24/1/21

Costumbrismo posmoderno prepandémico - Pólvora en salvas V

El joven llega a casa poco antes de que den las seis. La familia se va de veraneo y él ha preferido no acostarse porque quería salir de fiesta. Es un joven algo tarambanas. Los equipajes ya se encuentran cargados en el viejo Seat Toledo y en cuanto el joven hace acto de presencia, todos suben al vehículo para emprender la marcha. 

― ¿Qué tal, chaval? ¿Qué habéis hecho? ―pregunta el padre mientras hace ganar velocidad al coche en una incorporación a la M-40 dirección A-3. 

―Nada, tomar algo por ahí. 

El joven, sentado en el asiento del copiloto, gira la cabeza hacia la ventanilla. La mañana está a punto de alborear y los cielos empiezan a teñirse de matices violáceos y ambarinos. Se ven nubes oscuras como cuervos gigantes sobrevolando los edificios de Madrid, una ciudad que comienza una jornada como tantas otras. El firmamento palidece por instantes; una bandada de aves se expande y comprime como un solo ser, transmitiendo una impresión orgánica, biológica. 

El vehículo toma la A-3 y poco a poco va dejando atrás los distritos del extrarradio y las ciudades del suroeste. Enseguida la familia puede ver cómo los márgenes de la autopista empiezan a mostrar los primeros pueblos al tiempo que el sol se va despegando del horizonte. 

Cruzan la frontera entre Madrid y Cuenca y casi al instante sobrepasan el minúsculo pueblo de Belinchón. Ahora se encuentran inmersos en la tristeza del paisaje manchego; ahora ya todo es monotonía llana, matorrales, caminos de arena; todo es el cielo inmenso, azul, inabarcable; todo es sopor y adelantar camiones y el hilo de la radio sonando casi al mínimo volumen y la compañía constante, repetitiva, matemática, de las torres del tendido eléctrico, monstruosos centinelas vigilando celosamente sus pasos.

A la altura de Cervera del Llano, el joven cae en una especie de duermevela angustiosa que se prolonga durante cien kilómetros. Al despertar, observa que los cielos se han encapotado y que algunos goterones empiezan a colisionar contra el cristal, fraccionándose en decenas de minúsculos vástagos temblorosos. La lluvia va arreciando con suavidad, de forma muy paulatina, como si no quisiese causar sobresaltos, y el joven vuelve a caer preso de la somnolencia, que esta vez resulta dulce y reconfortante, llegando incluso a experimentar una serie de fragmentos oníricos inconexos en los que conserva un cierto grado de lucidez. En uno de ellos se besa con la novia de un amigo y, cuando este los sorprende, en lugar de mostrarse colérico, se limita a decirles que tengan mucho cuidado, pues podrían enamorarse y pasar mucho tiempo juntos. El joven llega reflexionar sobre lo curioso de semejante advertencia. Cuidado con ser feliz. 

Cuando despierta de nuevo, su madre está hablando en voz baja, acercándose con cautela desde el asiento trasero hacia el del conductor para que el padre pueda oírla. 

―... ni medio normal el olor a vinazo que nos está dando todo el viaje. Que por un día que no hubiera salido no se iba a morir…

El joven se incorpora un poco, tratando de acomodarse en el asiento. Hace bochorno y ya no queda ni rastro de lluvia. Afuera el paisaje se muestra todavía más desolador que antes. Hasta donde alcanza la vista tan solo pueden contemplarse inmensas extensiones de campos en barbecho o de tierras de sembradura, caminos pedregosos y árboles solitarios, alejados unos de otros como por castigo divino.  

― ¿Dónde estamos?

―Cerca de Albacete ―dice su padre―. Vamos a parar a tomar algo enseguida.

En el área de servicio piden cafés y unos sándwiches. El joven da un par de bocados y sale a fumar. Se sienta en las escaleras de la entrada y enciende un cigarrillo. Está pensando en sus cosas mientras contempla el inmenso vacío que se extiende ante sus ojos. Se siente cansado, física y mentalmente. ¿Qué tal le irán las cosas este verano? «Voy a estar allí un mes. Aquello está lleno de chicas. Muchas son guiris pero otras no. En la playa es más o menos fácil conocer a algunas. A ver si… No sé si estos podrán pillar, tampoco tengo mucho dinero y allí los porros no son gran cosa. Allí va casi todo Madrid, hay que tener cuidado. Puedes ir tan tranquilo por la calle fumándote uno y cruzarte con un vecino o con unos amigos de tus padres que van para la playa con su sombrilla…».

