Mostrando entradas con la etiqueta realismo sucio. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta realismo sucio. Mostrar todas las entradas

13/2/22

Lo de siempre

El café quemaba

el amor dolía

las vísceras teñían 

el asfalto. 


NOTA: Este texto pertenece a mi poemario Lo peor. Puedes comprarlo aquí en e-book y aquí en papel para apoyar mi trabajo.

2/11/21

Escritores intentan imitar a Bukowski y pasa esto - Pólvora en Salvas X

Todos los escritores, desde el más eximio de los profesionales hasta el más mediocre de los aficionados, poseen referentes. Esto no tiene nada de malo y me atrevería a decir que es algo completamente inevitable, pues resulta complicado imaginar a un amante de la escritura que no admire, al menos, alguna que otra obra ajena. Por otra parte, tantos siglos de literatura han dado lugar a que casi cualquier cosa que se escriba no sea más que una leve variación de algo que ya se escribió muchas veces en el pasado. Por ejemplo, todo aquel que dé a luz una historia sobre un personaje que sale de su hogar, vive aventuras y regresa, estará tomando como referencia, lo sepa o no, la hay leído o no, a la Odisea de Homero. 

Pero una cosa es tener referentes que nos influyan a la hora de escribir y otra muy distinta pretender, prácticamente, convertirnos en esos referentes. Este fenómeno no resulta demasiado habitual, pero existe un caso de elevadísima recurrencia, y es el de la pléyade de escritores jóvenes y no tan jóvenes, profesionales y no tan profesionales, que tratan de, prácticamente, convertirse en Charles Bukowski. Un caso paradigmático lo tendríamos en José Ángel Mañas, autor de la exitosa novela Historias del Kronen, la cual ha provocado en mí un intenso sentimiento de vergüenza ajena desde las primeras frases (espero que si algún día José Ángel lee esto no se enfade. Mi novela también da vergüenza ajena pero al menos él ganó un montonaco de dinero con la suya). 

Comprendo perfectamente a todos los que han caído en esta trampa porque yo he sido uno de ellos, algo que con el tiempo me ha llevado a renegar de mi única novela publicada. Y es que, cuando uno lee por primera vez a Bukowski, siente que ha descubierto un tesoro literario de incalculable valor. Uno percibe en la narrativa y la poesía de Hank una inmensa novedad, un estilo distinto a todo lo que se ha leído hasta entonces y, claro, el deseo de escribir de un modo parecido tarda poco tiempo en aflorar. Además, parece que no es tan difícil; parece que todo consiste en utilizar frases muy breves, muchos párrafos, cortar los versos aleatoriamente, utilizar palabrotas, hablar de drogas, alcohol, cigarrillos y prostitutas, algún que otro tema polémico, alguna que otra referencia intertextual… «vaya, pues creo que yo también podría hacerlo». Pues, no, resulta que la cosa no es tan sencilla y que, cuando se intenta, lo único que se logra, en la mayoría de los casos, es producir basura impostada

El estilo personalísimo de Bukowski no puede reducirse a una ecuación o a una suma de ingredientes porque su estilo es, precisamente, resultado de su personalidad y de sus vivencias. Si no eres Charles Bukowski, nunca escribirás como él y, si lo intentas, acabarás, casi con total seguridad, provocando una mezcla de pena y vergüenza. Si quieres aceptar un consejo de un escritor aficionado que fracasó tratando de convertirse en escritor profesional, no intentes imitar a nadie. Lee muchísimo y escribe todo lo que puedas y, con el tiempo, tu propio estilo irá emergiendo. Probablemente no sea tan fascinante como el de Bukowski, pero, al menos, resultará natural, lo cual es mucho más de lo que puede ofrecer un considerable número de escritores exitosos y no tan exitosos.  

27/10/17

Quince fragmentos brutales de Hollywood (C. Bukowski, 1989)

Los abogados, los médicos y los fontaneros, ellos eran los que ganaban todo el dinero. ¿Los escritores? Los escritores se morían de hambre. Los escritores se suicidaban. Los escritores se volvían locos.

---

Escribir era extraño. Necesitaba escribir, era como una enfermedad, una droga, una fuerte compulsión, sin embargo no me gustaba verme a mí mismo como escritor. Tal vez había conocido a demasiados escritores. Empleaban más tiempo hablando mal unos de otros que en hacer su trabajo. Eran inquietos, cotillas, solteronas; se quejaban, apuñalaban por la espalda y estaban llenos de vanidad. 

---

Cuando se ha sido pobre durante mucho tiempo se adquiere cierto respeto por el dinero. No se quiere volver a estar nunca más sin nada en absoluto. Eso queda para los santos y los locos.

---

―Tenemos que ir a casa y darles de comer a los gatos ―dijo Sarah al final.
Beber podía esperar.
Hollywood podía esperar.
Los gatos no podían esperar.
Yo estaba de acuerdo.

---

Seguí a Jon a través de Hollywood, la luz y las sombras de Alfred Hitchcock, Laurel y Hardy, Clark Gable, Gloria Swanson, Mickey Mouse y Humphrey Bogart, nos envolvían.

---

Después llegamos al puerto, pasamos junto a los barcos. La mayoría eran veleros y la gente andaba de un lado a otro en cubierta. Llevaban ropa de navegar, gorras, gafas de sol. De alguna forma, casi todos parecían haber escapado a la opresión cotidiana de vivir. Nunca habían sido víctimas de esa opresión y nunca lo serían. Tales eran las recompensas de los Elegidos en la tierra de la libertad. En cierto modo, era gente me parecía tonta. Por supuesto, yo ni siquiera existía para ellos.

---

Jon-Luc no paraba de hablar. Hablaba de un modo enrevesado y dándoselas de Genio. Quizá fuera un genio. No quería cabrearme por eso. Pero había tenido que aguantar Genios durante todos mis años de colegio: Shakespeare, Tolstoi, Ibsen, G. B. Shaw, Chejov, todos esos lelos. Y peor aún, Mark Twain, Hawthorne, las hermanas Brontë, Dreiser, Sinclair Lewis, todos te caían encima como un bloque de cemento y uno quería salir y huir, eran como padres tontos de remate, empeñados en seguir reglas y modales que acojonarían a un muerto.

