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4/4/26

Los cinco géneros literarios más curiosos del Renacimiento

Presentación

Hace siete años, me embarqué en la elaboración de una serie de videos didácticos sobre los géneros literarios más curiosos de diferentes épocas históricas. Comencé con la Edad Media y, desde entonces, solo ha visto la luz un capítulo más, el correspondiente al Renacimiento. Si mi carácter dejado y procrastinador lo permite, me gustaría que en algún momento puedan ser publicados los videos correspondientes, al menos, al Barroco, al Neoclasicismo y al Romanticismo. Mientras tanto, he querido traerles aquí el guion del segundo episodio por si puede apetecerles más la lectura que la visualización y, también, para qué negarlo, por tratar de darle un poco de difusión a la pieza audiovisual, pues considero que el resultado es de lo más bello que hay en mi canal y cuenta a penas con unas docenas de visitas. Les dejo primero el video y, después, el guion adaptado en forma de artículo. 

Vídeo: Los 5 géneros literarios más curiosos del renacimiento


Artículo: Los 5 géneros literarios más curiosos del renacimiento

Introducción

En España, el paso de la Edad Media al Renacimiento se produjo entre el final del siglo XV y el comienzo del XVI. Los aires optimistas del cambio de época alcanzaron todos los ámbitos de la vida, incluida, por supuesto, la literatura. El estudio de los clásicos grecolatinos, el interés por la naturaleza o el desarrollo de la filosofía neoplatónica son algunos de los rasgos de la mentalidad renacentista que contribuyeron a trazar nuevos caminos en el mapa de las Bellas Letras. Estos fueron caminos transitados por insólitos protagonistas como pícaros audaces, fervorosos místicos, caballeros andantes o refinados pastores.

En este artículo vamos a explorar aquel fascinante universo literario que trajo el Renacimiento, y lo haremos a través de sus cinco géneros más curiosos, tal y como hicimos anteriormente con la Edad Media.

Los libros de caballerías

Portada Amadís de Gaula
Estas obras lograron cautivar a miles de lectores de todos los estamentos sociales, convirtiéndose en el género literario más exitoso de la primera mitad del siglo XVI. El responsable de su inmensa popularidad fue Garci Rodríguez de Montalvo, quien tuvo el acierto de adaptar una historia medieval del siglo XIV a los nuevos gustos estéticos e ideológicos del Renacimiento. Con el título Los cuatro libros del virtuoso caballero Amadís de Gaula, nació una prolongada tradición formada por caballeros como Esplandián, Palmerín de Oliva y muchos otros, cuyas aventuras acabarían haciendo perder el juicio al bueno de Don Quijote.

En el plano estilístico, estas novelas muestran una prosa poética, retórica y artificiosa que fue degenerando con el transcurrir de las décadas hasta niveles exagerados. En lo temático, sus páginas se encuentran sobrecargadas de sucesos mágicos, princesas encantadas y temibles peligros de todo tipo a los que los protagonistas se enfrentan derrochando valor, amor, fidelidad y heroísmo.

Fragmento de Amadís de Gaula

El doncel del mar, que no conocía ni sabía nada de cómo ella le amaba, teníase por muy osado en haber en ella puesto su pensamiento, según la grandeza y hermosura suya... y ella que lo amaba de corazón, guardábase de hablar con él más que con otro porque ninguna cosa sospechasen; mas los ojos habían gran placer de mostrar al corazón la cosa del mundo que más amaba.

La novela pastoril

Portada de la Diana de Montemayor
Este género literario, que idealiza el mundo del campo y se sirve de una bella mezcla de verso y prosa poética, tuvo un público mucho más restringido, pues estaba destinado solo a los sectores aristocráticos. Surgió a mediados del siglo XVI con la publicación de La Diana de Jorge de Montemayor, y llegó a ser cultivado por escritores tan importantes como Cervantes con La Galatea y Lope de Vega con La Arcadia.