La parada termina y prosiguen el viaje. Sobrepasan la ciudad de Albacete, bordeándola por el noreste, y continúan recorriendo más y más kilómetros de asfalto ardiente y dejando atrás más y más pueblos perdidos en la inmensidad árida, rasa y abrasada de las tierras meseteñas bajomanchegas: Chinchilla de Montearagón, Villar de Chinchilla, Bonete, Almansa…

Recorren un largo trecho en paralelo a la frontera de Castilla-La Mancha con la Comunidad Valenciana y finalmente entran en la provincia de Alicante un poco antes de El Morrón. El paisaje ha ido transformándose paulatinamente, de un modo muy sutil, conservando ciertos rasgos y modificando otros, cediendo lo llano en pos de lo escarpado, y lo agostado en favor de lo verdoso.

Poco antes de Elche se desvían hacia la AP-7. La continua presencia de palmeras anuncia la proximidad del destino y el joven experimenta un latigazo de inquietud, una sensación que se repite desde la infancia y que puede rastrear hasta los lugares más remotos de su memoria. A la altura de Benijófar, toman el desvío hacia la CV-905, la cual, penetrando entre dos lagunas saladas, rosa y cobriza una, verde y oscura la otra, los lleva finalmente hasta la ciudad más poblada de la Vega Baja del Segura.


21/1/21

Ligar mal - Pólvora en salvas IV

Hacía frío aquella tarde en la Glorieta del Pintor Sorolla. Mis amigos se retrasaban y yo no dejaba de mirar hacia el interior de una cafetería situada junto a la boca del metro. Tras sus cristaleras podía ver grupitos de gente con tazas de café entre las manos, parejitas compartiendo porciones de tarta de chocolate o jóvenes abstraídos con sus teléfonos móviles y sus bebidas humeantes. Todos parecían tan felices en aquella especie de paraíso lleno de estanterías con pan recién hecho y mostradores rebosantes de bollitos, roscones, galletas…

“Llegamos tarde, nos hemos confundido de línea” me dijeron mis amigos. Yo sentí un escalofrío, escondí aún más la cabeza entre los hombros y volví a pasear la mirada por el interior de la cafetería. En un momento dado me di cuenta de que una camarera me miraba con extrañeza. Era rubita y mona, o al menos así reconstruía mi cerebro la parte de su rostro oculta por la mascarilla. Tras un instante de ensimismamiento, me puse a caminar de un lado a otro, como llevaba haciendo desde hacía un cuarto de hora. Cuando estimé que me encontraba a pocos pasos de la hipotermia, decidí entrar al establecimiento para esperar a mis amigos conservando la vida

Me senté a una mesa y enseguida me atendió la rubita. Le pedí un café y cuando me lo trajo me dijo que le había extrañado verme ahí fuera tanto tiempo. Yo le expliqué que mis amigos llegaban tarde, que me estaba muriendo de frío y que andaba valorando si seguir fuera o entrar a esperarles. Intercambiamos algunas palabras más y después la pizpireta camarera regresó a sus quehaceres. 

No es que un servidor tenga una imagen muy elevada de sí mismo, pero me pareció percibir cierta química. He escuchado mucho eso de que a las mujeres les gustan los hombres decididos y con capacidad para asumir riesgos pero también eso de que las mujeres están cansadas de recibir propuestas afectivas todo el rato. Ante mensajes tan contradictorios uno no sabe muy bien qué hacer. ¿Y si solo está siendo amable y la molesto? ¿Y si es el amor de mi vida y no digo nada por no molestar? Al final, simplemente por los valores en que has sido educado, tiendes a evitar causar molestias a las señoritas, igual que tiendes también a evitar causar molestias a los vecinos dando golpes a las cuatro de la mañana. La cuestión es que andas desentrenado entre la timidez, el civismo, la pereza y la pandemia, y cuando por fin te decides a actuar... pues acabas comportándote como un papanatas.