---

A menudo, con los humanos, ya sean buenos o malos, mis sentidos se cansan, simplemente desconectan, me doy por vencido. Soy educado. Asiento con la cabeza. Hago como si comprendiera porque no quiero que nadie se sienta herido. Ese es mi punto débil, el que más problemas ha causado. Muchas veces, cuando intento ser amable con los demás, lo que consigo es que mi alma se deshaga en una especie de pasta espiritual. 

---

Aquel bar volvió a mí. Recordaba cómo se olía el retrete desde cualquier parte. Se necesitaba una copa nada más entrar para contrarrestar aquello. Y antes de volver a aquel urinario se necesitaban otras 4 o 5. Y la gente de aquel bar, sus caras, sus cuerpos y sus voces volvieron a mí. Estaba allí otra vez. 

---

La mayor parte del cine que yo había visto lo había visto siendo un crío, todas unas películas muy horribles. Fred Astaire y Ginger Rogers. Jeannette McDonald y Nelson Eddy. Bob Hope. Tyrone Power. Los Tres Chiflados. Cary Grant. Aquellas películas te trastornaban y te sacudían el seso, dejándote sin esperanzas ni energía. Yo me sentaba en aquellas salas de cine con náuseas en la tripa y en el alma.

---

En cuanto a mí, mi mayor sueño en la vida era evitar el mayor número de gente posible. Cuánta menos gente veía, mejor me sentía. 

---

De todos modos, todos necesitamos escapar. Las horas son largas y de alguna forma han de ocuparse hasta que llegue la muerte. Y simplemente no hay tanta belleza ni emoción por ahí como para andar yendo de un lado a otro. Las cosas se vuelven pronto monótonas y abrumadoras. Nos despertamos por las mañanas, damos una patada a las sábanas, apoyamos los pies en el suelo y pensamos: Ah, mierda, ¿y ahora qué?

---

―¿Cuál es su filosofía de vida?
―Pensar lo menos posible.
―¿Ninguna otra cosa?
―Cuando no se te ocurra ninguna otra cosa que hacer, sé amable.
―Eso es bonito.
―Lo bonito no es necesariamente amable.
―Muy bien, Mr. Chinaski. ¿Qué mensaje les envía a los italianos?
―No gritéis tanto. Y leed a Celine.

---

Debía de estar loco. Sin afeitar. La camiseta llena de quemaduras de cigarrillos. Mi único deseo era tener más de una botella en el aparador. Yo no estaba de acuerdo con el mundo y el mundo no estaba de acuerdo conmigo, y había encontrado a otros como yo, la mayoría mujeres, mujeres que la mayor parte de los hombres no querrían en su misma habitación, pero yo las adoraba, me inspiraban, yo hacía teatro, soltaba tacos, me pavoneaba de un lado a otro en ropa interior diciéndoles lo fantástico que era, pero solo yo me lo creía. Ellas simplemente gritaban: «¡Vete a tomar por culo!», «¡Sirve más alcohol!». Aquellas damas del infierno, aquellas damas en el infierno conmigo.

---

Aquel azul oscuro oscuro había servido de refugio para muchas resacas, algunas de ellas tan brutales como para matar casi a un hombre, sobre todo en una época en que me metía píldoras que me daba la gente sin preocuparme de saber qué eran. Algunas noches sabía que si me dormía moriría. 



6/4/17

Orines y pescado podrido

Los padres de Víctor se habían marchado unos días al pueblo, así que aprovechamos para estar un rato en su casa antes de salir por ahí. Estuvimos escuchando música, bebiendo cervezas y metiéndonos cocaína. Yo tenía diecisiete años. Todos los veranos viajaba allí con mis padres, a Viejamar, una decadente ciudad costera en la que mis abuelos compraron un apartamento hace muchísimos años. Viajar allí era lo más económico, lo único que nos podíamos permitir. Yo tenía un par de amigos en aquel sitio. Uno era Víctor, el dueño de la casa y el otro se llamaba Aitor.

La brisa nocturna se colaba por el ventanal mientras escuchábamos el A noncling doll de los Hatchels y Aitor peinaba cocaína sobre la superficie de un pequeño espejo que cogimos del cuarto de baño.

―Mi hermano pequeño va a follar antes que vosotros ―dijo Aitor. Chupó el borde de su DNI y, con un tubito metálico, esnifó la raya más grande―. Creo que deberíais ir de putas.

―Pues yo creo que debería ir a ver a tu madre― dijo Víctor, y empezamos a reírnos.

Aquellos chicos vivían allí, habían nacido y se habían criado en Viejamar. Los conocía desde hacía años, desde pequeño, aunque ya no recuerdo exactamente de qué. Quizá de bajar a la playa o de la feria, ¿qué más da? Víctor era muy grande, parecía un toro con algo de sobrepeso; llevaba el pelo largo y un poco grasiento. Era buena gente, la típica persona que inspira confianza. Aitor, sin embargo, era un cabrón. Recuerdo que una vez salimos por ahí él y yo solos, sin Víctor, y yo acabé muy borracho; era incapaz de distinguir lo que se encontrase a más de medio metro de mis ojos. Él iba bien y empezó a aburrirse, así que me dijo que se marchaba a casa. Yo le pedí que se quedase un rato conmigo hasta que se me pasara un poco la borrachera. El cabrón dijo que no me veía tan mal y cuando me quise dar cuenta se había marchado; me había dejado tirado como trapo sucio. A la mañana siguiente desperté sobre las rocas, al lado del mar, con la cara y los brazos quemados por el sol. Alguien me había cortado un bolsillo con unas tijeras y me había robado la cartera.

―Esnifa, gordo yonki ―dijo Aitor, cediendo su sitio a Víctor.

―Yo nunca me follaría a una puta ―dijo Víctor. Esnifó uno de los tiros y me pasó el tubito de metal―. Prefiero morir virgen.

―¿En serio? Pues yo…― Hice una pausa y esnifé y sentí cómo la cocaína atravesaba mi cerebro hasta diluirse en mi alma, llenándome por completo de vitalidad y de locura―… joder, yo creo que esta va a ser mi noche.