En estas novelas podemos leer historias de melancólicos pastores atrapados por el hechizo del amor platónico. La estructura narrativa se moderniza con respecto a géneros anteriores, presentando los hechos en una secuencia lógica y adscritos a espacios más verosímiles. También suponen un avance en el desarrollo psicológico de los personajes.

Fragmento de La Diana

En los campos de la principal y antigua ciudad de León, riberas del río Esla, hubo una pastora llamada Diana, cuya hermosura era sobre todas las de su tiempo. Esta quiso y fue querida en extremo de un pastor llamado Sireno... Sucedió pues que, como Sireno fuese forzadamente fuera del reino, los tiempos y el corazón de Diana se mudaron y ella se casó con otro pastor llamado Delio, poniendo en olvido al que tanto había querido.

Si te interesa saber más sobre la novela pastoril y La diana, te invito a que leas un extenso artículo que escribí al respecto: El universo narrativo de «La Diana» de Montemayor: entre la variedad y la unidad

La novela picaresca

A mediados del siglo XVI nace la picaresca, un género narrativo complejo que irá completando su corpus con la aparición de varias novelas publicadas sobre todo durante el Barroco. Estas obras muestran rasgos recurrentes como el relato autobiográfico, la pintura satírica e irónica de los diversos estamentos sociales, la intención moralizante o la sucesión de episodios yuxtapuestos. Algunas de las más famosas son el Guzmán de Alfarache de Mateo Alemán, el Buscón de Quevedo o el Lazarillo de Tormes, que dio nacimiento al género en 1554.


Fragmento del Lazarillo de Tormes

Salimos de Salamanca y, llegando a la puente, está a la entrada de ella un animal de piedra que casi tiene forma de toro. El ciego mandó que llegase cerca y me dijo: 'Lázaro, llega el oído a este toro y oirás gran ruido dentro de él'. Yo simplemente llegué, creyendo ser así, y como sintió que tenía la cabeza par de la piedra, afirmó recio la mano y diome una gran calabazada... y díjome: «Necio, aprende que el mozo del ciego un punto ha de saber más que el diablo». Pareció que en aquel instante desperté de la simpleza en que como niño dormido estaba.

Si te interesa la novela picaresca te invito aunque leas un artículo en el que exploro sus rasgos para dilucidar si la continuación del Lazarillo pertenece a este género: La continuación antuerpiense del Lazarillo: ¿una novela picaresca?  

La poesía mística

Santa Teresa Obras completas
San Juan de la Cruz, Santa Teresa de Jesús y Fray Luis de León fueron los más grandes cultivadores de este tipo de poesía, que floreció en un contexto de intensa religiosidad. El tema central era el anhelo del alma por alcanzar la unión con Dios, describiendo el camino de la ascensión espiritual y los obstáculos a superar.

En el plano formal, los poetas místicos utilizaban variadas formas métricas como el romance, el soneto y la lira, empleando un lenguaje rico en imágenes sensoriales, metáforas y símbolos para expresar la experiencia de una manera vívida.

Poema de Santa Teresa

Dichoso el corazón enamorado / que en solo Dios ha puesto el pensamiento; / por Él renuncia a todo lo criado, / y en Él halla su gloria y su contento. / Aun de sí mismo vive descuidado, / porque en su Dios está todo su intento. / Y así alegre pasa y muy gozoso / las ondas de este mar tempestuoso.

El diálogo renacentista

Diálogo de Mercurio y Carón. Alfonso de Valdés
Heredero de la tradición clásica grecolatina, se convirtió en una herramienta fundamental para la difusión de ideas y el debate intelectual. A través de conversaciones entre personajes que simbolizaban distintas posturas, estas obras buscaban más instruir y persuadir que entretener. El principal exponente fue Erasmo de Rotterdam, aunque en España destacaron Juan Luis Vives o los hermanos Juan y Alfonso de Valdés.





