribera de tantos mares, si vuestras liras no quebrantan todas las cadenas con que os aprisiona la tradición del Habla. ¡Y más triste el destino de vuestros nietos, si en lo porvenir no engendran dialectos suyos, ciclos de una nueva conciencia en la lengua de los Conquistadores! Al final de la Edad Media, bajo el arco triunfal del Renacimiento, estaba la sombra de Platón meditando ante el mar azul poblado de sirenas. ¿Qué sombra espera bajo los arcos del Sol al fin de Nuestra Edad?

Gabriel Miró - El obispo leproso (1926)

El obispo leproso Gabriel Miro
Verano de calinas y tolvaneras. Aletazos de poniente. Bochornos de humo. Tardes de nubes incendiadas, de nubes barrocas, desgajándose del azul del horizonte, glorificando los campanarios de Oleza. (...) Las hospederías, los obradores, las tiendas callaban con la misma modorra de sus dueños sentados a la puerta, cabeceando entre moscardas. Los árboles de los jardines, de la Glorieta, de los monasterios, hacían un estruendo de vendaval de otoño, o se estampaban inmóviles en los cielos, bullendo de cigarras como si se rajasen al sol. El río iba somero, abriéndose en deltas y médanos de fango, de bardomas, de carrizos; y por las tardes, muy pronto, reventaba un croar de balsa. Se pararon muchos molinos de pimentón y harina; y entraban las diligencias, dejando un vaho de tierras calientes, un olor de piel y collerones sudados. Verano ruin. No daba gozo el rosario de la Aurora y tronaba el rosario del anochecido. Fanales de velas amarillas alumbrando el viejo tisú de la manga parroquial; hileras de hombres y mujeres colgándoles los rosarios de sus dedos de difunto; capellanes y celadores guiando la plegaria; un remanso en la contemplación de cada misterio, y otra vez se desanillaban las cofradías y las luces por los ambages de las plazas, por los cantones, por las callejas, por las cuestas. 

Miguel Delibes - Las ratas (1962)

Las ratas delibes
Poco después de amanecer, el Nini se asomó a la boca de la cueva y contempló la nube de cuervos reunidos en concejo. Los tres chopos desmochados de la ribera, cubiertos de pajarracos, parecían tres paraguas cerrados con las puntas hacia el cielo. Las tierras bajas de don Antero, el Poderoso, negreaban en la distancia como una extensa tizonera.

La perra se enredó en las piernas del niño y él le acarició el lomo a contrapelo, con el sucio pie desnudo, sin mirarla; luego bostezó, estiró los brazos y levantó los ojos al lejano cielo arrasado:

—El tiempo se pone de helada, Fa. El domingo iremos a cazar ratas —dijo.

La perra agitó nerviosamente el rabo cercenado y fijó en el niño sus vivaces pupilas amarillentas. Los párpados de la perra estaban hinchados y sin pelo; los perros de su condición rara vez llegaban a adultos conservando los ojos; solían dejarlos entre la maleza del arroyo, acribillados por los abrojos, los zaragüelles y la corregüela.

Gabriel García Márquez - Cien años de soledad (1967)

Gabriel García Márquez - Cien años de soledad (1967)
Aureliano sonrió, la levantó por la cintura con las manos, como una maceta de begonias, y la tiró boca arriba en la cama. De un tirón brutal, la despojó de la túnica de baño antes de que ella tuviera tiempo de impedirlo, y se asomó al abismo de una desnudez recién lavada que no tenía un matiz de la piel, ni una veta de vellos, ni un lunar recóndito que él no hubiera imaginado en las tinieblas de otros cuartos. Amaranta Úrsula se defendía sinceramente, con astucias de hembra sabia, comadrejeando el escurridizo y flexible y fragante cuerpo de comadreja, mientras trataba de destroncarle los riñones con las rodillas y le alacraneaba la cara con las uñas, pero sin que él ni ella emitieran un suspiro que no pudiera confundirse con la respiración de alguien que contemplara el parsimonioso crepúsculo de abril por la ventana abierta. Era una lucha feroz, una batalla a muerte, que, sin embargo, parecía desprovista de toda violencia, porque estaba hecha de agresiones distorsionadas y evasivas espectrales, lentas, cautelosas, solemnes, de modo que entre una y otra había tiempo para que volvieran a florecer las petunias y Gastón olvidara sus sueños de aeronauta en el cuarto vecino, como si fueran amantes enemigos tratando de reconciliarse en el fondo de un estanque diáfano. En el fragor del encarnizado y ceremonioso forcejeo, Amaranta Úrsula comprendió que la meticulosidad de su silencio era tan irracional, que habría podido despertar las sospechas del marido contiguo, mucho más que los estrépitos de guerra que trataban de evitar. Entonces empezó a reír con los labios apretados, sin renunciar a la lucha, pero defendiéndose con mordiscos falsos y descomadrejeando el cuerpo poco a poco, hasta que ambos tuvieron conciencia de ser al mismo tiempo adversarios y cómplices, y la brega degeneró en un retozo convencional y las agresiones se volvieron caricias. De pronto, casi jugando, como una travesura más, Amaranta Úrsula descuidó la defensa, y cuando trató de reaccionar, asustada de lo que ella misma había hecho posible, ya era demasiado tarde. Una conmoción descomunal la inmovilizó en su centro de gravedad, la sembró en su sitio, y su voluntad defensiva fue demolida por la ansiedad irresistible de descubrir qué eran los silbos anaranjados y los globos invisibles que la esperaban al otro lado de la muerte. Apenas tuvo tiempo de estirar la mano y buscar a ciegas la toalla, y meterse una mordaza entre los dientes, para que no se le salieran los chillidos de gata que ya le estaban desgarrando las entrañas.

Luis Landero - Juegos de la edad tardía (1989)

Luis Landero - Juegos de la edad tardía (1989)
Inspirado en el eco de la última campanada, Gregorio se imaginó la agonía de un movimiento originariamente impetuoso. Vio morir las olas contra el faro, la calderilla postrera de una gran fortuna, el suspiro final de un alma apasionada, y no solo se negó a reconocer en esas visiones los síntomas precursores del presente, sino que retrocedió en el tiempo hasta encontrar a Aquiles detrás de la tortuga, y cuando a punto estaba ya de proclamar que el mundo era ilusión y solo ilusión, salió a la realidad con una tragantada de pánico.

26/9/18

Los cinco géneros literarios más curiosos de la Edad Media

Introducción

Un género literario no es más que un conjunto de obras que comparten ciertas características, como los temas que tratan, si son breves o extensas o si están escritas en prosa o verso. Algunos famosos géneros literarios de la actualidad son por ejemplo la poesía intimista, la novela negra, o los relatos de terror. 

