1/2/22

Los personajes de «Maladrón», de Miguel Ángel Asturias

Nota preliminar 1: El contenido de este artículo proviene de mi trabajo final para la asignatura De la novela de la Revolución a la revolución de la novela hispanoamericana, impartida por don Antonio Lorente Medina en el Máster Universitario en Formación e Investigación Literaria y Teatral en el Contexto Europeo. 

Nota preliminar 2: Puedes apoyar mi trabajo comprando la increíble novela Maladrón en este enlace. 

Maladrón salió de imprenta en 1969 y fue la primera novela publicada por Miguel Ángel Asturias desde que se le concediese, dos años antes, el premio Nobel de literatura. Es una obra que forma parte de un conjunto de potentes narraciones hispanoamericanas del siglo XX, caracterizadas por mover a sus personajes a través de inhóspitas regiones de la selva, como podrían ser La vorágine, de Rivera, Los pasos perdidos, de Carpentier o La casa verde, de Vargas Llosa. Podría situarse también dentro de la corriente cultural negrolegendaria antiespañola debido a su empeño en juzgar la Conquista de Hispanoamérica desde los estándares morales del presente, llevando además al extremo todas las características negativas de los conquistadores españoles y minimizando o ignorando sus rasgos o iniciativas positivas, al tiempo que transmite una imagen idealizada de las tribus precolombinas.

En el presente trabajo me propongo llevar a cabo un análisis de los personajes que pueblan esta novela del escritor guatemalteco, un elenco que manifiesta una rica variedad en cuanto a personalidad, características físicas, procedencia e, incluso, entidad metafísica. 


PROPUESTAS DE CLASIFICACIÓN 

Podría decirse que Maladrón es una novela coral, ya que resultaría complicado establecer un protagonista entre los principales personajes. De hecho, este papel parece ir desplazándose a lo largo de la obra de unas figuras a otras, de tal modo que podría recaer con el mismo derecho en Caibilbalán durante los primeros capítulos, en Ángel Rostro al comienzo de la parte central, en Antolín Linares hacia el final de esta parte, o en Lorenzo Ladrada en el desenlace de la obra; todo esto teniendo en cuenta que estas posibles figuras principales siempre van acompañadas por otras de gran relevancia, como Chinabul Gemá al comienzo, Blas Zenteno en la parte central o la india María Trinidad e, incluso, la misma aparición sobrenatural o psíquica de Maladrón, hacia el final. 

Podríamos establecer categorizaciones de los personajes de nuestra novela en función de diversos factores. Atendiendo a su procedencia, tendríamos, primeramente, habitantes originarios del continente americano, como los pertenecientes a la etnia mam, tales como Caibilbalán o Chinabul Gemá, o miembros de otras etnias, como María Trinidad, de la que solo sabemos que es «una india» (y, por tanto, también podría ser mam), los tlascaltecas, que luchan al lado de los españoles , o los gesticulantes indios tiburones; siguiendo con el criterio de la procedencia, tendríamos a los habitantes del viejo mundo, oriundos en su mayor parte de España, como los miembros del grupo de exploradores que buscan la conjunción oceánica, aunque también se menciona a Escafamiranda, pirata posiblemente turco, tal vez al servicio de Inglaterra; si tenemos en cuenta a Maladrón como personaje bíblico, es decir, el ladrón que cuestionó a Cristo en el Gólgota, de nombre Gestas, y no solo como fenómeno paranormal o psicológico en la mente de Lorenzo Ladrada, podríamos mencionar que este personaje procede, no solo de otro lugar, de Judea, sino de otro tiempo, del siglo primero de nuestra era. 

Otro criterio para categorizar estas figuras podría ser el sexo, dejando únicamente a la india María Trinidad, Trinis o Titil-Ic, por su nombre gentil, en el grupo de las mujeres, y a todos los demás personajes conformando el predominante grupo masculino; también podríamos separarlos en grupos etarios, teniendo únicamente a un niño, Antolincito, el hijo de María Trinidad y Antolín Linares, siendo adultos todos los demás.

Algo más complejo sería el criterio basado en la naturaleza existencial o metafísica, dejando también un grupo mayoritario formado por personajes reales y otro menor de personajes sobrenaturales o psicológicos en la mente de Ladrada, como el mencionado Maladrón y el Canónigo Magistral Don Juan Ligano Salmerón, un evangelizador cuyos restos mortales descansaban en la misma tumba donde sería enterrado Antolín Linares tras su escatológica muerte. Cabe decir que este último formaría parte de ambos grupos, pues durante un gran porcentaje de la novela posee entidad de personaje real, de carne y hueso, pero, tras ser enterrado, pasa a engrosar las filas del conjunto de seres sobrenaturales/fenómenos psicológicos, llegando a entablar calurosas conversaciones con el canónigo.