La zona de bares de Viejamar siempre estaba llena de gente, sobre todo guiris. Un constante olor a orines y pescado podrido lo envolvía todo. Había muchísimas tías buenas con vestidos muy cortos y bronceados muy intensos.

Nosotros solíamos sentarnos en uno de los bancos de piedra que había en la plaza de la iglesia. Allí nos emborrachábamos con alcohol barato y mirábamos a la gente pasar. Después íbamos un rato a los discopubs a intentar conocer chicas, lo cual no sucedía casi nunca.

Aquella noche habíamos comprado una botella de whisky y otra de agua y bebíamos la mezcla en vasos papel. Ya no nos quedaba cocaína y tampoco teníamos dinero para comprar más. Eso nos deprimía un poco.

Yo me encontraba de pie frente a mis amigos, que fumaban cigarrillos sentados en el banco. Se me había cruzado un cable y les estaba dando una especie de verborreico mitin político. Ellos me miraban con cara de aburrimiento.

―¡… porque todo el mundo se queja, pero luego nadie va a partirse la cara con la policía!

Di un trago enorme de whisky con agua y me sequé la boca con el dorso de la mano. Los efectos de la cocaína se iban disipando, cediendo sitio a los del alcohol.

Alguien tocó mi hombro y al girarme vi una chica sonriente. Era bajita y morena y llevaba mucho maquillaje.

―¿Eres de Lobbia? ―me preguntó.

―No, soy de Dirdam ―respondí―. Mis amigos son de aquí, de Viejamar. Son perturbados autóctonos.

La chica y yo nos reímos.

―Creíamos que eras de Lobbia por las pintas que llevas― dijo. Alcé la vista por encima de su hombro y vi que en un banco cercano había un grupo de unas diez chicas mirando hacia nosotros.

―Simpatizo con las luchas sociales de Lobbia. En Dirdam somos todos unos mierdas. ―Señalé hacia nuestras botellas―. ¿Te gusta el whisky? Ya no nos queda mucho, pero hay suficiente para una ronda.

―La verdad es que no ―dijo arrugando la nariz―, pero tenemos un montón de bebida, por si os apetece venir con nosotras.

¿Quién podría haber dicho que no a algo así?



Estuvimos emborrachándonos con ellas durante dos horas, más o menos, y después fuimos todos a un discopub a bailar y a castigar nuestros oídos con pseudomúsica. Después de un rato en aquel antro, mis amigos y yo salimos a la calle a fumar un canuto de marihuana.

―Si hoy no follamos es que somos maricones ―dijo Aitor.

Del interior del discopub salió una de las chicas, la bajita que se había acercado a hablar con nosotros en la plaza de la iglesia.

―Oye ―me dijo―, ¿quién te gusta? Puedes enrollarte con la que te apetezca.

Al oír aquello casi se me sale el corazón por la boca.

―¿Puede ser contigo? ―le pregunté.

―No, yo tengo novio. Con cualquiera de las demás.

―Uhhhhmmm, pues con la rubita de las tetas enormes.

―Se llama María.

―Con María.

―Ahora vengo ―dijo la chica sonriéndome con complicidad.

―Eh, ¿y qué pasa con nosotros? ―preguntó Aitor.

―De vosotros no me han dicho nada, lo siento ―respondió antes de marcharse hacia el interior del discopub.

―¡Putas zorras calientapollas! ―dijo Aitor.

Me dio pena por Víctor. Ojalá alguna hubiese estado interesada en él. Se lo merecía. Respecto al Aitor, me alegró que se quedase a dos velas con la envidia carcomiéndole las entrañas.

A los pocos minutos la chica bajita apareció con María cogida de la mano. La colocó a mi lado como si fuera una niña pequeña que necesitase supervisión adulta para actuar.

―Bueno, os dejamos solos. Portaos bien ―dijo la chica mientras se llevaba a mis amigos. Víctor me sonrió y me guiñó un ojo antes de desaparecer tras la puerta del discopub.

María y yo estuvimos un rato allí de pie sin decir nada. Le ofrecí el porro, pero dijo que no. Yo estaba mareado. En el discopub había estado bebiendo de las copas de todas las chicas y cada una tomaba algo diferente. Me costaba mucho esfuerzo mantener la cabeza erguida.

―¿Vamos a un sitio más tranquilo? ―preguntó María.

―Sí ―respondí.



Caminamos en dirección al paseo marítimo, alejándonos del ruido y de la gente. Nos sentamos en un solitario banco en medio de las rocas. Era una noche sin luna y no se veía la línea del horizonte, tan sólo una oscuridad profunda y sobrecogedora.

Estuvimos hablando un rato. Yo cada vez me sentía peor y apenas podía levantar la vista del suelo. Me dijo que su hermano había muerto unos meses antes y que ella había estado de psiquiatras después de un intento de suicidio. «Pobre chica», pensé.

Yo no sabía qué decir, así que la besé. Sujeté su cara con las manos. Era increíblemente suave. Empecé a besarle el cuello y los hombros. Ella cogió mi mano derecha y se la llevó a las tetas. Me pareció que debían de ser las mejores tetas de la historia. Metí la mano por debajo de su camiseta y el tacto del sujetador me hizo estremecer. La cabeza me daba vueltas y empecé a sentirme bastante mal. Aguanté unos segundos más, pero me sobrevino una arcada y tuve que apartarme para no vomitarle encima.

―Dios, no. Joder. Dios mío―balbuceaba yo entre bocanada y bocanada de vómito. Todo empezó a oler a alcohol rancio.

―Tranquilo, hombre ―me dijo María acariciándome la espalda.

―¿Tienes un pañuelo?

―No.

Me limpié la boca y las lágrimas con la camiseta y me recosté en el banco.

―¿Estás bien? ―me preguntó.

―Sí ―respondí.

Entonces vomité un poco más.

―Vamos, te acompaño a casa ―dijo María.

―Lo siento. He bebido mucho.

―Ya veo.

De camino a casa, María me invitó a un cigarrillo y me cogió de la mano. Era una autentica preciosidad. Quiso darme un beso de despedida, pero me aparté. Le dije que me daba vergüenza, que mi boca debía apestar. Me besó en la mejilla y me dio las buenas noches.



