Oh, Jacy,
Jacy Bragasflojas,
con tu uniforme del trabajo,
blanco, apretado,
marcando el contorno de
tus maravillosas tetas.
Oh, Jacy,
Jacy Bragasflojas,
con tu gorrito de papel
sobre tu melena rubia
(que una vez alcancé a oler
por los pasillos del instituto).
Oh, mi adorable Jacy,
la más bonita del barrio,
atendiendo a los clientes
en la heladería de tu padre
mientras te observo
desde la ventana
del baño de mi casa
y me pajeo
mirando tus tetas y
tu pecosa
cara de princesa.
Jacy, amor mío,
únicamente follas con los chicos
mayores del barrio
(como Kuczynski el tuerto
y su pandilla de gilipollas).
A mí me miras con desprecio
sólo porque soy
tres años menor que tú.
Pero… ¿Sabes qué, amor mío?
Pronto empezaré a trabajar
para el señor Caruso.
Moveré su caballo entre los yonkis
del otro lado del río
y ganaré dinero, seré respetado
y me haré un nombre en el barrio.
Vestiré con estilo
y tú me verás con otros ojos
y una noche alquilaré una habitación
en el viejo motel
y por fin te follaré
y la luz de la luna
entrará por la ventana
iluminando nuestros cuerpos desnudos
y sudorosos.
10/7/13
5/6/13
Seis meses
Aquella tarde recibí a un cliente en mi despacho. El tipo quería contratarme para investigar a su mujer, pues sospechaba que tenía un amante desde hacía meses.
—Sé que esta zorra me engaña— me dijo mientras deslizaba una fotografía sobre mi mesa.
Observé unos segundos la instantánea y le dije que me pondría a trabajar de inmediato. El tipo se marchó y yo me quedé recostado en la silla, reflexionando.
Es probable que nunca se haya resuelto un caso en menos tiempo. Y es que, en cuanto vi la cara de mi novia en aquella foto, supe que mi cliente no era el único que llevaba meses siendo engañado.
El problema ahora es tratar de explicárselo sin que intente partirme la cara.
NOTA 1: Esta historia forma parte de mi libro PULSACIONES, 99 MICRORRELATOS DE INFARTO. Puedes descargar una muestra gratuita pinchando en este enlace.
NOTA 2: Esta historia resultó ganadora del 4º Certamen Picapedreros de Poesía, Guion y Microrrelato.
21/5/13
Bocadillo de aire comprimido en Fa semitendinoso
Los
tentáculos retráctiles del ascensor
rezuman
una niebla
esponjosa
y cuneiforme. Varias
ecuaciones
totalitarias anacronizan su
interior,
estigmatizando
plomo
por
las
pesadillas.
Resquebrajantes
insolvencias mendigan
un
remilgo en sepia taciturno
a pesar
del frío añejo
e
historiador
de
las
entretelas errantes.
A día
de hoy
las
baldías introspecciones
acostumbran
a desarmar
ficciones
de mermelada.
Este
ambiente centrípeto
facilita
que un
noble amanecer, el
último tormento
de la guerra
ignífuga
se
enamore,
extraterrestremente,
de
sus
propios
designios.
14/5/13
Desechos humanos
Rob 'el sifilítico' subió cojeando a lo alto de un promontorio de basura cercano a su chabola. Con el gesto altivo de un viejo general, echó un vistazo a la abrupta extensión del vertedero, que llegaba casi hasta el horizonte desde el sur al noroeste. A su espalda, a unos diez kilómetros, se levantaba la ruinosa ciudad de Oprobium, desde donde llegaba el inconfundible sonido de una cruenta batalla. Justo encima de la urbe, una tormenta química teñía el cielo nocturno de púrpura con cada relámpago y empujaba hacia el vertedero un viento corrosivo que se combinaba con el tóxico hedor de los residuos, generando un ambiente inmundo y peligroso para la vida.
Rob, ajeno a la guerra, a la tormenta y a todo lo que aconteciera más allá de sus dominios, cayó en la cuenta de que los muchachos estaban tardando mucho en volver de la excursión a Los Barrios. Esperaba que no hubieran tenido problemas con la policía o con alguna banda rival. Él ya no podía acompañarles debido a su mal estado, pero los muchachos le profesaban admiración y respeto y nunca permitirían que le faltase de nada.
Miró al suelo y descubrió un trozo de rata muerta. «Hoy va a ser un buen día, lo presiento», pensó mientras roía los pequeños huesos. Lo hizo con tanta ansia que se le desprendió un diente. Se lo sacó de la boca y lo observó con resignación. Era un canino amarillento manchado de sangre y trocitos de carne de rata. «Joder, ya casi no me quedan», pensó.