En función de su papel en la obra también podríamos dividir a los personajes en mayores, menores y figurantes, por tomar prestado un término de las artes escénicas. En el primer grupo podrían entrar todos aquellos que en algún momento de la novela pudieran ser considerados protagonistas, como Caibilbalán, Lorenzo Ladrada, Antolín Linares, Ángel Rostro o Duero Agudo. Considero difícil situar a María Trinidad y a Blas Zenteno, pues, si bien tal vez sus papeles no estén a la altura de los anteriores, sin duda resultan mucho más importantes que las figuras menores. Así, en caso de no ser incluidos en el primer grupo, encabezarían la nómina de personajes menores junto a otros menos relevantes como Quino Armijo, Chinabul Gemá, Moxic, Güinakil, Zaduc, el soldado Pedro Paredes o Fray Damián Canisares. Los figurantes se diferenciarían de los miembros de los grupos anteriores en el hecho de que no se mencionan sus nombres. Serían, por ejemplo, el séquito privado de Caibilbalán, los soldados españoles que luchan contra los indígenas mam o los alarifes encargados de trabajar en la construcción de la casa y humilladero de Maladrón, en el valle del mismo nombre. A estas categorías podría unirse una cuarta formada por personajes históricos de los que se menciona el nombre pero que tienen poca o nula intervención en la trama, como por ejemplo el Avilantaro, nombre mexica del conquistador don Pedro de Alvarado, así como otros conquistadores históricos como Alonso Gómez de Loarca o, en el marco de otras ocupaciones, el pirata Francis Drake, o los hermanos Herodes. 

Un último sistema de categorización que querría proponer sería el basado en la diferenciación entre personajes que intervienen en el tiempo presente de la obra frente a aquellos de los que tenemos noticia a través de narraciones de los personajes o del propio narrador. Así, entre los primeros se encontrarían, evidentemente, las figuras mayores y gran parte de las menores, mientras que en el segundo encontraríamos, por ejemplo, al amo de Lorenzo Ladrada, Escafamiranda, del que tenemos noticia a través de su criado y de la entidad Maladrón, o a Zaduc de Córdoba, el saduceo que inició a Duero Agudo en el culto del Maladrón durante la travesía en galeón desde España hasta América; se daría una situación particular en el caso de Maladrón, pues a la vez que interviene en el presente de la trama, también su historia nos es referida, tanto por el narrador, como por Duero Agudo (que a su vez fue informado por Zaduc en el pasado) como por el propio Maladrón, que le cuenta a Ladrada los detalles de su martirio. 


DESCRIPCIÓN DE LOS PERSONAJES PRINCIPALES Y PARTICIPACIÓN DE ESTOS EN LA TRAMA

En Maladrón no hay ningún personaje que aparezca en todos y cada uno de los treinta capítulos de la novela. Algunos pueden desaparecer en un capítulo y no volver a ser siquiera nombrados, mientras que otros pueden manifestar una continuada presencia a lo largo de un gran número de páginas. A continuación vamos a estudiarlos analizando su presencia en la novela y sus características etopéyicas y prosopográficas. 


CAIBILBALÁN

El Gran Mam, Mam de los mam o Señor de los Andes Verdes aparece por primera vez en el capítulo 1, en la ceremonia de la llamada del invierno. Tiene presencia, además, en los capítulos 2 al 7, y en el capítulo 13 es mencionado por el narrador al recordar una frase que lanzó en el capítulo 4: «¡Guerreros… Nosotros y los venados… Nosotros y los pavos azules… De otro planeta llegaron por mar seres de injuria…!», paráfrasis de la cita que encabeza la novela. Es una figura basada en un personaje histórico, un jefe de los mam llamado Kaibil Balam que defendió heroicamente la ciudad de Zaculeu del asedio dirigido por don Pedro de Alvarado, el cual se prolongó durante cuatro meses. El jefe indio contaba con unos cuarenta años y resultó elogiado por los cronistas españoles.

Constituye la figura principal de la primera parte de la novela, la que relata el enfrentamiento entre los mam y los conquistadores. Su nombre aparece mencionado más de cuarenta veces en los capítulos 1 al 7. En el capítulo 2, tiene lugar el encuentro entre el jefe mam y Chinabul Gemá, del que hablaremos después. Caibilbalán recibe malas noticias: los caciques de las Macanas de Espejo han caído derrotados frente a los españoles y los indios tlascalas. Las técnicas militares no han servido de nada, por lo que el emisario Chinabul propone abandonar ese tipo de organización y regresar a la guerra de montaña. Esta idea no es del agrado del jefe mam. Considera que han dejado atrás la barbarie, que una nación civilizada no puede utilizar ese tipo de tácticas. El capitán Moxic, del que también hablaremos, se pone del lado de Chinabul Gemá, anticipando la soledad del jefe mam en la dialéctica entre las dos concepciones de la guerra, la cual lo llevará a su fin. 