Y es que, tratando de dar con una solución equilibrada, se me ocurrió apuntar mi teléfono en un trozo de papel y dejárselo en el platito del cambio. De ese modo estaría dando un primer paso pero sin generar ninguna situación incómoda. Todo estaba preparado pero cuando llegó el momento de pagar descubrí que había que hacerlo en caja. Es decir, no había platito del cambio. Para colmo, ni siquiera me cobró ella. Improvisadamente, decidí dejarlo en el platito del café y, ya en el exterior, mis amigos me comentaron que, primero, tal vez nadie prestase atención a ese papelito y, segundo, tal vez lo viesen pero ¿por qué narices iban a suponer que era del tipo extraño para la camarera rubita? 

Como era de esperar, jamás recibí ninguna llamada, aunque siempre me quedará la duda de si la rubita no vio el papel o si lo vio pero no supo que era para ella, o si supuso que era para ella pero no de quién venía, o si dedujo toda la verdad pero resultó que la química que yo había percibido tan solo tuvo lugar dentro de mi cerebro. No sé si se me escapa alguna otra posibilidad. Probablemente sí. 

Constancia, discreción, independencia - Pólvora en salvas III

Recuerdo la primera vez que leí a Gonzalo Calcedo. Yo caminaba hacia el trabajo y en mis manos tenía el volumen undécimo de la colección Noche de relatos, editada por la cadena de hoteles NH. Allí estaba Donde vivimos, un cuento que me dejó perplejo desde las primeras líneas. Era yo por entonces un joven lector que andaba obsesionado con los singulares relatos de Raymond Carver y por eso me sorprendió tanto encontrar en aquellas páginas una prosa similar a la del célebre escritor estadounidense, aunque envuelta en un estilo más lírico y elegante. Como ya me había leído todos los libros de Carver, consideré que ese autor español, ese tal Gonzalo Calcedo, podría convertirse en un digno sustituto

Desde entonces he leído una buena parte de sus libros y no he dejado de seguir su trayectoria, alegrándome sinceramente cada vez que gana un concurso o publica una nueva novela o volumen de relatos. De hecho, este año he podido trabajar sobre uno de sus cuentos, El prisionero de la avenida Lexington, en la asignatura Narrativa española actual, y confío en que mi trabajo de fin de máster trate sobre su obra completa o sobre alguno de sus libros. Sin embargo, no pretendo hablar ahora de las virtudes de su literatura sino, más bien, elogiar su actitud ante la vida

Y es que, desde que publicó su primer libro en 1996, Gonzalo Calcedo no ha dejado de hacer lo que más le gusta: escribir historias breves deudoras de la tradición cuentística estadounidense pero con un reconocible estilo propio. Es posible que hubiese alcanzado mayores éxitos comerciales de haberse plegado a las exigencias del mercado editorial pero es que parece que nuestro autor no considera que el dinero sea lo más importante del mundo. Ni el dinero ni la fama, pues no utiliza redes sociales, no tiene una página web, no busca polémicas ni notoriedad. Si publica un libro y alguien quiere entrevistarle, amablemente atiende a los medios, pero él no los persigue. No le hace falta. Gonzalo Calcedo trabaja y publica. Sin presumir ni aparentar. No lo necesita. Diecinueve libros en veinticinco años de carrera avalan su destreza, su valía como escritor. Tres libros con Tusquets, cuatro con Menos Cuarto y una gran parte del resto publicados gracias a concursos, a victorias en importantes concursos decididos por personalidades como Manuel Caballero Bonald, Ignacio Martínez de Pisón, Antonio Muñoz Molina, Santos Sanz Villanueva… ¿Riqueza? ¿Renombre? ¿Sometimiento? Por favor... ¿Quién necesita ese tipo de cosas teniendo constancia, discreción e independencia?

19/1/21

Territorio hostil - Pólvora en salvas II

Últimamente las obligaciones académicas me han empujado fuera de mi zona de confort, la cual se encuentra densamente poblada por novelas hispanoamericanas del boom, por los clásicos españoles de entre finales del siglo XV y mediados del XX y, en menor medida, por clásicos grecolatinos, cuentos de Gonzalo Calcedo y algún que otro ensayo sobre economía, historia o crítica literaria. Abandonar la comodidad de estos territorios ha implicado para mí tener que leer a varios autores que nunca me habían llamado la atención, como Javier Cercas, Almudena Grandes o Lucía Etxebarria. No tengo intención de analizar aquí las obras de estos novelistas, tan solo quiero hacer referencia a un aspecto que me ha llamado mucho la atención y que es la frecuencia con que tan consagrados autores cometen impropiedades léxicas gravísimas, lo cual tampoco deja en muy buen lugar a los revisores de las editoriales que permiten que semejantes atropellos lleguen a imprenta incluso en terceras ediciones.   

