26/12/16

Cinco días menos (finalista en el VII Certamen de Relatos Cortos Carcelarios Conrada Muñoz)

23 de octubre de 2056

Hoy ha venido a verme el cura de la prisión. Es un hombrecillo gordo y amable que no lleva sotana ni alzacuellos. Me ha comentado que los de Instituciones están poniendo en marcha un programa experimental y que, dentro de poco, empezarán a buscar voluntarios. La información le llegó extraoficialmente a través de un conocido, por lo que no tiene unos detalles muy precisos. Lo llaman “tetraplejia reversible”, si no recuerdo mal. Consiste en causar al preso, mediante intervención quirúrgica, una lesión en la vértebra C4. Una vez finalizada su condena, se le devolvería la movilidad utilizando una terapia con células madre. La medida está pensada para los internos más peligrosos, con la idea de reducir la conflictividad y limitar la partida presupuestaria destinada a las cárceles del estado, pero quieren empezar a probarla con presos comunes. El cura me ha dicho que los voluntarios, además de recibir los beneficios habituales asignados a este tipo de programas (llamadas, vis a vis…), conseguirían reducción de condena.
―Es posible que hasta una semana por día, puede que más ―me ha dicho casi en un susurro.
―Mantenme informado ―le he pedido.


24 de octubre de 2056

He estado dándole vueltas a lo de ayer. Recuerdo que hace muchos años intentaron llevar a cabo una locura parecida. Fue aquel asunto de la “cárcel mental”. Mediante drogas psicoactivas, querían distorsionar la noción del tiempo del recluso para que tuviese la sensación de haber cumplido una condena de años, décadas o incluso siglos, en sólo unas pocas horas o días. Oficialmente, el programa no llegó a ponerse en marcha, ya que el Congreso Mundial de Derechos Humanos lo prohibió por decreto. Sin embargo, algunos medios aseguraron que se había filtrado cierta información. En una prisión china, se registraron más de cincuenta intentos de suicidio en un mismo día. Presuntamente, aquellos presos habían sido obligados a participar en un programa de ese tipo. Nunca llegó a arrojarse suficiente luz sobre aquel suceso. 
La “tetraplejia reversible” no me parece tan inhumana como la “cárcel mental”, pero tampoco veo excesiva diferencia. La idea es la misma. En el pasado, la pena de muerte se mostró ineficaz a la hora de disuadir a los criminales de cometer asesinatos (yo creo que ese fue el principal motivo por el que terminó de abolirse en todo el mundo, y no el rollo de los derechos humanos, la dignidad y demás) y ahora, simplemente, están probando nuevos métodos. Intentan que los seres humanos dejemos de cometer delitos y utilizan el miedo al castigo, igual que hacen los dioses. Pero los dioses también ofrecen incentivos positivos para ser bueno. Ofrecen nada menos que la felicidad eterna. Aquí, en la Tierra, el premio consiste en tener trabajo y familia. Es comprensible que tanta gente decida jugársela.


25 de octubre de 2056

Hoy he arbitrado un partido de futbol entre reclusos jóvenes y chavales refugiados. Ha ido bien hasta la mitad de la segunda parte, cuando un recluso y un refugiado han empezado a pegarse sin motivo aparente. Muchos más chavales se han unido a la pelea y los funcionarios han tenido que intervenir; ha sido un lio tremendo. Al final, se ha suspendido el partido. Demasiada testosterona, demasiadas historias trágicas detrás de cada chico. Un coctel explosivo, aunque las cosas no suelen acabar así.
El siglo XX ya queda muy lejos. Es decir, todas esas chorradas de la tabla rasa, el buen salvaje y demás, todo eso ya está superado. Es evidente que hay un componente biológico en el comportamiento humano y, por ende, en la delincuencia. Si no, ¿por qué la mayor parte de la población reclusa está formada por hombres? ¿Acaso no hay mujeres que nacen y viven en condiciones de pobreza extrema, que crecen en entornos desestructurados, en ambientes impregnados de violencia, droga y marginación? Por supuesto que las hay, tantas como hombres, pero unas y otros son diferentes. La hormonas, la circuitería cerebral… está claro que todo eso juega algún papel (en mi opinión, un papel mucho más importante de lo que creemos o de lo que estamos dispuestos a aceptar). Si un padre maltrata a su hijo, es probable que el chaval acabe maltratando a su propio hijo cuando llegue el momento, pero la causa puede que no sea el trato horrible que ha recibido, sino que lleva los genes de su padre. ¿Quieren medidas radicales para acabar con la delincuencia? Yo tengo algunas, aunque seguro que no les iban a gustar. ¿Qué tal esto?: Terapia hormonal para los presos más violentos; limiten su producción de testosterona y verán cómo se calman. ¿Y esto otro?: Reducción de condena por vasectomía; que los delincuentes no transmitamos nuestros genes antisociales (pero que se aplique también a los presos ricos, por supuesto). ¿Y qué me dicen de esto otro?: Legalización de todas las drogas. Sí, puede que la medida trajese muchos problemas, pero acabaría con otros tantos. Lo importante es que serían baratas y no estarían adulteradas, por lo que la gente no tendría que robar para conseguir dosis de calidad. Y, bueno, en fin, puestos a ser radicales, acabemos con la delincuencia de raíz. Un buen puñado de bombas de hidrógeno por todas partes. Me ofrezco voluntario para apretar el botón.