Sin embargo, en otras épocas existieron géneros literarios muy distintos, los cuales resultaron tremendamente populares durante decenios, aunque finalmente dejaron de ser cultivados por los escritores y demandados por el público.

Estos géneros no resultarían comerciales hoy en día, pero forman parte de la historia de la literatura, y siguen siendo importantes en los ámbitos académicos. Además, muchos de ellos son los ancestros de los géneros modernos y no debemos olvidar que nos legaron numerosas obras inmortales de la literatura universal, las cuales continúan publicándose y leyéndose en nuestros tiempos y, en no pocos casos, generando influencia en los escritores actuales.

En este artículo os voy a hablar de los cinco géneros más curiosos de la Edad Media, pero, si lo preferís, podéis verlo en vídeo:


El Cantar de gesta

El cantar de gesta fue un género literario que narraba en versos asonantados agrupados en largas tiradas, las aventuras de famosos héroes medievales caracterizados por poseer las más elevadas virtudes, como el valor, la integridad, la fidelidad, la prudencia o la fe. Los juglares recitaban estos extensos poemas como forma de ganarse la vida mientras el público disfrutaba escuchando el relato de innumerables batallas y actos heroicos. En España, el único cantar que nos ha llegado casi completo es el Cantar de mio Cid, el cual es además la obra poética extensa conservada más antigua de nuestra literatura. Los primeros versos de la edición modernizada dicen así:

Fragmento del Cantar de mio Cid

De los sus ojos tan   fuertemente llorando,
Tornaba la cabeza    y estábalos catando.
Vio puertas abiertas  y postigos sin candados,
Alcándaras vacías,  sin pieles y sin mantos,
Y sin halcones    y sin azores mudados. 5
Suspiró mío Cid   pues tenía muy grandes cuidados.
Habló mío Cid,  bien y tan mesurado:
-¡Gracias a ti, señor padre,   que estás en alto!
-¡Esto me han vuelto  mis enemigos malos!


La poesía de clerecía

Este tipo de poesía fue practicado por clérigos y otras personas cultas desde comienzos del siglo XIII hasta su ocaso y desaparición a lo largo del XIV. A nivel formal, estos poemas se caracterizaban por estar compuestos en tetrástrofo de alejandrinos monorrimos, es decir, estrofas de cuatro versos de catorce sílabas con la misma rima, también conocidas como Cuaderna Vía. Los temas que se trataban eran principalmente religiosos, épico-novelescos, didácticos o morales. Algunos de los poemas más tempranos son El Libro de Aleixandre, El libro de Apolonio o las obras de Gonzalo de Berceo, como los Milagros de nuestra señora. Por su parte, algunos de los poemas de clerecía más tardíos son El Rimado de Palacio o El Libro de Buen Amor, el cual es probablemente la más compleja, importante y misteriosa obra de este género, y una de las grandes joyas de la literatura española de todos los tiempos, y de la cual, pasamos a leer una estrofa:

Fragmento de El libro de buen amor

Como dice el sabio, cosa dura y fuerte 
es dejar la costumbre, el hado y la suerte; 
la costumbre es otra natura, ciertamente, 
apenas no se pierde hasta que viene la muerte.  
 

La prosa didáctica 

Durante la Edad Media se hicieron muy populares las obras narrativas que contenían enseñanzas morales. Los predicadores, a la hora de dotar a sus sermones de mayor facilidad de comprensión, se servían de los llamados exemplum, breves cuentos con trasfondo didáctico o moralizante. También proliferaron los Espejos de príncipes, libros cuyo fin era ayudar a los reyes a educar a sus sucesores en aspectos políticos, sociales y religiosos. El autor más destacado en este género literario fue Don Juan Manuel, sobrino de Alfonso X el sabio, que, entre otras obras, escribió el famoso Libro de los ejemplos del Conde Lucanor y de Patronio, el cual contiene 51 cuentos que Patronio va narrando al Conde, cada vez que este acude a él para pedirle consejo. Pasamos a leer unas breves líneas del ejemplo VI:

Fragmento de El conde Lucanor

-Señor conde Lucanor -dijo Patronio-, la golondrina vio que un hombre sembraba lino, y entendió, por el su buen entendimiento, que si aquel lino naciese, podrían los hombres hacer redes y lazos para tomar las aves. Y luego fuese para las aves e hízola juntar, y díjoles cómo el hombre sembraba aquel lino y que fuesen ciertas que si aquel lino naciese, que se les causaría muy gran daño y que les aconsejaba que antes de que el lino naciese, que fuesen allá y que lo arrancasen. Que las cosas son ligeras de se deshacer en el comienzo pero después son mucho más graves de se deshacer. 
 

La novela sentimental 

Este género narrativo breve de temática amorosa empezó a desarrollarse a mediados del siglo XV, llegando su declive en las primeras décadas del siglo XVI, ya en el Renacimiento. Sus páginas nos muestran lejanos y exóticos escenarios donde personajes nobles viven historias de amor imposible que siempre terminan mal. Su estilo es elevado, latinizante y cargado de ornamentación retórica. Entre sus principales influencias se encuentran la ficción caballeresca, la lírica cancioneril, la literatura epistolar y la poesía alegórica. La obra cumbre del género es la Cárcel de amor, de Diego de San Pedro, publicada en 1492 y que fue un auténtico best seller de la época, siendo traducida a los principales idiomas y llegando a reimprimirse en España veinte veces hasta finales del siglo XVI. Pasamos a leer el comienzo de una de las cartas que el protagonista, Leriano, escribe a su amada, Laureola:

Fragmento de Cárcel de amor

Si tuviera tal razón para escribirte como para quererte, sin miedo lo osara hacer, mas en saber que escribo para ti se turba el seso y se pierde el sentido, y de esta causa antes que lo comenzase tuve conmigo gran confusión: mi fe decía que osase, tu grandeza que temiese; en lo uno hallaba esperanza y por lo otro desesperaba; y en el cabo acordé esto. Mas, ay de mí, que comencé temprano a dolerme y tarde a quejarme, porque a tal tiempo soy venido, que si alguna merced te mereciese no hay en mí cosa viva para sentirla, sino sola mi fe. El corazón está sin fuerza, el alma sin poder y el juicio sin memoria. Pero si tanta merced quisieses hacerme que a estas razones te pluguiese responder, la fe con tal bien podría bastar para restituir las otras partes que destruiste. 



