Avanzó atravesando la calma solemne del templo mientras la voz del sacerdote reverberaba ceremoniosa: «La vida no termina con la muerte, no tengamos miedo…». Se aproximó a Daniel, de apenas ocho años, y le abrochó el cordón de un zapato. Luego, acercó su mano al hombro de Marta, que lloraba desconsolada; tras unos segundos de agotador esfuerzo, logró imbuir algo de sosiego en su corazón. Entonces, se llegó hasta el ataúd.
«Dios mío, qué desastre de maquillaje» pensó, divertido.
De camino a casa, anduvo reflexionando. ¿Quién podía haber imaginado que sería obligatorio trabajar después de morir? Aunque, bien pensado, ¿qué mejor empleo desempeñar que el de ángel guardián de tu propia familia?
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