26 de octubre de 2056

Esta mañana he desayunado con el cura. Me ha dicho que tengo que ir dándole una respuesta. Yo le he dicho que todavía no sé qué hacer. No me fio de esa gente, no me fio de nadie.
―¿De mí tampoco? ―me ha preguntado sonriendo.
No he respondido. Le he dicho que tenía cosas que hacer y me he marchado al patio a leer el periódico.


27 de octubre de 2056

Cuando me encerraron por primera vez, era muy joven. Ahora ya no lo soy. He pasado la vida entrando y saliendo, enlazando una condena con otra. Hace doce años que no piso la calle. En este tiempo me he endurecido, he aprendido a no amar a nadie, a no pensar en nadie más que en mí. He visto de todo. Cientos de caras desdibujadas, desesperación, arrepentimiento o deseos de venganza. He visto gente morir por un poco de dinero, pero también amistad sincera y esperanza en el futuro. Lo he visto todo. Y estoy cansado.
El cura quiere una respuesta. Bien, se la voy a dar, aunque todavía no sé cuál es. El próximo día le pediré una moneda. La cara será participar en el programa; la cruz, quedarme como estoy. La lanzaré al aire y entonces sabremos lo que me depara el destino.




13/12/16

La vida es horrible y todos lo sabemos pero nos gusta hacernos los tontos

Por todo el cosmos se están produciendo decesos estelares, 
supernovas que iluminan más que galaxias, 
que se expanden a lo largo de decenas de años luz 
y cuyos restos exánimes tardan mil siglos en disolverse en el vacío espacial, 
y yo, aquí, sentado, mirándome los pies, 
con el pelo sucio y las encías enfermas de tanto alquitrán, 
aburrido, indiferente ante la fragilidad de mi futuro, 
cansado de completar ciclos, 
ignorando toda la belleza del conocimiento, 
toda la fuerza poética que existe en cada brizna de polvo, 
dejándome arrastrar resignado ante las macabras reglas de este juego insoportable.

Como ciudades en ruinas, como Sardes, como Éfeso, 
así me yergo ante la ventana de mi habitación, 
una ventana con cristales manchados de gotas secas 
que distorsionan la imagen de mi barrio-cementerio, 
así me alzo, derrotado, como un gigante con osteonecrosis, 
y observo al viejo que vive enfrente, 
ese viejo con cara de asesino que tiene a tres pájaros enjaulados, 
tres criaturas inocentes que morirán en soledad 
sin haber sabido nunca cómo es la vida más allá de los barrotes.

No conozco a las mejores mentes de mi generación, 
no tengo ni idea de sus nombres, 
no sé cómo son sus caras ni en quién piensan al masturbarse, 
pero es probable que muchas de esas mentes privilegiadas estén ahora mismo muriéndose de hambre, 
es posible que se estén desangrando en un precario hospital de campaña, 
los huesos astillados, la carne quemada, los músculos desgarrados por una bomba de racimo que cayó demasiado cerca, 
o puede que su piel se halle llena de ampollas, 
que estén vomitando y teniendo diarrea, 
que se hayan quedado ciegos y se encuentren convulsionando en la cama después de haber estado expuestos a una nube de gas mostaza 
o puede que estén sufriendo una violación en grupo 
o puede que estén sentados viendo la tele o pensando en cómo medrar en el trabajo a costa de sus compañeros menos ambiciosos, 
lo único que tengo claro es que yo no he sido ni soy ni seré una de las grandes mentes de mi generación.

