30/5/16

Primer capítulo de "Gestión del fracaso, una novela"

Este es el primer capítulo de mi primera novela, Gestión del fracaso. La escribí hace mucho y desde entonces he cambiado bastante en mi forma de escribir, en mis gustos literarios e, incluso, en mis ideas sociopoliticoeconomicomorales, y, aunque hoy en día le cambiaría muchas cosas o, directamente, no llegaría a escribirla, no voy a renegar de ella pues es una parte muy importante de mi desarrollo como escritor. Sea como fuere, si te gusta el primer capítulo y te apetece leer el resto, puedes comprarla pinchando aquí.


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Voy a empezar por aquella tarde: Robert y yo estábamos en mi casa pinchándonos. No había nada interesante que ver en la tele, ni tampoco nada nuevo que hacer o que pensar. No éramos unos tipos especialmente felices ni agradables ni divertidos, pero se nos daba muy bien estar tirados en el suelo dejando que el tiempo se fuese yendo a la mierda poco a poco. A veces conocíamos a algunas chicas, las invitábamos a beber o a fumar y nos acostábamos con ellas, aunque esto no ocurría con excesiva frecuencia.

La cuestión es que estábamos allí, mirando el techo, sintiendo cómo el cuelgue de heroína iba esfumándose, cuando apareció Ann pegando gritos.

―Me he cruzado con un gordo ―dijo. Nos echó un vistazo y añadió: ―Era un gordo enorme, como de ciento diez kilos. En una mano llevaba un muslo de pollo que le goteaba sobre la camiseta, y, en la otra, un libro de Nietzsche. Creo que era “Así habló Zaratustra”, porque en la portada se veía a una especie de vagabundo. El tipo iba leyendo y comiendo por la calle, ¿vale? Pues va el cabrón y me llama coñito tierno. ¡El muy hijo de puta! Lo que quiero decir es que si la gente que lee a Nietzsche empieza a comportarse así, ¿hasta dónde vamos a llegar?

―¿Te has hecho una copia de mis llaves? ―pregunté.

Ann fue a la cocina y volvió con tres cervezas. Nos dio una a cada uno, abrió la suya y se sentó en el sofá.

―Me pone cachonda veros colocados ―dijo.

Me gustaba que Ann fuese nuestra amiga. Era increíblemente guarra y divertida. La conocí en un concierto indie-pop. A mí esa música me parece una mierda, simplemente me había colado allí para ver si podía robarle la cartera a alguno de aquellos hippies. Ella me pilló metiendo mano en un bolso y me dijo que si le daba la mitad del dinero no se chivaría. Le dije que vale y al final acabamos follando detrás de unos cubos de basura.

A Robert lo conocí unos años después. Por aquel entonces no era más que un niño pijo e inocente que se había perdido por mi barrio. Un macarra estaba pateándole la cabeza en un callejón y yo me acerqué sigilosamente y le metí a aquel hijo de puta dos puñaladas en el culo. El cabrón salió corriendo como una rata y yo me llevé a Robert al hospital. Estaba tan agradecido que me ofreció dinero. Por supuesto, yo acepté encantado. Pensé que me iba a dar cien o doscientos dólares con los que pillarme el ciego del siglo, pero imagínense mi sorpresa cuando me explicó que cada mes me entregaría lo necesario para pagar mi alquiler y mi alimentación durante el resto de mi vida.

―No te preocupes ―me dijo―. Mis padres son multimillonarios.

Al parecer sus viejos tenían una cadena de hoteles de lujo. Eran originarios de Londres, pero se habían mudado a no sé qué país del Golfo Pérsico. A Robert lo habían mandado a Estados Unidos a estudiar ingeniería aeroespacial y cada mes le ingresaban miles y miles de dólares para sus gastos.

―No sé ni qué hacer con tanto dinero ―me comentó.

Robert resultó ser un tipo muy simpático. Me recordaba un poco a Paul McCartney de joven, ya saben, con esa cara de pardillo tan británica. Nos hicimos amigos enseguida y empezó a probar todas las mierdas que pasaban por mis manos, se enganchó a la mayor parte de ellas y acabó dejando los estudios. No les dijo nada a sus padres así que éstos continuaron enviándole toneladas de dinero. No se preocupaban nada por su hijo. Eran los padres perfectos.

―¿Os da miedo el terrorismo? ―preguntó Ann, y empezó a contarnos algo que había leído en una revista. Yo me quedé dormido.

Cuando desperté, me sentía como si me hubiesen metido agua en el cerebro. Miré a mi alrededor y vi a Robert comiéndole el coño a Ann allí mismo, en mi sofá. Ella gemía y suspiraba; hacía uh, uhh, uhhhhh, y daba caladas al cigarrillo y pequeños sorbos a la lata de cerveza, como si estuviese bebiendo champagne. Robert se pajeaba mientras lamía el precioso coño de Ann. Entre las babas y el flujo vaginal me estaban poniendo el sofá perdido, pero no me importaba. Las bragas de Ann eran de un bonito color rosa pálido. No se las había quitado, sólo las tenía desplazadas hacia un lado; Robert las sujetaba con la mano que le quedaba libre.

Estuve observándolos unos minutos y la verdad es que me empalmé, pero en el fondo no tenía ganas de sexo, así que me fui a la calle. Se me acercó un mendigo con la intención de venderme mecheros. Le compré uno de Hello Kitty, pero no funcionaba. Me pareció buena idea invitarle a beber.

Nos metimos en un bar. Yo pedí un gin-tonic y él un whisky con hielo. El hombrecillo olía realmente mal y nadie se nos acercaba, lo cual me pareció fantástico. Le invité a cinco o seis copas más mientras me contaba buenas historias sobre cosas que hacía por las noches en el cementerio. Luego dijo que se tenía que ir y le di diez dólares. Me dijo que tendría que haber más gente como yo en la ciudad y le respondí que seguramente tenía toda la razón del mundo.

Cuando llegué a casa, Robert y Ann ya se habían marchado. Habían recogido las latas de cerveza vacías e incluso parecía que hubiesen limpiado el sofá. Estaba oscureciendo. Me preparé un pico y justo antes de metérmelo pensé que ya iba siendo hora de plantearme la posibilidad de dejarlo. Me dije a mí mismo que sí, que lo pensaría y, entonces, me lo metí.