Los argumentos del emisario y el capitán parecen sólidos; los indígenas carecen de caballos y armas de fuego y no pueden vencer a los españoles en su terreno. La guerra fantasma, similar a lo que hoy podríamos entender por guerra de guerrillas, les brinda una oportunidad, ocultándose y atacando en numerosos puntos a la vez. Parece que el jefe mam ha adquirido una posición dogmática y prefiere la derrota antes que renunciar al empleo de un ejército propio de una civilización avanzada. Sin embargo, en el capítulo 3 descubriremos que Caibilbalán es un hombre racional y reflexivo, y que sus decisiones se encuentran motivadas por el deseo de victoria. Seguir el consejo de Chinabul supondría fragmentar el ejército y apostar por el azar. Además, este tipo de ataques llevan la destrucción más allá del área de combate, alcanzando las ciudades y los campos de cultivo. Al jefe no solo le complace poseer argumentos sólidos sino encontrar las palabras adecuadas para defenderlos. 

Considero que Asturias dotó a Caibilbalán de estas características para presentar a los pueblos indígenas como sociedades que, si bien todavía podían arrastrar prácticas bárbaras, como la magia o los sacrificios humanos, habían comenzado ya un proceso civilizatorio más avanzado en el que el pensamiento racional estaba desplazando al pensamiento mágico. Sin embargo, todo avance encuentra detractores, y vemos que brujos, zahories y agoreros empiezan a mostrar recelo de las decisiones del jefe y de su desprecio por la magia. 

En el capítulo 4 vemos a Caibilbalán capitaneando su ejército frente a las tropas de Alonso Gómez de Loarca, y lanzando a sus soldados la potente arenga mencionada más arriba, «¡Guerreros… Nosotros y los venados…». Sin embargo, no tardaremos en ver a las tropas indias retirarse. Chinabul ha caído en combate y Caibilbalán carga con el cadáver en brazos mientras se baten en retirada. Al final del capítulo 5 lo vemos cosechar una nueva derrota ante los españoles. Les había tendido una trampa, pero un mam los avisó, evitando que se adentrasen en un desfiladero desde donde serían aplastados con grandes rocas. A pesar de que el ataque tiene lugar, el Gran Mam inicia la retirada porque estaban muriendo también sus propios hombres. Este hecho constituirá el empuje definitivo hacia su caída en desgracia, pues sus hombres no comprenderán semejante decisión. Podría decirse que este capítulo tiene función de bisagra, introduciendo a algunos de los personajes protagonistas de la segunda parte de la novela, como Ángel Rostro y Blas Zenteno, de los que hablaremos después. 

El capítulo 6 anticipa la caída del héroe mam. Los capitanes exigen explicaciones por la retirada y de nuevo Caibilbalán se encuentra solo ante la opinión mayoritaria. Para el jefe Mam el fin no justifica los medios. Los capitanes aprovechan para recordarle que no está haciendo caso a los magos y lo cierto es que su irritación parece comprensible. El jefe no ha hecho caso a los magos y no hemos cosechado más que derrotas, luego debería hacer caso a los magos. Los capitanes no han alcanzado a comprender que la correlación no implica causalidad. Al Gran Mam le sirve de poco poseer argumentos y disponer de las palabras adecuadas: 
El atraso de nuestra gente nace del temor que engendran todos esos ocultos e inútiles poderes. Y allí también la raíz de nuestros triunfos en las guerras pasadas. El quiché, mejor guerrero que nosotros, pero más supersticioso, no pudo vencernos (…). Para ellos, bravos quichés, la magia es todo, y no es nada.
Todos se escandalizan ante el escepticismo de Caibilbalán y lanzan consignas defendiendo la magia. El jefe Mam responde exponiendo unas ideas materialistas que lo sitúan en un llamativo paralelismo con Maladrón. Les dice «que sólo existe la realidad, que no hay dioses que valgan, magias que sirvan, adivinaciones que no sean falaces, encantamientos que no sean engaños». La acusación de traidor no se hace esperar pero el jefe se mantiene firme: «No me convenceréis».

