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Lleva más de veintisiete siglos siendo leída y estudiada, copiada, recitada o impresa, y todavía sigue dando que hablar a los críticos y fascinando a los lectores a lo largo y ancho de este mundo. Es la Ilíada, un monumental poema épico, cima de la literatura universal, compuesto por Homero, autor también de la Odisea. La Ilíada trata sobre Aquiles y la Guerra de Troya, pero no es ni una biografía del mítico héroe ni una crónica del famoso enfrentamiento. A pesar de su título, que hace referencia al nombre de Troya en griego, Ilión, tan solo recoge los acontecimientos que habrían tenido lugar durante cincuenta y un días del último año de la guerra. Ni siquiera aparece en la obra el archiconocido caballo, el cual se menciona de pasada en la Odisea y, con mayor detalle, en la Eneida, de Virgilio.
A pesar de dicha concentración temporal, la obra se encuentra repleta de acción y de belleza y constituye un verdadero monumento literario cuya lectura considero obligatoria para cualquier amante de las bellas letras que se precie, pues supone una experiencia enriquecedora a la par que impactante, por lo muy distinto que resulta el modo de narrar de las epopeyas del empleado en las novelas actuales, a pesar de que estas son hijas de aquellas. No obstante, nada de esto es óbice para que podamos deleitarnos con la sublime expresión homérica hoy en día, y en este artículo he querido traeros diez ejemplos que prueban mis palabras.
Nota: los fragmentos han sido prosificados por comodidad y corresponden a la traducción de Emilio Crespo Güemes.
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| La muerte de Héctor y el triunfo de Aquiles, Antonio Calliano (1813). |
A su vez, el poderoso Agamenón, matando sin descanso, avanzaba con los argivos dando órdenes. Como cuando el voraz fuego prende en un bosque rico en leña, los remolinos de viento lo esparcen por doquier, y los arbustos caen de raíz, devorados con prisa por el ímpetu del fuego, así caían bajo el Atrida Agamenón cabezas de troyanos fugitivos, y muchos caballos, de erguido cuello, castañeteaban los carros vacíos por los puentes de combate, añorantes de sus intachables aurigas, que yacían en tierra, mucho más queridos para los buitres que para sus esposas.
«Mas dejemos en paz lo pasado por mucho que nos aflija y dobleguemos, como es fuerza hacer, el ánimo en el pecho. Ahora iré en busca del matador de esa querida cabeza para mí, en busca de Héctor. Mi parca yo la acogeré gustoso cuando Zeus quiera traérmela y también los demás dioses inmortales. Ni la pujanza de Hércules logró escapar de la parca, aunque fue el mortal más amado del soberano Zeus Cronión, sino que el destino lo doblegó y además la dura saña de Hera. Así también yo, si el destino dispuesto para mí es el mismo, quedaré tendido cuando muera. Mas ahora aspiro a ganar noble gloria y a que más de una troyana o dardánida, de profundo talle, con ambas manos de las suaves mejillas se enjugue las lágrimas y emita entrecortados sollozos, y a que se enteren de que he estado largo tiempo sin combatir. Que tu amor no intente alejarme de la lucha: no me convencerás».

Con estas palabras excitó la furia y el ánimo de cada uno. Como cuando un cazador a los perros, de albos colmillos, azuza en un sitio contra un jabalí bravío o contra un león, así azuzaba contra los saqueos a los magnánimos troyanos Héctor Priámida, émulo de Ares, estrago de mortales.
«¡Querido hermano! Contengamos entre los dos el brío de ese hombre; si no, pronto la gran ciudad del soberano Príamo arrasará, y los troyanos no podrán oponer resistencia en la lid. ¡Ven cuanto antes en mi auxilio! ¡Llena tus cauces del agua de los manantiales! ¡Concita todas tus torrenteras! ¡Levanta tu elevado oleaje! ¡Suscita un enorme tumulto de truenos y de piedras, para poner coto a ese hombre salvaje que ahora triunfa y da muestras de una furia igual a los dioses! Seguro que no le valdrán de nada ni la fuerza ni la galanura ni esas bellas armas, que pronto en lo más hondo de la marisma ya serán enterradas bajo el limo. Y a él mismo lo revolcaré y lo cubriré con las arenas, le echaré encima escombros a millares, y los aqueos no serán capaces ni de recoger sus huesos: tanto será el fango con el que lo cubriré. Ahí mismo tendrá fabricado su túmulo, y ninguna falta le hará un montón de tierra cuando los aqueos le hagan el funeral». Dijo, y atacó a Aquiles, alzándose impetuoso y turbulento, al tiempo que borbotaba espuma sangre y cadáveres.