Cuando se me pasó el cuelgue me puse a escribir a Putra y Lestari, unos niños indonesios que tenía apadrinados. Eran hermanos. Tenían cara de buenas personas. Me puse a contarles mi opinión sobre una película de serie B que había visto la semana anterior. Trataba sobre unos extraterrestres con forma de yogur de fresa que hacían que la gente se enganchase a comerlos y no quisiese llevarse a la boca otra cosa que aquella mierda intergaláctica. Cuando acabé, introduje la carta en un sobre junto con un billete de veinte dólares. Me di cuenta de que ya era tarde para ir a la oficina de correos, así que me preparé otro pico, me tomé un par de Xanax y me fui a dormir sin sentirme especialmente dichoso ni desgraciado.

16/4/16

Las diez mejores canciones de la historia

No soy un experto en música ni en ninguna otra cosa, sólo soy un pobre diablo que intenta escribir algo decente de vez en cuando. En cualquier caso, hay un puñado de canciones que siempre me hacen vibrar por dentro, que me traen buenos recuerdos o que nunca me canso de oír y me apetece compartirlas con vosotros. Esta lista no tiene ninguna pretensión especial. Se han compuesto millones de canciones y yo no habré escuchado ni el 0,1%. No pasa nada, estoy seguro de que las canciones de mi lista son las mejores de la historia para mí y apostaría a que, si ninguna te gusta, es porque no entiendes mucho de música, quizá menos que yo, y ya es decir. Quisiera aclarar que he intentado hacer una lista un poco original, porque la originalidad es una de las cosas buenas de este mundo; así, por ejemplo, aunque Yesterday me parece el mejor tema de los Beatles, no lo he incluido porque sería demasiado típico, igual que sería típico meter Hey Jude o Let it be. Si te animas, puedes poner tus diez canciones favoritas en los comentarios.


Desesperación - Kike Tormenta/Todo o nada




Hoppipolla - Sigur Ros




Every day every night - Russian Red




Fake plastic trees - Radiohead




Moon river - Henry Mancini y Johnny Mercer




Pale blue eyes - The velvet underground




Then He Kissed Me - The Crystals




My back pages - Bob Dylan




Here comes the sun - The Beatles




Minerva - Deftones







7/4/16

Los diez mejores relatos de Charles Bukowski

Quiero invitarte a leer este artículo en mi nuevo blog, VERBA LATENTIA, donde se ofrece un diseño mucho más agradable y profesional. 

Si lo prefieres, también puedes disfrutar de este artículo en vídeo o símplemente escucharlo como un podcast: 



El primer libro de Charles Bukowski que leí fue un conjunto de relatos titulado Se busca una mujer (en este artículo lo sitúo como una de las lecturas más trascendentales de mi vida). Desde entonces, han pasado por mis manos otras 17 obras del mítico escritor maldito estadounidense y, aunque me encantan sus novelas y disfruto mucho de gran parte de su poesía, sigo sintiendo una predilección especial y nostálgica por sus relatos. 

Algunos de ellos fueron dejando en mí una huella mayor que otros gracias principalmente a su adictivo sentido del humor y, un buen día, me dio por pensar en cuáles podrían considerarse mis favoritos. De aquella reflexión surgió la siguiente lista, mi lista personal de los diez mejores relatos de Charles Bukowski. De cada uno de ellos iré ofreciendo un comentario lo bastante breve como para no aburriros y lo bastante largo como para animaros a leerlos. Eso sí, no cometáis el mismo error que yo cometí durante un tiempo, no tratéis de imitar a Charles Bukowski.

ALGO ACERCA DE UNA BANDERA DEL VIETCONG

Título original: Something About a Viet Cong Flag.
Publicación original: en el libro South of No North: Stories of the Buried Life (1973).
Publicación en España: en el libro Se busca una mujer (1979).

Dos de los rasgos que más me gustan de la literatura de Bukowski son, por un lado, la libertad que manifiesta al escribir sin pensar en lo políticamente correcto o en la sensibilidades que puedan acabar heridas y, por otro, su capacidad para plantear situaciones insólitas. Precisamente este relato es un buen ejemplo de ambas características. En él conocemos a Red, un personaje rudo, sin escrúpulos ni moral y al mismo tiempo completamente libre, en el sentido más salvaje de la palabra. Su camino se cruzará con el de tres hippies, dos chicos y una chica, que acaban de bajarse en mitad del desierto del mismo tren que él. Este relato, a mi parecer, constituye una desgarradora crítica, no a los tipos como Red, a los que todo el mundo evidentemente desprecia, sino a los jóvenes débiles, cobardes e hipócritas como los otros dos personajes masculinos de esta historia impactante, mordaz y desoladora de la que se podría decir muchísimo más en otro contexto. Podéis acceder a una mala traducción de Google en este enlace, pero si queréis leer el relato en condiciones, podréis encontrarlo en el libro Se busca una mujer, y si lo compráis por aquí en e-book o por aquí en papel estaréis apoyando mi trabajo, porque Amazon me dará una pequeña comisión.


ANIMALES HASTA EN LA SOPA

Título original: Animal Crackers In My Soup.
Publicación original: en el libro Erections, Ejaculations, Exhibitions and General Tales of Ordinary Madness (1972).
Publicación en España: en el libro La máquina de follar (1974).

Lo más fascinante de este relato es su originalidad, incluso dentro de la propia obra narrativa bukowskiana. Y es que en esta historia, nuestro escritor maldito, sin abandonar su estilo habitual (es decir, protagonista alter ego, esta vez llamado Gordon, reflexiones existencialistas, bellas descripciones, trama en torno al alcohol y el sexo...) logra ofrecernos una portentosa síntesis de tres grandes géneros literarios como son el humor, la fantasía y la ciencia-ficción (incluso podríamos incluir un cuarto, el género romántico, pues asistimos aquí a una auténtica historia de amor que acaba incluso en boda y procreación). El relato empieza del modo más prosaico y anodino y termina de la manera más sublime e inesperada que puedas imaginar. Prefiero no seguir hablando para no destriparos ni un ápice de esta pequeña joya. Podéis leerlo en el siguiente enlace pero si preferís disfrutarlo en libro y queréis echarme una mano, lo podéis comprar aquí en e-book y aquí en papel

CAMUS

Título original: Camus.
Publicación original: en el libro Septuagenarian Stew: Stories & Poems (1990).
Publicación en España: en el libro Hijo de Satanás (1993).