El género celestinesco

La Celestina es probablemente la obra más importante de la literatura española después del Quijote. Al igual que este, gran parte de su éxito se debe al hecho de parodiar un género literario muy popular que mostraba signos de agotamiento. Si Cervantes alcanzó la gloria burlándose de las novelas de caballerías, los autores de La Celestina hicieron lo propio respecto a la ficción sentimental. Además de convertirse en una obra muy admirada, la Tragicomedia de Calisto y Melibea dio lugar al llamado género celestinesco, que se desarrolló ya con el albor del Renacimiento. Numerosos autores intentaron emular el triunfo de Fernando de Rojas creando obras en prosa o verso que recreaban el ambiente o los personajes de la tragicomedia o que planteaban continuaciones de la historia. Surgieron así títulos como Égloga de la Tragicomedia de Calisto y Melibea, Farsa en coplas sobre la comedia de Calisto y Melibea, La segunda Celestina, La tercera parte de la tragicomedia de Celestina, La tragicomedia de Lisandro y Roselia, la Comedia Thebayda, la Comedia Ypólita y la Comedia Seraphina. 

Cabría destacar el Retrato de la Lozana Andaluza, publicada en Venecia en 1528, una novela híbrida entre el género celestinesco y la picaresca. Al igual que La Celestina, posee una estructura dialogada y una descripción realista del mundo de los bajos fondos de la época. De la picaresca toma la narración de los orígenes humildes y poco honrosos y el objetivo moralizante, aunque de este género hablaremos con mayor detalle en otro momento. Os dejamos con un fragmento de La lozana andaluza y os animamos a que nos comentéis cuáles son vuestras obras favoritas de la edad media. 

Fragmento de La lozana andaluza

Acordaos de aquellos tiempos pasados cómo triunfábamos, y había otros modos de vivir, y eran las putas más francas, y los galanes de aquel tiempo no compraban oficios ni escuderatos como ahora, que todo lo expendían con putas y en placeres y convites, ahora no hay sino maullantes overo, como dicen en esta tierra, totivento, que todo el año hacen hebrero, y así se pasan, no como cuando yo me recuerdo que venía yo cada sábado con una docena de ducados ganados en menos tiempo que no hace que viniste, y ahora cuando traigo doce julios es muncho, pues Sábado Santo me recuerdo venir tan cansada, que estaba toda la Pascua sin ir á estaciones, ni á ver parientas ni amigas.




27/10/17

Quince fragmentos brutales de Hollywood (C. Bukowski, 1989)

Los abogados, los médicos y los fontaneros, ellos eran los que ganaban todo el dinero. ¿Los escritores? Los escritores se morían de hambre. Los escritores se suicidaban. Los escritores se volvían locos.

---

Escribir era extraño. Necesitaba escribir, era como una enfermedad, una droga, una fuerte compulsión, sin embargo no me gustaba verme a mí mismo como escritor. Tal vez había conocido a demasiados escritores. Empleaban más tiempo hablando mal unos de otros que en hacer su trabajo. Eran inquietos, cotillas, solteronas; se quejaban, apuñalaban por la espalda y estaban llenos de vanidad. 

---

Cuando se ha sido pobre durante mucho tiempo se adquiere cierto respeto por el dinero. No se quiere volver a estar nunca más sin nada en absoluto. Eso queda para los santos y los locos.

---

―Tenemos que ir a casa y darles de comer a los gatos ―dijo Sarah al final.
Beber podía esperar.
Hollywood podía esperar.
Los gatos no podían esperar.
Yo estaba de acuerdo.

---

Seguí a Jon a través de Hollywood, la luz y las sombras de Alfred Hitchcock, Laurel y Hardy, Clark Gable, Gloria Swanson, Mickey Mouse y Humphrey Bogart, nos envolvían.

---

Después llegamos al puerto, pasamos junto a los barcos. La mayoría eran veleros y la gente andaba de un lado a otro en cubierta. Llevaban ropa de navegar, gorras, gafas de sol. De alguna forma, casi todos parecían haber escapado a la opresión cotidiana de vivir. Nunca habían sido víctimas de esa opresión y nunca lo serían. Tales eran las recompensas de los Elegidos en la tierra de la libertad. En cierto modo, era gente me parecía tonta. Por supuesto, yo ni siquiera existía para ellos.

---

Jon-Luc no paraba de hablar. Hablaba de un modo enrevesado y dándoselas de Genio. Quizá fuera un genio. No quería cabrearme por eso. Pero había tenido que aguantar Genios durante todos mis años de colegio: Shakespeare, Tolstoi, Ibsen, G. B. Shaw, Chejov, todos esos lelos. Y peor aún, Mark Twain, Hawthorne, las hermanas Brontë, Dreiser, Sinclair Lewis, todos te caían encima como un bloque de cemento y uno quería salir y huir, eran como padres tontos de remate, empeñados en seguir reglas y modales que acojonarían a un muerto.

---

A menudo, con los humanos, ya sean buenos o malos, mis sentidos se cansan, simplemente desconectan, me doy por vencido. Soy educado. Asiento con la cabeza. Hago como si comprendiera porque no quiero que nadie se sienta herido. Ese es mi punto débil, el que más problemas ha causado. Muchas veces, cuando intento ser amable con los demás, lo que consigo es que mi alma se deshaga en una especie de pasta espiritual. 

---

Aquel bar volvió a mí. Recordaba cómo se olía el retrete desde cualquier parte. Se necesitaba una copa nada más entrar para contrarrestar aquello. Y antes de volver a aquel urinario se necesitaban otras 4 o 5. Y la gente de aquel bar, sus caras, sus cuerpos y sus voces volvieron a mí. Estaba allí otra vez. 

---

La mayor parte del cine que yo había visto lo había visto siendo un crío, todas unas películas muy horribles. Fred Astaire y Ginger Rogers. Jeannette McDonald y Nelson Eddy. Bob Hope. Tyrone Power. Los Tres Chiflados. Cary Grant. Aquellas películas te trastornaban y te sacudían el seso, dejándote sin esperanzas ni energía. Yo me sentaba en aquellas salas de cine con náuseas en la tripa y en el alma.

---

En cuanto a mí, mi mayor sueño en la vida era evitar el mayor número de gente posible. Cuánta menos gente veía, mejor me sentía. 

---

De todos modos, todos necesitamos escapar. Las horas son largas y de alguna forma han de ocuparse hasta que llegue la muerte. Y simplemente no hay tanta belleza ni emoción por ahí como para andar yendo de un lado a otro. Las cosas se vuelven pronto monótonas y abrumadoras. Nos despertamos por las mañanas, damos una patada a las sábanas, apoyamos los pies en el suelo y pensamos: Ah, mierda, ¿y ahora qué?