A la mañana siguiente desperté sobresaltado. Cogí el móvil y llamé a María como si se fuese a acabar el mundo. Me moría por verla. Estaba hecho polvo por la resaca, pero jamás había experimentado tal grado de felicidad. Sentía que la noche anterior había empezado a vivir, que todos mis días precedentes no habían sido más que una maldita farsa, un trámite burocrático para llegar al momento en que María se cruzase en mi camino.

Lo malo fue que no hubo respuesta. Ni a aquella llamada ni a ninguna de las demás. Por la noche me llegó un mensaje de texto que decía:

Lo siento, no he superado lo de mi hermano y no tengo ganas de estar con nadie, sólo con mis amigas. Cuídate.

Fui a la cocina y cogí una cerveza. Estaba completamente destrozado. Salí a la terraza, di un buen trago y encendí un cigarrillo. Entonces apareció mi padre y dijo:

―¡Qué coño haces fumando!



13/11/16

El viejo con bastón de cuatro patas

El cielo estaba gris aquella tarde y mis amigos y yo matábamos el tiempo sentados en un banco junto a las pistas de fútbol sala. Las clases habían empezado unos días antes y todo parecía haberse vuelto deprimente, casi tétrico. Éramos chavales sin inquietudes artísticas o deportivas, sin ningún atisbo de ilusión o vitalidad. Simplemente nos sentábamos en aquel rincón polvoriento y fumábamos cigarrillos que robábamos a nuestros padres. También compartíamos alguna lata de cerveza y, antes de que anocheciese, nos marchábamos a casa esperando encontrarnos con algo bueno para cenar.
   Bien, aquella tarde, desde la lejanía, vimos a un viejo acercarse hacia nosotros. Caminaba con un brazo encogido, arrastrando medio cuerpo como un lastre y apoyando el lado bueno en un bastón de cuatro patas.
   ―Hola ―dijo―. Cigarro.
   ―¿Qué? ―pregunté.
   ―Yo, fumar, cigarro.
   ―¿Por qué habla así?
   ―Afasia ―respondió.
   ―Parece un indio ―dijo Antoñito y se echó a reír. 
   ―No te rías, subnormal ―le dije a Antoñito; también le metí una colleja. El viejo empezó a reír y dijo:
   ―No. Bien. Bien. Yo, indio.
   Nos quedamos unos instantes en silencio con unas estúpidas sonrisas en nuestras caras adolescentes.
   ―Cigarro ―dijo de nuevo el anciano.
   ―¿Por qué no se lo compra usted? ―preguntó Jorge.
   ―Mi hijo, habla tiendas, no venden.
   ―No podemos darle tabaco ―dije―. No estaría bien.
   ―Secreto ―dijo el anciano―. Secreto. Secreto.
   Al final le dimos un par de cigarros. Uno se lo fumó con nosotros y el otro se lo guardó en el bolsillo. Mientras estuvo allí, fumó con unas ganas locas y tosió y nos dio las gracias tantas veces que sentí que me mareaba. El viejo se marchó y, un rato después, nosotros también nos fuimos.
   Pasaron algunas semanas. De vez en cuando, el viejo volvía a visitarnos en busca de cigarrillos. Él, a veces, nos regalaba alguna cerveza que le robaba a sus hijos. Era un tipo majo. Nos contaba historias de cuando era joven y tenía locas a todas las mozas del pueblo, o eso decía, quién sabe si era verdad. Eran historias guarras y nos encantaban. También nos habló de sus afecciones. Había sufrido tres ictus que le provocaron hemiplejía y afasia motora (esta era la causa de que hablase así). Dijo que había llevado una vida muy desordenada, que había comido muy mal, bebido y fumado en exceso y cometido muchos pecados, y que el Señor le había enviado los ictus como castigo ejemplar, para que él pagase por sus faltas a la virtud y para que los demás no imitasen su conducta desviada. Nosotros insistíamos en que no debía fumar, pero alegaba que era lo único bueno que tenía en la vida. Dijo que Dios le odiaba pero que él quería mucho a Dios a pesar de todo.
   Un día se nos acercó un tipo. Llevaba bigote y camisa de cuadros y era grande como un búfalo. Llegó hasta nosotros, nos echó un vistazo con cara de estar cabreado y dijo:
   ―Eh, chicos, ¿no habréis visto por aquí a alguien dándole tabaco a un viejo que va con bastón?
   Nos quedamos de piedra, cagados de miedo, pero Jorge consiguió decir que no.
   ―¿Estáis seguros?
   ―No, no, no hemos visto nada de eso ―añadí yo.
 ―Vaya… Mirad, es que alguien le ha estado dando tabaco a mi padre, que está muy enfermo, y si encuentro al que lo ha hecho, lo voy a matar, de verdad; lo voy a apuñalar en medio de la calle y le voy a sacar las tripas y a hacer que se las coma.
   En ese punto yo tenía tanto miedo que me costaba respirar.
   ―Me marcho entonces. Si veis algo, me lo decís.
   ―Sí, seguro, no se preocupe.
   ―Bien, adiós, chavales.
   ―Adiós.
   ―Y gracias.
   ―No hay de qué.
   ―Gracias por darle tabaco a mi padre, cabrones. Que sé que habéis sido vosotros, que el otro día os vi con él.
   ―¡Joder, no nos apuñale, por favor, no lo haremos más!― rogó Antoñito.
 ―No voy a haceros nada, hostias. Pero no le deis tabaco a un viejo enfermo. ¿Sois gilipollas o qué os pasa?
   ―Nos daba mucha pena, pensábamos que por un cigarrillo no pasaba nada.
 ―No os pasará a vosotros, pero mi padre ha tenido tres ictus. Aunque la culpa es enteramente suya, claro, pero, joder, no le deis más tabaco, por favor.
   El tipo se marchó y no volvimos a verlo, ni a él ni a su padre. Quizá se mudaron a otra zona de la ciudad, qué sé yo. Debo admitir que conocer a aquel viejo me dejó profundamente marcado y que su recuerdo me ha servido siempre para valorar con entusiasmo las pequeñas cosas que dan sentido a la vida… y, en fin, también me ha empujado a cuidarme un poco, la verdad.