En este divertidísimo cuento encontramos reflexiones filosóficas, análisis sociológico, alcohol, violencia, bellas jovencitas e, incluso, un poco de crítica literaria. Conocemos aquí a otro alter ego de Bukowski, que en esta ocasión tampoco se llama Henry Chinaski (nombre más habitual entre sus protagonistas) sino Larry Jansen, un viejo profesor de literatura moderna que llega tarde y resacoso a clase, que se pelea a golpes con los alumnos y que recibe propuestas sexuales a cambio de sobresalientes por parte de las alumnas. Es una genialidad, uno de esos relatos breves y característicos de Bukowski en los que el principio podría ser el final y el final podría ser el principio. No lo encuentro por internet, tendréis que comprar Hijo de Satanás en este enlace.

EL DIABLO ESTABA CALIENTE

Título original: The Devil Was Hot.
Publicación original: en el libro South of No North: Stories of the Buried Life (1973).
Publicación en España: en el libro Se busca una mujer (1979).

Nos encontramos aquí ante otro desternillante relato bukowskiano que aúna elementos sobrenaturales y realismo sucio. A través del protagonista, alter ego del autor cuyo nombre en esta ocasión no se menciona, Hank se se reivindica como hijo del demonio, ya que este, personaje principal de la historia, no deja de llamarle hijo mío y se dice además que sus debilidades son las mismas que las del narrador, es decir, el alcohol y las mujeres. Relato loquísimo donde los haya, podéis leerlo en este enlace pero yo de vosotros compraría el libro Se busca una mujer

QUINCE CENTÍMETROS

Título original: Six inches.
Publicación original: en el libro Erections, Ejaculations, Exhibitions and General Tales of Ordinary Madness (1972).
Publicación en España: en el libro Erecciones, eyaculaciones, exhibiciones (1973).

Comentaba que el relato anterior era loquísimo pero, Dios, Dios mío, Quince centímetros es algo fuera de lo común. Probablemente inspirado en el film o en la novela El increíble hombre menguante, esta estrambótica historia, además de mucho esparcimiento, nos ofrece una valiosa lección de vida gracias a su protagonista, el cual nunca se rinde ante las adversidades, por muy profundas que sean (leed y entenderéis a qué me refiero con esto último). Podéis leerlo aquí pero siempre será mejor comprar el libro Erecciones, eyaculaciones, exhibiciones aquí en e-book o aquí en papel.




HIJO DE SATANÁS

Título original: Son of Satan.
Publicación original: en el libro Septuagenarian Stew: Stories & Poems (1990).
Publicación en España: en el libro Hijo de Satanás (1993).

Sin duda es uno de los relatos más brutales que he leído, y no lo digo solo porque me parezca muy bueno, sino por sus elevadas dosis de violencia e insensibilidad. En él vemos a un alter ego innominado de nuestro autor de solo once años de edad que, junto a otros dos compinches, llevan a cabo un crudelísimo abuso contra un cuarto muchacho del barrio. Las consecuencias para el joven protagonista no resultarán mucho menos extremas y dolorosas, ya que tendrá que enfrentarse a la ira desatada de su padre. Sin duda una historia que, una vez pasado el mal trago, puede invitar al debate sobre los orígenes de la violencia: ¿naturaleza y genes? ¿educación y cultura? ¿todo? ¿nada? Juzgad vosotros mismos. Podéis leerlo en este enlace o comprar el libro del mismo título en este otro.

LA VENGANZA DE LOS MALDITOS

Título original: Vengeance of the damned.
Publicación original: en el libro Septuagenarian Stew: Stories & Poems (1990).
Publicación en España: en el libro Hijo de Satanás (1993).

Nos encontramos ante otra interesantísima pieza bukowskiana en la que nuestro autor vuelve a plantear una situación extremadamente insólita, la cual aprovecha para llevar a cabo una despiadada sátira contra la sociedad de su tiempo, toda repleta de delirantes dosis de humor. En esta historia Tom y Max dos vagabundos, deciden utilizar una masa de menesterosos para llevar a cabo sus planes, aunque al final las cosas no salen del todo como esperaban. Podéis disfrutar de esta locura en el siguiente enlace, aunque siempre será mejor tener el libro Hijo de Satanás, que se puede comprar aquí.

UN LINDO ASUNTO DE AMOR

Título original: A Lovely Love Affair.
Publicación original: en el libro Erections, Ejaculations, Exhibitions and General Tales of Ordinary Madness (1972).
Publicación en España: en el libro La máquina de follar (1974).

Acompañaremos ahora a Charley Perkin, otro alter ego de Bukowski, que recibe ayuda de una mujer de unos 120 kilos de la que acaba enamorándose o con la que al menos tiene uno de los mejores encuentros sexuales de su vida. Nuestro protagonista se ve obligado a tomar una decisión muy compleja: quedarse con su amada disfrutando de un sinfín de comodidades o emprender la huida para seguir siendo él mismo. Si queréis saber qué camino tomará este buen hombre, podréis leerlo aquí o comprar el increíble libro La máquina de follar.

SE BUSCA UNA MUJER

Título original: Loneliness.
Publicación original: en el libro South of No North: Stories of the Buried Life (1973).
Publicación en España: en el libro Se busca una mujer (1979).

Este relato posee dos particularidades que lo hacen estar en esta lista a pesar de que quizá realmente no sea uno de los mejores cuentos de Hank. Uno es que está protagonizado por una mujer, lo cual lo convierte en rara avis dentro de la narrativa breve bukowskiana; y dos, que fue lo primero que leí de nuestro autor y, por tanto, me dejó una huella imborrable. La trama consiste en que Edna, una inocente mujer, decide acudir a una cita derivada de un letrero que ve en un coche. El desenlace lógicamente no resulta maravilloso, aunque tampoco tan malo como podría haber sido. Podéis leerlo leerlo aquí o comprar Se busca una mujer.

