6/10/16

Ataque preventivo

Un ejecutor ha llegado al pueblo. Hacía cinco años que no se veía a ninguno por aquí. La gente lo mira con recelo mientras camina por la calle principal acompañado por sus dos bestias ciborg. Se mueve confiado y arrogante en busca de una posada donde pasar la noche. Sabe que es intocable. Si alguien le hiciese algo, las consecuencias para los vecinos serían devastadoras, pues caería sobre ellos todo el peso de la ley.

El ejecutor alquila una habitación y deja a sus bestias en el establo. Mañana, todos los habitantes mayores de edad tendrán que entregarle una papeleta, ya sea con el nombre de un candidato, o en blanco. La persona que reciba más votos, morirá al caer la tarde; su cuerpo será despedazado por las bestias ciborg. 

En teoría, no es obligatorio que nadie pierda la vida. Si todos entregan la papeleta en blanco, el ejecutor seguirá su camino hacia otro pueblo. Lo que ocurre es que basta una sola nominación para que se lleve a cabo la sentencia, por lo que, en la práctica, casi todo el mundo elige a alguien con el objetivo de reducir las posibilidades de ser ellos mismos los que acaben aniquilados sobre la arena ardiente. En caso de empate, el proceso se repite hasta que haya un “ganador”. El sistema lleva siglos funcionando, casi desde los tiempos del apocalipsis nuclear. Fue ideado para disuadir a los súbditos de cometer delitos, pues lo normal es que, a la llegada de un ejecutor, la gente nomine a los peores criminales, aunque lo cierto es que por todas partes se sigue violando la ley mientras que muchas personas inocentes son matadas cada año.

El sol se ha ocultado hace horas y el ejecutor duerme a pierna suelta en la mejor habitación de la posada cuando un cuchillo entra por su ojo derecho hasta perforar el cerebro. El asesino se escabulle sigilosamente, monta un caballo y emprende la huida hacia la oscuridad de la noche desértica. Sabe que todos en el pueblo lo odian por sus ideas antiesclavistas y ha preferido llevar a cabo un ataque preventivo.

Esta historia forma parte de mi libro PULSACIONES, 99 MICRORRELATOS DE INFARTO. Puedes comprarlo en este enlace




27/9/16

Álgido

El amor duele y
también la amistad
y el odio y
la alegría
y los desgarros y
las puñaladas.

Todo lo que nos rodea
está impregnado de dolor
en mayor o menor medida.

Todo, especialmente
aquello que tenga
que ver con
la existencia.

NOTA: Este texto pertenece a mi poemario Lo peor. Puedes comprarlo aquí en e-book y aquí en papel para apoyar mi trabajo.



27/7/16

Aprende a escribir ficción con el método de los concursos

No existe una fórmula mágica para aprender a escribir ficción, pero sí unas instrucciones muy claras:
  1. Leer mucho.
  2. Escribir mucho.
La primera parte es muy sencilla. No tienes más que abrir libros (preferiblemente buenos, ya sabes, Dostoyevski, Kafka, los ganadores del Nobel de Literatura...) y ponerte a ello. La segunda es más complicada. Escribir es un proceso mucho más activo que leer y, a veces, simplemente no se te ocurre con qué rellenar el folio.

Bien, aquí te traigo un método que te ayudará a practicar, te permitirá comprobar tus progresos y, quizá, ganar algo de dinero. Es el método de los concursos y voy a explicártelo por pasos. 




Paso 1: Visita la sección de concursos de la web escritores.org

Cada mes se convocan decenas y decenas de concursos literarios en el mundo hispanohablante y en esta web aparecen casi todos. Te recomiendo que marques la opción de "Concursos por email @" por la sencilla razón de que no te gastarás nada en participar. Existen numerosos concursos interesantes que exigen enviar los textos por correo postal, en ocasiones hasta por quintuplicado, lo que podría suponerte un gasto considerable en sellos y fotocopias o tinta de impresora. Personalmente, nunca participo en estos certámenes dada la enorme cantidad de opciones para concursar por email, pero, si esto no supone un problema para ti, adelante. También puedes marcar la opción "Concursos (Cuento, relato, narrativas, carta, microrrelato)", la cual aplicará un filtro a la página para que no te aparezcan certámenes de novela y poesía (el método puede servir también para aprender a manejar estos géneros, si te interesa, aunque la poesía en principio no es ficción y la novela exige una dedicación enorme de tiempo, por lo que yo recomiendo empezar con microrrelatos y relatos cortos para hacerlo más dinámico y entretenido).