---

―¿Cuál es su filosofía de vida?
―Pensar lo menos posible.
―¿Ninguna otra cosa?
―Cuando no se te ocurra ninguna otra cosa que hacer, sé amable.
―Eso es bonito.
―Lo bonito no es necesariamente amable.
―Muy bien, Mr. Chinaski. ¿Qué mensaje les envía a los italianos?
―No gritéis tanto. Y leed a Celine.

---

Debía de estar loco. Sin afeitar. La camiseta llena de quemaduras de cigarrillos. Mi único deseo era tener más de una botella en el aparador. Yo no estaba de acuerdo con el mundo y el mundo no estaba de acuerdo conmigo, y había encontrado a otros como yo, la mayoría mujeres, mujeres que la mayor parte de los hombres no querrían en su misma habitación, pero yo las adoraba, me inspiraban, yo hacía teatro, soltaba tacos, me pavoneaba de un lado a otro en ropa interior diciéndoles lo fantástico que era, pero solo yo me lo creía. Ellas simplemente gritaban: «¡Vete a tomar por culo!», «¡Sirve más alcohol!». Aquellas damas del infierno, aquellas damas en el infierno conmigo.

---

Aquel azul oscuro oscuro había servido de refugio para muchas resacas, algunas de ellas tan brutales como para matar casi a un hombre, sobre todo en una época en que me metía píldoras que me daba la gente sin preocuparme de saber qué eran. Algunas noches sabía que si me dormía moriría. 



11/11/15

Fragmentos sublimes de Literatura Universal

Mapa mundi con biblioteca
A veces estamos leyendo un libro y de repente nos vemos sumergidos en un pasaje que nos deja sobrecogidos. Entonces no nos queda más remedio que volver atrás y leerlo de nuevo, quizás varias veces, hechizados por su belleza, por el placer estético que nos proporciona. Analizamos el pasaje, su estilo, su léxico, su modo de crear arte con el lenguaje y por fin entendemos que solo un gran maestro es capaz de engendrar semejantes maravillas. 

Aquí van unos cuantos fragmentos de este tipo con los que me he ido encontrando a lo largo de los años (artículo en construcción permanente).

EL LOBO ESTEPARIO. Hermann Hesse


Portada El lobo estepario, Hermann Hesse
Con fingida alegría me puse a trotar sobre el asfalto de las calles, húmedo por la niebla. Las luces de los faroles, lacrimosas y empeñadas, miraban a través de la blanda opacidad y absorbían del suelo mojado los difusos reflejos. Mis años olvidados de la juventud se me representaron; cuánto me gustaban entonces aquellas noches turbias y sombrías de fines de otoño y del invierno; cuán ávido y embriagado aspiraba entonces el ambiente de soledad y melancolía, correteando hasta media noche por la naturaleza hostil y sin hojas, embutido en el gabán y bajo lluvia y tormenta, solo ya en aquella época también, pero lleno de profunda complacencia y de versos, que después en mi alcoba escribía a la luz de la vela y sentado sobre el borde de la cama. Ahora ya esto había pasado, este cáliz había sido apurado, y ya no me lo volverían a llenar. ¿Habría que lamentarlo? No. No había que lamentar nada de lo pasado. Era de lamentar lo de ahora, lo de hoy, todas estas horas y días que yo iba perdiendo, que yo en mi soledad iba sufriendo, que ya no traían ni dones agradables ni conmociones profundas.



AQUÍ EMPIEZA NUESTRA HISTORIA. Tobias Wolff


Portada Aquí empieza nuestra historia, Tobias Wolff
El cielo se estaba poniendo de un color violeta sobrenatural. Tenía un aspecto húmedo y plomizo, y también daba la sensación de pesado; colgaba bajo y lo estremecían ruidos sordos y pequeños destellos en la distancia. Sólo estar sentado allí hacía sudar a Hooper. Más allá del cuerpo de guardia corría un río de coches por la carretera hacia Tacoma. Desde el club de oficiales, que estaba más arriba de la carretera, llegaba el sonido sordo de música rock, que casi se perdía como casi todos los demás sonidos del atardecer, entre el cricrí de los grillos que se alzaba por todas partes y espesaba el aire como el calor

Compra AQUÍ EMPIEZA NUESTRA HISTORIA en papel. 


LA CHICA QUE LEÍA EL VIEJO Y EL MAR. Gonzalo Calcedo


Portada La chica que leía el viejo y el mar Gonzalo Calcedo
Leopold suspiró. La perdía. No volvería a verla y cuando viajase a la Riviera Maya con su Elke al lado, la echaría de menos. Lo supo en ese momento, justo unos minutos antes de que su pequeña Roma ardiese por los cuatro costados. Levantó una mano como si pretendiese retenerla a través del tiempo -velos de lujuriosa historia que acentuaban su insignificancia-  y ella le lanzó un beso. Él lo atrapó al vuelo y, apretando el puño, lo estrelló contra su corazón.

Compra aquí LA CHICA QUE LEÍA EL VIEJO Y EL MAR en papel. 

 

GUERRA Y PAZ. León Tolstoi


Guerra y paz León Tostoi
Nikolái Rostov se volvió como buscando algo y miró a lo lejos, a las aguas del Danubio, al cielo y al sol. ¡Qué hermoso era el cielo tan azul, tan sereno, tan profundo! ¡Qué radiante y majestuoso el sol en el ocaso! ¡Y qué tersa y cristalina brillaba el agua en el lejano Danubio! Y le parecieron aún más hermosos los montes azulados en la lejanía, al otro lado del río, el monasterio, los misteriosos desfiladeros y los pinares cubiertos de niebla… Todo era allí paz y felicidad… «Nada desearía, absolutamente nada  si estuviese allí —pensó Rostov—. Dentro de mí y en ese sol hay tanta felicidad y aquí… gemidos, sufrimientos, miedo, incertidumbre, prisas… De nuevo gritan algo, otra vez se vuelven todos corriendo… y yo corro como ellos y ella… la muerte está cerca, me rodea… Un instante más y ya no veré este sol, esas aguas, esos desfiladeros…». En aquel momento el sol empezó a esconderse tras las nubes, aparecieron delante de él otras camillas. Y el miedo a la muerte y a las camillas y el amor al sol y a la vida, todo se confundió en una sola y turbadora impresión de inquietud.