TRÁEME TU AMOR

Título original: Bring me your love.
Publicación original: en el libro ilustrado Bring me your love (1983).
Publicación en España: en el libro ilustrado Traeme tu amor y otros relatos.

Emotivo relato en el que vemos a una mujer enloquecida que quizá no esté tan loca proferir curiosos insultos a su marido, quien ha acudido a visitarla al psiquiátrico. Entre otras cosas le llama follaputas y cabeza de pescado. El aludido aguanta estoicamente las agresiones verbales de su mujer y, más tarde, una inoportuna llamada. Asistimos de nuevo a uno de esos maravillosos finales abiertos que podrían ser perfectamente comienzos en los que Hank era, a mi modo de ver, un maestro. Podéis leerlo aquí pero existe un precioso libro ilustrado que puede comprarse en este enlace.



OTROS LIBROS DE RELATOS DE CHARLES BUKOWSKI

1/2/16

Campo de batalla

Pelea contra lo inevitable,
contra ti mismo,
contra el paso de los minutos
y la mala suerte.

Pelea contra todo aquello
que te hace parecer débil.

Pelea, déjate la piel y el alma.

Sigue lanzando puñetazos al aire
aunque sientas que
en cualquier momento
se te vayan a caer los brazos.

Pelea, muchacho,
tienes que seguir haciéndolo,
aunque nadie
pueda explicarte el motivo.

Pelea, joder, pelea.

Esto es la puta vida y, sí,
se parece mucho
a un campo de batalla.

NOTA: Este texto pertenece a mi poemario Lo peor. Puedes comprarlo aquí en e-book y aquí en papel para apoyar mi trabajo.


6/1/16

Lo mejor que he visto y leído en 2015


Este año ha sido un poco flojo y sólo he leído 56 libros y visto 85 películas. Supongo que he estado ocupado haciendo otras cosas como perder el tiempo en las redes sociales, escribir, cocinar o dejar que la maldad de algunos seres humanos me amargue la existencia. Sea como fuere, aquí van las obras que más he disfrutado en este año tan neurótico y desconcertante. 

Si os apetece, podéis ver también las de 2013 y 2014.

Libros


Películas


11/11/15

Fragmentos sublimes de Literatura Universal

A veces estamos leyendo un libro y de repente nos vemos sumergidos en un pasaje que nos deja sobrecogidos. Entonces no nos queda más remedio que volver atrás y leerlo de nuevo, quizás varias veces, hechizados por su belleza, por el placer estético que nos proporciona. Analizamos el pasaje, su estilo, su léxico, su modo de crear arte con el lenguaje y por fin entendemos que solo un gran maestro es capaz de engendrar semejantes maravillas. 

Aquí van unos cuantos fragmentos de este tipo con los que me he ido encontrando a lo largo de los años (artículo en construcción permanente).

EL LOBO ESTEPARIO. Hermann Hesse

Con fingida alegría me puse a trotar sobre el asfalto de las calles, húmedo por la niebla. Las luces de los faroles, lacrimosas y empeñadas, miraban a través de la blanda opacidad y absorbían del suelo mojado los difusos reflejos. Mis años olvidados de la juventud se me representaron; cuánto me gustaban entonces aquellas noches turbias y sombrías de fines de otoño y del invierno; cuán ávido y embriagado aspiraba entonces el ambiente de soledad y melancolía, correteando hasta media noche por la naturaleza hostil y sin hojas, embutido en el gabán y bajo lluvia y tormenta, solo ya en aquella época también, pero lleno de profunda complacencia y de versos, que después en mi alcoba escribía a la luz de la vela y sentado sobre el borde de la cama. Ahora ya esto había pasado, este cáliz había sido apurado, y ya no me lo volverían a llenar. ¿Habría que lamentarlo? No. No había que lamentar nada de lo pasado. Era de lamentar lo de ahora, lo de hoy, todas estas horas y días que yo iba perdiendo, que yo en mi soledad iba sufriendo, que ya no traían ni dones agradables ni conmociones profundas.



AQUÍ EMPIEZA NUESTRA HISTORIA. Tobias Wolff

El cielo se estaba poniendo de un color violeta sobrenatural. Tenía un aspecto húmedo y plomizo, y también daba la sensación de pesado; colgaba bajo y lo estremecían ruidos sordos y pequeños destellos en la distancia. Sólo estar sentado allí hacía sudar a Hooper. Más allá del cuerpo de guardia corría un río de coches por la carretera hacia Tacoma. Desde el club de oficiales, que estaba más arriba de la carretera, llegaba el sonido sordo de música rock, que casi se perdía como casi todos los demás sonidos del atardecer, entre el cricrí de los grillos que se alzaba por todas partes y espesaba el aire como el calor

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LA CHICA QUE LEÍA EL VIEJO Y EL MAR. Gonzalo Calcedo

Leopold suspiró. La perdía. No volvería a verla y cuando viajase a la Riviera Maya con su Elke al lado, la echaría de menos. Lo supo en ese momento, justo unos minutos antes de que su pequeña Roma ardiese por los cuatro costados. Levantó una mano como si pretendiese retenerla a través del tiempo -velos de lujuriosa historia que acentuaban su insignificancia-  y ella le lanzó un beso. Él lo atrapó al vuelo y, apretando el puño, lo estrelló contra su corazón.