Así, cuando un obrero le dice a la protagonista de Amor, curiosidad, prozac y dudas, que es normal que su novio la haya dejado (la típica situación entre usuarios del transporte público), la joven piensa: «El obrero sonríe, complacido ante el golpe bajo que sabe que acababa de *atestarme». El verbo que la autora buscaba era, evidentemente, asestar, no atestar. Puede que sea una errata y no una impropiedad léxica, ya que ambos vocablos se diferencian tan solo en una consonante, pero si tenemos en cuenta que la joven protagonista es filóloga y que no duda en tachar de burra a una mujer que se equivoca poniendo acentos, igual Etxebarria podría haberse esmerado un poco más a la hora de elaborar el discurso de su personaje, máxime cuando ignora que la construcción deber de + infinitivo solo puede implicar suposición y nunca obligación: «la empresa no podía pagarte más porque el dinero que debía *de pagarte por tu trabajo…».

Por su parte, Almudena Grandes, en la sobrevaloradísima Las edades de Lulú escribe no sé qué de un papá que después de meterle a no sé quién un chino por el culo le va a atacar con la polla (todo el libro rebosa elegancia y lirismo) con el objetivo de «resarcirse siquiera mínimamente de los irreparables daños que has *infringido a su pradera». En fin, aquí el verbo que buscaba la autora era infligir, no infringir. Que sí, que un fallo lo puede tener cualquiera, pero es que años después de que esta impropiedad léxica saliese de imprenta, pude ver a la autora en una entrevista para televisión, muy altiva y campanuda amonestando al gremio periodístico por cometer frecuentemente el error de escribir incierto con el significado de ‘falso’. Efectivamente, incierto no significa ‘falso’, sino ‘dudoso’, del mismo modo que infringir no significa ‘causar daño’ sino ‘quebrantar leyes’, así que a ver si antes de ir dando lecciones nos aplicamos un poco el cuento

Por último, quería hablar de Javier Cercas. A raíz de tener que hacer un trabajo sobre Soldados de Salamina, (en mi opinión también bastante sobrevalorada aunque de una calidad muy superior a las otras dos novelas que he mencionado), anduve estudiando algunos de sus ensayos sobre literatura y me encontré con esto: «en los siglos XVII y XVIII, a España la novela se le escapa *literalmente de las manos». No, hombre, no. ¿Cómo va a suceder eso? Para que semejante evento tuviese lugar de forma literal, España tendría que tener manos y, además, la idea de novela habría de materializarse y huir entre las manos físicas de España durante los siglos XVII y XVIII. A España, en todo caso, se le escaparía la novela de las manos en sentido metafórico y metonímico. Es decir, que los escritores españoles, según Javier Cercas, no supieron escribir grandes novelas después del Quijote. Eso fue lo que, en todo caso, sucedió de forma literal. Si le añades a tu afirmación el adverbio literalmente entonces significa que lo que has dicho no admite una lectura figurada, sino que hay que entenderla tal cual la has expresado.

En definitiva, debo reconocer que entiendo la horrible fama que arrastra eso de abandonar la zona de confort. Al fin y al cabo, cuando uno traspasa sus límites, no dejan de *atestarle golpes e *infringirle daños, *literalmente. 



18/1/21

Gimnasia literaria - Pólvora en salvas I

Esta semana, he sabido que don Francisco Umbral escribió aproximadamente un artículo al día durante sus cincuenta años de carrera. A veces descansaba en los meses de agosto, pero estas pausas se veían compensadas por el hecho de que en muchas ocasiones redactaba dos o tres artículos diarios. Si asumiésemos que escribió, por decir una cifra redonda, trescientos artículos al año, tendríamos que nuestro prolífico autor pudo entregar a los medios unos 15.000 artículos, una cantidad monstruosa, difícil de imaginar (máxime si tenemos en cuenta que, además, llegó a publicar unos cien libros) y que irremediablemente nos lleva a preguntarnos: ¿pero cómo consiguió este hombre escribir tanto?.

La respuesta es más sencilla de lo que parece: dedicando su vida a la literatura. Si pensamos fríamente en cincuenta años escribiendo unas cuarenta horas semanales, lo más probable es que las cuentas empiecen a cuadrar. 

