31/3/17

La sangre de cinco mil corazones rotos

A veces la soledad se me pega
como un amigo insoportable
y salgo al infierno para contemplar
las alambradas de espino,
el decadente deambular de las multitudes
y el vuelo invisible de los pájaros enjaulados.

La angustia existencial me grita al oído,
me escupe palabras tenebrosas
como el crujir de una rama
en mitad del cementerio,
me machaca con un discurso
vacío y altisonante,
pesimista y evidente,
aburrido y aterrador.

Entonces vuelvo a casa
y escribo poemas con la sangre
de cinco mil corazones rotos,
poemas que no servirán para nada,
que no harán palpitar tu pecho,
que no valdrán ni la gota de sudor
que surca mi frente.

NOTA: Este texto pertenece a mi poemario Lo peor. Puedes comprarlo aquí en e-book y aquí en papel para apoyar mi trabajo.

Te invito a ver la versión videopoema de La sangre de cinco mil corazones rotos.



29/3/17

Iliya y Andrei

Alguien de la agencia llamó a Ruth para que fuese a cuidar de unos niños aquella misma tarde. Se dirigió al lugar que le habían indicado y llamó al timbre de una bonita casa de dos plantas. Una señora extranjera algo acalorada abrió la puerta.

―Buenas tardes, cariño. Mucha prisa. Niños, arriba. Iliya y Andrei. Muy buenos. Vuelvo nueve y media. Coges lo que quieras de cocina.

La señora entregó a Ruth una copia de las llaves y un papel con su número de teléfono y se marchó. Ruth subió al segundo piso y buscó la habitación de los niños. Era un cuarto amplio, con una cama, una cuna y muchos juguetes.

―Hola, pequeños ―dijo―. Yo me llamo Ruth. Tú debes ser Iliya y este bebé tan guapo debe ser Andrei.

―Eso no es del todo cierto. Él sí que es Andrei, pero yo no soy Iliya. Yo soy un organismo cibernético de otro planeta. Tengo este aspecto de niña humana para no llamar la atención. Estoy aquí con el objetivo de robar niños para mis amos. Se divierten con ellos. Voy a ahorrarte el trauma de saber lo que les hacen exactamente para divertirse.

«Qué niña más loca» pensó Ruth.

―Al otro niño, el mayor, el llamado Iliya, me lo he llevado hace unos minutos, en cuanto la madre bajó las escaleras. Ahora estoy esperando a que me den la autorización para llevarme a éste a través del micro-agujero de gusano que conecta la habitación con la nave.

Ruth sonrió y dijo:

―Pequeña Iliya, tengo que ir un momentito al baño. Cuando vuelva, jugaremos a los marcianitos o a lo que tú quieras.

Cuando Ruth volvió del servicio no había nadie en la habitación. Miró bajo la cama y dentro del armario.

―Iliya, sal un momento, por favor.

Se puso a buscar por todas partes. Registró cada rincón de los baños, la cocina, el salón, las habitaciones, el desván, el sótano, el garaje…

―¡Iliya, esto no tiene gracia! ¡Voy a decírselo a tu madre! ¡Te castigará durante un mes entero!

Después de media hora, Ruth se sintió mareada. Le empezaron a temblar los labios y las manos. Presa del pánico, decidió llamar a la madre.

―Oiga, tengo un problema. No encuentro a los niños.

―¿Cómo no encuentras?

―Verá, la niña quería jugar a un juego extraño y yo…

―¿Qué niña? ¿Qué hablas?

―La niña... su hija Iliya.

―¡Yo no tengo niña, tengo dos niños! ¡Iliya es mi niño!

―¿Cómo dice?

―¡Yo llamo policía!

Ruth dejó caer el teléfono sobre el entarimado. Sintió que le faltaba el aire y se acercó a la ventana. Entonces observó un extraño destello anaranjado en el cielo y se preguntó cuántos años de su vida se iba a pasar en la cárcel.

Esta historia forma parte de mi libro PULSACIONES, 99 MICRORRELATOS DE INFARTO. Puedes comprarlo en este enlace


27/3/17

No molestar

Dejadme ver más allá del tiempo y el dolor.

Dejadme sentir las lágrimas de la derrota
y la frustración de la pérdida.

