Miguel se puso a vaciar las bolsas de la compra sobre la mesa de la cocina y de una de ellas salió un pequeño lagarto. Era aquél un animalillo alegre y avispado y lo primero que hizo fue intentar fornicar con el salero. Estuvo un buen rato ahí, dale que te pego, hasta que se cansó. Miguel se divertía mucho con la escena. Entonces pensó que quizás el bichejo tuviera hambre. Miguel no tenía ni puta idea de lo que comen los lagartos, pero supuso que le gustaría la harina cruda (así era Miguel) por lo que extendió un puñado de harina sobre la mesa. El lagarto se volvió medio loco y empezó a rebozarse como si le fuese la vida en ello. Cuando se apartó, Miguel pudo observar unos números marcados en el polvo blanco. Sin pensarlo dos veces fue corriendo a jugar a la lotería con esos números. Se gastó todos sus ahorros y, como cabría esperar, le tocaron miles de millones, tantos que provocó la quiebra del sistema de lotería, el cual controlaba en la sombra al sistema de pensiones, que también se vino abajo, arrastrando consigo al sistema bursátil, el cual controlaba en la sombra… Y así, en una inefable concatenación de colapsos de sistemas, toda la sociedad se precipitó al vacío y los seres humanos empezaron a comerse los unos a los otros hasta llegar al borde de la extinción. Fue entonces cuando los lagartos comenzaron la invasión desde sus pequeñas naves espaciales, las cuales tenían escondidas detrás de la Luna. Robaron todos nuestros saleros y se marcharon a su planeta para siempre. Y ése, niños, es el motivo por el que los seres humanos de hoy en día cocinamos sin sal y vivimos más de mil años.
3/8/14
Alentar los presagios
Me desperté borracho y, bueno, sí, también bastante pasado de cocaína: dolor de mandíbula, taquicardia, ansiedad y demás efectos que ustedes conocen de sobra. Todo esto no tenía nada de particular. Lo extraño fue que llevaba una mochila puesta. Al principio no le di mucha importancia. «Vale, llevo puesta una puta mochila de Hello Kitty. Tampoco es lo más raro que me ha pasado», pensé mientras recordaba lo más raro que me había pasado. Sin embargo, unos minutos después, empecé a reflexionar, a divagar, a obsesionarme con el tema. ¿Debería quitármela? ¿O debería quizás seguir con ella puesta hasta el día de mi muerte, ese día en que encontrarían mi cadáver parcialmente devorado por plantas carnívoras, tal como dijeron en el telediario del futuro? ¿Quién era yo para quitármela? Si alguien la había puesto ahí, seguramente habría un motivo de peso. ¿Y si de ello dependiese el destino de la humanidad? Al final, opté por dejarla donde estaba y con los años se acabó fusionando con mi cuerpo y los niños del barrio empezaron a llamarme ‘El Viejo Jorobas’ y a tirarme piedras al pasar por mi lado. Y nada, un buen día, la policía encontró mi cadáver parcialmente devorado por plantas carnívoras. La humanidad sigue existiendo y cada año las cosas van mejor. No puedo evitar pensar que todo se debe a que decidí no quitarme aquella jodida mochila.
10/7/14
Preludio
Nota: este microrrelato fue seleccionado para aparecer en el libro Homenaje a Bukowski de la editorial Artgerust.
Recuerdo con bastante nitidez mi primer día de instituto. Creo que, si me concentrase lo suficiente, podría volver a experimentar aquella sensación de nerviosismo; ya saben, esa flojera en las piernas, ese hormigueo en el pecho. La posibilidad de conocer chicas guapas me había mantenido en un constante estado de inquietud durante todo el verano. En mi inocencia preadolescente, no fui capaz siquiera de sospechar que lo que en realidad me esperaba eran cosas como sufrir agresiones, empeorar mis notas, ser expulsado por fumar hierba, padecer robos, burlas y acoso, sentirme solo, decepcionado y deprimido y, por si fuera poco, que varias muchachas me descuartizasen el corazón. En definitiva, podría decir que mis años de instituto fueron una especie de preludio, un cursillo de iniciación a la vida adulta, una pequeña muestra de lo que estaba por venir, solo que con mayores niveles de emoción y una menor cantidad de responsabilidades.
Esta historia forma parte de mi libro PULSACIONES, 99 MICRORRELATOS DE INFARTO. Puedes comprarlo en este enlace.
30/6/14
Mi historia
Nadie me cree cuando cuento mi historia, pero tampoco se atreven a poner a prueba mis palabras. Cada noche, cuando me acuesto, una niña aparece a los pies de mi cama, el pelo oscuro y revuelto, la piel verdosa, los ojos sanguinolentos. Se queda allí durante horas, totalmente quieta, mirándome con una desagradable sonrisa en sus labios negros. Siempre desaparece cuando los primeros rayos de sol se introducen en mi habitación, pero antes de marcharse me dice: «Ya falta poco».
La primera vez que la vi me dio un infarto. Hablo de forma literal: estuve ingresado, a punto de morir. Después vas al psicólogo, al psiquiatra, a curanderos, a videntes... te planteas el suicidio. He cambiado de piso dos veces, pero no sirve de nada, ella aparece allá donde duermo.
Los humanos somos seres muy curiosos. Incluso a esta situación llega uno a acostumbrarse. A veces ya ni le presto atención. Ella aparece y yo me doy la vuelta y me duermo. En el fondo, lo único que me perturba ya es ignorar aquello para lo que falta poco. La maldita niña jamás me lo dice, por más que se lo pregunto.
Les agradezco inmensamente su atención. Espero que al menos algunos de ustedes me hayan creído, significaría mucho para mí.
Por cierto, se me olvidaba contarles que todo empezó la noche en que leí un relato exactamente igual que este.
Esta historia forma parte de mi libro PULSACIONES, 99 MICRORRELATOS DE INFARTO. Puedes comprarlo en este enlace.
Nota: Una versión más breve y peor escrita de este cuento fue seleccionada para aparecer en el libro Homenaje a E. A. Poe de la editorial Art Gerust.
Nota: Una versión más breve y peor escrita de este cuento fue seleccionada para aparecer en el libro Homenaje a E. A. Poe de la editorial Art Gerust.
25/5/14
Me han publicado en el número nueve de Cosmocápsula
La revista colombiana de ciencia-ficción Cosmocápsula ha tenido a bien publicar en su número nueve una selección de mis pequeños "Retazos de pasado mañana" por lo que les estoy muy agradecido.
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| Ilustración: Raíz, por Le Yad. |
9/3/14
Nervios
Tengo los nervios rotos. Cada día me aíslo más. Me cuesta tanto soportar a la gente... A veces me gustaría ser invisible o vivir en un mundo devastado y tranquilo. Aspiro el aire sucio de la mañana y sueño con volar lejos de todo.
Tengo cicatrices en los nervios. Cada día me siento menos identificado con cualquier cosa. Las dudas no me dejan en paz. Las ilusiones se diluyen en el viento gris de la vida. Echo de menos oler tu piel y perdernos en el aire pálido de la mañana. Me gustaría vivir en tus sueños, en tus recuerdos, en tus fantasías...
Tengo los nervios machacados. Cada día encajo peor en cualquier sitio. No confío en nadie. No creo ni en mí mismo. Mis esperanzas son un charco de agua podrida. Me gustan los días lluviosos porque en ellos siento que formo parte del mundo. Sé que no podría hacerte feliz, y esto también me destroza los nervios.
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