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GUERRA Y PAZ. León Tolstoi

Nikolái Rostov se volvió como buscando algo y miró a lo lejos, a las aguas del Danubio, al cielo y al sol. ¡Qué hermoso era el cielo tan azul, tan sereno, tan profundo! ¡Qué radiante y majestuoso el sol en el ocaso! ¡Y qué tersa y cristalina brillaba el agua en el lejano Danubio! Y le parecieron aún más hermosos los montes azulados en la lejanía, al otro lado del río, el monasterio, los misteriosos desfiladeros y los pinares cubiertos de niebla… Todo era allí paz y felicidad… «Nada desearía, absolutamente nada  si estuviese allí —pensó Rostov—. Dentro de mí y en ese sol hay tanta felicidad y aquí… gemidos, sufrimientos, miedo, incertidumbre, prisas… De nuevo gritan algo, otra vez se vuelven todos corriendo… y yo corro como ellos y ella… la muerte está cerca, me rodea… Un instante más y ya no veré este sol, esas aguas, esos desfiladeros…». En aquel momento el sol empezó a esconderse tras las nubes, aparecieron delante de él otras camillas. Y el miedo a la muerte y a las camillas y el amor al sol y a la vida, todo se confundió en una sola y turbadora impresión de inquietud.

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GRAN SOL. Ignacio Aldecoa

De golpe, en la línea de popa, emergió el copo. La cabeza de la red quedó flotando. De un blancor metálico, ancha y redonda, era como una gigante gota de azoque movilizándose por la iracunda pelea de las aguas negras. Simón Orozco no perdía de vista el copo. Tras la florafauna: matas, cardúmenes, colonias; tras la florafauna aparecieron los discos cenicientos de las rayas, las pintarrojas oceladas cambiando el reciente color crema de la sacada por una rosa fuerte al compás de una larga agonía, las sulas largas, albas, como de aluminio, las blandas langostas de coral enzarzadas en una pesadilla combatiente con las mallas del arte… Se vertía la red sobre cubierta trayendo los primeros, diminutos, boquiabiertos rapes, ajados sus apéndices de pesca. Se vertía la red con los escualos de gatunos ojos: mielgas de aguijones en las aletas dorsales y caudales, pequeños tolles de duros dientes, pequeñas fieras de las aguas, que sobre cubierta vidriaban los hermosos ojos de furia impotente. Con ellos la serpenteante presencia de los congrios, el equívoco formal de ojitos y lenguados, la suprarreal creación del pez rata, incisivos de roedor, pelo o escama, larga cola barbada, coloración gris, grandes ojos, verdes o azules, de animal asustado. Las redes de arrastre vuelcan el quinto día de la creación del mundo sobre la cubierta de los barcos pesqueros.

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LOS HIJOS MUERTOS. Ana María Matute

Allí estaban los débiles, los impotentes, los ignorantes, los ciegos, los jorobados, los sentimentales, los tristes, los pobres de espíritu, sin derecho a la vida. Allí estaban los ratones, los topos. Los olvidados. Los imposibles, los culpables. Con los zapatos rotos, sin esperanza, sin puertas, sin ventanas, sin promesas ni pasado. Los que sobran. Los que no sirven para trabajar. Los que no saben medrar, los que han caído. «No puede ser: no hay sitio para todos». Miraba el mar, negro y confundido con la oscuridad del cielo. Miraba el mar, y veía titilar las luces, allá lejos, y presentía, otras luces, en toda la ciudad, encendida y bullente, a aquella hora. «Tiempo de seguridad, de fe». La gran fuerza, la confianza, empujándole a través del hambre, de la apatía, de la desesperanza de los otros, de la amoralidad o la indiferencia de los otros, empujándole a través de la injusticia, de la impiedad, el egoísmo, el conformismo, el pillaje, el fatalismo.

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MALA HIERBA. Pío Baroja

Temblaban las luces mortecinas de los distanciados faroles de ambos lados de la carretera. Se entreveían en el campo, en el aire turbio y amarillento como un cristal esmerilado, sobre la tierra sin color, casacas bajas, estacadas negras, altos palos torcidos de telégrafos, lejanos y oscuros terraplenes por donde corría la línea del tren. Algunas tabernuchas, iluminadas por un quinqué de luz lánguida, estaban abiertas... Luego ya, a la claridad opaca del amanecer, fue apareciendo a la derecha el ancho tejado plomizo de la estación del Mediodía, húmedo de rocío; enfrente, la mole del Hospital General, de un color ictérico; a la izquierda, el campo yermo, las eras inciertas, pardas, que se alargaban hasta fundirse en las colinas onduladas del horizonte bajo el cielo húmedo y gris, en la enorme desolación de los alrededores madrileños...

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NIEBLA. Miguel de Unamuno

Oyóse un ligero rumor, como de paloma que arranca en vuelo, un ¡ah!, breve y seco, y los ojos de Eugenia, en un rostro todo frescor de vida y sobre un cuerpo que no parecía pesar sobre el suelo, dieron como una nueva y misteriosa luz espiritual a la escena. Y Augusto se sintió tranquilo, enormemente tranquilo, clavado a su asiento y como si fuese una planta nacida en él, como algo vegetal, olvidado de sí, absorto en la misteriosa luz espiritual que de aquellos ojos irradiaba.

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LAS NINFAS. Francisco Umbral

Pero ya la carretera no era tan larga, y la visión geográfica de mi vida, con montes y valles, con ríos y nubes, con cielos y caminos, era, al fin y al cabo, la única visión que podía tener de ella y de mí mismo, pues a medida que el tiempo se nos pierde y huye, se va trocando en geografía, y no es verdad que no deje nada, el paso del tiempo, sino que nos deja unos paisajes, unos lugares, unos colores y unas luces que son el cuajarón de ese pasar, de ese tiempo que creemos perdido, paisajes y lugares, colores y luces que antes no teníamos, porque los leíamos de otra forma o ni siquiera los leíamos. El tiempo, sí, se transmuta en geografía, y lo que perdemos en tiempo lo ganamos en espacio, y las horas perdidas de la infancia están ahí, en las copas de los árboles, y quizá son esos hilos de plata, de luz, que brillan de rama a rama, de hoja a hoja, porque en esos árboles, en esa arboleda cuaja algo que entonces no había, y ahora somos más dueños de todo, ya que todo nos habla, nos enriquece y nos habita. 