Todas esas capas de mugre sobre nuestras cabezas, 
toda esa miseria moral repartida entre cierto porcentaje de la población, 
el silencio eterno hacia el que caminamos, 
esa angustia punzante cuando piensas en ello, 
la ausencia de luz y la ausencia de oscuridad, 
el abismo, el vacío sin fin, la nada, 
como cada una de las gotas de paciencia de un vaso hecho añicos contra el televisor, 
la futilidad absoluta, el sinsentido perfecto, 
como una máquina enamorada de su creador, 
como un tumor en el cerebro de un bebé, 
y pienso: ¿para qué todo esto?, 
¿hacia dónde se dirigen nuestros pasos?, 
¿qué mensaje pretenden transmitir esos aullidos inhumanos que escucho en mitad de mis pesadillas?

A veces pienso en las medusas, 
esos seres extraños que no parecen de este mundo, 
que se desplazan por las profundidades oceánicas con la gracia de un ángel, 
esos animales gelatinosos y tubulares, 
afortunados por carecer de cerebro y corazón, 
esas lágrimas del mar, 
odiadas por la humanidad odiosa, 
seres bellos que no sufren, 
luminosos y translúcidos, 
hechos de agua, 
radialmente simétricos, 
únicos y perfectos, 
y pienso en sus vidas mágicas, 
en su tránsito despreocupado, 
en cómo se frotan unas con otras sin que nada les importe, 
en cómo vuelan entre las vastas masas del cielo acuático, 
y siento envidia y casi rencor, 
porque han tenido suerte, 
tanta suerte como las plantas, 
han tenido la suerte de no ser nada, 
se han llevado toda la suerte para ellas mientras los malditos, 
aquí, en el infierno, estamos expuestos a la crudeza de la realidad, 
aquí, los condenados, los poseedores de redes neuronales complejas que nos hacen caminar sobre las arenas movedizas de la vida, 
donde un paso en falso puede llevarte al dolor, al sufrimiento extremo, 
ese que millones de seres están padeciendo en este instante, 
ahora mismo, por todo el mundo, tal vez por todo el universo, 
ese que tú y yo podríamos experimentar en cualquier momento, 
el precio que pagamos por la posibilidad del amor, 
la amistad, la literatura, el sexo, 
la música, las puestas de sol 
o las gotas de lluvia golpeando contra los cristales.

NOTA: Este texto pertenece a mi poemario Lo peor. Puedes comprarlo aquí en e-book y aquí en papel para apoyar mi trabajo.