Fragmento de Diálogo de Mercurio y Caronte

¡Oh, Mercurio! ¿De qué sirve al hombre ser poderoso, rico y sabio si todo esto se acaba en un abrir y cerrar de ojos? He visto pasar por aquí a reyes, emperadores, papas, filósofos, poetas... todos ellos creían que eran dueños del mundo, pero ahora solo son sombras que vagan sin rumbo por el Hades. La vida es como una breve comedia donde cada uno interpreta un papel y luego se retira del escenario. Lo importante no es el papel que se interpreta sino cómo se interpreta.


11/3/21

El universo narrativo de «La Diana» de Montemayor: entre la variedad y la unidad

Es posible que un acercamiento a la narrativa pastoril resulte, tal como apuntó Avalle-Arce¹, una experiencia agridulce para los lectores de nuestro presente. Sin embargo, dicha experiencia puede tornarse plenamente satisfactoria y enriquecedora para el estudiante de literatura española que se aproxime a las páginas de Los siete libros de la Diana, máxime si lo hace con el apoyo de una sólida bibliografía crítica que le ayude a explorar provechosamente los caminos de la obra maestra de Jorge de Montemayor. Nuestros posibles prejuicios se verán rápidamente echados por tierra gracias a las cualidades literarias que posee la novela. Junto a su elegancia refinada o a su belleza lírica, cabría destacar una inmensa variedad que se manifiesta en incontables aspectos y que, para mayor mérito del autor, no actúa (al menos no demasiado) en detrimento de su unidad como obra literaria².

La primera fuente de variedad con la que nos encontramos sería de tipo formal. La Diana, a pesar de ser una obra narrativa, contiene, siguiendo la estela de su principal modelo³, la Arcadia de Sannazaro, la nada desdeñable cantidad de 2.320 versos agrupados en cincuenta poemas⁴. Casi la mitad se adscriben a la poesía italianizante y el resto a la cancioneril, mostrando ambos grupos una amplia diversidad estrófica y compositiva, pudiendo encontrar, entre muchas otras, el soneto, el romance, la octava real, el villancico, la canción petrarquista o la copla castellana. Al menos dos factores impiden, a mi juicio, que esta multiplicidad formal pueda afectar a la unidad de la obra. Por una parte, los poemas no poseen un carácter gratuito o arbitrario, sino que cumplen una importante función en el desarrollo narrativo, pues sirven tanto para que los protagonistas expresen sus sentimientos como para que relaten las historias que los han llevado hasta su situación actual. Por otra parte, los poemas se encuentran envueltos, engarzados a lo largo de toda la novela, en una elegante prosa poética cargada de musicalidad⁵ que suaviza los contrastes formales aportando uniformidad y equilibrio. Resulta interesante apuntar que tampoco se queda fuera un buen número de elementos dramáticos. Asunción Rallo⁶ señala, por ejemplo, que la literatura pastoril puede concebirse como «la (re)presentación de un mundo ideal, modelado en un escenario arcádico». Igual que en el teatro, los pastores entran y salen de escena y establecen largos diálogos, alternando las funciones de actor y espectador. 

Otro aspecto importante en el que La Diana ofrece variedad dentro de la unidad sería la estructura argumental. Tal como explican Asunción Rallo⁷ y Juan Montero⁸, la novela sigue un esquema de convergencia de personajes en los tres primeros libros (donde se conocen sus problemas), reunión en el cuarto (donde se ofrecen las soluciones), y divergencia en los tres últimos (donde se materializan las soluciones). Es cierto que no existe una perfecta simetría en el esquema especular pues, por ejemplo, en la primera parte, cada libro se dedica a conocer una historia mientras que en la segunda «se entremezclan y superponen»⁹. Sin embargo, los efectos distorsionadores que pudieran generar estas asimetrías podrían verse compensados gracias a los paralelismos que se producen entre las historias gracias a que siguen esquemas similares (enamoramiento, comunicación amorosa, crisis, solución…)¹⁰. En este sentido también podrían actuar elementos como las cadenas de enamorados, los disfraces, los intermediarios que llevan cartas y acaban enamorando a la destinataria o los matrimonios de conveniencia¹¹. 