Primero, con ambrosía la seductora piel lavó de toda inmundicia y se ungió con graso aceite divino y delicado, que estaba ya perfumado para su uso. Solo con agitarlo en la morada, de broncíneo piso, de Zeus, exhaló una fragancia que llegó igual a la tierra y al cielo. Con él se ungió la bella piel, y luego se peinó la melena y la trenzó con sus propias manos en relucientes bucles que pendían, bellos y divinos, de su inmortal cabeza. Se vistió con el delicado vestido que Atenea con maña le había alisado y en el que había bordado muchos primores. Se lo abrochó con áureos imperdibles a los hombros. Se ciñó el cinturón, ajustado con cien flecos, y se puso en los bien perforados lóbulos los pendientes de tres colgantes como moras, que irradiaban brillo encantador. La divina entre las diosas se tocó por encima con un velo bello, recién hecho, de un blanco brillante como el sol. En los lustrosos pies se calzó unas hermosas sandalias.
Aquiles dio un pavoroso gemido, que su augusta madre escuchó sentada en los abismos del mar al lado de su anciano padre y la hizo exhalar un suspiro. Y las diosas se congregaron, todas las nereidas que estaban en el abismo del mar.
Allí estaban Glauca, Talía y Cimódoce, Nesea, Espío, Toa y Halía, de inmensos ojos, Cimótoe, Actea y Limnoría, Mélita, Iera, Anfítoa y Ágava, Doto, Proto, Ferusa y Dinámena, Dexámena, Anfínoma y Calianira, Dóride, Pánopa y la muy ilustre Galatea, Nemertes, Apseudes y Calianasa; allí estaba Clímena, Yanira y Yanasa, Mera, Oritía y Amatea, de hermosos bucles, y las demás nereidas que había en el abismo del mar.
Todas llenaron la clara gruta y, mientras ellas se golpeaban el pecho, Tetis entonó el llanto: «¡Escuchadme, hermanas nereidas, y así todas conocerás bien, si me escucháis, todas las cuitas que hay en mi ánimo! ¡Ay de mí, desdichada! ¡Ay de mí, infeliz madre del mejor! Que después de dar a luz a un hijo intachable y esforzado, el más notable de los héroes, que pronto creció cual retoño —y yo lo crié como a la planta sobre la colina del viñedo y lo envié con las corvas naves hacia Ilión a luchar contra los troyanos, ya no volveré a darle la bienvenida de regreso en casa, dentro de la morada de Peleo. Y mientras dura su vida y contempla la luz del sol, está afligido y ni siquiera puedo ir y socorrerlo. Mas iré, no obstante, a ver a mi hijo y a escuchar de él qué dolor le ha invadido, aun estando apartado del combate».
Aquiles fue recorriendo todas las tiendas, para poner a los mirmidones en alerta con las armas. Éstos cuales lobos carnívoros con las mientes impregnadas de indecible coraje, que tras aniquilar en los montes a un cornudo ciervo enorme lo devoran; a todos se les enrojecen de sangre las mejillas y en manada van a una fuente de negro caudal, para lamer con sus tenues lenguas las negras aguas de la superficie, al tiempo que escupen la sangre de la matanza; en el fondo de su pecho el ánimo es intrépido y su vientre está ahíto.
Entonces fue cuando desplegaron la más atroz porfía del combate Poseidón, de azulada melena, y el esclarecido Héctor, protegiendo éste a los troyanos y aquél a los argivos. El mar se desbordó hacia las tiendas y hacia las naves de los argivos, mientras chocaban con grandes alaridos. Ni el oleaje del mar grita tanto al batir la tierra firme, cuando surge del ponto gracias al siniestro soplo del Bóreas; ni tan grande es el crepitar del ardiente fuego en las cárcavas del monte cuando estalla el incendio del bosque; ni con tanta fuerza ulula por las encinas, de altas copas, el viento, que es lo que brama con más ruido cuando se enfurece, cuanto el vocerío de los troyanos y de los aqueos que se levantó cuando con un espantoso grito se lanzaron unos contra otros.
De ellos, como los copos de nieve caen espesos un día invernal en el que el providente Zeus se levanta dispuesto a nevar para exhibir ante los hombres sus venablos; adormece los vientos y vierte la nieve sin parar hasta cubrir las cimas de las altas montañas, las cúspides de los oteros, los prados ricos de forraje y las fértiles labores de las gentes, además se vierte sobre la canosa costa y en puertos y ensenadas, y sólo el oleaje lo retiene con sus batidas; y todo lo demás queda tapado con una capa cuando el temporal de Zeus arrecia; así de espesas volaban las piedras que hacia ambos lados, unas hacia los troyanos, otras desde los troyanos a los aqueos, se tiraban, y el estrépito subía en toda la extensión del muro.