En esas estaba cuando escuchó el claxon del viejo Land Cruiser de la pandilla. Tiró al suelo el diente y los huesecillos y bajó lo más rápido que pudo a reunirse con los muchachos, que acababan de aparcar en una especie de rotonda.
—¡Rob! ¡Eh, Rob! —gritó Jean Luc 'el tísico' bajándose del coche al tiempo que lo hacían Tomás 'el leproso' y Juan 'la plaga'— ¡Chico, traemos una sorpresa!— y siguió tocando el claxon sin parar para que todo el mundo se acercase.
Poco a poco se fue formando un círculo de individuos con las caras expectantes, mugrientos, famélicos, vestidos con harapos y portando rudimentarias armas en sus cinturones, como palos, tirachinas y cuchillos.
Tomás y Juan se dirigieron a la parte de atrás del coche y abrieron el maletero. Del interior sacaron a un joven de aspecto inerme y lo arrojaron al suelo. Tendría unos veinticinco años. Maniatado, lleno moratones, llevando por única vestimenta una camiseta que no alcanzaba a cubrir sus genitales, gritaba todo el tiempo cosas como:
—¡Por favor, no me hagan daño! ¿Y los Derechos Humanos, eh? ¿Qué pasa con los Derechos Humanos?
Rob se acercó hasta él y le dio un bofetón que lo hizo callar.
—Eso aquí no existe, pequeño —dijo—. Aquí no hay Derechos Humanos. Aquí en todo caso hay… ¡Desechos humanos! ¡Ja, ja, ja!
Y todos los demás empezaron a reír y a gritar como enfermos mentales.
Rob, ajeno a la guerra, a la tormenta y a todo lo que aconteciera más allá de sus dominios, cayó en la cuenta de que los muchachos estaban tardando mucho en volver de la excursión a Los Barrios. Esperaba que no hubieran tenido problemas con la policía o con alguna banda rival. Él ya no podía acompañarles debido a su mal estado, pero los muchachos le profesaban admiración y respeto y nunca permitirían que le faltase de nada.
Miró al suelo y descubrió un trozo de rata muerta. «Hoy va a ser un buen día, lo presiento», pensó mientras roía los pequeños huesos. Lo hizo con tanta ansia que se le desprendió un diente. Se lo sacó de la boca y lo observó con resignación. Era un canino amarillento manchado de sangre y trocitos de carne de rata. «Joder, ya casi no me quedan», pensó.
En esas estaba cuando escuchó el claxon del viejo Land Cruiser de la pandilla. Tiró al suelo el diente y los huesecillos y bajó lo más rápido que pudo a reunirse con los muchachos, que acababan de aparcar en una especie de rotonda.
—¡Rob! ¡Eh, Rob! —gritó Jean Luc 'el tísico' bajándose del coche al tiempo que lo hacían Tomás 'el leproso' y Juan 'la plaga'— ¡Chico, traemos una sorpresa!— y siguió tocando el claxon sin parar para que todo el mundo se acercase.
Poco a poco se fue formando un círculo de individuos con las caras expectantes, mugrientos, famélicos, vestidos con harapos y portando rudimentarias armas en sus cinturones, como palos, tirachinas y cuchillos.
Tomás y Juan se dirigieron a la parte de atrás del coche y abrieron el maletero. Del interior sacaron a un joven de aspecto inerme y lo arrojaron al suelo. Tendría unos veinticinco años. Maniatado, lleno moratones, llevando por única vestimenta una camiseta que no alcanzaba a cubrir sus genitales, gritaba todo el tiempo cosas como:
—¡Por favor, no me hagan daño! ¿Y los Derechos Humanos, eh? ¿Qué pasa con los Derechos Humanos?
Rob se acercó hasta él y le dio un bofetón que lo hizo callar.
—Eso aquí no existe, pequeño —dijo—. Aquí no hay Derechos Humanos. Aquí en todo caso hay… ¡Desechos humanos! ¡Ja, ja, ja!
Y todos los demás empezaron a reír y a gritar como enfermos mentales.
Esta historia forma parte de mi libro PULSACIONES, 99 MICRORRELATOS DE INFARTO. Puedes comprarlo en este enlace.
Reseña de Homo Plus. Frederick Pohl. 1976
Hace poco terminé de leer Homo Plus, novela
con la que Frederick Pohl ganó el premio Nébula en 1976. La historia es
divertida y original y tiene un final impactante e inesperado por partida
doble. Sus personajes son reales, muy humanos y sus diálogos totalmente
verosímiles. Es una obra absolutamente recomendable.