Las obras narrativas del Renacimiento experimentaron una polarización causada por la dualidad estética entre el realismo y el idealismo. Por el primer camino transitaron géneros como la picaresca, mientras que el segundo lo recorrieron otros como la novela pastoril¹². La Diana sería, por tanto, una obra claramente idealista¹³, algo que se aprecia tanto en las etopeyas y prosopografías de los personajes como en la descripción convencional de la naturaleza. Sin embargo, esta uniformidad estética general no es óbice para que en determinados momentos florezcan rasgos mucho más realistas. Así, nuestros pastores no pueden abstenerse de una actividad tan poco idealista como es alimentarse, del mismo modo que pueden llegar a hastiar a la misma Diana con conversaciones sobre el oficio pastoril¹⁴. Sin embargo, los ejemplos más evidentes del suspenso del idealismo tienen lugar cuando Felismena, tras abandonar el palacio de la maga Felicia, continúa su peregrinaje amoroso en busca de don Felis y termina alcanzando tierras portuguesas, lugares reales como Coímbra o Montemor-o-Velho (localidad natal de Montemayor), con sus auténticos topónimos¹⁵, no como Soldina y Vandalia, respectivamente ciudad y región de procedencia de Felismena y que corresponderían a Sevilla y Andalucía¹⁶. Ahora nuestro autor no se conforma, como hacía en los tres primeros libros, con dar un par de pinceladas con las que esbozar un paisaje de bosques y prados arquetípicos, sino que se detiene en prolijas descripciones que incluyen altas sierras, verdes y amenísimos campos, caudalosos ríos, graciosas riberas, espaciosos arenales, mieses cercanas a dar el fruto meneadas por templado viento o muy grandes bosques bastante poblados de alisos y acebuches. La naturaleza se hace mensurable y vemos que un campo se prolonga por doce millas hasta la falda de una montaña mientras que otro no tiene menos de tres millas en ninguna de sus partes. El espacio urbano adquiere protagonismo y se nos habla de altas casas y edificios labrados con gran artificio, así como de templos, muros, torres, baluartes e incluso del puente más suntuoso y admirable del universo¹⁷. El elemento humano no se queda atrás en la huida del idealismo, y si anteriormente leíamos sobre pastoras de inconmensurable belleza abstracta cuyos cabellos luminosos rivalizaban con el mismo sol, se nos habla ahora de pastoras portuguesas mucho más cercanas a la realidad¹⁸, las cuales poseen, en hermosura, «una razonable medianía», teniendo el «color del rostro moreno y gracioso, los cabellos no muy rubios, los ojos negros»¹⁹. El influjo realista no se limita a la apariencia física, sino que también llega al plano lingüístico, haciendo que estas pastoras portuguesas hablen, lógicamente, en portugués. 

Que La Diana sea una novela pastoril, no significa que todo en ella lo sea²⁰. Ya mencionamos que puede entenderse como un compendio de géneros literarios y ya vimos cómo en ella se entremezcla lo narrativo, lo lírico y lo dramático. Además de esto, podemos señalar una gran cantidad de elementos e influencias literarias que pueblan su universo. Así, Avalle-Arce argumenta que Montemayor entremezcló la estructura de la novela bizantina con el motivo folclórico del viaje, logrando un resultado más sencillo que la primera y más complejo que el segundo²¹. Podemos encontrar asimismo elementos de la novela de caballerías²², de la epistolar²³, de la sentimental²⁴, de la novela corta italiana²⁵ e, incluso, de la picaresca²⁶. Entre sus influencias ya tratamos la Arcadia, pero no pueden olvidarse otras tan fundamentales como la églogas de Garcilaso²⁷, el «Coloquio pastoril» de Antonio de Torquemada²⁸, o el modelo de églogas dramáticas creado por Juan del Encina y continuado por Lucas Fernández y Gil Vicente²⁹. Ante esta diversidad, apunta Juan Montero que el mundo pastoril de Montemayor «resulta más rico y complejo que el diseñado por Sannazaro»³⁰ y no duda en referirse a La Diana como «un crisol de tradiciones literarias diversas»³¹.