Todo ocurrió hace un par de semanas. Yo estaba informándome en la Wikipedia sobre el pugilismo patrio cuando vi un subapartado sobre el boxeo en la cultura popular en el que mencionaban la novela La noche. Casualmente yo tenía un ejemplar guardado en el cajón de los libros que vendo por Wallapop, por lo que pensé que podría rescatarla y echarle un ojo. El hecho de que hubiese resultado ganadora del Premio Planeta de 1959 me tiraba un poco para atrás, pero afortunadamente logré sacudirme el polvo de mis prejuicios. Desde entonces vivo obsesionado con Andrés Bosch, hasta el punto de haberme planteado en sueños la posibilidad de hacer un doctorado sobre su obra.
En fin, comencé a leer La noche y a las pocas páginas ya me sentía completamente atrapado por su poderosa fuerza narrativa. En paralelo a la lectura, empecé a buscar información sobre el autor y sus libros, pero curiosamente no encontraba casi nada: una escueta página en Wikipedia donde informan de los datos biográficos esenciales (fecha y lugar de nacimiento y muerte, obras publicadas, premios, poco más); un obituario firmado por Manuel Vázquez Montalbán, donde lo define como un buen escritor que casi nunca estuvo de moda, pidiendo que los críticos digan algo de él; una reseña en una web de boxeo inactiva desde 2013; y, por último, un artículo homenaje en un blog, entre cuyos comentarios figura uno del polémico crítico Manuel García-Viñó, fundador de La fiera literaria, donde califica a Andrés Bosch como el mejor novelista español del siglo XX.
Lógicamente, cuanto más leía, más me extrañaba el silencio de la crítica. En mi ansiosa búsqueda de información, exploré los fondos de la biblioteca de la UNED y los contenidos de Dialnet y de Google Books, pero lo hice en vano. Nadie había publicado ni un miserable artículo sobre Bosch en ninguna revista especializada, ni mucho menos había defendido alguna tesis doctoral. Esto no sería un problema si la causa radicase en el elevadísimo nivel exigido por los críticos y teóricos de la literatura, pero no es así, pues excrementos narrativos como Las edades de Lulú o panfletos ideológicos como Soldados de Salamina han obtenido atención en decenas de publicaciones. Nadie dijo que la vida fuese justa, aunque tampoco dijeron que sería tan cabrona.
El presente homenaje va llegando a su fin, pero puedo asegurar que esta no va a ser la última vez que Andrés Bosch aparezca por aquí, ya que desde mis humildes medios voy a tratar de hacer lo posible por honrar su memoria y otorgarle, al menos, una pequeña parte del reconocimiento que merece.
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| Andrés Bosch junto a Manuel García-Viñó y Carlos Rojas |
Miguel Delibes se hizo un hueco en la historia de nuestras bellas letras principalmente gracias a sus maravillosas novelas, aunque también nos dejó una gran cantidad de textos no ficcionales. Entre ellos, podemos encontrar artículos, ensayos, discursos o conferencias en los que el vallisoletano reflexionó sobre diversos aspectos relacionados con la literatura. La idea central de este libro es que el estudio de dichos textos puede constituir una poderosa herramienta para explorar en profundidad inolvidables obras maestras como El camino, Cinco horas con Mario o Los santos inocentes.
Arte y ciencia de la novela en Miguel Delibes resultará de interés para los amantes de la obra del novelista vallisoletano así como para aquellas personas que se dedican por afición o profesión a la teoría, la crítica o la historia de la literatura. Por otra parte, podrá ser de mucha ayuda para estudiantes universitarios de humanidades que tengan que afrontar la realización de un trabajo de fin de grado o máster.
Tras cuatro años de letargo, retomamos la actividad en el canal de YouTube, y lo hacemos con una nueva aventura, el podcast Verba Latentia, un espacio donde se hablará de teoría y crítica literarias tratando de evitar en la medida de lo posible caer en el sopor.
Para este primer episodio hemos decidido tratar la cuestión de la oscuridad poética, y lo hemos hecho siguiendo un ensayo del profesor José Domínguez Caparros. Por ahora resulta muy complicado comprometerme con ningún tipo de periodicidad pero trataré de publicar nuevos episodios lo antes posible. De hecho, ya tengo pensado el tema de la próxima entrega: las ideas de Miguel Delibes en torno a la inspiración del escritor, una cuestión que trato con cierta profundidad en mi nuevo libro, del que también hablaré dentro de poco.