30/5/16

Primer capítulo de "Gestión del fracaso, una novela"

Este es el primer capítulo de mi primera novela, Gestión del fracaso. La escribí hace mucho y desde entonces he cambiado bastante en mi forma de escribir, en mis gustos literarios e, incluso, en mis ideas sociopoliticoeconomicomorales, y, aunque hoy en día le cambiaría muchas cosas o, directamente, no llegaría a escribirla, no voy a renegar de ella pues es una parte muy importante de mi desarrollo como escritor. Sea como fuere, si te gusta el primer capítulo y te apetece leer el resto, puedes comprarla pinchando aquí.


1


Voy a empezar por aquella tarde: Robert y yo estábamos en mi casa pinchándonos. No había nada interesante que ver en la tele, ni tampoco nada nuevo que hacer o que pensar. No éramos unos tipos especialmente felices ni agradables ni divertidos, pero se nos daba muy bien estar tirados en el suelo dejando que el tiempo se fuese yendo a la mierda poco a poco. A veces conocíamos a algunas chicas, las invitábamos a beber o a fumar y nos acostábamos con ellas, aunque esto no ocurría con excesiva frecuencia.

La cuestión es que estábamos allí, mirando el techo, sintiendo cómo el cuelgue de heroína iba esfumándose, cuando apareció Ann pegando gritos.

―Me he cruzado con un gordo ―dijo. Nos echó un vistazo y añadió: ―Era un gordo enorme, como de ciento diez kilos. En una mano llevaba un muslo de pollo que le goteaba sobre la camiseta, y, en la otra, un libro de Nietzsche. Creo que era “Así habló Zaratustra”, porque en la portada se veía a una especie de vagabundo. El tipo iba leyendo y comiendo por la calle, ¿vale? Pues va el cabrón y me llama coñito tierno. ¡El muy hijo de puta! Lo que quiero decir es que si la gente que lee a Nietzsche empieza a comportarse así, ¿hasta dónde vamos a llegar?

―¿Te has hecho una copia de mis llaves? ―pregunté.

Ann fue a la cocina y volvió con tres cervezas. Nos dio una a cada uno, abrió la suya y se sentó en el sofá.

―Me pone cachonda veros colocados ―dijo.

Me gustaba que Ann fuese nuestra amiga. Era increíblemente guarra y divertida. La conocí en un concierto indie-pop. A mí esa música me parece una mierda, simplemente me había colado allí para ver si podía robarle la cartera a alguno de aquellos hippies. Ella me pilló metiendo mano en un bolso y me dijo que si le daba la mitad del dinero no se chivaría. Le dije que vale y al final acabamos follando detrás de unos cubos de basura.

A Robert lo conocí unos años después. Por aquel entonces no era más que un niño pijo e inocente que se había perdido por mi barrio. Un macarra estaba pateándole la cabeza en un callejón y yo me acerqué sigilosamente y le metí a aquel hijo de puta dos puñaladas en el culo. El cabrón salió corriendo como una rata y yo me llevé a Robert al hospital. Estaba tan agradecido que me ofreció dinero. Por supuesto, yo acepté encantado. Pensé que me iba a dar cien o doscientos dólares con los que pillarme el ciego del siglo, pero imagínense mi sorpresa cuando me explicó que cada mes me entregaría lo necesario para pagar mi alquiler y mi alimentación durante el resto de mi vida.

―No te preocupes ―me dijo―. Mis padres son multimillonarios.

Al parecer sus viejos tenían una cadena de hoteles de lujo. Eran originarios de Londres, pero se habían mudado a no sé qué país del Golfo Pérsico. A Robert lo habían mandado a Estados Unidos a estudiar ingeniería aeroespacial y cada mes le ingresaban miles y miles de dólares para sus gastos.

―No sé ni qué hacer con tanto dinero ―me comentó.

Robert resultó ser un tipo muy simpático. Me recordaba un poco a Paul McCartney de joven, ya saben, con esa cara de pardillo tan británica. Nos hicimos amigos enseguida y empezó a probar todas las mierdas que pasaban por mis manos, se enganchó a la mayor parte de ellas y acabó dejando los estudios. No les dijo nada a sus padres así que éstos continuaron enviándole toneladas de dinero. No se preocupaban nada por su hijo. Eran los padres perfectos.

―¿Os da miedo el terrorismo? ―preguntó Ann, y empezó a contarnos algo que había leído en una revista. Yo me quedé dormido.

Cuando desperté, me sentía como si me hubiesen metido agua en el cerebro. Miré a mi alrededor y vi a Robert comiéndole el coño a Ann allí mismo, en mi sofá. Ella gemía y suspiraba; hacía uh, uhh, uhhhhh, y daba caladas al cigarrillo y pequeños sorbos a la lata de cerveza, como si estuviese bebiendo champagne. Robert se pajeaba mientras lamía el precioso coño de Ann. Entre las babas y el flujo vaginal me estaban poniendo el sofá perdido, pero no me importaba. Las bragas de Ann eran de un bonito color rosa pálido. No se las había quitado, sólo las tenía desplazadas hacia un lado; Robert las sujetaba con la mano que le quedaba libre.

Estuve observándolos unos minutos y la verdad es que me empalmé, pero en el fondo no tenía ganas de sexo, así que me fui a la calle. Se me acercó un mendigo con la intención de venderme mecheros. Le compré uno de Hello Kitty, pero no funcionaba. Me pareció buena idea invitarle a beber.

Nos metimos en un bar. Yo pedí un gin-tonic y él un whisky con hielo. El hombrecillo olía realmente mal y nadie se nos acercaba, lo cual me pareció fantástico. Le invité a cinco o seis copas más mientras me contaba buenas historias sobre cosas que hacía por las noches en el cementerio. Luego dijo que se tenía que ir y le di diez dólares. Me dijo que tendría que haber más gente como yo en la ciudad y le respondí que seguramente tenía toda la razón del mundo.

Cuando llegué a casa, Robert y Ann ya se habían marchado. Habían recogido las latas de cerveza vacías e incluso parecía que hubiesen limpiado el sofá. Estaba oscureciendo. Me preparé un pico y justo antes de metérmelo pensé que ya iba siendo hora de plantearme la posibilidad de dejarlo. Me dije a mí mismo que sí, que lo pensaría y, entonces, me lo metí.