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EN UNA NOCHE OSCURA SALÍ DE MI CASA SOSEGADA. Peter Handke

El mal olor en el establo de casa. La leche que la vaca loca echó en el estiércol. La madre muerta por una coz que el caballo le dio en el pecho. En el cine de pueblo, las chispas de la estufa de serrín esparciéndose por la pantalla. Mirar por debajo de las faldas de las profesoras. Jugar a la rayuela en los embudos abiertos por las bombas. Estirarse en la cama y rozarse con las ortigas que el padre ha puesto allí, al pie de ella. El vecino que delante de la puerta de la casa pisotea a su propio hijo. Dormir como recluta en el campo de maíz. Las chispas de los cantos de los esquíes esparciéndose por la imagen de la televisión. El hermano desaparecido en el Canadá. El primer amor, casada con un santo del Séptimo Día. La nieve del Japón comparada con la de Sudamérica. La pierna rota en el slalom gigante de la Puerta Nocturna. El padre que hace ya mucho que ha muerto. La hermana que hace mucho que ha muerto. Las chispas de miles de cascos de caballos esparciéndose por el cementerio. La mano del último amor cambiando las cerraduras del piso. Sin rascar más la curva. No vender la medalla sin más. Dejarme caer. Pero hasta ahora encontrar siempre el camino a casa. Y las chispas, en la oscuridad, esparcidas por la pantalla. Y en el crepúsculo de verano, sentarse con los murciélagos. Y como casa, o como hogar, no tener en la mente ni el pueblo ni la casa, sino el camino a través de los campos.

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ÁGATA OJO DE GATO. José Manuel Caballero Bonald

Al igual que entonces en Zapalejos, todo volvía a contagiarse por aquellos contornos de una deletérea emanación de vísceras calientes y líquidos excrementicios. Como en el cruento ritual ofrecido a alguna deidad vigente aún en aquella marismeña encrucijada de mitologías, la victimaría, con los brazos chorreantes y el cuchillo fulgiendo de cuajarones, se instalaba en una especie de ara sexual del sacrificio, entre una morbosa saturación de hedores a entrañas y a regustos de acoplamientos carnales. Y algo no muy distinto perturbaba a Manuela cuando tenía que ahogar a los ánsares y garcetas, metiéndolos en un tinajón de agua hirviente y, aún notándoles el espasmo de la asfixia por los entresijos del cuello, los desnudaba con presteza cuidando de lo quebrar los tibios cañoncillos de las plumas, reunidas luego en haces de lujosa policromía. 

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LA VOLUNTAD. José Martínez Ruiz, Azorín

Hace una tarde gris, monótona. Cae una lluvia menuda, incesante, interminable. Las calles están desiertas. De cuando en cuando suenan pasos precipitados sobre la acera, y pasa un labriego envuelto en una manta. Y las horas transcurren lentas, eternas…
Yuste y Azorín no han podido esta tarde dar su paseo acostumbrado. En el despacho del maestro, hablan a intervalos, y en las largas pausas escuchan el regurgitar de las canales y el ruido intercadente de las goteras… Una hora suena a lo lejos en campanadas imperceptibles; se oye el grito largo, modulado, de un vendedor.
Azorín observa:
—Es raro como estos gritos parecen lamentos, súplicas… melopeas extrañas…
Y Yuste replica:
—Observa esto: los gritos de las grandes ciudades, de Madrid, son rápidos, secos, sin relumbres de idealidad… Los de provincias aún son artísticos, largos, plañideros… tiernos, melancólicos… Y es que en las grandes ciudades no se tiene tiempo, se quiere aprovechar el minuto, se vive febrilmente… y esta pequeña obra de arte, como toda obra de arte, exige tiempo… y el tiempo que un vendedor pierda en ella, puede emplearlo en otra cosa…

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12 REGLAS PARA VIVIR. Jordan Peterson

Con nuevos ánimos, con más fuerza puede que decidas abrazar el Ser y hacer lo posible para que se desarrolle y mejore. Con más fuerza puede que seas capaz de aguantar de pie, incluso durante la enfermedad de un ser querido, incluso tras la muerte de un familiar, y dejar que los demás se apoyen en tu fuerza cuando de lo contrario se hundirían en la desesperación. Con nuevos ánimos, te embarcarás en el viaje de tu vida, brillarás como desde una colina celestial e irás tras el destino que te corresponde. Puede que entonces el significado que posea tu vida baste para mantener a raya la peligrosa influencia de la desesperación existencial.
Y puede que entonces aceptes la terrible carga del mundo y que sientas alegría.

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EL AMOR, LAS MUJERES Y LA MUERTE. Arthur Schopenhauer

Sentado esto, si se observa el papel importante que representa el amor en todos sus grados y en todos sus matices, no sólo en las comedias y novelas, sino también en el mundo real, donde, junto con el amor a la vida, es el más poderoso y el más activo de todos los resortes; si se piensa en que de continuo ocupa las fuerzas de la parte más joven de la humanidad; que es el fin último de casi todo esfuerzo humano; que tiene una influencia perturbadora sobre los más importantes negocios; que interrumpe a todas horas las ocupaciones más serias; que a veces hace cometer tonterías a los más grandes ingenios; que no tiene escrúpulos en lanzar sus frivolidades a través de las negociaciones diplomáticas y de los trabajos de los sabios; que tiene maña para deslizar sus dulces esquelas y sus mechoncitos de cabellos hasta en las carteras de los ministros y los manuscritos de los filósofos, lo cual no le impide ser a diario el promovedor de los asuntos más malos y embrollados; que rompe las relaciones más preciosas, quiebra los vínculos más sólidos y elige por víctimas ya la vida o la salud, ya la riqueza, la alcurnia o la felicidad; que hace del hombre honrado un hombre sin honor, del fiel un traidor, y que parece ser así como un demonio que se esfuerza en trastornarlo todo, en embrollarlo todo, en destruirlo todo, entonces estamos prontos a exclamar: ¿Por qué tanto ruido? ¿Por qué esos esfuerzos, esos arrebatos, esas ansiedades y esa miseria?