El capítulo 7 relata el desenlace de la historia del Gran Mam y pone fin a lo que podemos entender como primera parte de la obra, aunque Asturias no estableció ninguna división explícita. Caibilbalán es declarado culpable y escucha la sentencia de los Ancianos del Consejo y Lenguas de las Tribus. El paralelismo con Maladrón se ve reforzado. Ambos personajes, descendientes de importantes estirpes, son castigados por sus ideas materialistas, por negar la existencia de lo trascendente. El saduceo fue degradado a la condición de vulgar ladrón y condenado a morir en la cruz, mientras que el mam es degradado de quetzal-guerrero a taltuza, es decir, su nahual, su espíritu, pasa de lo más alto a lo más bajo de la jerarquía. Esto podría entenderse como su muerte espiritual, pero es que además Caibilbalán es desterrado a perpetuidad al país del lacandón y el mono, lo que supone su muerte social y, probablemente, también física, pues los Andes Verdes son «su ombligo, su luna, su juventud, su vida», un entorno al que se encuentra completamente adaptado, mientras que en su destino lo que le espera es «la selva cálida, húmeda, el agua podrida, la sabana sin fin». Presenciamos entonces el descenso a los infiernos de Caibilbalán, que, en su destierro, ha de internarse en la cueva de las columnas de fuego, donde corren ríos de azufre y pululan infinidad de insectos y alimañas. Cuando el degradado héroe sale de semejante inframundo para alimentarse, deambula por las ciudades blancas como un apestado. Le llegan noticias de que Moxic está capitaneando la defensa de la fortaleza, en principio con éxito. Nada más sabremos del Gran Mam, pues alguien que conoce su identidad le avisa de que está en peligro, le anima a correr y esconderse; Caibilbalán huye y desaparece para siempre. 


CHINABUL GEMÁ

Es un valeroso guerrero y emisario mam cuyo nombre aparece en la novela una veintena de veces entre los capítulos 2 y 6. Su mayor relevancia tiene lugar en el capítulo 4, donde se puede asegurar que luce como protagonista absoluto, al morir heroicamente en combate, hecho que lamentan las tropas mam lanzando un grito elegiaco en su honor que se repite en numerosas ocasiones. 

Hace acto de presencia en el capítulo 2, cuando lo vemos recorriendo grandes distancias para llevar noticias a Caibilbalán, en una escena que trae a la memoria la gesta del héroe griego Filípides corriendo desde Atenas hasta Esparta para avisar del desembarco de los persas en la ciudad de Maratón. Chinabul no solo trae noticias desastrosas, sino también una sugerencia en forma de ruego: 
¡Hay que cambiar de táctica, Valeroso Guerrero Mam, volver, sin pérdida de tiempo, a la guerra de montaña! ¡Nada de ejércitos en formación, montoneras, golpes aquí, golpes allá…! ¡Tú dispones, Jefe de las Montañas!
Aquí tendrá lugar el enfrentamiento dialéctico que ya conocemos. Chinabul Gemá aprovecha para mostrar descontento con la actitud del Gran Mam, no solo en el modo de enfrentar la guerra, sino en el trato al enemigo. Caibilbalán dejó marchar con vida a unos emisarios del jefe teul, hermano del Avilantaro, alegando que la figura del emisario es sagrada según las leyes de la guerra. Chinabul Gemá apenas puede contener la ira.

En el capítulo 4 lo vemos al mando de los lanceros, causando grandes daños a los españoles mientras se desplaza velozmente dirigiendo a las tropas. Alonso Gómez de Loarca se percata de que, de tan veloz, Chinabul deja atrás a sus escoltas, hecho que aprovecha el capitán español para hundirle una espada en el pecho. De tal importancia era el soldado para los mam que se produce la desbandada al tiempo que los guerreros mam claman: «¡Ojos cerrados de Chinabul Gemá! ¡Ojos cerrados del mam!» , y el grito se pierde en la planicie, en las montañas y en el cielo, sin que la grandeza de estos elementos supere a la del héroe. Su cadáver es transportado hacia lo alto de Cuchumatán en los brazos de Caibilbalán. 


MOXIC

Capitán de los guardias de Caibilbalán, es una figura menor de la primera parte aunque revestida de cierta importancia. Su nombre aparece doce veces en los capítulos 2, 3, 6 y 7, siendo más presente en el capítulo 6. Su principal función consiste en enfrentarse a Caibilbalán, primero posicionándose junto a Chinabul Gemá, después, con el apoyo de un anónimo soldado. Finalmente, ocupará el lugar del Gran Mam una vez este sea desterrado, para hacerse cargo de la defensa de la fortaleza de Zaculeo. 

Se nos presenta como ágil y delgado, con la piel húmeda. Audaz, aunque respetuoso, pide perdón por atreverse a intervenir en la conversación entre el jefe y el emisario. Su posición es la de este último, es necesaria la guerra fantasma. Ante la cerrazón de Caibilbalán no duda en elevar la voz: «¡Esa! ¡Esa es la guerra que pedimos tus capitanes, la guerra fantasma!». 