La cuestión es que para Umbral los artículos eran, no solo literatura en sí mismos, sino una forma de entrenamiento, un modo de desarrollar músculo literario de cara a enfrentarse a retos mayores como la redacción de Mortal y rosa o Leyenda del César visionario, equivalentes a verdaderos campeonatos deportivos, por seguir con esta manida metáfora. 

La verdad es que todo esto me ha resultado muy inspirador y creo que puede ser un gran sistema para curtirse. El artículo parece un formato sencillo de encarar en el día a día, en el que uno puede soltar lo que se le pase por la cabeza sin tener que darle demasiadas vueltas y donde se pueden ir ensayando diferentes enfoques prosísticos, unos más líricos, otros más satíricos, algunos, tal vez, hasta profundos e inteligentes. 

Lógicamente, yo no voy a poder llevar el ritmo de Umbral, ni mucho menos aspirar a acercarme al nivel de su prosa sublime, pero sí que pretendo probar el método e ir escribiendo todos los artículos que pueda. Por ahora, aquí queda este. A ver si logro un poco de constancia y dentro de no mucho  tiempo puedo presentarme ante ustedes para hablar de mi libro.  



28/12/20

Analgésicos

Un insoportable dolor de cabeza obligó a Mateo a marcharse de la oficina aquella mañana. Caminaba por la avenida principal arrastrando su malestar como un lastre de gruesas cadenas oxidadas. Le consolaba pensar que en pocos minutos llegaría a casa y podría tomarse algo fuerte para intentar dormir hasta que todo volviese a la normalidad. 

Fue a la altura de la tienda de los Amber cuando, como alertado por una señal invisible, giró la cabeza hacia el otro lado de la calle y vio a su hija Clara con otras tres adolescentes. Una de ellas era Linda, la mejor amiga de Clara desde hacía años. A las otras dos no las conocía, pero no le gustaron. Parecían malas influencias. Insolentes, altaneras, frívolas y un sinfín de adjetivos similares revolotearon por su cabeza como polillas encerradas en un tarro de cristal. Su hija lo vio justo cuando le pasaban un cigarrillo. Se quedó boquiabierta mientras él la observaba perplejo y los coches corrían de un lado a otro quebrando intermitentemente el flujo de miradas. Entonces Clara, sin apartar la vista de su padre, se llevó el cigarrillo a los labios, dio una profunda calada y expulsó el humo con fuerza y hacia delante, como si quisiera atravesar toda la calle y llegar hasta él. Las demás chicas se dieron cuenta de la situación y empezaron a marcharse de allí, llevándose a Clara cogida de la mano. Mateo apretó los puños y sitió cómo su malestar se vivificaba hasta extremos lacerantes. 

Cuando despertó de la siesta, el dolor se había sosegado notablemente aunque seguía encontrándose muy lejos de un estado físico apacible. Se acercó al ventanal del dormitorio. El cielo estaba cubierto de nubes densas, lúgubres y acechantes. Apoyó la frente en el vidrio helado y el contacto le resultó agradable, balsámico. A lo lejos, empezaron a sonar truenos. Sentía su vibración en la cabeza además de escuchar su impetuoso rugir. Poco después, la tormenta dio comienzo y las primeras gotas de lluvia vinieron a estrellarse contra el cristal delante de sus ojos. 

Mateo salió al pasillo y bajó al primer piso. Todo estaba prácticamente a oscuras. Se conformó con la desanimada luz de las farolas recién encendidas para llegar hasta la cocina sin sufrir inoportunos tropiezos. Una vez allí, preparó una taza de leche caliente acompañada de otro par de analgésicos. Amanda, su mujer, no parecía estar en casa. ¿Qué compromiso la mantendría ocupada aquella tarde? ¿Clases de yoga? ¿Taller de escritura creativa? ¿Reunión de arpías al calor de los martinis y la cháchara hueca y envenenada? Quién podría saberlo… Clara debía de estar en su cuarto, aunque en ese momento no podía tener certeza de ello. También se suponía que por la mañana tendría que haber estado en clase... Desde allí no se escuchaba un solo ruido, aparte de aquellos provocados por la tormenta o por el deambular de algún vehículo solitario. Quizás estaba solo en casa. ¿Tenía Clara actividades después del instituto? Era posible. De más pequeña estuvo asistiendo a clases de dibujo. No lo hacía demasiado bien pero a ella le entusiasmaba llenar folios y más folios con extrañas criaturas repletas de cuernos, ojos y brazos armados con hachas o espadas. Todo aquello había quedado atrás hacía muchos años. Su hija ahora tendría otros intereses, pero él no estaba muy seguro de cuáles podrían ser. Le asqueaba recordar la escena de la mañana. ¿Es que era eso lo que le interesaba a Clara ahora? ¿Hacer novillos, empezar a fracasar en el instituto, destrozar su salud? ¿Qué se creía esa niña? Apenas acababa de cumplir catorce años y ya pensaba que sabía más que nadie. ¿Por qué eran así los chicos de hoy? La idea de tener que ir a echarle la charla hacía que se sintiese hundido. Él no solía meterse demasiado en los asuntos de su hija ni mucho menos en los de su mujer, y hasta entonces todo parecía haber marchado de un modo aceptable. En cualquier caso, resultaba evidente que esta vez no podía quedarse al margen. Tenía que tomar cartas en el asunto. 