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POR QUIÉN DOBLAN LAS CAMPANAS. Ernest Hemingway

Y hubo entonces el olor de la jara aplastada y la aspereza de los tallos quebrados debajo de la cabeza de María, y el sol brillando en sus ojos entornados. Toda su vida recordaría él la curva de su cuello, con la cabeza hundida entre las hierbas, y sus labios, que apenas se movían, y el temblor de sus pestañas, con los ojos cerrados al sol y al mundo. Y para ella todo fue rojo naranja, rojo dorado, con el sol que le daba en los ojos; y todo, la plenitud, la posesión, la entrega, se tiñó de ese color con una intensidad cegadora. Para él fue un sendero oscuro que no llevaba a ninguna parte, y seguía avanzando sin llevar a ninguna parte, y seguía avanzando más sin llevar a ninguna parte, hacia un sin fin, hacia una nada sin fin, con los codos hundidos en la tierra, hacia la oscuridad sin fin, hacia la nada sin fin, suspendido en el tiempo, avanzando sin saber hacia dónde, una y otra vez, hacia la nada siempre, para volver otra vez a nacer, hacia la nada, hacia la oscuridad, avanzando siempre hasta más allá de lo soportable y ascendiendo hacia arriba, hacia lo alto, cada vez más alto, hacia la nada. Hasta que, de repente, la nada desapareció y el tiempo se quedó inmóvil, se encontraron los dos allí, suspendidos en el tiempo, y sintió que la tierra se movía y se alejaba bajo ellos.

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EL LARGO ADIÓS. Raymond Chandler

Muy lejos subía y bajaba el gemido como de alma en pena de las sirenas de la policía o de los bomberos, que nunca permanecían en silencio mucho tiempo. Veinticuatro horas al día alguien corre y otra persona está intentando alcanzarle. Allí fuera, en la noche entrecruzada por mil delitos, la gente moría, la mutilaban, se hacía cortes con cristales que volaban, era aplastada contra los volantes de los automóviles o bajo sus pesados neumáticos. A la gente la golpeaban, la robaban, la estrangulaban, la violaban y la asesinaban; gente que estaba hambrienta, enferma, aburrida, desesperada por la soledad o el remordimiento o el miedo; airados, crueles, afiebrados, estremecidos por los sollozos. Una ciudad no peor que otras, una ciudad rica y vigorosa y rebosante de orgullo, una ciudad perdida y golpeada y llena de vacío.

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SOBRE LA HISTORIA. Bertrand Russell
 
Año tras año mueren los camaradas, muestran ser vanas las esperanzas, se desvanecen los ideales; la tierra encantada de la juventud queda más lejos, el camino de la vida se hace más tedioso, aumenta el peso del mundo hasta que el trabajo y las penas se hacen casi demasiado pesadas de soportar; la alegría se desvanece en las fatigadas naciones de la tierra, y la tiranía del futuro mina la fuerza vital de los hombres; todo lo que amamos se decolora, en un mundo agonizante. Sin embargo, el pasado, devorando siempre los productos del presente, vive por la muerte universal; firme e irresistiblemente añade nuevos trofeos a su templo silencioso, construido por todas las épocas; allí están enterradas todas las proezas, todas las vidas magníficas, todas las conquistas y fracasos heroicos. Por las orillas del rio de Tiempo, la triste procesión de las generaciones humanas camina lentamente hacia la tumba; en el apacible país del Pasado, la marcha finaliza: ahí se quedan los cansados vagabundos, y todos sus llantos enmudecen.



EL CURIOSO INCIDENTE DEL PERRO A MEDIANOCHE. Mark Hadon

Lo que de verdad pasa cuando te mueres es que tu cerebro deja de funcionar y el cuerpo se pudre, como el de Conejo cuando se murió y lo enterramos al fondo del jardín. Todas sus moléculas se descompusieron en otras moléculas y pasaron a la tierra y se las comieron los gusanos y pasaron a las plantas. Si vamos y cavamos en el mismo sitio al cabo de 10 años, no quedará nada excepto su esqueleto. Y al cabo de 1.000 años, hasta el esqueleto habrá desaparecido. Pero eso está bien, porque ahora forma parte de las flores y del manzano y del matorral de espino.

A veces, cuando las personas se mueren, las ponen en ataúdes, lo que significa que no se mezclan con la tierra durante muchísimo tiempo, hasta que la madera del ataúd se pudre.

Pero a Madre la incineraron. Eso quiere decir que la metieron en un ataúd y lo quemaron y redujeron a cenizas y a humo. Yo no sé qué se hace de las cenizas, no pude preguntarlo en el crematorio porque no fui al funeral. Pero el humo sale por la chimenea y se dispersa en el aire, y a veces levanto la vista al cielo y pienso en que allá arriba hay moléculas de Madre, o en las nubes sobre África o el Antártico, o en forma de lluvia en las selvas de Brasil, o de nieve en alguna parte.

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ASÍ HABLÓ ZARATUSTRA.  Friedrich Nietzsche

¡Oh, sólo vosotros los oscuros, los nocturnos, sacáis calor de lo que brilla! ¡Oh, sólo vosotros bebéis leche y consuelo de las ubres de la luz!
¡Ay, hielo hay a mi alrededor, mi mano se abrasa al tocar lo helado! ¡Ay, en mí hay sed, que desfallece por vuestra sed!
Es de noche: ¡ay, que yo tenga que ser luz! ¡Y sed de lo nocturno! ¡Y soledad!
Es de noche: ahora, cual una fuente, brota de mí mi deseo, – hablar es lo que deseo.
Es de noche: ahora hablan más fuerte todos los surtidores. Y también mi alma es un surtidor.
Es de noche: ahora se despiertan todas las canciones de los amantes. Y también mi alma es la canción de un amante. 

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VIAJE AL FIN DE LA NOCHE. Louis-Ferdinand Céline

Más valía callarse y mirar afuera, por la ventana, los terciopelos grises de la tarde que se apoderaban ya de la avenida de enfrente, casa por casa, primero las más pequeñas y luego las demás, las grandes, y después la gente que se agitaba entre ellas, cada vez más débiles, equívocos y desdibujados, vacilando de una acera a otra antes de ir a hundirse en la obscuridad.

Más lejos, mucho más lejos que las fortificaciones, filas e hileras de lucecitas dispersas por toda la sombra como clavos, para tender el olvido sobre la ciudad, y otras lucecitas más que centelleaban entre ellas, verdes, pestañeaban, rojas, venga barcos y más barcos, toda una escuadra venida allí de todas partes para esperar, trémula, a que se abriesen tras la Torre las enormes puertas de la Noche.