Compra aquí GUERRA Y PAZ en e-book o en papel.

GRAN SOL. Ignacio Aldecoa


Gran sol Ignacio Aldecoa
De golpe, en la línea de popa, emergió el copo. La cabeza de la red quedó flotando. De un blancor metálico, ancha y redonda, era como una gigante gota de azoque movilizándose por la iracunda pelea de las aguas negras. Simón Orozco no perdía de vista el copo. Tras la florafauna: matas, cardúmenes, colonias; tras la florafauna aparecieron los discos cenicientos de las rayas, las pintarrojas oceladas cambiando el reciente color crema de la sacada por una rosa fuerte al compás de una larga agonía, las sulas largas, albas, como de aluminio, las blandas langostas de coral enzarzadas en una pesadilla combatiente con las mallas del arte… Se vertía la red sobre cubierta trayendo los primeros, diminutos, boquiabiertos rapes, ajados sus apéndices de pesca. Se vertía la red con los escualos de gatunos ojos: mielgas de aguijones en las aletas dorsales y caudales, pequeños tolles de duros dientes, pequeñas fieras de las aguas, que sobre cubierta vidriaban los hermosos ojos de furia impotente. Con ellos la serpenteante presencia de los congrios, el equívoco formal de ojitos y lenguados, la suprarreal creación del pez rata, incisivos de roedor, pelo o escama, larga cola barbada, coloración gris, grandes ojos, verdes o azules, de animal asustado. Las redes de arrastre vuelcan el quinto día de la creación del mundo sobre la cubierta de los barcos pesqueros.

Compra aquí GRAN SOL en e-book o en papel.


LOS HIJOS MUERTOS. Ana María Matute


Los hijos muertos Ana María Matute
Allí estaban los débiles, los impotentes, los ignorantes, los ciegos, los jorobados, los sentimentales, los tristes, los pobres de espíritu, sin derecho a la vida. Allí estaban los ratones, los topos. Los olvidados. Los imposibles, los culpables. Con los zapatos rotos, sin esperanza, sin puertas, sin ventanas, sin promesas ni pasado. Los que sobran. Los que no sirven para trabajar. Los que no saben medrar, los que han caído. «No puede ser: no hay sitio para todos». Miraba el mar, negro y confundido con la oscuridad del cielo. Miraba el mar, y veía titilar las luces, allá lejos, y presentía, otras luces, en toda la ciudad, encendida y bullente, a aquella hora. «Tiempo de seguridad, de fe». La gran fuerza, la confianza, empujándole a través del hambre, de la apatía, de la desesperanza de los otros, de la amoralidad o la indiferencia de los otros, empujándole a través de la injusticia, de la impiedad, el egoísmo, el conformismo, el pillaje, el fatalismo.

Compra aquí LOS HIJOS MUERTOS en e-book o en papel.

MALA HIERBA. Pío Baroja


Mala hierba Pío Baroja
Temblaban las luces mortecinas de los distanciados faroles de ambos lados de la carretera. Se entreveían en el campo, en el aire turbio y amarillento como un cristal esmerilado, sobre la tierra sin color, casacas bajas, estacadas negras, altos palos torcidos de telégrafos, lejanos y oscuros terraplenes por donde corría la línea del tren. Algunas tabernuchas, iluminadas por un quinqué de luz lánguida, estaban abiertas... Luego ya, a la claridad opaca del amanecer, fue apareciendo a la derecha el ancho tejado plomizo de la estación del Mediodía, húmedo de rocío; enfrente, la mole del Hospital General, de un color ictérico; a la izquierda, el campo yermo, las eras inciertas, pardas, que se alargaban hasta fundirse en las colinas onduladas del horizonte bajo el cielo húmedo y gris, en la enorme desolación de los alrededores madrileños...

Compra aquí MALA HIERBA en e-book o en papel. 



NIEBLA. Miguel de Unamuno


Niebla Miguel de Unamuno
Oyóse un ligero rumor, como de paloma que arranca en vuelo, un ¡ah!, breve y seco, y los ojos de Eugenia, en un rostro todo frescor de vida y sobre un cuerpo que no parecía pesar sobre el suelo, dieron como una nueva y misteriosa luz espiritual a la escena. Y Augusto se sintió tranquilo, enormemente tranquilo, clavado a su asiento y como si fuese una planta nacida en él, como algo vegetal, olvidado de sí, absorto en la misteriosa luz espiritual que de aquellos ojos irradiaba.

Compra aquí NIEBLA en e-book o en papel. 




LAS NINFAS. Francisco Umbral


Las ninfas Francisco umbral
Pero ya la carretera no era tan larga, y la visión geográfica de mi vida, con montes y valles, con ríos y nubes, con cielos y caminos, era, al fin y al cabo, la única visión que podía tener de ella y de mí mismo, pues a medida que el tiempo se nos pierde y huye, se va trocando en geografía, y no es verdad que no deje nada, el paso del tiempo, sino que nos deja unos paisajes, unos lugares, unos colores y unas luces que son el cuajarón de ese pasar, de ese tiempo que creemos perdido, paisajes y lugares, colores y luces que antes no teníamos, porque los leíamos de otra forma o ni siquiera los leíamos. El tiempo, sí, se transmuta en geografía, y lo que perdemos en tiempo lo ganamos en espacio, y las horas perdidas de la infancia están ahí, en las copas de los árboles, y quizá son esos hilos de plata, de luz, que brillan de rama a rama, de hoja a hoja, porque en esos árboles, en esa arboleda cuaja algo que entonces no había, y ahora somos más dueños de todo, ya que todo nos habla, nos enriquece y nos habita. 

Compra aquí LAS NINFAS en papel. 

EN UNA NOCHE OSCURA SALÍ DE MI CASA SOSEGADA. Peter Handke


En una noche oscura salí de mi casa sosegada. Handke
El mal olor en el establo de casa. La leche que la vaca loca echó en el estiércol. La madre muerta por una coz que el caballo le dio en el pecho. En el cine de pueblo, las chispas de la estufa de serrín esparciéndose por la pantalla. Mirar por debajo de las faldas de las profesoras. Jugar a la rayuela en los embudos abiertos por las bombas. Estirarse en la cama y rozarse con las ortigas que el padre ha puesto allí, al pie de ella. El vecino que delante de la puerta de la casa pisotea a su propio hijo. Dormir como recluta en el campo de maíz. Las chispas de los cantos de los esquíes esparciéndose por la imagen de la televisión. El hermano desaparecido en el Canadá. El primer amor, casada con un santo del Séptimo Día. La nieve del Japón comparada con la de Sudamérica. La pierna rota en el slalom gigante de la Puerta Nocturna. El padre que hace ya mucho que ha muerto. La hermana que hace mucho que ha muerto. Las chispas de miles de cascos de caballos esparciéndose por el cementerio. La mano del último amor cambiando las cerraduras del piso. Sin rascar más la curva. No vender la medalla sin más. Dejarme caer. Pero hasta ahora encontrar siempre el camino a casa. Y las chispas, en la oscuridad, esparcidas por la pantalla. Y en el crepúsculo de verano, sentarse con los murciélagos. Y como casa, o como hogar, no tener en la mente ni el pueblo ni la casa, sino el camino a través de los campos.