13/11/16

El viejo con bastón de cuatro patas

El cielo estaba gris aquella tarde y mis amigos y yo matábamos el tiempo sentados en un banco junto a las pistas de fútbol sala. Las clases habían empezado unos días antes y todo parecía haberse vuelto deprimente, casi tétrico. Éramos chavales sin inquietudes artísticas o deportivas, sin ningún atisbo de ilusión o vitalidad. Simplemente nos sentábamos en aquel rincón polvoriento y fumábamos cigarrillos que robábamos a nuestros padres. También compartíamos alguna lata de cerveza y, antes de que anocheciese, nos marchábamos a casa esperando encontrarnos con algo bueno para cenar.
   Bien, aquella tarde, desde la lejanía, vimos a un viejo acercarse hacia nosotros. Caminaba con un brazo encogido, arrastrando medio cuerpo como un lastre y apoyando el lado bueno en un bastón de cuatro patas.
   ―Hola ―dijo―. Cigarro.
   ―¿Qué? ―pregunté.
   ―Yo, fumar, cigarro.
   ―¿Por qué habla así?
   ―Afasia ―respondió.
   ―Parece un indio ―dijo Antoñito y se echó a reír. 
   ―No te rías, subnormal ―le dije a Antoñito; también le metí una colleja. El viejo empezó a reír y dijo:
   ―No. Bien. Bien. Yo, indio.
   Nos quedamos unos instantes en silencio con unas estúpidas sonrisas en nuestras caras adolescentes.
   ―Cigarro ―dijo de nuevo el anciano.
   ―¿Por qué no se lo compra usted? ―preguntó Jorge.
   ―Mi hijo, habla tiendas, no venden.
   ―No podemos darle tabaco ―dije―. No estaría bien.
   ―Secreto ―dijo el anciano―. Secreto. Secreto.
   Al final le dimos un par de cigarros. Uno se lo fumó con nosotros y el otro se lo guardó en el bolsillo. Mientras estuvo allí, fumó con unas ganas locas y tosió y nos dio las gracias tantas veces que sentí que me mareaba. El viejo se marchó y, un rato después, nosotros también nos fuimos.
   Pasaron algunas semanas. De vez en cuando, el viejo volvía a visitarnos en busca de cigarrillos. Él, a veces, nos regalaba alguna cerveza que le robaba a sus hijos. Era un tipo majo. Nos contaba historias de cuando era joven y tenía locas a todas las mozas del pueblo, o eso decía, quién sabe si era verdad. Eran historias guarras y nos encantaban. También nos habló de sus afecciones. Había sufrido tres ictus que le provocaron hemiplejía y afasia motora (esta era la causa de que hablase así). Dijo que había llevado una vida muy desordenada, que había comido muy mal, bebido y fumado en exceso y cometido muchos pecados, y que el Señor le había enviado los ictus como castigo ejemplar, para que él pagase por sus faltas a la virtud y para que los demás no imitasen su conducta desviada. Nosotros insistíamos en que no debía fumar, pero alegaba que era lo único bueno que tenía en la vida. Dijo que Dios le odiaba pero que él quería mucho a Dios a pesar de todo.
   Un día se nos acercó un tipo. Llevaba bigote y camisa de cuadros y era grande como un búfalo. Llegó hasta nosotros, nos echó un vistazo con cara de estar cabreado y dijo:
   ―Eh, chicos, ¿no habréis visto por aquí a alguien dándole tabaco a un viejo que va con bastón?
   Nos quedamos de piedra, cagados de miedo, pero Jorge consiguió decir que no.
   ―¿Estáis seguros?
   ―No, no, no hemos visto nada de eso ―añadí yo.
 ―Vaya… Mirad, es que alguien le ha estado dando tabaco a mi padre, que está muy enfermo, y si encuentro al que lo ha hecho, lo voy a matar, de verdad; lo voy a apuñalar en medio de la calle y le voy a sacar las tripas y a hacer que se las coma.
   En ese punto yo tenía tanto miedo que me costaba respirar.
   ―Me marcho entonces. Si veis algo, me lo decís.
   ―Sí, seguro, no se preocupe.
   ―Bien, adiós, chavales.
   ―Adiós.
   ―Y gracias.
   ―No hay de qué.
   ―Gracias por darle tabaco a mi padre, cabrones. Que sé que habéis sido vosotros, que el otro día os vi con él.
   ―¡Joder, no nos apuñale, por favor, no lo haremos más!― rogó Antoñito.
 ―No voy a haceros nada, hostias. Pero no le deis tabaco a un viejo enfermo. ¿Sois gilipollas o qué os pasa?
   ―Nos daba mucha pena, pensábamos que por un cigarrillo no pasaba nada.
 ―No os pasará a vosotros, pero mi padre ha tenido tres ictus. Aunque la culpa es enteramente suya, claro, pero, joder, no le deis más tabaco, por favor.
   El tipo se marchó y no volvimos a verlo, ni a él ni a su padre. Quizá se mudaron a otra zona de la ciudad, qué sé yo. Debo admitir que conocer a aquel viejo me dejó profundamente marcado y que su recuerdo me ha servido siempre para valorar con entusiasmo las pequeñas cosas que dan sentido a la vida… y, en fin, también me ha empujado a cuidarme un poco, la verdad.