Se encontraba sumido en estas reflexiones cuando escuchó a Clara abrir la puerta de su habitación y dirigirse al cuarto de baño. Sintió una penetrante punzada de inseguridad y decidió batirse en retirada. Al día siguiente, razonó, se encontraría en mejores condiciones para tener unas palabras con su hija. Subió de nuevo al dormitorio, se tumbó en la cama y enseguida empezó a quedarse dormido mientras los analgésicos aliviaban su dolor al compás del letárgico repiqueteo de la lluvia sobre su vivienda. 

Por la mañana se encontraba mucho mejor. Ya no llovía, quizás desde hacía horas, pero los cielos aún se mostraban grises. De todas formas, telefoneó a la oficina para informar de que no podía ni moverse de la cama. El mundo no iba dejar de girar porque él se tomase un respiro extra. 

Bajó a la cocina y se encontró con su mujer, que ya estaba vestida y pintarrajeada como si fuese a un desfile. 

―Vaya, se me había olvidado que tengo un marido ―dijo ella sin apartar los ojos de una revista de moda y belleza―. Hay café recién hecho, si quieres. 

―Ayer me dolía mucho la cabeza y me fui pronto a dormir. De hecho, tuve que marcharme de la oficina ―explicó mientras se servía café. 

―Si yo lo dejase todo cada vez que me duele la cabeza, no sé qué iba a ser de nosotros ―dijo Amanda. Tomó un trago de café mirando a su marido por encima del borde de la taza y volvió a depositar su atención en la revista. 

―Escucha. Ayer por la mañana sorprendí a la niña haciendo novillos con Linda y otras dos pelandruscas. 

―No me digas. 

―Por si fuera poco estaban fumando. Estaban ahí las cuatro plantadas en medio de la avenida principal, fumando como busconas. Y en horario de clase. ―Empezó a caminar por la cocina con la taza de café en la mano―. ¿Quién se ha creído esa niñata? ¿Tan pronto piensa empezar a tirar su vida a la basura?

―Vaya, como mínimo te habrán nominado al premio al mejor padre del siglo. 

―Me da igual que te rías de mí, bien lo sabes. Pero esto es muy serio. No podemos dejar que se salga con la suya. 

Amanda apartó la revista y la taza e irguió su postura, como hacía siempre que se disponía a dejarle en evidencia. 

―Muy bien, cariño. Tienes toda la razón. Deberías ir ahora mismo a hablar con ella. Está en su cuarto, terminando de prepararse para ir al instituto. Pero antes, es mejor que sepas una cosa.

―¿El qué?

―Ayer tu hija no estaba haciendo novillos. Su profesor los había mandado a todos a casa. Un chico de su clase se ha suicidado. Era el chico que le gustaba, por cierto. No saben por qué lo hizo. Al parecer su familia no tenía grandes problemas. Con estas cosas nunca se sabe. 

―Joder…

―Venga, es el momento de que vayas a hablar con tu hija. Pero olvídate de ese cigarrillo, al menos por un tiempo. Ahora eso no tiene ninguna importancia. 

Mateo salió de la cocina y dirigió sus pasos lánguidamente hacia la habitación de Clara. La puerta estaba cerrada. Del otro lado llegaba el monótono murmullo del secador de pelo. Mateo elevó el puño para llamar con los nudillos, pero al instante lo dejó caer, se dio la vuelta y subió al dormitorio. 

Parecía que el dolor de cabeza volvía a hacer de las suyas.