Compra aquí EN UNA NOCHE OSCURA SALÍ DE MI CASA SOSEGADA en e-book o en papel. 


ÁGATA OJO DE GATO. José Manuel Caballero Bonald


Agata ojo de gato Jose Manuel caballero Bonald
Al igual que entonces en Zapalejos, todo volvía a contagiarse por aquellos contornos de una deletérea emanación de vísceras calientes y líquidos excrementicios. Como en el cruento ritual ofrecido a alguna deidad vigente aún en aquella marismeña encrucijada de mitologías, la victimaría, con los brazos chorreantes y el cuchillo fulgiendo de cuajarones, se instalaba en una especie de ara sexual del sacrificio, entre una morbosa saturación de hedores a entrañas y a regustos de acoplamientos carnales. Y algo no muy distinto perturbaba a Manuela cuando tenía que ahogar a los ánsares y garcetas, metiéndolos en un tinajón de agua hirviente y, aún notándoles el espasmo de la asfixia por los entresijos del cuello, los desnudaba con presteza cuidando de lo quebrar los tibios cañoncillos de las plumas, reunidas luego en haces de lujosa policromía. 

Compra aquí ÁGATA OJO DE GATO en e-book o en papel. 

LA VOLUNTAD. José Martínez Ruiz, Azorín


La voluntad Azorín
Hace una tarde gris, monótona. Cae una lluvia menuda, incesante, interminable. Las calles están desiertas. De cuando en cuando suenan pasos precipitados sobre la acera, y pasa un labriego envuelto en una manta. Y las horas transcurren lentas, eternas…
Yuste y Azorín no han podido esta tarde dar su paseo acostumbrado. En el despacho del maestro, hablan a intervalos, y en las largas pausas escuchan el regurgitar de las canales y el ruido intercadente de las goteras… Una hora suena a lo lejos en campanadas imperceptibles; se oye el grito largo, modulado, de un vendedor.
Azorín observa:
—Es raro como estos gritos parecen lamentos, súplicas… melopeas extrañas…
Y Yuste replica:
—Observa esto: los gritos de las grandes ciudades, de Madrid, son rápidos, secos, sin relumbres de idealidad… Los de provincias aún son artísticos, largos, plañideros… tiernos, melancólicos… Y es que en las grandes ciudades no se tiene tiempo, se quiere aprovechar el minuto, se vive febrilmente… y esta pequeña obra de arte, como toda obra de arte, exige tiempo… y el tiempo que un vendedor pierda en ella, puede emplearlo en otra cosa…

Compra aquí LA VOLUNTAD en e-book o en papel. 


12 REGLAS PARA VIVIR. Jordan Peterson


12 reglas para vivir Jordan Peterson
Con nuevos ánimos, con más fuerza puede que decidas abrazar el Ser y hacer lo posible para que se desarrolle y mejore. Con más fuerza puede que seas capaz de aguantar de pie, incluso durante la enfermedad de un ser querido, incluso tras la muerte de un familiar, y dejar que los demás se apoyen en tu fuerza cuando de lo contrario se hundirían en la desesperación. Con nuevos ánimos, te embarcarás en el viaje de tu vida, brillarás como desde una colina celestial e irás tras el destino que te corresponde. Puede que entonces el significado que posea tu vida baste para mantener a raya la peligrosa influencia de la desesperación existencial.
Y puede que entonces aceptes la terrible carga del mundo y que sientas alegría.

Compra aquí 12 REGLAS PARA VIVIR en e-book o en papel. 


EL AMOR, LAS MUJERES Y LA MUERTE. Arthur Schopenhauer


El amor las mujeres y la muerte Y otros ensayos Arthur Shoppenhower
Sentado esto, si se observa el papel importante que representa el amor en todos sus grados y en todos sus matices, no sólo en las comedias y novelas, sino también en el mundo real, donde, junto con el amor a la vida, es el más poderoso y el más activo de todos los resortes; si se piensa en que de continuo ocupa las fuerzas de la parte más joven de la humanidad; que es el fin último de casi todo esfuerzo humano; que tiene una influencia perturbadora sobre los más importantes negocios; que interrumpe a todas horas las ocupaciones más serias; que a veces hace cometer tonterías a los más grandes ingenios; que no tiene escrúpulos en lanzar sus frivolidades a través de las negociaciones diplomáticas y de los trabajos de los sabios; que tiene maña para deslizar sus dulces esquelas y sus mechoncitos de cabellos hasta en las carteras de los ministros y los manuscritos de los filósofos, lo cual no le impide ser a diario el promovedor de los asuntos más malos y embrollados; que rompe las relaciones más preciosas, quiebra los vínculos más sólidos y elige por víctimas ya la vida o la salud, ya la riqueza, la alcurnia o la felicidad; que hace del hombre honrado un hombre sin honor, del fiel un traidor, y que parece ser así como un demonio que se esfuerza en trastornarlo todo, en embrollarlo todo, en destruirlo todo, entonces estamos prontos a exclamar: ¿Por qué tanto ruido? ¿Por qué esos esfuerzos, esos arrebatos, esas ansiedades y esa miseria?

Compra aquí EL AMOR, LAS MUJERES Y LA MUERTE en e-book o en papel. 


