13/4/09

La semana de Martínez

LUNES

—Martínez, alegre esa cara. No queremos gente amargada en este trabajo de mierda.


MARTES

—Martínez, mejore su actitud. No queremos gente pesimista en este trabajo sin futuro.


MIERCOLES

—Martínez, anímese un poco. No queremos gente preocupada en este trabajo mal pagado.


JUEVES

—Martínez, tranquilícese ahora mismo. No queremos gente estresada en este trabajo alienante.


VIERNES

—Oiga, Martínez… ¡Levante la cabeza de la mesa! ¡Y deje ahora mismo de sangrar por las muñecas, que lo está poniendo todo perdido!

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En el callejón

Robert corría con todas sus fuerzas sobre los adoquines mojados. Intentaba moverse en zig-zag para no ser un blanco fácil, a pesar de lo cual, una bala de punta hueca le reventó en la espalda. A duras penas consiguió seguir corriendo, pero el dolor se hacía más insufrible a cada zancada.

Quizás si llegase al centro de la ciudad podría escapar de aquellos hombres. Se internaría entre la gente e intentaría desaparecer. Era posible que aun así le encontrasen, pero al menos tendría una oportunidad.

Se metió en un callejón lleno de ratas, cubos de basura y charcos de agua sucia. A sólo dos manzanas empezaría a cruzarse con gente. Tenía que atravesar el callejón como fuese.

La herida de la espalda le obligó a detenerse unos segundos a mitad de camino. Se apoyó en la pared, totalmente exhausto, mortificado por los cientos de trozos de bala que tenía incrustados en músculos y huesos.

Miró hacia atrás y vio a los hombres que se acercaban andando tranquilamente. Volvió a correr, pero un coche entró por la otra boca del callejón. Estaba rodeado y en la vida real no hay escaleras de incendios en situaciones como aquella.

Se dejó caer de rodillas en el suelo, reprimiendo el llanto. Por fin los hombres llegaron a su lado y le apuntaron con sus armas.

–Si no me matan les daré todo mi dinero– dijo Robert, suplicante.

–Nosotros somos millonarios– le respondió uno de ellos.

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