Dejadme dormir.

Dejad que me refugie en la inconsciencia.

Dejad que me proteja de la vida y de los sueños,
de la mentira,
de las ganas de seguir adelante.

Dejadme en paz.

Guardaos vuestras palabras de ánimo
y vuestras frases motivadoras.

Guardad para vosotros todo ese montón de nada
si es que creéis que sirve para algo.

Dejadme.

No importunéis mi descanso.

No os creáis con derecho a quebrantar mi aislamiento.

Dejadme en paz.

No molestéis.

NOTA: Este texto pertenece a mi poemario Lo peor. Puedes comprarlo aquí en e-book y aquí en papel para apoyar mi trabajo.


12/2/17

Lo mejor que he visto y leído en 2016


Por cuarta vez consecutiva estoy aquí haciendo una lista con lo mejor que he visto y leído a lo largo del año. Debo decir que este ha sido el periodo menos productivo desde que me dio la tontería de anotar las pelis que veo y los libros que leo. Quizá haya sido por dedicarle más tiempo a la universidad o porque simplemente me ha dado más pereza, pero la cosa es que han caído 49 pelis y 30 libros, cuando, por ejemplo, en 2013 fueron 133 y 60.

No me enrollo más. Aquí van las diez mejores obras de cada tipo:

Libros:



Películas:

26/12/16

Cinco días menos (finalista en el VII Certamen de Relatos Cortos Carcelarios Conrada Muñoz)

23 de octubre de 2056

Hoy ha venido a verme el cura de la prisión. Es un hombrecillo gordo y amable que no lleva sotana ni alzacuellos. Me ha comentado que los de Instituciones están poniendo en marcha un programa experimental y que, dentro de poco, empezarán a buscar voluntarios. La información le llegó extraoficialmente a través de un conocido, por lo que no tiene unos detalles muy precisos. Lo llaman “tetraplejia reversible”, si no recuerdo mal. Consiste en causar al preso, mediante intervención quirúrgica, una lesión en la vértebra C4. Una vez finalizada su condena, se le devolvería la movilidad utilizando una terapia con células madre. La medida está pensada para los internos más peligrosos, con la idea de reducir la conflictividad y limitar la partida presupuestaria destinada a las cárceles del estado, pero quieren empezar a probarla con presos comunes. El cura me ha dicho que los voluntarios, además de recibir los beneficios habituales asignados a este tipo de programas (llamadas, vis a vis…), conseguirían reducción de condena.
―Es posible que hasta una semana por día, puede que más ―me ha dicho casi en un susurro.
―Mantenme informado ―le he pedido.


24 de octubre de 2056

He estado dándole vueltas a lo de ayer. Recuerdo que hace muchos años intentaron llevar a cabo una locura parecida. Fue aquel asunto de la “cárcel mental”. Mediante drogas psicoactivas, querían distorsionar la noción del tiempo del recluso para que tuviese la sensación de haber cumplido una condena de años, décadas o incluso siglos, en sólo unas pocas horas o días. Oficialmente, el programa no llegó a ponerse en marcha, ya que el Congreso Mundial de Derechos Humanos lo prohibió por decreto. Sin embargo, algunos medios aseguraron que se había filtrado cierta información. En una prisión china, se registraron más de cincuenta intentos de suicidio en un mismo día. Presuntamente, aquellos presos habían sido obligados a participar en un programa de ese tipo. Nunca llegó a arrojarse suficiente luz sobre aquel suceso. 
La “tetraplejia reversible” no me parece tan inhumana como la “cárcel mental”, pero tampoco veo excesiva diferencia. La idea es la misma. En el pasado, la pena de muerte se mostró ineficaz a la hora de disuadir a los criminales de cometer asesinatos (yo creo que ese fue el principal motivo por el que terminó de abolirse en todo el mundo, y no el rollo de los derechos humanos, la dignidad y demás) y ahora, simplemente, están probando nuevos métodos. Intentan que los seres humanos dejemos de cometer delitos y utilizan el miedo al castigo, igual que hacen los dioses. Pero los dioses también ofrecen incentivos positivos para ser bueno. Ofrecen nada menos que la felicidad eterna. Aquí, en la Tierra, el premio consiste en tener trabajo y familia. Es comprensible que tanta gente decida jugársela.