POR QUIÉN DOBLAN LAS CAMPANAS. Ernest Hemingway


¿Por quién doblan las campanas Ernest Hemingway
Y hubo entonces el olor de la jara aplastada y la aspereza de los tallos quebrados debajo de la cabeza de María, y el sol brillando en sus ojos entornados. Toda su vida recordaría él la curva de su cuello, con la cabeza hundida entre las hierbas, y sus labios, que apenas se movían, y el temblor de sus pestañas, con los ojos cerrados al sol y al mundo. Y para ella todo fue rojo naranja, rojo dorado, con el sol que le daba en los ojos; y todo, la plenitud, la posesión, la entrega, se tiñó de ese color con una intensidad cegadora. Para él fue un sendero oscuro que no llevaba a ninguna parte, y seguía avanzando sin llevar a ninguna parte, y seguía avanzando más sin llevar a ninguna parte, hacia un sin fin, hacia una nada sin fin, con los codos hundidos en la tierra, hacia la oscuridad sin fin, hacia la nada sin fin, suspendido en el tiempo, avanzando sin saber hacia dónde, una y otra vez, hacia la nada siempre, para volver otra vez a nacer, hacia la nada, hacia la oscuridad, avanzando siempre hasta más allá de lo soportable y ascendiendo hacia arriba, hacia lo alto, cada vez más alto, hacia la nada. Hasta que, de repente, la nada desapareció y el tiempo se quedó inmóvil, se encontraron los dos allí, suspendidos en el tiempo, y sintió que la tierra se movía y se alejaba bajo ellos.

Compra aquí POR QUIÉN DOBLAN LAS CAMPANAS en e-book o en papel. 


EL LARGO ADIÓS. Raymond Chandler


El largo adiós Raymond Chandler
Muy lejos subía y bajaba el gemido como de alma en pena de las sirenas de la policía o de los bomberos, que nunca permanecían en silencio mucho tiempo. Veinticuatro horas al día alguien corre y otra persona está intentando alcanzarle. Allí fuera, en la noche entrecruzada por mil delitos, la gente moría, la mutilaban, se hacía cortes con cristales que volaban, era aplastada contra los volantes de los automóviles o bajo sus pesados neumáticos. A la gente la golpeaban, la robaban, la estrangulaban, la violaban y la asesinaban; gente que estaba hambrienta, enferma, aburrida, desesperada por la soledad o el remordimiento o el miedo; airados, crueles, afiebrados, estremecidos por los sollozos. Una ciudad no peor que otras, una ciudad rica y vigorosa y rebosante de orgullo, una ciudad perdida y golpeada y llena de vacío.

Compra aquí EL LARGO ADIÓS en e-book o en papel. 

SOBRE LA HISTORIA. Bertrand Russell

 
Ensayos filosóficos Bertrand Russell
Año tras año mueren los camaradas, muestran ser vanas las esperanzas, se desvanecen los ideales; la tierra encantada de la juventud queda más lejos, el camino de la vida se hace más tedioso, aumenta el peso del mundo hasta que el trabajo y las penas se hacen casi demasiado pesadas de soportar; la alegría se desvanece en las fatigadas naciones de la tierra, y la tiranía del futuro mina la fuerza vital de los hombres; todo lo que amamos se decolora, en un mundo agonizante. Sin embargo, el pasado, devorando siempre los productos del presente, vive por la muerte universal; firme e irresistiblemente añade nuevos trofeos a su templo silencioso, construido por todas las épocas; allí están enterradas todas las proezas, todas las vidas magníficas, todas las conquistas y fracasos heroicos. Por las orillas del rio de Tiempo, la triste procesión de las generaciones humanas camina lentamente hacia la tumba; en el apacible país del Pasado, la marcha finaliza: ahí se quedan los cansados vagabundos, y todos sus llantos enmudecen.



EL CURIOSO INCIDENTE DEL PERRO A MEDIANOCHE. Mark Hadon


El curioso incidente del perro a medianoche Mark Haddon
Lo que de verdad pasa cuando te mueres es que tu cerebro deja de funcionar y el cuerpo se pudre, como el de Conejo cuando se murió y lo enterramos al fondo del jardín. Todas sus moléculas se descompusieron en otras moléculas y pasaron a la tierra y se las comieron los gusanos y pasaron a las plantas. Si vamos y cavamos en el mismo sitio al cabo de 10 años, no quedará nada excepto su esqueleto. Y al cabo de 1.000 años, hasta el esqueleto habrá desaparecido. Pero eso está bien, porque ahora forma parte de las flores y del manzano y del matorral de espino.

A veces, cuando las personas se mueren, las ponen en ataúdes, lo que significa que no se mezclan con la tierra durante muchísimo tiempo, hasta que la madera del ataúd se pudre.

Pero a Madre la incineraron. Eso quiere decir que la metieron en un ataúd y lo quemaron y redujeron a cenizas y a humo. Yo no sé qué se hace de las cenizas, no pude preguntarlo en el crematorio porque no fui al funeral. Pero el humo sale por la chimenea y se dispersa en el aire, y a veces levanto la vista al cielo y pienso en que allá arriba hay moléculas de Madre, o en las nubes sobre África o el Antártico, o en forma de lluvia en las selvas de Brasil, o de nieve en alguna parte.

Compra aquí EL CURIOSO INCIDENTE DEL PERRO A MEDIANOCHE en e-book o en papel. 

ASÍ HABLÓ ZARATUSTRA.  Friedrich Nietzsche


Así habló zaratustra Friedrich Nietzsche
¡Oh, sólo vosotros los oscuros, los nocturnos, sacáis calor de lo que brilla! ¡Oh, sólo vosotros bebéis leche y consuelo de las ubres de la luz!
¡Ay, hielo hay a mi alrededor, mi mano se abrasa al tocar lo helado! ¡Ay, en mí hay sed, que desfallece por vuestra sed!
Es de noche: ¡ay, que yo tenga que ser luz! ¡Y sed de lo nocturno! ¡Y soledad!
Es de noche: ahora, cual una fuente, brota de mí mi deseo, – hablar es lo que deseo.
Es de noche: ahora hablan más fuerte todos los surtidores. Y también mi alma es un surtidor.
Es de noche: ahora se despiertan todas las canciones de los amantes. Y también mi alma es la canción de un amante. 

Compra aquí ASÍ HABLÓ ZARATUSTRA en e-book o en papel. 


VIAJE AL FIN DE LA NOCHE. Louis-Ferdinand Céline


Viaje al fin de la noche Luis Ferdinand Celine
Más valía callarse y mirar afuera, por la ventana, los terciopelos grises de la tarde que se apoderaban ya de la avenida de enfrente, casa por casa, primero las más pequeñas y luego las demás, las grandes, y después la gente que se agitaba entre ellas, cada vez más débiles, equívocos y desdibujados, vacilando de una acera a otra antes de ir a hundirse en la obscuridad.

Más lejos, mucho más lejos que las fortificaciones, filas e hileras de lucecitas dispersas por toda la sombra como clavos, para tender el olvido sobre la ciudad, y otras lucecitas más que centelleaban entre ellas, verdes, pestañeaban, rojas, venga barcos y más barcos, toda una escuadra venida allí de todas partes para esperar, trémula, a que se abriesen tras la Torre las enormes puertas de la Noche.