Paso 2: Selecciona los mejores concursos

Y te preguntarás: ¿cuales son? Bien, son aquellos que mejor se adapten a tus objetivos. Los certámenes podrían clasificarse de muchos modos en función de: si ofrecen premio en metálico o no (regalos, diplomas, trofeos...), si publican al ganador o ganadores en papel o no lo hacen, si el concurso es completamente libre o conlleva alguna exigencia (que el texto se enmarque dentro de un género, como la ciencia-ficción o el suspense, que tenga que llevar una determinada frase, tratar sobre un tema de actualidad, que su extensión se encuentre dentro de unos límites etc). Como se supone que lo que nos interesa ahora es practicar para mejorar, te recomiendo que te olvides del dinero y las publicaciones y te centres en elegir los concursos que impliquen exigencias variadas. La ventaja es que esto te dará un punto de partida. Vamos a ver algunos ejemplos de certámenes de este tipo que me han servido para crear algunas historias.
  • El concurso Bruma Negra de este año llevaba dos condiciones principales: que los relatos se enmarcarsen en el género negro/suspense/policíaco y que la niebla o la bruma fuesen un elemento integrante de la historia. Para participar, escribí un cuento breve titulado Rata, que no quedó finalista, pero del que me siento bastante orgulloso.
  • También este año, participé en el Certamen Madrid Sky. La temática y el género eran libres, pero los textos debían empezar con la frase: Se oye el sonido de la verja de entrada que se abre. Yo escribí un relato titulado El sonido pegajoso de sus besos (tampoco quedé finalista, pero recuerda, esto es un método para practicar participando en concursos, no necesariamente para ganarlos).
  • Por último, para que veas que a veces este método puede permitirte recoger frutos materiales, he quedado finalista en el Certamen de relatos cortos carcelarios Conrada Muñoz y en septiembre sabré si me hago con los 1.500 euros del premio. En este concurso la exigencia era que las historias tratasen sobre la cárcel, pero no de un modo anecdótico, sino teniendo un papel muy relevante en la trama.
En esta fase de selección de concursos es interesante organizarse, porque encontrarás muchísimos certámenes en los que participar. Hazlo como quieras, pero te voy a contar lo que hago yo. En la barra de marcadores del navegador tengo una carpeta llamada "Concursos". Cuando veo uno interesante, lo añado a favoritos (en Google Chrome se hace pinchando en la estrellita de la parte superior derecha de la pantalla) dentro de la carpeta y le cambio el nombre, poniendo algunos datos relevantes como la fecha máxima de envío, la extensión, las condiciones y el premio, como puedes ver en la siguiente imagen.



Paso 3: Ponte a escribir

Y aquí llega la parte esencial del método, ponernos manos a la obra. Si nos hallamos ante un concurso que exige condiciones, ya tendremos un punto de partida, pero nunca viene mal contar con algún que otro agarre más para continuar avanzando hacia la cima, por lo que, si la inspiración todavía no te visita, te propongo un par de trucos para estimularla.
  • Investigación: informarte sobre las exigencias del concurso puede ser una maravillosa fuente de ideas. Por ejemplo, para participar en el certamen de relatos carcelarios, estuve viendo un montón de documentales relacionados con el mundo de la prisión en Youtube; también me puse a recordar el argumento de películas míticas como Cadena perpetua, La milla verde o La evasión. Si el certamen se enmarca dentro de un género literario, como la ciencia-ficción, te recomiendo que leas relatos de los grandes maestros (Asimov, Phillip K. Dick, Fredric Brown...) y que te informes sobre el propio género: los temas que trata, su historia, los subgéneros etc. Wikipedia es un buen sitio para comenzar.
  • Leer a los ganadores: es posible que el concurso tenga una página web donde cuelguen los relatos ganadores de ediciones pasadas. Si no ofrecen los textos, puedes buscar en Google el nombre de los escritores galardonados para ver si tienen blogs personales donde los hayan publicado. La idea no es copiar, ni mucho menos, sino analizar las historias para determinar qué elementos llevaron a sus autores a hacerse con la victoria. Por ejemplo, para el certamen Bruma Negra, leí a los finalistas del año anterior y pude ver que algunos elementos comunes eran, lógicamente, el crimen, sobretodo el asesinato, que la acción transcurría en zonas costeras y que los acontecimientos se desarrollaban en una atmósfera sórdida y deprimente. Aunque, para para ser original, podrías hacer precisamente lo contrario, romper con la norma. En este caso, el crimen principal podría ser la corrupción o el secuestro y que todo ocurriese en un alegre pueblo a orillas de un lago. La originalidad es un elemento que los jurados suelen valorar muy positivamente (siempre que no te pases y transgredas las normas del certamen, claro).
¿Y qué hacer en el caso de que el certamen no imponga condiciones? Es una buena pregunta. Un gran porcentaje de los concursos son completamente libres (salvo en extensión) por lo tanto no tendrías punto de partida, que es lo interesante de este método. En esta situación podríamos hacer varias cosas, como por ejemplo, inventar las condiciones. Busca un concurso libre y elige para participar en él un género (romántico, suspense, terror, fantasía, histórico, surrealismo, realismo sucio, ciencia-ficción, realismo mágico, drama, comedia, erótico...). Si tienes en cuenta que cada género puede tener numerosos subgéneros (fantasmas, ciberpunk, fantasía medieval, detectives...) podrías crear una enorme lista de opciones. Si no sabes por cuál decidirte, utiliza un método aleatorio, como esta aplicación. Otra condición que podemos inventar es que el relato empiece con una frase. Abre un libro, elige una página al azar y, con los ojos cerrados, señala un punto. Ahí tienes tu frase. Hace poco escribí un microrrelato a partir de la frase: Esta joven enfermera que parece sentirse rápidamente atraída por mí, que extraje con los ojos cerrados de El proceso, de Kafka. Si con esto no tienes suficiente, te recomiendo este artículo donde ofrezco unos cuantos trucos más.