Muchos otros aspectos de La Diana podrían analizarse como se ha venido haciendo hasta ahora; por ejemplo, los personajes (pastores, nobles, seres mitológicos…), los casos de amor (ser correspondido, ser correspondido y olvidado, perder al amado por fallecimiento…), los tipos de amor (cortés, petrarquista, neoplatónico…) o el ritmo narrativo (estatismo frente a dinamismo). Sin embargo, confío en que lo mencionado pueda ser suficiente para demostrar que la riqueza y la variedad no se encuentran reñidas con la unidad dentro de la más perfecta³² e influyente³³ novela pastoril de todos los tiempos. 

NOTAS

El contenido de este artículo proviene de mi PEC para la asignatura Narrativa española del Siglo de Oro, impartida por don Jaime José Martínez Martín en el Máster Universitario en Formación e Investigación Literaria y Teatral en el Contexto Europeo

¹ Montemayor, 1996: 9.
² No estarían de acuerdo Pedraza y Domínguez (1980: 203) pues afirman que La Diana, a pesar de su sencillo argumento, es una obra «enormemente dispersa» a causa de la gran cantidad de personajes y sucesos (aunque poco después (ibid.: 205) recogen una cita de López Estrada elogiando la novela por el «difícil equilibrio de sus elementos»). En una línea similar, Menéndez Peláez (2005: 305) comenta que los numerosos casos de amor «dificultan notablemente la unidad interna de la obra».  
³ Montero (Montemayor, 1996: XXXVIII-XXXIX) ofrece una amplia relación de elementos que La Diana recibe de la Arcadia, destacando la alternancia prosa-verso, la prosa melodiosa, la métrica y una serie de recursos como onomástica pastoril, tópicos genéricos o situaciones y descripciones.
⁴ Montemayor, 1996: LXXIV.
⁶ Rallo, 1991: 43-44.
⁷ Ibid.: 84.
⁸ Montemayor, 1996: LVI-LVII.
⁹ Rallo.: 85.
¹⁰ Montemayor, 1996: LVII.
¹¹ Ibid.: LVII-LVIII.
¹² Del Río, 1985: 357.
¹³ «Por imperativa necesidad artística e ideológica el mundo de la Diana es una abstracción idealizante del mundo real» (Avalle-Arce, 1975: 76).
¹⁴ Avalle-Arce, 1975: 94.
¹⁵ No es esta la primera ocasión en que aparecen topónimos reales. En el argumento, Montemayor menciona los campos de León y las riberas del río Esla como marco geográfico de su historia. Sin embargo, desde el comienzo del libro primero, la ambientación adquiere la caracterización convencional e idealista que predomina en la obra. 
¹⁶ Montemayor, 1996: 99n.
¹⁷ Ibid.: 271-272.
¹⁸ «La descripción de las pastoras portuguesas también obedece a la intención realista (…) Compárese con el rubio dechado de perfección del ideal poético» (Avalle-Arce, 1975: 79n).
¹⁹ Ibid.: 273.
²⁰ Comenta Montero que «hay abundantes elementos en La Diana que no responden al patrón bucólico en sentido estricto. Así, una historia como la de Felismena (…) tiene un marcado carácter urbano; y un episodio como la visita al palacio de Felicia (libro IV) no es sino un intermedio de ambiente cortesano y fantástico» y que «el marbete de novela pastoril encubre un universo literario cuya naturaleza es esencialmente mixta o compuesta» (Montemayor, XXXVI-XXXVII).
²¹ Avalle-Arce, 1975: 92.
²² Principalmente en las dos escenas de combate protagonizadas por Felismena. En la primera mata a tres salvajes a flechazos, evitando que violasen a unas ninfas. En la segunda hace lo propio con tres caballeros que trataban de matar a un cuarto en desigual combate. Este resulta ser Don Felis, el amado de Felismena, produciéndose por fin su encuentro mediante anagnórisis. 
²³  Avalle-Arce, 1975: 95.
²⁴ Rallo puntualiza que en La Diana, las historias sentimentales han dejado de ser un problema individual como en la Cárcel de Amor de Diego de Sampedro, para convertirse en una cuestión colectiva.
²⁵ La historia de Felismena es una adaptación al contexto español y pastoril que Montemayor hizo de una novela corta del italiano Bandello. 
²⁶ Señala Montero (Montemayor, 1996: LXXVII) que la conversación que mantiene Felismena disfrazada de hombre con el paje Fabio recuerda al Lazarillo por sus «ecos de cotidianeidad callejera».
²⁷  Apunta Montero una amplia herencia de Garcilaso en La Diana. Nos habla por ejemplo de estrofas italianizantes ausentes en la Arcadia, de la interpretación en clave biográfica o de los ecos garcilasianos perceptibles en numerosos versos o fragmentos de prosa (Montemayor, 1996: XXXIV).
²⁸  Ibid., 1996: XII.
²⁹ Destaca en este caso Montero situaciones como las cadenas de enamorados, los casos de dos pastores que aman a la misma pastora o los debates en torno a las mujeres (Ibid., 1996: XL).
³⁰ Ibid., 1996: XLI.
³¹ Ibid., 1996: XLVI.
³² «Con Jorge de Montemayor nace, en estado de perfección, la novela pastoril española» (Avalle-Arce, 1975: 69). 
³³ Jones (2000: 98) habla de un total de dieciocho novelas hasta 1633, sin contar las imitaciones llevadas a cabo en otros países a raíz de la traducción a varias lenguas. Entre ellas destacarían Diana enamorada de Gil Polo, La Galatea de Cervantes y La Arcadia de Lope de Vega.
⁵ Señala Montero (Montemayor, 1996: LXXII) que una de las más importantes aportaciones de La Diana desde el punto de vista histórico-literario fue su «prosa dotada de un carácter musical inusitado para la época». 