No tenemos noticias del papel de Moxic en la batalla contra los españoles en la que muere Chinabul y será en el capítulo 6 donde vuelva a intervenir, de nuevo para hacer frente al Gran Mam. Moxic expone el descontento de los mam a causa de la actitud de su jefe, que rechaza «la práctica de augurios y sacrificios necesarios en la guerra», lo que trae desgracias como la muerte de Chinabul Gemá. Caibilbalán se defiende explicando que todo lo que sabe en el arte de la guerra proviene de un sabio al que se confió su educación y que, tras poner sus conocimientos en práctica durante años ya no puede confiar en la magia. Un guerrero anónimo interviene asegurando que la magia no puede desecharse a lo que el Gran Mam responde que esas creencias traen atraso. El guerrero responde que, sin magia, la guerra pierde gracia y belleza, y Moxic interviene de nuevo asegurando que justo eso fue lo que les faltó para derrotar a los teules. Esta intervención favorece que sacerdotes, guerreros y jefes griten indignados en favor de la magia, desatando la ira de la multitud, que carga a golpes contra Caibilbalán a pesar de los ruegos de Moxic para que su jefe sea escuchado. 

La última información sobre Moxic tiene lugar en el capítulo 7. A oídos del desterrado Caibilbalán llega la noticia de que el capitán se ha hecho cargo de la defensa de la fortaleza. Su estrategia consiste en que los portaestandartes agiten miles de cascabeles para minar la moral de los españoles gracias al insoportable ruido. El resultado de la batalla será revelado al comienzo del capítulo 8, en forma de noticia que llega al grupo de exploradores: los españoles han tomado la fortaleza.  


ÁNGEL DEL DIVINO ROSTRO DE JESÚS

O, simplemente, Ángel Rostro, es el primer personaje del grupo de exploradores españoles que vemos aparecer en Maladrón. Lo hace en el capítulo 5, y su nombre es citado casi sesenta veces en los capítulos 5, 8 al 15, 17 al 20 y 29. Su primera intervención tiene lugar en el capítulo 5, mientras habla con otro español, Diego Paredes, cuando le comenta su deseo de hallar la conjunción oceánica. Su obsesión llega al punto de alegrarse por no tener que abandonar el campamento, ante lo que su compañero no puede evitar decirle: «preferir el hambre, el frío, las ropas que ya no se nos secan en el cuerpo, y celebrarlo con saltos y visajes, loco estáis…», a lo que Rostro responde que prefiere cualquier cosa antes que alejarse de la zona donde cree que se juntan los océanos. 

En el capítulo 8 arranca la segunda parte de Maladrón y vemos a Rostro junto a sus tres compañeros, ya plenamente dedicados a la búsqueda de la conjunción oceánica. Rostro se nos describe como el menos abúlico de los cuatro, por lo que toma la determinación de capitanear al grupo. También conocemos algunos de sus rasgos físicos: «su cara de cera, sus pocas barbas rubias y su cuerpo volátil». Se menciona por primera vez a Maladrón, pero este asunto no interesa a Ángel Rostro, quien increpa a sus compañeros por pasar el día hablando de esas blasfemias. Sabemos que ha tenido acceso carnal a la india María Trinidad y que ella le ha hablado del poder del veneno de una tarántula que lleva a los inoculados a experimentar un tipo de locura que les permite desplazarse sin sentir jamás fatiga. 

Al comienzo del capítulo 11, nuestro grupo de exploradores llegará al campamento del capitán Juan de Umbría. Rostro dará cuenta de sus penurias y aventuras y serán atendidos por Fray Damián Canisares, quien terminará tachándolos de criptojudíos y portugueses por profesar el culto al Maladrón. Poco les falta para ser sometidos a tormento pero consiguen escapar de noche gracias a un nuevo personaje fundamental del que hablaremos más tarde, Antolín Linares. Una vez a salvo, Rostro abronca duramente a sus hombres por seguir con «esta patraña del Mal Ladrón».

En el capítulo 12, Rostro y Linares se enzarzan en una discusión en torno a Trinis que va creciendo en intensidad hasta que Linares acusa al capitán de querer entregarlos a los españoles por herejes y para recibir indios en encomienda. Entonces ambos hombres se enzarzan en una pelea a cuchilladas aunque son rápidamente separados por Blas Zenteno. Rostro se lamenta de encontrarse abandonado por sus compañeros y sin amor, por lo que podemos entender que María Trinidad se ha decantado por Antolín Linares. Rostro desconfía ya de todos, pues nadie le obedece y, en vez de proseguir la marcha en busca de la conjunción oceánica, sus hombres comienzan a afincarse en la zona, donde pretenden levantar la casa y humilladero de Maladrón. Se pregunta por qué han querido detenerse allí, no encuentra motivo, y la excusa del culto al Maladrón le parece una engañifa. Más tarde sabremos que cree que los demás quieren robarle el descubrimiento de la conjunción oceánica. 