25 de octubre de 2056

Hoy he arbitrado un partido de futbol entre reclusos jóvenes y chavales refugiados. Ha ido bien hasta la mitad de la segunda parte, cuando un recluso y un refugiado han empezado a pegarse sin motivo aparente. Muchos más chavales se han unido a la pelea y los funcionarios han tenido que intervenir; ha sido un lio tremendo. Al final, se ha suspendido el partido. Demasiada testosterona, demasiadas historias trágicas detrás de cada chico. Un coctel explosivo, aunque las cosas no suelen acabar así.
El siglo XX ya queda muy lejos. Es decir, todas esas chorradas de la tabla rasa, el buen salvaje y demás, todo eso ya está superado. Es evidente que hay un componente biológico en el comportamiento humano y, por ende, en la delincuencia. Si no, ¿por qué la mayor parte de la población reclusa está formada por hombres? ¿Acaso no hay mujeres que nacen y viven en condiciones de pobreza extrema, que crecen en entornos desestructurados, en ambientes impregnados de violencia, droga y marginación? Por supuesto que las hay, tantas como hombres, pero unas y otros son diferentes. La hormonas, la circuitería cerebral… está claro que todo eso juega algún papel (en mi opinión, un papel mucho más importante de lo que creemos o de lo que estamos dispuestos a aceptar). Si un padre maltrata a su hijo, es probable que el chaval acabe maltratando a su propio hijo cuando llegue el momento, pero la causa puede que no sea el trato horrible que ha recibido, sino que lleva los genes de su padre. ¿Quieren medidas radicales para acabar con la delincuencia? Yo tengo algunas, aunque seguro que no les iban a gustar. ¿Qué tal esto?: Terapia hormonal para los presos más violentos; limiten su producción de testosterona y verán cómo se calman. ¿Y esto otro?: Reducción de condena por vasectomía; que los delincuentes no transmitamos nuestros genes antisociales (pero que se aplique también a los presos ricos, por supuesto). ¿Y qué me dicen de esto otro?: Legalización de todas las drogas. Sí, puede que la medida trajese muchos problemas, pero acabaría con otros tantos. Lo importante es que serían baratas y no estarían adulteradas, por lo que la gente no tendría que robar para conseguir dosis de calidad. Y, bueno, en fin, puestos a ser radicales, acabemos con la delincuencia de raíz. Un buen puñado de bombas de hidrógeno por todas partes. Me ofrezco voluntario para apretar el botón.


26 de octubre de 2056

Esta mañana he desayunado con el cura. Me ha dicho que tengo que ir dándole una respuesta. Yo le he dicho que todavía no sé qué hacer. No me fio de esa gente, no me fio de nadie.
―¿De mí tampoco? ―me ha preguntado sonriendo.
No he respondido. Le he dicho que tenía cosas que hacer y me he marchado al patio a leer el periódico.


27 de octubre de 2056

Cuando me encerraron por primera vez, era muy joven. Ahora ya no lo soy. He pasado la vida entrando y saliendo, enlazando una condena con otra. Hace doce años que no piso la calle. En este tiempo me he endurecido, he aprendido a no amar a nadie, a no pensar en nadie más que en mí. He visto de todo. Cientos de caras desdibujadas, desesperación, arrepentimiento o deseos de venganza. He visto gente morir por un poco de dinero, pero también amistad sincera y esperanza en el futuro. Lo he visto todo. Y estoy cansado.
El cura quiere una respuesta. Bien, se la voy a dar, aunque todavía no sé cuál es. El próximo día le pediré una moneda. La cara será participar en el programa; la cruz, quedarme como estoy. La lanzaré al aire y entonces sabremos lo que me depara el destino.




13/12/16

La vida es horrible y todos lo sabemos pero nos gusta hacernos los tontos

Por todo el cosmos se están produciendo decesos estelares, 
supernovas que iluminan más que galaxias, 
que se expanden a lo largo de decenas de años luz 
y cuyos restos exánimes tardan mil siglos en disolverse en el vacío espacial, 
y yo, aquí, sentado, mirándome los pies, 
con el pelo sucio y las encías enfermas de tanto alquitrán, 
aburrido, indiferente ante la fragilidad de mi futuro, 
cansado de completar ciclos, 
ignorando toda la belleza del conocimiento, 
toda la fuerza poética que existe en cada brizna de polvo, 
dejándome arrastrar resignado ante las macabras reglas de este juego insoportable.