Roger Torraway es un afamado astronauta que
vive una existencia perfecta junto a su mujer hasta que se ve obligado a
convertirse en el eje central del Proyecto Homo Plus, cuyo objetivo es salvar a
la humanidad por medio de la colonización de Marte. Así pues el protagonista es
convertido en una especie de grotesco superhéroe, en parte humano en parte
máquina, que viajará al planeta rojo para establecer una colonia que asegure la
supervivencia del ser humano.
Frederick Pohl es uno de los
mejores escritores de ciencia ficción de todos los tiempos y lo ha demostrado
con obras como Pórtico, Mercaderes del Espacio o ésta de la que estoy
escribiendo la primera reseña de mi vida. Sus obras siempre están cargadas de
humor, de ironía y de crítica social y política y todo ello con una
considerable corrección científica, o al menos lo bastante buena como para
parecer creíble.
Como pequeña pega, por poner alguna a esta
obra genial, resulta gracioso ver situaciones ambientadas en el futuro en las
que no se consigue localizar a un personaje desaparecido ya que no existen los teléfonos
móviles, pero la ciencia es tan avanzada como para convertir a una persona en un ser que
se desenvuelve ágilmente sobre la superficie de Marte sin ayuda de traje espacial. Pero claro, es muy fácil
criticar estos detalles con la perspectiva que ofrecen 37 años de avance
tecnológico.
7/5/13
Esto tampoco
Aquella mañana empecé a ver las cosas de otro modo. No me refiero a cosas como el sentido de la vida o la búsqueda de la felicidad. Tampoco a los sueños, las esperanzas, el amor, la moral, la espiritualidad... no, nada de eso. Me refiero a cosas como los pies. Aquella mañana me fijé en mis pies y no me parecieron normales ¿Por qué tenían que ser así, alargados, huesudos, llenos de dedos de diferentes tamaños...? ¿No sería mejor que estuvieran más centrados y dispusiesen de unas protuberancias a ambos lados de los tobillos? Sé que no es fácil de entender, pero no consigo explicarme mejor.
Con el paso de los días, cada vez más cosas empezaron a resultarme extrañas. Me veía a mí mismo como un gran saco relleno de órganos sanguinolentos y gelatinosos: los pulmones, el corazón, la vesícula... ah, sí, y no nos olvidemos de ese montón de metros de tubo enmarañado por dónde circulan excrementos y que llamamos intestinos ¿Qué diablos era todo eso?
Dormir, comer, ir... en fin, ir al baño, son cosas que hago porque de ello depende mi vida, pero cada vez las comprendo menos. Es decir, entiendo cuál es la función de cada uno de estos actos, pero me siento extraño llevándolos a cabo. En cierto modo me siento... ridículo.
He empezado a bajar a la calle por las noches. Camino hasta un parque, enciendo un cigarrillo y me pongo a contemplar el cielo. Mis ojos se quedan clavados en un punto concreto del firmamento, en una zona en la que no parece haber nada más que un oscuro vacío; y es entonces cuando dejo de sentirme extraño. Sé que parece una tontería, pero algo me dice que mi lugar se encuentra allí.
Después de un rato doy una última calada, lanzo la colilla y observo cómo el humo se va deshilachando en el aire hasta desaparecer... Creo que voy a dejar el tabaco. Esto tampoco me parece normal.
Con el paso de los días, cada vez más cosas empezaron a resultarme extrañas. Me veía a mí mismo como un gran saco relleno de órganos sanguinolentos y gelatinosos: los pulmones, el corazón, la vesícula... ah, sí, y no nos olvidemos de ese montón de metros de tubo enmarañado por dónde circulan excrementos y que llamamos intestinos ¿Qué diablos era todo eso?
Dormir, comer, ir... en fin, ir al baño, son cosas que hago porque de ello depende mi vida, pero cada vez las comprendo menos. Es decir, entiendo cuál es la función de cada uno de estos actos, pero me siento extraño llevándolos a cabo. En cierto modo me siento... ridículo.
He empezado a bajar a la calle por las noches. Camino hasta un parque, enciendo un cigarrillo y me pongo a contemplar el cielo. Mis ojos se quedan clavados en un punto concreto del firmamento, en una zona en la que no parece haber nada más que un oscuro vacío; y es entonces cuando dejo de sentirme extraño. Sé que parece una tontería, pero algo me dice que mi lugar se encuentra allí.
Después de un rato doy una última calada, lanzo la colilla y observo cómo el humo se va deshilachando en el aire hasta desaparecer... Creo que voy a dejar el tabaco. Esto tampoco me parece normal.
Esta historia forma parte de mi libro PULSACIONES, 99 MICRORRELATOS DE INFARTO. Puedes comprarlo en este enlace.
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