Llegados al capítulo 15 asistimos a la caída en desgracia del capitán Rostro tras un creciente deterioro de su estado mental. Decide no bajarse nunca del caballo, ni siquiera para llevar a cabo las más básicas funciones vitales, pues Duero Agudo lo ha convencido de que si se encuentra con los pies en tierra cuando tenga lugar un temblor, será convertido a la secta de los gesticulantes. Al igual que le sucederá a Antolín Linares, Ángel Rostro sufre una humillante exposición escatológica por parte del narrador, que relata con todo detalle sus penurias a la hora de hacer sus necesidades sin bajar del caballo. Considero que la función de estos pasajes responden al trasfondo ideológico de la novela, que busca ofrecer una imagen lo más degradada posible de la Conquista de Hispanoamérica. 

Pero la degradación de Rostro en el presente capítulo alcanza también otros ámbitos. Por un lado, se plantea renunciar a su fe y abrazar la de Maladrón hasta hacerse inmensamente rico para, después, regresar arrepentido a Cristo. Por otro, el reflejo que le devuelve el agua muestra una cara que no es la suya: más arrugas, menos dientes, largos cabellos, mirada perdida, suciedad. Poco después decide por fin abandonar el grupo y, como San Pablo, sufre una brutal caída del caballo. Padeciendo inmensos dolores decide ahuyentar al animal e internarse solo en la selva para probarle a Dios su fe en Él. Será el final de Rostro en la novela, aunque volverá a ser recordado por sus compañeros o mencionado por el narrador casi una decena de veces en los siguientes capítulos. 


DUERO AGUDO

Conocido como «el Tuerto», su primera intervención en la obra, en el capítulo 5, resulta bastante heroica, pues consigue evitar la derrota de las tropas españolas en el desfiladero gracias a la determinación de llevar en su caballo ante Joanes de Verástegui al indio mam que sabe que las tropas caminan hacia una trampa. Es referido por su nombre, su apellido, su apodo, o alguna combinación de estos, más de cien veces a lo largo de la obra, en los capítulos 5, 8 al 13, 15 al 22 y 24 al 30. Forma parte del cuarteto original de exploradores que parten en busca de la conjunción oceánica. Siempre saca a relucir su condición de tuerto, causada, al parecer, porque su padre lo retó a que se sacara el ojo, lo que puede dar cuenta de su determinación, osadía y valor rayano en la inconsciencia. Duero posee la trascendental función de introducir a sus compañeros en el culto a Maladrón. En el capítulo 8, al ver los rituales de los indios gesticulantes, recuerda las prácticas de Zaduc de Córdoba, con el que viajó hasta América y «acordó decir a sus compañeros que los naturales de por esos pueblos cojeaban de la misma herejía que Zaduc». Las consecuencias de esta decisión serán trascendentales para todos los personajes y letales para algunos, incluido el mismo Duero. 

Desde el capítulo 9 vemos afianzarse la amistad entre Duero y Blas Zenteno, quien lo apoya en lo referente a los gesticulantes y le pide detalles sobre las prácticas de Zaduc en largas charlas envueltos en humo de tabaco. La complicidad de ambos hombres se verá potenciada en el capítulo 10 al convertirse, Duero por voluntad, Zenteno por accidente, en tarantulados por la picadura de la araña que ya mencionamos. Sabremos también que la ambición y la hipocresía son rasgos de la personalidad del tuerto, pues se ofrece a ser picado por la tarántula alegando que así salvará al grupo, cuando en realidad lo hace con la idea de robarles el descubrimiento de la conjunción. 

En el capítulo 11, la actitud de Duero con Fray Damián (lo interrumpe y lanza doctrina de Maladrón), amén de los efectos del veneno, dan lugar a que casi acaben sometidos a martirio por herejes, aunque finalmente logran escapar del campamento, como vimos. Una nueva amistad hace el tuerto en el siguiente capítulo al curar la herida recibida por Antolín tras su pelea con Rostro. 