Cuando se me pasó el cuelgue me puse a escribir a Putra y Lestari, unos niños indonesios que tenía apadrinados. Eran hermanos. Tenían cara de buenas personas. Me puse a contarles mi opinión sobre una película de serie B que había visto la semana anterior. Trataba sobre unos extraterrestres con forma de yogur de fresa que hacían que la gente se enganchase a comerlos y no quisiese llevarse a la boca otra cosa que aquella mierda intergaláctica. Cuando acabé, introduje la carta en un sobre junto con un billete de veinte dólares. Me di cuenta de que ya era tarde para ir a la oficina de correos, así que me preparé otro pico, me tomé un par de Xanax y me fui a dormir sin sentirme especialmente dichoso ni desgraciado.

7/4/16

Los diez mejores relatos de Charles Bukowski

Quiero invitarte a leer este artículo en mi nuevo blog, VERBA LATENTIA, donde se ofrece un diseño mucho más agradable y profesional. 

Si lo prefieres, también puedes disfrutar de este artículo en vídeo o símplemente escucharlo como un podcast: 



El primer libro de Charles Bukowski que leí fue un conjunto de relatos titulado Se busca una mujer (en este artículo lo sitúo como una de las lecturas más trascendentales de mi vida). Desde entonces, han pasado por mis manos otras 17 obras del mítico escritor maldito estadounidense y, aunque me encantan sus novelas y disfruto mucho de gran parte de su poesía, sigo sintiendo una predilección especial y nostálgica por sus relatos. 

Algunos de ellos fueron dejando en mí una huella mayor que otros gracias principalmente a su adictivo sentido del humor y, un buen día, me dio por pensar en cuáles podrían considerarse mis favoritos. De aquella reflexión surgió la siguiente lista, mi lista personal de los diez mejores relatos de Charles Bukowski. De cada uno de ellos iré ofreciendo un comentario lo bastante breve como para no aburriros y lo bastante largo como para animaros a leerlos. Eso sí, no cometáis el mismo error que yo cometí durante un tiempo, no tratéis de imitar a Charles Bukowski.

ALGO ACERCA DE UNA BANDERA DEL VIETCONG

Título original: Something About a Viet Cong Flag.
Publicación original: en el libro South of No North: Stories of the Buried Life (1973).
Publicación en España: en el libro Se busca una mujer (1979).

Dos de los rasgos que más me gustan de la literatura de Bukowski son, por un lado, la libertad que manifiesta al escribir sin pensar en lo políticamente correcto o en la sensibilidades que puedan acabar heridas y, por otro, su capacidad para plantear situaciones insólitas. Precisamente este relato es un buen ejemplo de ambas características. En él conocemos a Red, un personaje rudo, sin escrúpulos ni moral y al mismo tiempo completamente libre, en el sentido más salvaje de la palabra. Su camino se cruzará con el de tres hippies, dos chicos y una chica, que acaban de bajarse en mitad del desierto del mismo tren que él. Este relato, a mi parecer, constituye una desgarradora crítica, no a los tipos como Red, a los que todo el mundo evidentemente desprecia, sino a los jóvenes débiles, cobardes e hipócritas como los otros dos personajes masculinos de esta historia impactante, mordaz y desoladora de la que se podría decir muchísimo más en otro contexto. Podéis acceder a una mala traducción de Google en este enlace, pero si queréis leer el relato en condiciones, podréis encontrarlo en el libro Se busca una mujer, y si lo compráis por aquí en e-book o por aquí en papel estaréis apoyando mi trabajo, porque Amazon me dará una pequeña comisión.


ANIMALES HASTA EN LA SOPA

Título original: Animal Crackers In My Soup.
Publicación original: en el libro Erections, Ejaculations, Exhibitions and General Tales of Ordinary Madness (1972).
Publicación en España: en el libro La máquina de follar (1974).

Lo más fascinante de este relato es su originalidad, incluso dentro de la propia obra narrativa bukowskiana. Y es que en esta historia, nuestro escritor maldito, sin abandonar su estilo habitual (es decir, protagonista alter ego, esta vez llamado Gordon, reflexiones existencialistas, bellas descripciones, trama en torno al alcohol y el sexo...) logra ofrecernos una portentosa síntesis de tres grandes géneros literarios como son el humor, la fantasía y la ciencia-ficción (incluso podríamos incluir un cuarto, el género romántico, pues asistimos aquí a una auténtica historia de amor que acaba incluso en boda y procreación). El relato empieza del modo más prosaico y anodino y termina de la manera más sublime e inesperada que puedas imaginar. Prefiero no seguir hablando para no destriparos ni un ápice de esta pequeña joya. Podéis leerlo en el siguiente enlace pero si preferís disfrutarlo en libro y queréis echarme una mano, lo podéis comprar aquí en e-book y aquí en papel

CAMUS

Título original: Camus.
Publicación original: en el libro Septuagenarian Stew: Stories & Poems (1990).
Publicación en España: en el libro Hijo de Satanás (1993).

En este divertidísimo cuento encontramos reflexiones filosóficas, análisis sociológico, alcohol, violencia, bellas jovencitas e, incluso, un poco de crítica literaria. Conocemos aquí a otro alter ego de Bukowski, que en esta ocasión tampoco se llama Henry Chinaski (nombre más habitual entre sus protagonistas) sino Larry Jansen, un viejo profesor de literatura moderna que llega tarde y resacoso a clase, que se pelea a golpes con los alumnos y que recibe propuestas sexuales a cambio de sobresalientes por parte de las alumnas. Es una genialidad, uno de esos relatos breves y característicos de Bukowski en los que el principio podría ser el final y el final podría ser el principio. No lo encuentro por internet, tendréis que comprar Hijo de Satanás en este enlace.

EL DIABLO ESTABA CALIENTE

Título original: The Devil Was Hot.
Publicación original: en el libro South of No North: Stories of the Buried Life (1973).
Publicación en España: en el libro Se busca una mujer (1979).