BIBLIOGRAFÍA

AVALLE-ARCE, J. B. (1974). La novela pastoril española. Madrid: Istmo.

DEL RÍO, A. (1985). Historia de la literatura española – 1. Desde los orígenes hasta 1700. Barcelona: Bruguera. 

JONES, R. O. (2000). Historia de la literatura española 2. Siglo de Oro: prosa y poesía. Barcelona: Ariel.

MENÉNDEZ, J. (2005). Historia de la literatura española. Volumen II. Renacimiento y Barroco. León: Everest.  

MONTEMAYOR, J. (edición de RALLO, A.). (1991). La Diana. Madrid: Cátedra.

— (edición de MONTERO, J.; estudio de AVALLE-ARCE, J.B.). (1996). La Diana. Barcelona: Crítica. 

MONTERO, J. (5 de abril de 2016). La Diana de Montemayor y la ficción pastoril. En GARCÍA, J. (coord. del ciclo) Caballeros, pícaros y pastores. La novela que leyó Cervantes y la que escribió. Conferencia impartida en la Fundación Juan March, Madrid. https://www.march.es/videos/?p0=11009 [Visitado el 14 de noviembre de 2020].

PEDRAZA, F.; RODRÍGUEZ, M. (1980). Manual de literatura española. Tomo II. Renacimiento. Tafalla: Cénlit. 