Mediante analepsis conocemos en el capítulo 16 algo más sobre el tuerto. Cuando se embarcó a las indias no era más que un joven de veinte años, muerto de hambre, que huía de las deudas. En aquel galeón conoció a Zaduc, quien le contó la historia de Maladrón y le explicó la doctrina y prácticas en torno a su figura. En los siguientes capítulos veremos al tuerto enfrascado en diferentes iniciativas relacionadas con el culto a Maladrón como engañar a los indios para que construyan el humilladero, haciéndoles creer que será un lugar para adorar al Cabracán, el Dios de los terremotos. Por si fuera poco, pretenden convertirlos al culto de Maladrón mediante engaños, haciendo aparecer una estatua del Maladrón durante las gesticulaciones del Cabracán. Vemos, pues, cómo el tuerto no deja nunca de ser fiel a su naturaleza traicionera a la par que emprendedora.
 
En estos capítulos lo vemos con frecuencia disuadiendo a Zenteno de cortarle las manos a Ladrada por pirata. Sin embargo, no serán nobles intenciones las que lo muevan a ello, sino el mero interés personal, ya que el enfrentamiento entre los españoles podría llevar a los indios a levantarse contra ellos. De hecho, hacia el capítulo 27, sabremos que finalmente el tuerto aprobará la determinación de Zenteno contra Ladrada, pero no por haber sido este pirata, sino para que no pudiera volver a esculpir nada tan excelso como la estatua del Maladrón, es decir, que la motivación de Duero resulta incluso más cruel que la de Zenteno, pues acepta que Ladrada sea castigado, no por hacer el mal, sino por hacer algo demasiado bien. La perversión moral del tuerto se muestra en su máximo apogeo. Pocos minutos después, será asesinado por el indio Güinakil, quien le asesta primero un golpe de macana en la cabeza para arrancarle después el corazón del pecho, tal y como había hecho poco antes con Blas Zenteno. 


QUINO ARMIJO

Es el menos relevante del grupo de exploradores, algo que puede comprobarse simplemente de forma cuantitativa: su nombre aparece dieciocho veces en toda la novela, en los capítulos 8 al 11, 13, 15, 18, 20 y 29. No se encuentra nada integrado entre sus compañeros, pues no profesa el culto al Maladrón ni muestra ningún interés en hallar la conjunción oceánica. Parece encontrarse más cómodo con los indios, entre los que tiene amigos importantes que le explican la idiosincrasia de sus rituales en honor del Cabracán. En numerosas ocasiones, Armijo, llamado «el prudente», por Ángel Rostro, trata de hacer ver a sus compañeros, sin éxito, que los indios gesticulantes no tienen nada que ver con el Maladrón. De hecho, no serán pocas igualmente las ocasiones en que sea recordado para decir que tenía razón. Finalmente, decide abandonar a sus compañeros durante los incidentes del campamento de Juan de Umbría, aunque los ayuda a escapar. 

Quino Armijo es, de lejos, el personaje español de mejor conducta y carácter, y no resulta sorprendente que sea, además, el que se siente más cercano a los indios, el que mejor los comprende y el que decide abandonar las empresas de la Conquista para, probablemente, aunque no se especifica, integrarse entre los pobladores nativos. 


BLAS ZENTENO

Es el cuarto miembro del grupo originario de exploradores y su nombre aparece más de cien veces en la novela, distribuidas entre los capítulos 5, 8 al 13, 15 y 17 al 30. Se nos presenta en el capítulo 5 como un gigantón muy hablador que incita a las tropas a moverse hacia la costa por el clima y los recursos que allí aguardan. 

Es uno de los más entusiastas devotos del culto al Maladrón, y desde el primer momento apoya al tuerto en la idea de que los indios gesticulan por esta figura y no por sus propias creencias. Su cercanía a Duero es notable, tanto que apenas permiten hablar a los demás. Y es que, ambos hombres, que se consideran «hermanos de humo», no dejan ni un momento de tratarse «con el ruido de la mala doctrina que uno a otro se soplaba a la oreja para mantenerse fieles al Supremo Ladrón, en el más rudo materialismo». 

A lo ya narrado por Duero sobre lo que aprendió de Zaduc en torno a Maladrón, Zenteno aporta sus recuerdos de infancia en Torre Vieja (1), donde persiguieron y quemaron a los seguidores de la secta gesticulante de Maladrón en una noche de Viernes Santo. Y es que, Zenteno no siempre fue como se muestra en la novela, es decir, «Materialista, escéptico y casi siempre deprimido» sino que antes de embarcarse en la Conquista fue «idealista, crédulo y animoso. Los hechos lo cambiaron». De nuevo Asturias utiliza a un personaje para mostrar lo pernicioso de la empresa española en ultramar, que no solo daña a los pueblos originarios sino que también degrada a los propios conquistadores. 