Paso 4: Evalúa tus progresos

En principio, si lees y escribes mucho, deberías mejorar como escritor de ficción. Cuanto más lo hagas, más calidad tendrán tus textos. Si trabajas a diario, mejor que de vez en cuando y, si le dedicas cuatro horas al día, será mucho mejor que una. A partir de aquí todo depende de tu esfuerzo. Soy de la opinión de que todo el mundo puede llegar a escribir grandes historias, a pesar de no contar con las mejores capacidades innatas. Yo no me considero un gran escritor, ni siquiera me considero escritor, pues no vivo de ello, pero en la actualidad, consigo crear algo decente de vez en cuando (de hecho, gané un premio de novela y me publicaron). Y te aseguro que no nací con buenas características para este oficio. Lo sé porque si leo mis relatos de hace diez años acabo por llevarme las manos a la cabeza. Además, te prometo que la capacidad de esfuerzo y la constancia tampoco son dos de mis principales virtudes. Si yo puedo, cualquiera puede, créeme.

Ahora bien, ¿cómo sabemos que estamos mejorando? Los escritores principiantes tenemos el síndrome del vendedor, es decir, estamos enamorados de nuestra mercancía. Tendemos a creer que nuestros textos son obras de arte, pero lo más seguro es que, de momento, no lo sean. Este método te va a permitir saber si estás mejorando, porque, si te esfuerzas y eres constante, tarde o temprano empezarás a quedar finalista o incluso a ganar concursos, y eso será una señal de que estás haciendo las cosas bien. No te desanimes si los frutos tardan en llegar. Si trabajas duro, acabarás por recogerlos.

Quiero darte un último consejo. Elabora una lista con los concursos en los que has participado. Puedes hacer una tabla en Word, en cuyas columnas aparezca el nombre del certamen, la fecha del fallo y el título del relato que enviaste. De este modo, evitarás enviar textos a más de un concurso a la vez, lo cual podría hacer que te descalificaran.

Espero que mi método para aprender a escribir ficción te resulte útil. Te aseguro que, además, resulta muy emocionante. Si te ha gustado, puedes decírmelo en los comentarios y compartirlo con quien quieras.

¡Suerte!

20/6/16

Un día más (o menos)

Camino hacia el trabajo
y el vacío me acompaña
como una bomba-lapa
adosada a los bajos del coche.

La desesperación acecha
en forma de sueños estúpidos,
de batallas perdidas,
de noticias que te dejan
la sangre congelada.

Atravieso páramos
de vegetación marchita,
carreteras desiertas
y edificios acristalados
que intentan imitar al cielo.

Ya estoy cerca.

Mis ganas de llegar se reducen
a algo parecido a la muerte.

NOTA: Este texto pertenece a mi poemario Lo peor. Puedes comprarlo aquí en e-book y aquí en papel para apoyar mi trabajo.