8/9/17

Los 111 títulos de la Biblioteca Clásica de la RAE

La Real Academia Española (y ya está, no es Real Academia Española de la Lengua, es solo Real Academia Española, aunque se ocupe de la lengua, esta no va incluida en el nombre de la institución) inició en 2011 un bello proyecto editorial en el que va a reunir el núcleo duro de la literatura clásica en español, desde la noche de los tiempos hasta el siglo XIX, tanto de España como de Hispanoamérica. 

Aquí os dejo los títulos y autores de la colección completa para que podáis usar este post a modo de lista y así motivaros para ensanchar vuestro conocimiento de los titanes clásicos de nuestro idioma. 
  1. Cantar de Mio Cid.
  2. Libro de Alexandre.
  3. Milagros de Nuestra Señora. Gonzalo de Berceo.
  4. Estoria de España. Alfonso el Sabio.
  5. El conde Lucanor. Don Juan Manuel.
  6. Libro de buen amor. Arcipreste de Hita.
  7. Romancero.
  8. Rimado de Palacio. Pedro López de Ayala.
  9. El Victorial. Gutierre Díaz de Games.
  10. Comedia de Ponza, sonetos, serranillas y otros poemas. Marqués de Santillana.
  11. Arcipreste de Talavera. Alfonso Martínez de Toledo.
  12. Laberinto de Fortuna y otros poemas. Juan de Mena.
  13. Poesía. Jorge Manrique. 
  14. Claros varones de Castilla, Letras. Fernando del Pulgar
  15. Cárcel de amor. Diego de San Pedro.
  16. Amadís de Gaula. Garci Rodríguez de Montalvo.
  17. Gramática sobre la lengua castellana. Antonio de Nebrija.
  18. La Celestina. Fernando de Rojas.
  19. Teatro. Juan de la Encina.
  20. Soldadesca, Tinellaria y otras obras. Bartolomé de Torres Naharro.
  21. Diálogo de Mercurio y Carón. Alfonso de Valdés.
  22. La lozana andaluza. Francisco Delicado.
  23. Teatro castellano. Gil Vicente.
  24. Obra poética y textos en prosa. Garcilaso de la Vega.
  25. Diálogo de la lengua. Juan de Valdés.
  26. Libro áureo de Marco Aurelio. Fray Antonio de Guevara.
  27. Sermón de amores y otras obras. Cristóbal de Castillejo.
  28. Brevísima relación de la destrucción de las Indias. Fray Bartolomé de las Casas.
  29. Lazarillo de Tormes.
  30. Pasos. Lope de Rueda.
  31. El Crotalón. Cristóbal de Villalón.
  32. La Diana. Jorge de Montemayor.
  33. El Abencerraje.
  34. Introducción al símbolo de la fe. Fray Luis de Granada.
  35. Libro de la vida. Santa Teresa de Jesús.
  36. Historia verdadera de la conquista de la Nueva España. Bernal Díaz del Castillo.
  37. La Araucana. Alonso de Ercilla.
  38. Poesía. Fray Luis de León.
  39. De los nombres de Cristo. Fray Luis de León.
  40. Cántico espiritual y poesías completas. San Juan de la Cruz.
  41. Algunas obras y otros poemas. Fernando de Herrera.
  42. Guzmán de Alfarache. Mateo Alemán.
  43. La Galatea. Miguel de Cervantes.
  44. Viaje del Parnaso y poesía completa. Miguel de Cervantes.
  45. Entremeses. Comedias y tragedias. Miguel de Cervantes.
  46. Novelas ejemplares. Miguel de Cervantes.
  47. Don Quijote de la Mancha. Miguel de Cervantes.
  48. Persiles y Segismunda. Miguel de Cervantes.
  49. Rimas humanas y otros versos. Lope de Vega.
  50. Peribáñez, Fueteovejuna. Lope de Vega.
  51. La dama boba, El perro del hortelano. Lope de Vega.