MUJERES. Charles Bukowski

Entré en la cama con ella. La pequeña niña-mujer estaba lista. La atraje hacia mí. La suerte estaba otra vez de mi lado, los dioses me sonreían. Los besos se hicieron más intensos. Puse su mano en mi verga y luego le subí el camisón. Empecé a jugar con su coño. ¿Katherine con un coño? Se erigió el clítoris y lo acaricié con ternura, una y otra vez. Finalmente, la monté. Mi verga entró hasta la mitad. Era muy estrecha. Moví hacia delante y detrás y luego empujé. El resto de mi verga penetró. Era glorioso. Ella me apretó. Me moví y seguía apretado. Traté de controlarme. Cesé las sacudidas y esperé a enfriarme un poco. La besé, abriendo sus labios, chupando su labio superior. Vi su cabellera desparramada por toda la almohada. Entonces desistí de intentar complacerla y simplemente la jodí, poseyéndola viciosamente. Era como un asesinato. No me importaba, mi polla se había vuelto loca. Todo aquel pelo, su cara núbil y hermosa. Era como violar a la Virgen María. Me corrí. Me corrí en su interior, agonizando, sintiendo cómo mi esperma se introducía en su cuerpo. Ella estaba indefensa y yo disparé mi éxtasis al interior último de su ser, cuerpo y alma, una y otra vez...

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FUNDACIÓN E IMPERIO. Isaac Asimov

El bufón sonrió, lo cual aumentó la tristeza de su rostro delgado, y cuando habló lo hizo con las suaves y elaboradas frases de los Sectores Centrales.

—Si utilizara el ingenio que los buenos espíritus me dieron —dijo—, entonces diría que esta dama no puede existir, pues ¿qué hombre en su sano juicio llamaría al sueño realidad? Sin embargo, yo preferiría no ser cuerdo y prestar crédito a mis ojos hechizados.

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UNA APUESTA. Anton Chejov

En vuestros libros he escalado las cimas del Everest y del Mont-Blanc, desde donde he contemplado la salida del sol al alba y su puesta al atardecer, inundando de un oro carmesí el cielo, el océano y la cumbre de las montañas; he visto, por encima de mí, brillar al relámpago rasgando las nubes; he visto los verdes bosques, los campos, los ríos, los lagos, las ciudades… He oído el canto de las sirenas y el caramillo de los pastores; he sentido las alas de prodigiosos demonios que han descendido hasta mí para hablarme de Dios. Con vuestros libros me he arrojado a precipicios sin fondo, he hecho milagros, he matado, he incendiado ciudades, he predicado nuevas religiones, he conquistado reinos enteros… Vuestros libros me han dado la sabiduría. Cuanto el espíritu humano ha sido capaz de crear a través de los siglos está comprimido en mi cerebro. Sé que soy más inteligente que todos vosotros, y desprecio vuestros libros y bienes y toda la sabiduría del mundo… Todo es inútil, vago, engañoso y vano como un espejismo. Y por muy orgullosos que estéis, por muy sabios y hermosos que seáis, la muerte no dejará de borraros de la faz de la tierra como a ratas, y las generaciones de vuestros descendientes, vuestra historia, la inmortalidad de vuestros genios, ¡todo quedará helado o arderá con la tierra entera!



TRÓPICO DE CÁNCER. Henry Miller

Después de ponerse de pie para secarse, mientras seguía hablándome con simpatía, dejó caer la toalla de repente y, avanzando hacia mí despacio, comenzó a restregarse la almeja con cariño, pasándole las manos despacito, acariciándola, dándole palmaditas y palmaditas. Había algo en su elocuencia de aquel momento y en la forma como me metió aquella mata de rosas bajo la nariz que sigue siendo inolvidable; hablaba de ella como si fuese un objeto extraño que hubiera adquirido a alto precio, un objeto cuyo valor había aumentado con el tiempo y que ahora apreciaba como nada del mundo. Sus palabras le infundían una fragancia peculiar; ya no era sólo su órgano privado, sino un tesoro, un tesoro mágico y poderoso, un don divino... y no lo era menos porque comerciara con ella día tras día a cambio de unas monedas. Al echarse en la cama, con las piernas bien abiertas, la apretó con las manos y la acarició un poco más, mientras murmuraba con su ronca y cascada voz que era buena y bonita, un tesoro, un pequeño tesoro. ¡Y lo era, su almejita!

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MEMORIAS DE UN CAZADOR. Iván Turguenev

¡Qué ocupación tan agradable es estar tumbado en el bosque mirando a lo alto! Se diría que contemplamos un mar insondable que se extiende a nuestros pies, que los árboles no nacen de la tierra, sino que descienden como si fueran las raíces de unas plantas colosales, cayendo a plomo en esas límpidas olas de cristal; las hojas tan pronto parecen esmeraldas, reduciendo al trasluz, de cómo se condensan en un verdor dorado, casi negro. En algún lugar, lejos, muy lejos, como remate de una fina rama, se ve una hoja solitaria sobre un retazo azul de cielo transparente, y a su lado se mece otra cuyo movimiento se asemeja al aleteo de los peces, como si fuera voluntario, no debido al viento. Cual fabulosas islas submarinas, flotan en silencio y se alejan en silencio las gruesas nubes blancas; pero, de pronto, todo ese mar, todo ese aire resplandeciente, esas ramas y esas hojas bañadas por el sol empiezan a fluir, se agitan con un destello fugaz y se despierta un fresco y tembloroso susurro que recuerda al incesante chapoteo del oleaje. No nos movemos, nos limitamos a mirar, y no hay palabras para expresar la alegría, la paz, la dulzura que reinan en nuestro corazón. Miramos: ese profundo y puro azul nos arranca una sonrisa de los labios, tan inocente como el propio azul, como las nubes que recorren el cielo, y es como si con ellas, en lenta procesión, pasaran por el alma los recuerdos alegres, y se diría que nuestra mirada se aleja más y más, y nos arrastra hacia ese abismo sereno y fulgurante, y se nos hace imposible apartarnos de esa altura, de esa profundidad…