2/6/16

Las crónicas de alquitrán

Entiendo que pueda caerte mal. No soy gracioso y tengo algo de chepa. No me gusta hablar y mi voz es desagradable. De pequeño no tenía muchos amigos. Recuerdo que una tarde salí a pasear porque no sabía qué hacer. No había Internet, no había nada. Estuve caminando por las sórdidas calles de mi barrio-cementerio, mirando las grietas de las paredes, dejando escapar suspiros agónicos. Me aburrí enseguida, pero no quería volver a casa. No me gustaba leer ni dibujar ni jugar al fútbol. Supongo que quería estar con una chica, pero no conocía a ninguna. Tenía once años. Las farolas me iluminaban mientras caía la noche. Todo el mundo había muerto o algo parecido. ¿Qué podría haber más allá de la autopista? Yonkis chutándose, parejas follando en sus coches y todas aquellas leyendas urbanas. 

En mi familia se han dado dos suicidios, uno por la rama paterna y otro por la materna. Quizás eso me otorgue muchas papeletas en la lotería genética pero yo de momento aguanto, aunque, si lo piensas, vivir es como suicidarse, pero muy despacio. Si no estás de acuerdo, al menos reconocerás que sí que es un poco pérdida de tiempo porque vas a morir de todas formas, hagas lo que hagas, salvo si naces en la generación que descubra el secreto de la inmortalidad, estimo que dentro de doce o trece décadas.

Aquella tarde caminé arrastrando mis once años de existencia, aburrido, cansado, perdido, y no encontré nada; nada cambió para mí. Lo único que hice fue moverme sin saber a dónde iba, igual que me ocurre ahora mismo mientras escribo esta mierda insufrible.

NOTA: Este texto pertenece a mi poemario Lo peor. Puedes comprarlo aquí en e-book y aquí en papel para apoyar mi trabajo.






30/5/16

Primer capítulo de "Gestión del fracaso, una novela"

Este es el primer capítulo de mi primera novela, Gestión del fracaso. La escribí hace mucho y desde entonces he cambiado bastante en mi forma de escribir, en mis gustos literarios e, incluso, en mis ideas sociopoliticoeconomicomorales, y, aunque hoy en día le cambiaría muchas cosas o, directamente, no llegaría a escribirla, no voy a renegar de ella pues es una parte muy importante de mi desarrollo como escritor. Sea como fuere, si te gusta el primer capítulo y te apetece leer el resto, puedes comprarla pinchando aquí.


1


Voy a empezar por aquella tarde: Robert y yo estábamos en mi casa pinchándonos. No había nada interesante que ver en la tele, ni tampoco nada nuevo que hacer o que pensar. No éramos unos tipos especialmente felices ni agradables ni divertidos, pero se nos daba muy bien estar tirados en el suelo dejando que el tiempo se fuese yendo a la mierda poco a poco. A veces conocíamos a algunas chicas, las invitábamos a beber o a fumar y nos acostábamos con ellas, aunque esto no ocurría con excesiva frecuencia.

La cuestión es que estábamos allí, mirando el techo, sintiendo cómo el cuelgue de heroína iba esfumándose, cuando apareció Ann pegando gritos.

―Me he cruzado con un gordo ―dijo. Nos echó un vistazo y añadió: ―Era un gordo enorme, como de ciento diez kilos. En una mano llevaba un muslo de pollo que le goteaba sobre la camiseta, y, en la otra, un libro de Nietzsche. Creo que era “Así habló Zaratustra”, porque en la portada se veía a una especie de vagabundo. El tipo iba leyendo y comiendo por la calle, ¿vale? Pues va el cabrón y me llama coñito tierno. ¡El muy hijo de puta! Lo que quiero decir es que si la gente que lee a Nietzsche empieza a comportarse así, ¿hasta dónde vamos a llegar?

―¿Te has hecho una copia de mis llaves? ―pregunté.

Ann fue a la cocina y volvió con tres cervezas. Nos dio una a cada uno, abrió la suya y se sentó en el sofá.

―Me pone cachonda veros colocados ―dijo.

Me gustaba que Ann fuese nuestra amiga. Era increíblemente guarra y divertida. La conocí en un concierto indie-pop. A mí esa música me parece una mierda, simplemente me había colado allí para ver si podía robarle la cartera a alguno de aquellos hippies. Ella me pilló metiendo mano en un bolso y me dijo que si le daba la mitad del dinero no se chivaría. Le dije que vale y al final acabamos follando detrás de unos cubos de basura.