  52. El caballero de Olmedo. Lope de Vega.
  53. La Dorotea. Lope de Vega.
  54. Comentarios reales de los incas. Inca Garcilaso de la Vega.
  55. Epístola moral a Fabio y otros escritos. Andrés Fernández de Andrada.
  56. Las mocedades del Cid. Guillén de Castro.
  57. Polifemo, Soledades y otros poemas. Luis de Góngora.
  58. Un Heráclito cristiano, Canta sola a Lisí y otros versos. Francisco de Quevedo.
  59. La vida del Buscón. Francisco de Quevedo.
  60. Sueños y discursos. Francisco de Quevedo.
  61. El burlador de Sevilla. Tirso de Molina.
  62. El vergonzoso en palacio. Tirso de Molina.
  63. La verdad sospechosa. Juan Ruiz de Alarcón.
  64. Novelas amorosas y ejemplares. María de Zayas.
  65. La dama duende. Pedro Calderón de la Barca.
  66. La vida es sueño, El alcalde de Zalamea. Pedro Calderón de la Barca.
  67. El gran teatro del mundo. Pedro Calderón de la Barca.
  68. El diablo cojuelo. Luis Vélez de Guevara.
  69. Estebanillo González. Esteban González.
  70. Entremeses. Luis Quiñones de Benavente.
  71. Entre bobos anda el juego. Francisco de rojas Zorrilla.
  72. El desdén, con el desdén. Agustín Moreto.
  73. República literaria, Empresas políticas. Diego de Saavedra Fajardo.
  74. El Criticón. Baltasar Gracián.
  75. Primero sueño y otros poemas. Sor Juana Inés de la Cruz.
  76. Ensayos. Benito Jerónimo Feijoo.
  77. Vida, ascendencia, nacimiento, crianza y aventuras. Diego de Torres Villarroel.
  78. Fray gerundio de Campazas. José Francisco de Isla.
  79. Sainetes. Ramón de la Cruz.
  80. Raquel. Vicente García de la Huerta.
  81. Cartas marruecas, Noches lúgubres. José de Cadalso.
  82. El delincuente honrado y otras obras. Gaspar Melchor de Jovellanos.
  83. Poesías. Juan Meléndez Valdés.
  84. La comedia nueva, El sí de las niñas. Leandro Fernández de Moratín.
  85. Lazarillo de ciegos caminantes. Concolorcorvo.
  86. Periquillo Sarmiento. Joaquín Fernández de Lizardi.
  87. Don Álvaro o la fuerza del sino. Duque de Rivas.
  88. Fígaro, Colección de artículos dramáticos, literarios, políticos y de costumbres. Mariano José de Larra.
  89. Lírica, El estudiante de Salamanca. José de Espronceda. 
  90. El trovador. Antonio García Gutierrez.
  91. Don Juan Tenorio. José de Zorrilla.
  92. La gaviota. Ferrán Caballero.
  93. Facundo o Civilización y barbarie. Domingo Faustino Sarmiento.
  94. Memorias y otras páginas. Gertrudis Gómez de Avellaneda.
  95. Poesía selecta. Ramón de Campoamor.
  96. Rimas. Gustavo Adolfo Bécquer.
  97. Leyendas. Gustavo Adolfo Bécquer.
  98. María. Jorge Isaacs.
  99. En las orillas del Sar y otros poemas. Rosalía de Castro.
  100. El gran galeote. José de Echegaray.
  101. El sombrero de tres picos. Pedro A. de Alarcón.
  102. Tradiciones peruanas. Ricardo Palma.
  103. Pepita Jiménez. Juan Valera.
  104. Trafalgar, La corte de Carlos IV. Benito Pérez Galdós.
  105. Fortunata y Jacinta. Benito Pérez Galdós.
  106. Miau. Benito Pérez Galdós.
  107. Peñas arriba. José M. de Pereda.
  108. El cuarto poder. Armando Palacio Valdés.
  109. La Regenta. Leopoldo Alas, Clarín.
  110. Cuentos. Leopoldo Alas, Clarín.
  111. Los pazos de Ulloa. Emilia Pardo Bazán.