31/10/16

Viaje a Omniria, relato ganador del VIII Certamen literario “Buscando una vida mejor: El derecho de asilo”

La llamaban “La guerra eterna” y se extendía por todo el globo. Nadie sabía con exactitud las causas que la desataron ni el momento histórico en que comenzó. Durante siglos, generaciones enteras de seres humanos nacieron, crecieron y murieron sin haber conocido un solo periodo de paz. 

Las exocolonias se mantuvieron al margen desde el principio y lograron prosperar mientras el planeta madre se ahogaba en sus propias ruinas. La Alianza de los Mundos se vino abajo y cada cual siguió su propio camino. Pero el camino de La Tierra conducía al abismo, y a sus habitantes sólo les quedaba la esperanza de escapar. 

Las élites mafiosas no desaprovecharon la ocasión de enriquecerse a costa de sus congéneres y organizaron una amplia red de rutas desde varios cosmopuertos de La Tierra hasta diferentes puntos del espacio colonizado. 

Las posibilidades de llegar a alguno de aquellos pacíficos mundos eran escasas, pero aun así, millones de terrícolas lo intentaban cada año. Por desgracia, muchos de ellos comprobaban que el remedio podía no ser muy distinto a la enfermedad.


Silna observaba la marca en su brazo. Bajo la piel clara le habían insertado un dispositivo que podía acabar con su vida en cuestión de segundos. Si intentaba quitárselo, su sangre recibiría una toxina letal. Lo mismo sucedería si probaba a incumplir alguno de sus compromisos contractuales, pues los traficantes podían activar el mecanismo con solo apretar un botón. Su vida, al igual que la de otras muchas personas, estaba a merced de aquellos desalmados, pero, a pesar de todo, prefería su situación actual antes que continuar viviendo en La Tierra.

Decidió levantarse para caminar un poco y desentumecer los músculos. A su alrededor todo era un completo desastre: centenares de personas malviviendo sobre el suelo metálico, mantas, ropa, juguetes, envases de comida, desperdicios, cajas vacías con los logos de las agencias de ayuda humanitaria... Llevaban un mes retenidos allí, en la Estación Espacial Chantroj. Era la última parada antes de poner los pies en Omniria, una de las exocolonias más prósperas de la antigua Alianza de los Mundos. Millones de refugiados terrícolas llegaban a su superficie cada año y por todas partes se difundían noticias esperanzadoras sobre la posibilidad de labrarse un futuro en aquel planeta. 

Los refugiados ocupaban los pasillos exteriores del gigantesco disco de la estación, que giraba en todo momento para generar gravedad artificial. En el centro del disco se hallaba la lanzadera, que permitía el acceso a Omniria a través de naves espaciales autotripuladas. Decenas de guardias armados se encargaban de mantener el orden y de distribuir alimentos, medicinas y otros suministros.

Silna viajaba sola. Su familia había muerto en la Tierra, tanto sus padres como sus tres hermanos. Ella no tenía hijos. No podía entender por qué los terrícolas simplemente no dejaban de reproducirse. Se le escapaba el sentido de traer niños a un mundo en el que sólo conocerían el miedo y la desesperación. Parecía que nada podría refrenar el anhelo humano de trascender la propia vida, ni siquiera la peor de las guerras. 

Se acercó a uno de los amplios ventanales para echar un vistazo. Pasaba mucho tiempo allí, esperando ver algo de movimiento, alguna novedad que les permitiera dejar atrás aquella penosa situación. También le gustaba apoyar la espalda en el cristal y observar a la gente, admirar su entereza y sus ganas de seguir adelante, aunque lo que más le llamaba la atención era la completa ausencia de ancianos a lo largo de todo el viaje.

―Saldremos de aquí ―le dijo Mor, que se había acercado a saludarla. Era una agradable mujer que viajaba con su marido y sus hijos. Se conocían desde hacía un par de semanas, pero se estaban haciendo buenas amigas. Silna sonrió.

―¿Cómo está tu hijo?

―Está mejor. Los antibióticos funcionan, pero empiezan a escasear.

―Pronto nos marcharemos ―dijo Silna acariciando con afecto el brazo de su amiga―. Tu pequeño será atendido en un hospital, no hay de qué preocuparse.

Entonces se escucharon gritos lejanos. La curva del disco no permitía ver lo que estaba sucediendo.