A Robert lo conocí unos años después. Por aquel entonces no era más que un niño pijo e inocente que se había perdido por mi barrio. Un macarra estaba pateándole la cabeza en un callejón y yo me acerqué sigilosamente y le metí a aquel hijo de puta dos puñaladas en el culo. El cabrón salió corriendo como una rata y yo me llevé a Robert al hospital. Estaba tan agradecido que me ofreció dinero. Por supuesto, yo acepté encantado. Pensé que me iba a dar cien o doscientos dólares con los que pillarme el ciego del siglo, pero imagínense mi sorpresa cuando me explicó que cada mes me entregaría lo necesario para pagar mi alquiler y mi alimentación durante el resto de mi vida.

―No te preocupes ―me dijo―. Mis padres son multimillonarios.

Al parecer sus viejos tenían una cadena de hoteles de lujo. Eran originarios de Londres, pero se habían mudado a no sé qué país del Golfo Pérsico. A Robert lo habían mandado a Estados Unidos a estudiar ingeniería aeroespacial y cada mes le ingresaban miles y miles de dólares para sus gastos.

―No sé ni qué hacer con tanto dinero ―me comentó.

Robert resultó ser un tipo muy simpático. Me recordaba un poco a Paul McCartney de joven, ya saben, con esa cara de pardillo tan británica. Nos hicimos amigos enseguida y empezó a probar todas las mierdas que pasaban por mis manos, se enganchó a la mayor parte de ellas y acabó dejando los estudios. No les dijo nada a sus padres así que éstos continuaron enviándole toneladas de dinero. No se preocupaban nada por su hijo. Eran los padres perfectos.

―¿Os da miedo el terrorismo? ―preguntó Ann, y empezó a contarnos algo que había leído en una revista. Yo me quedé dormido.

Cuando desperté, me sentía como si me hubiesen metido agua en el cerebro. Miré a mi alrededor y vi a Robert comiéndole el coño a Ann allí mismo, en mi sofá. Ella gemía y suspiraba; hacía uh, uhh, uhhhhh, y daba caladas al cigarrillo y pequeños sorbos a la lata de cerveza, como si estuviese bebiendo champagne. Robert se pajeaba mientras lamía el precioso coño de Ann. Entre las babas y el flujo vaginal me estaban poniendo el sofá perdido, pero no me importaba. Las bragas de Ann eran de un bonito color rosa pálido. No se las había quitado, sólo las tenía desplazadas hacia un lado; Robert las sujetaba con la mano que le quedaba libre.

Estuve observándolos unos minutos y la verdad es que me empalmé, pero en el fondo no tenía ganas de sexo, así que me fui a la calle. Se me acercó un mendigo con la intención de venderme mecheros. Le compré uno de Hello Kitty, pero no funcionaba. Me pareció buena idea invitarle a beber.

Nos metimos en un bar. Yo pedí un gin-tonic y él un whisky con hielo. El hombrecillo olía realmente mal y nadie se nos acercaba, lo cual me pareció fantástico. Le invité a cinco o seis copas más mientras me contaba buenas historias sobre cosas que hacía por las noches en el cementerio. Luego dijo que se tenía que ir y le di diez dólares. Me dijo que tendría que haber más gente como yo en la ciudad y le respondí que seguramente tenía toda la razón del mundo.

Cuando llegué a casa, Robert y Ann ya se habían marchado. Habían recogido las latas de cerveza vacías e incluso parecía que hubiesen limpiado el sofá. Estaba oscureciendo. Me preparé un pico y justo antes de metérmelo pensé que ya iba siendo hora de plantearme la posibilidad de dejarlo. Me dije a mí mismo que sí, que lo pensaría y, entonces, me lo metí.

Cuando se me pasó el cuelgue me puse a escribir a Putra y Lestari, unos niños indonesios que tenía apadrinados. Eran hermanos. Tenían cara de buenas personas. Me puse a contarles mi opinión sobre una película de serie B que había visto la semana anterior. Trataba sobre unos extraterrestres con forma de yogur de fresa que hacían que la gente se enganchase a comerlos y no quisiese llevarse a la boca otra cosa que aquella mierda intergaláctica. Cuando acabé, introduje la carta en un sobre junto con un billete de veinte dólares. Me di cuenta de que ya era tarde para ir a la oficina de correos, así que me preparé otro pico, me tomé un par de Xanax y me fui a dormir sin sentirme especialmente dichoso ni desgraciado.