Nos encontramos aquí ante otro desternillante relato bukowskiano que aúna elementos sobrenaturales y realismo sucio. A través del protagonista, alter ego del autor cuyo nombre en esta ocasión no se menciona, Hank se se reivindica como hijo del demonio, ya que este, personaje principal de la historia, no deja de llamarle hijo mío y se dice además que sus debilidades son las mismas que las del narrador, es decir, el alcohol y las mujeres. Relato loquísimo donde los haya, podéis leerlo en este enlace pero yo de vosotros compraría el libro Se busca una mujer

QUINCE CENTÍMETROS

Título original: Six inches.
Publicación original: en el libro Erections, Ejaculations, Exhibitions and General Tales of Ordinary Madness (1972).
Publicación en España: en el libro Erecciones, eyaculaciones, exhibiciones (1973).

Comentaba que el relato anterior era loquísimo pero, Dios, Dios mío, Quince centímetros es algo fuera de lo común. Probablemente inspirado en el film o en la novela El increíble hombre menguante, esta estrambótica historia, además de mucho esparcimiento, nos ofrece una valiosa lección de vida gracias a su protagonista, el cual nunca se rinde ante las adversidades, por muy profundas que sean (leed y entenderéis a qué me refiero con esto último). Podéis leerlo aquí pero siempre será mejor comprar el libro Erecciones, eyaculaciones, exhibiciones aquí en e-book o aquí en papel.




HIJO DE SATANÁS

Título original: Son of Satan.
Publicación original: en el libro Septuagenarian Stew: Stories & Poems (1990).
Publicación en España: en el libro Hijo de Satanás (1993).

Sin duda es uno de los relatos más brutales que he leído, y no lo digo solo porque me parezca muy bueno, sino por sus elevadas dosis de violencia e insensibilidad. En él vemos a un alter ego innominado de nuestro autor de solo once años de edad que, junto a otros dos compinches, llevan a cabo un crudelísimo abuso contra un cuarto muchacho del barrio. Las consecuencias para el joven protagonista no resultarán mucho menos extremas y dolorosas, ya que tendrá que enfrentarse a la ira desatada de su padre. Sin duda una historia que, una vez pasado el mal trago, puede invitar al debate sobre los orígenes de la violencia: ¿naturaleza y genes? ¿educación y cultura? ¿todo? ¿nada? Juzgad vosotros mismos. Podéis leerlo en este enlace o comprar el libro del mismo título en este otro.

LA VENGANZA DE LOS MALDITOS

Título original: Vengeance of the damned.
Publicación original: en el libro Septuagenarian Stew: Stories & Poems (1990).
Publicación en España: en el libro Hijo de Satanás (1993).

Nos encontramos ante otra interesantísima pieza bukowskiana en la que nuestro autor vuelve a plantear una situación extremadamente insólita, la cual aprovecha para llevar a cabo una despiadada sátira contra la sociedad de su tiempo, toda repleta de delirantes dosis de humor. En esta historia Tom y Max dos vagabundos, deciden utilizar una masa de menesterosos para llevar a cabo sus planes, aunque al final las cosas no salen del todo como esperaban. Podéis disfrutar de esta locura en el siguiente enlace, aunque siempre será mejor tener el libro Hijo de Satanás, que se puede comprar aquí.

UN LINDO ASUNTO DE AMOR

Título original: A Lovely Love Affair.
Publicación original: en el libro Erections, Ejaculations, Exhibitions and General Tales of Ordinary Madness (1972).
Publicación en España: en el libro La máquina de follar (1974).

Acompañaremos ahora a Charley Perkin, otro alter ego de Bukowski, que recibe ayuda de una mujer de unos 120 kilos de la que acaba enamorándose o con la que al menos tiene uno de los mejores encuentros sexuales de su vida. Nuestro protagonista se ve obligado a tomar una decisión muy compleja: quedarse con su amada disfrutando de un sinfín de comodidades o emprender la huida para seguir siendo él mismo. Si queréis saber qué camino tomará este buen hombre, podréis leerlo aquí o comprar el increíble libro La máquina de follar.

SE BUSCA UNA MUJER

Título original: Loneliness.
Publicación original: en el libro South of No North: Stories of the Buried Life (1973).
Publicación en España: en el libro Se busca una mujer (1979).

Este relato posee dos particularidades que lo hacen estar en esta lista a pesar de que quizá realmente no sea uno de los mejores cuentos de Hank. Uno es que está protagonizado por una mujer, lo cual lo convierte en rara avis dentro de la narrativa breve bukowskiana; y dos, que fue lo primero que leí de nuestro autor y, por tanto, me dejó una huella imborrable. La trama consiste en que Edna, una inocente mujer, decide acudir a una cita derivada de un letrero que ve en un coche. El desenlace lógicamente no resulta maravilloso, aunque tampoco tan malo como podría haber sido. Podéis leerlo leerlo aquí o comprar Se busca una mujer.

TRÁEME TU AMOR

Título original: Bring me your love.
Publicación original: en el libro ilustrado Bring me your love (1983).
Publicación en España: en el libro ilustrado Traeme tu amor y otros relatos.

Emotivo relato en el que vemos a una mujer enloquecida que quizá no esté tan loca proferir curiosos insultos a su marido, quien ha acudido a visitarla al psiquiátrico. Entre otras cosas le llama follaputas y cabeza de pescado. El aludido aguanta estoicamente las agresiones verbales de su mujer y, más tarde, una inoportuna llamada. Asistimos de nuevo a uno de esos maravillosos finales abiertos que podrían ser perfectamente comienzos en los que Hank era, a mi modo de ver, un maestro. Podéis leerlo aquí pero existe un precioso libro ilustrado que puede comprarse en este enlace.



OTROS LIBROS DE RELATOS DE CHARLES BUKOWSKI

1/2/16

Campo de batalla

Pelea contra lo inevitable,
contra ti mismo,
contra el paso de los minutos
y la mala suerte.

Pelea contra todo aquello
que te hace parecer débil.

Pelea, déjate la piel y el alma.

Sigue lanzando puñetazos al aire
aunque sientas que
en cualquier momento
se te vayan a caer los brazos.

Pelea, muchacho,
tienes que seguir haciéndolo,
aunque nadie
pueda explicarte el motivo.

Pelea, joder, pelea.

Esto es la puta vida y, sí,
se parece mucho
a un campo de batalla.