―¡Ve con tu familia! ―le dijo Silna a Mor.

Silna caminó deprisa entre la multitud. La tensión se notaba en los rostros expectantes. Después de recorrer unos doscientos metros, pudo ver un tumulto. La gente gritaba histérica. Un hombre yacía en el suelo. Dos guardias de la estación empezaron a llevárselo, mientras diez o doce de sus compañeros intentaban controlar a un enorme grupo de refugiados a base de golpes. Entonces, uno de los guardias disparó con su arma eléctrica sobre un joven, que cayó inconsciente al suelo. Los refugiados retrocedieron asustados mientras los demás guardias desenfundaban sus armas. Llegaron más agentes. La situación empezó a calmarse, aunque parecía que en cualquier momento podía estallar de nuevo.

―¡Nos tratáis como animales! ¡Mercenarios, asesinos! ―gritaba una joven ante la severa mirada de los guardias.


Pasaron tres semanas. La falta de información, la suciedad y la escasez de bienes básicos estaban empezando a hacer mella en el ánimo de la gente. Aquellas personas habían dejado atrás lo poco que tenían para embarcarse en un peligroso viaje que estaba durando demasiado tiempo. Su paciencia se hallaba bajo mínimos. Las escaramuzas con los guardias se repetían casi a diario. Varios enfermos habían muerto y se temía que pudiera desatarse una epidemia, a pesar de los esfuerzos del personal sanitario de la estación.

Por fin, pudieron ver cómo una de las naves cilíndricas se acercaba hacia ellos. Tan sólo una tercera parte de los refugiados podría acceder al primer traslado, pero la alegría se había extendido por todas partes, llenando los rostros de sonrisas. 

El acceso a las naves se efectuaría en función del orden de contratación. Sin embargo, unos días antes, Silna había conseguido un pase prioritario para ella y la familia de Mor. Para lograrlo, tuvo que acostarse con tres guardias, pero no le importó demasiado. En La Tierra había hecho cosas peores por mucho menos. 

Cuando llegó el momento, un guardia les hizo una señal para que entraran en el ascensor que recorría el pasillo radial hasta la plataforma de acceso. Desde allí, pudieron ver cómo la nave se aproximaba lentamente y empezaba a girar en el mismo sentido que la estación hasta quedar acoplada como un dedo en un anillo. Las puertas se abrieron. No sin dificultad ―pues la fuerza centrífuga no generaba allí sensación gravitatoria―, fueron accediendo al interior, tomando asiento y abrochándose los cinturones. Cuando el aforo estuvo completo, las puertas se cerraron. La nave se separó de la estación y comenzó el descenso hacia Omniria.

―Es emocionante, ¿verdad? ―le preguntó Mor a Silna.

―Oh, sí, es una sensación increíble. Espero poder estudiar una carrera, ya sabes, más adelante. Quizás biología.

Mor la miró extrañada.

―¿A qué te refieres? ¿Es que tú no vienes con un contrato de servidumbre?

―Claro ―dijo Silna mostrando la marca de su brazo.

―¿Por cuantos años?

―Tres años trabajando en las minas. Después seré libre.

El rostro de Mor se descompuso.

―Silna, cariño… Los contratos que firmamos… Se refieren a años de Omniria.

―¿Qué?

―En este planeta los años son quince veces más largos que en La Tierra. Por eso no aceptan ancianos aquí, porque no les daría tiempo a pagar el viaje. 

Silna no podía creer lo que estaba oyendo. Mor continuó:

―Nosotros hemos venido por nuestros hijos, porque pagaremos por ellos con nuestro tiempo y conseguirán la ciudadanía desde el principio. Serán libres. Sacrificaremos nuestra libertad por la suya.

Silna se quedó callada unos instantes. Después, todos los pasajeros de la nave pudieron escuchar el grito desgarrador que lanzó Mor al ver cómo su amiga se arrancaba el dispositivo del brazo con los dientes.



19/10/16

Las cinco mejores letras de Bob Dylan

Quería contaros que he decidido lanzarme a la aventura de Youtube para intentar llegar a más gente y ofrecer contenido interesante a los aficionados a la lectura y la escritura. Os dejo aquí mi primer vídeo y os animo a suscribiros al canal.