MUJERES. Charles Bukowski


Mujeres Charles Bukowski
Entré en la cama con ella. La pequeña niña-mujer estaba lista. La atraje hacia mí. La suerte estaba otra vez de mi lado, los dioses me sonreían. Los besos se hicieron más intensos. Puse su mano en mi verga y luego le subí el camisón. Empecé a jugar con su coño. ¿Katherine con un coño? Se erigió el clítoris y lo acaricié con ternura, una y otra vez. Finalmente, la monté. Mi verga entró hasta la mitad. Era muy estrecha. Moví hacia delante y detrás y luego empujé. El resto de mi verga penetró. Era glorioso. Ella me apretó. Me moví y seguía apretado. Traté de controlarme. Cesé las sacudidas y esperé a enfriarme un poco. La besé, abriendo sus labios, chupando su labio superior. Vi su cabellera desparramada por toda la almohada. Entonces desistí de intentar complacerla y simplemente la jodí, poseyéndola viciosamente. Era como un asesinato. No me importaba, mi polla se había vuelto loca. Todo aquel pelo, su cara núbil y hermosa. Era como violar a la Virgen María. Me corrí. Me corrí en su interior, agonizando, sintiendo cómo mi esperma se introducía en su cuerpo. Ella estaba indefensa y yo disparé mi éxtasis al interior último de su ser, cuerpo y alma, una y otra vez...

Comprar MUJERES


FUNDACIÓN E IMPERIO. Isaac Asimov


Fundación e imperio Isaac Asimov
El bufón sonrió, lo cual aumentó la tristeza de su rostro delgado, y cuando habló lo hizo con las suaves y elaboradas frases de los Sectores Centrales.

—Si utilizara el ingenio que los buenos espíritus me dieron —dijo—, entonces diría que esta dama no puede existir, pues ¿qué hombre en su sano juicio llamaría al sueño realidad? Sin embargo, yo preferiría no ser cuerdo y prestar crédito a mis ojos hechizados.

Compra aquí FUNDACIÓN E IMPERIO en e-book o en papel.



UNA APUESTA. Anton Chejov


Una Ana colgada al cuello y otros cuentos Anton Chejov
En vuestros libros he escalado las cimas del Everest y del Mont-Blanc, desde donde he contemplado la salida del sol al alba y su puesta al atardecer, inundando de un oro carmesí el cielo, el océano y la cumbre de las montañas; he visto, por encima de mí, brillar al relámpago rasgando las nubes; he visto los verdes bosques, los campos, los ríos, los lagos, las ciudades… He oído el canto de las sirenas y el caramillo de los pastores; he sentido las alas de prodigiosos demonios que han descendido hasta mí para hablarme de Dios. Con vuestros libros me he arrojado a precipicios sin fondo, he hecho milagros, he matado, he incendiado ciudades, he predicado nuevas religiones, he conquistado reinos enteros… Vuestros libros me han dado la sabiduría. Cuanto el espíritu humano ha sido capaz de crear a través de los siglos está comprimido en mi cerebro. Sé que soy más inteligente que todos vosotros, y desprecio vuestros libros y bienes y toda la sabiduría del mundo… Todo es inútil, vago, engañoso y vano como un espejismo. Y por muy orgullosos que estéis, por muy sabios y hermosos que seáis, la muerte no dejará de borraros de la faz de la tierra como a ratas, y las generaciones de vuestros descendientes, vuestra historia, la inmortalidad de vuestros genios, ¡todo quedará helado o arderá con la tierra entera!



TRÓPICO DE CÁNCER. Henry Miller


Trópico de cáncer Henry Miller
Después de ponerse de pie para secarse, mientras seguía hablándome con simpatía, dejó caer la toalla de repente y, avanzando hacia mí despacio, comenzó a restregarse la almeja con cariño, pasándole las manos despacito, acariciándola, dándole palmaditas y palmaditas. Había algo en su elocuencia de aquel momento y en la forma como me metió aquella mata de rosas bajo la nariz que sigue siendo inolvidable; hablaba de ella como si fuese un objeto extraño que hubiera adquirido a alto precio, un objeto cuyo valor había aumentado con el tiempo y que ahora apreciaba como nada del mundo. Sus palabras le infundían una fragancia peculiar; ya no era sólo su órgano privado, sino un tesoro, un tesoro mágico y poderoso, un don divino... y no lo era menos porque comerciara con ella día tras día a cambio de unas monedas. Al echarse en la cama, con las piernas bien abiertas, la apretó con las manos y la acarició un poco más, mientras murmuraba con su ronca y cascada voz que era buena y bonita, un tesoro, un pequeño tesoro. ¡Y lo era, su almejita!

Compra aquí TRÓPICO DE CÁNCER en e-book o en papel.

MEMORIAS DE UN CAZADOR. Iván Turguenev


Memorias de un cazador Iván Thurgueniev
¡Qué ocupación tan agradable es estar tumbado en el bosque mirando a lo alto! Se diría que contemplamos un mar insondable que se extiende a nuestros pies, que los árboles no nacen de la tierra, sino que descienden como si fueran las raíces de unas plantas colosales, cayendo a plomo en esas límpidas olas de cristal; las hojas tan pronto parecen esmeraldas, reduciendo al trasluz, de cómo se condensan en un verdor dorado, casi negro. En algún lugar, lejos, muy lejos, como remate de una fina rama, se ve una hoja solitaria sobre un retazo azul de cielo transparente, y a su lado se mece otra cuyo movimiento se asemeja al aleteo de los peces, como si fuera voluntario, no debido al viento. Cual fabulosas islas submarinas, flotan en silencio y se alejan en silencio las gruesas nubes blancas; pero, de pronto, todo ese mar, todo ese aire resplandeciente, esas ramas y esas hojas bañadas por el sol empiezan a fluir, se agitan con un destello fugaz y se despierta un fresco y tembloroso susurro que recuerda al incesante chapoteo del oleaje. No nos movemos, nos limitamos a mirar, y no hay palabras para expresar la alegría, la paz, la dulzura que reinan en nuestro corazón. Miramos: ese profundo y puro azul nos arranca una sonrisa de los labios, tan inocente como el propio azul, como las nubes que recorren el cielo, y es como si con ellas, en lenta procesión, pasaran por el alma los recuerdos alegres, y se diría que nuestra mirada se aleja más y más, y nos arrastra hacia ese abismo sereno y fulgurante, y se nos hace imposible apartarnos de esa altura, de esa profundidad…