NOTA: Este texto pertenece a mi poemario Lo peor. Puedes comprarlo aquí en e-book y aquí en papel para apoyar mi trabajo.


19/5/15

Una vez más

Es ese niño con la cara deforme
del que os hablé.

Lo veo desde mi ventana mientras
se dirige a la parada del autobús,
con su enorme mochila Adidas y
su lata de Coca-Cola.

Nada en su cara es lo que cabría esperar.

Nada se encuentra exactamente en su sitio.

Es un niño grande y
parece bastante fuerte.

Camina erguido, orgulloso,
mirando a la gente
con arrogancia.

No quiere nuestra compasión.

Él sabe mejor que nadie
lo inhumana que puede llegar
a ser la vida.

Él se ríe de nosotros.

Se mea sobre nuestros
problemas de mierda.

Lleva diez  o doce años en este mundo.

Diez o doce años siendo un monstruo.

Lo único que quiere de ti es
que cojas tu compasión
y te la metas por el culo.

Él ya sabe que nunca gustará
a ninguna niña.

Que apenas se
atreverán a mirarlo a la cara.

Ya lo tiene asumido.

Pero igualmente sabe
que no volverá a permitir
que se burlen de él.

Me lo imagino en el
despacho del director,
una vez más,
con la ropa manchada
de polvo y de sangre,
los nudillos amoratados
y una sonrisa victoriosa
en su boca desordenada.

Así es exactamente
como intuyo, o como creo,
o como espero que sean
las cosas cada vez que
lo veo desde mi ventana
caminando erguido
y orgulloso hacia la
parada del autobús.



7/1/15

Otro poema de amor

Nos enamoramos de
personas que no
nos convienen
y las personas
de las que nos
enamoramos se
enamoran
de personas que
no les convienen.

Nadie es conveniente
para nadie.
Tan solo lo somos
para nosotros
mismos y ni siquiera
esto es algo
que esté
del todo claro.

Al final, como se
suele decir,
nacemos y
morimos solos.
El mundo nos
devora y
nosotros
devoramos una
parte del mundo
mientras a
nuestro alrededor
todo se va llenando
de oscuridad
y de locura.

NOTA: Este texto pertenece a mi poemario Lo peor. Puedes comprarlo aquí en e-book y aquí en papel para apoyar mi trabajo.




10/7/14

Preludio

Nota: este microrrelato fue seleccionado para aparecer en el libro Homenaje a Bukowski de la editorial Artgerust. 


Recuerdo con bastante nitidez mi primer día de instituto. Creo que, si me concentrase lo suficiente, podría volver a experimentar aquella sensación de nerviosismo; ya saben, esa flojera en las piernas, ese hormigueo en el pecho. La posibilidad de conocer chicas guapas me había mantenido en un constante estado de inquietud durante todo el verano. En mi inocencia preadolescente, no fui capaz siquiera de sospechar que lo que en realidad me esperaba eran cosas como sufrir agresiones, empeorar mis notas, ser expulsado por fumar hierba, padecer robos, burlas y acoso, sentirme solo, decepcionado y deprimido y, por si fuera poco, que varias muchachas me descuartizasen el corazón. En definitiva, podría decir que mis años de instituto fueron una especie de preludio, un cursillo de iniciación a la vida adulta, una pequeña muestra de lo que estaba por venir, solo que con mayores niveles de emoción y una menor cantidad de responsabilidades.

Esta historia forma parte de mi libro PULSACIONES, 99 MICRORRELATOS DE INFARTO. Puedes comprarlo en este enlace





19/1/14

Una cuerda rota

Voy empapelando mi cuarto:
el suelo, las paredes,
la ventana, la lámpara,
el armario, la cama,
el ordenador, la mesa,
las cajas de trastos,
la silla, los libros,
envuelvo individualmente
todos y cada uno de mis
438 libros…
Todo a mi alrededor queda
cubierto, absolutamente
todo salvo la impresora, que
continua sin descanso
vomitando folios
con la cara de Elisa
en blanco y negro.



18/1/14

Mozos de almacén

Me contaba cosas como que
las plantas pueden sufrir, sí, sí,
lo demostró un viejo en su casa usando
unas tijeras
y un detector de mentiras.

El toro mecánico que
utilizábamos tenía una
pegatina con el logo y el nombre 
de la empresa que los
fabricaba, Hernández e Hijos.  
―Mira este símbolo―me espetó
una mañana lluviosa―. ¡Masonería!

Un día estaba yo recogiendo
con la pala un enorme montón de
sepiolita mezclada con aceite que se había
derramado de una máquina. Aquello era como
mierda de triceratops. Entonces
apareció él fumando un cigarrillo.
―Esta noche he quedado con
mi exnovia―me dijo―. Para matar
a la rata… Ya sabes, para follar JAJAJA.

Jodido loco. Siempre
me hacía reír.




10/7/13

Jacy Bragasflojas

Oh, Jacy,
Jacy Bragasflojas,
con tu uniforme del trabajo,
blanco, apretado,
marcando el contorno de
tus maravillosas tetas.

Oh, Jacy,
Jacy Bragasflojas,
con tu gorrito de papel
sobre tu melena rubia
(que una vez alcancé a oler
por los pasillos del instituto).

Oh, mi adorable Jacy,
la más bonita del barrio,
atendiendo a los clientes
en la heladería de tu padre
mientras te observo
desde la ventana
del baño de mi casa
y me pajeo
mirando tus tetas y
tu pecosa
cara de princesa.

Jacy, amor mío,
únicamente follas con los chicos
mayores del barrio
(como Kuczynski el tuerto
y su pandilla de gilipollas).
A mí me miras con desprecio
sólo porque soy
tres años menor que tú.

Pero… ¿Sabes qué, amor mío?
Pronto empezaré a trabajar
para el señor Caruso.
Moveré su caballo entre los yonkis
del otro lado del río
y ganaré dinero, seré respetado
y me haré un nombre en el barrio.
Vestiré con estilo
y tú me verás con otros ojos
y una noche alquilaré una habitación
en el viejo motel
y por fin te follaré
y la luz de la luna
entrará por la ventana
iluminando nuestros cuerpos desnudos
y sudorosos.