Como ciudades en ruinas, como Sardes, como Éfeso, 
así me yergo ante la ventana de mi habitación, 
una ventana con cristales manchados de gotas secas 
que distorsionan la imagen de mi barrio-cementerio, 
así me alzo, derrotado, como un gigante con osteonecrosis, 
y observo al viejo que vive enfrente, 
ese viejo con cara de asesino que tiene a tres pájaros enjaulados, 
tres criaturas inocentes que morirán en soledad 
sin haber sabido nunca cómo es la vida más allá de los barrotes.

No conozco a las mejores mentes de mi generación, 
no tengo ni idea de sus nombres, 
no sé cómo son sus caras ni en quién piensan al masturbarse, 
pero es probable que muchas de esas mentes privilegiadas estén ahora mismo muriéndose de hambre, 
es posible que se estén desangrando en un precario hospital de campaña, 
los huesos astillados, la carne quemada, los músculos desgarrados por una bomba de racimo que cayó demasiado cerca, 
o puede que su piel se halle llena de ampollas, 
que estén vomitando y teniendo diarrea, 
que se hayan quedado ciegos y se encuentren convulsionando en la cama después de haber estado expuestos a una nube de gas mostaza 
o puede que estén sufriendo una violación en grupo 
o puede que estén sentados viendo la tele o pensando en cómo medrar en el trabajo a costa de sus compañeros menos ambiciosos, 
lo único que tengo claro es que yo no he sido ni soy ni seré una de las grandes mentes de mi generación.

Todas esas capas de mugre sobre nuestras cabezas, 
toda esa miseria moral repartida entre cierto porcentaje de la población, 
el silencio eterno hacia el que caminamos, 
esa angustia punzante cuando piensas en ello, 
la ausencia de luz y la ausencia de oscuridad, 
el abismo, el vacío sin fin, la nada, 
como cada una de las gotas de paciencia de un vaso hecho añicos contra el televisor, 
la futilidad absoluta, el sinsentido perfecto, 
como una máquina enamorada de su creador, 
como un tumor en el cerebro de un bebé, 
y pienso: ¿para qué todo esto?, 
¿hacia dónde se dirigen nuestros pasos?, 
¿qué mensaje pretenden transmitir esos aullidos inhumanos que escucho en mitad de mis pesadillas?

A veces pienso en las medusas, 
esos seres extraños que no parecen de este mundo, 
que se desplazan por las profundidades oceánicas con la gracia de un ángel, 
esos animales gelatinosos y tubulares, 
afortunados por carecer de cerebro y corazón, 
esas lágrimas del mar, 
odiadas por la humanidad odiosa, 
seres bellos que no sufren, 
luminosos y translúcidos, 
hechos de agua, 
radialmente simétricos, 
únicos y perfectos, 
y pienso en sus vidas mágicas, 
en su tránsito despreocupado, 
en cómo se frotan unas con otras sin que nada les importe, 
en cómo vuelan entre las vastas masas del cielo acuático, 
y siento envidia y casi rencor, 
porque han tenido suerte, 
tanta suerte como las plantas, 
han tenido la suerte de no ser nada, 
se han llevado toda la suerte para ellas mientras los malditos, 
aquí, en el infierno, estamos expuestos a la crudeza de la realidad, 
aquí, los condenados, los poseedores de redes neuronales complejas que nos hacen caminar sobre las arenas movedizas de la vida, 
donde un paso en falso puede llevarte al dolor, al sufrimiento extremo, 
ese que millones de seres están padeciendo en este instante, 
ahora mismo, por todo el mundo, tal vez por todo el universo, 
ese que tú y yo podríamos experimentar en cualquier momento, 
el precio que pagamos por la posibilidad del amor, 
la amistad, la literatura, el sexo, 
la música, las puestas de sol 
o las gotas de lluvia golpeando contra los cristales.

NOTA: Este texto pertenece a mi poemario Lo peor. Puedes comprarlo aquí en e-book y aquí en papel para apoyar mi trabajo.