Los pasos de Zenteno siempre transitarán junto a los del tuerto, y le veremos sufrir junto a él la picadura de la tarántula que los convierte en guías de la expedición bajo los efectos del veneno. Será también junto al tuerto el más entusiasta organizador de las obras de la casa y humilladero de Maladrón, de la procesión y celebraciones en su honor y del intento de conversión en masa de los indios gesticulantes. Bien es cierto que Zenteno se obsesionará en solitario con cortarle las manos a Ladrada por pirata, viéndose acrecentadas sus sospechas ante cualquier indicio, como lo mucho que duerme el escultor o sus destrezas haciendo piruetas, aunque igualmente es cierto que, al final, también Duero aprobará la idea de cometer el «manicidio», aunque por otras razones. Finalmente, como ya vimos, Zenteno morirá del mismo modo y bajo las manos del mismo hombre que su compañero de aventuras, con la única diferencia de un breve espacio de tiempo entre ambos homicidios.


ANTOLÍN LINARES CESPEDILLOS

También conocido como Antolinares, o Carantamaulas, no forma parte del grupo originario de exploradores, aunque su papel en la segunda parte es equivalente al de aquellos, pues su persona es referida por su nombre o apodos más de cien veces en los capítulos 11 al 13, 15, 17 al 26 y 28 al 30.

Linares es un personaje paradójico al menos por dos motivos. Por una parte, sabemos que recupera milagrosamente la vista gracias a las gesticulaciones en honor de Maladrón que sus seguidores habían propagado por el campamento de Juan de Umbría. Sin embargo, a pesar de ello, este hombre, natural de Almagro, no llegará nunca a alcanzar los niveles de devoción del tuerto o de Zenteno, llegando a ser incluso increpado por ello, por querer bautizar a su hijo en el rito cristiano y no en el del saduceo: 
—¡Os devolvió los ojos, Antolinares —gritaba el tuerto— y cómo no invocar sus atributos y su nombre en el bautizo del que es parte de vuestros ojos! ¡Parte de esa parte que Él os devolvió milagrosamente! 
Por otra parte, aunque Antolín es el artífice, junto a Trinis, del único hecho positivo que Asturias ve en la Conquista, es decir, el mestizaje, a través del hijo que ambos engendran, siendo el pequeño una figura cargada de simbolismo en la que el autor parece depositar sus esperanzas, a pesar de todo ello, el trato que dispensa el guatemalteco a Antolinares resulta ser el más humillante y brutal de toda la obra, prolongándose en numerosos párrafos de exposición agónica y escatológica a causa de una indigestión de palmito. Es evidente el pecado de Antolinares: desconfiar en el último momento de su amigo Lorenzo Ladrada, creyendo que ha huido para atribuirse el descubrimiento de la conjunción oceánica, dejándose al tiempo llevar por la codicia y emprendiendo un alocado viaje con Trinis y Antolincito para evitarlo y ser él quien se lleve los honores, siendo nombrado Marqués de los Dos Mares, pero cabría preguntarse si Asturias no se excedió con la penitencia que le impuso. Por si esto fuera poco, Antolín es un personaje que, además de tener participación real, física, en la historia, también participa como fenómeno sobrenatural o psicológico. Ladrada encuentra su cadáver y lo lleva a enterrar en el altar mayor de un castillo, en una tumba donde yacen los restos del canónigo don Juan Ligano Salmerón. Poco después se producirán disparatados diálogos entre Antolín y el Canónigo, aunque probablemente solo como delirios psicológicos en la mente de Ladrada.


LORENZO LADRADA

A pesar de su aparición tardía en la novela, es sin duda una de las figuras más relevantes, siendo el protagonista absoluto del capítulo 30, el más largo de la obra junto con el 29, protagonizado por Antolinares. Su nombre es también referido más de cien veces en Maladrón, y tiene presencia en los capítulos 19 al 30. Se encuentra con el grupo principal mientras preparan las festividades en honor a Maladrón y les cuenta que proviene de Jerez de la Frontera y que llegó muchos años ha como criado de un buscador de oro llamado Escafamiranda. También les cuenta que esculpió una imagen en un mascarón de proa para su amo, por lo que Duero y Zenteno deciden que Ladrada esculpirá la imagen del Maladrón en un madero. 

La información sobre el pasado de Ladrada irá saliendo a flote poco a poco, en parte gracias a sus delirios o experiencias sobrenaturales interactuando con Maladrón. Así, sabremos que asesinó a Escafamiranda por la espalda para quedarse con las minas de oro. Ladrada no dejará de ofrecer a Zenteno indicios de su pasado en la piratería, llegando a expresar directamente que él es la persona idónea para la tarea que le han encomendado, pues qué mejor que un pirata para esculpir a un ladrón. Afortunadamente para él, la muerte de Duero y Zenteno a manos de los indios, le evitará el trauma de verse con las manos amputadas. 

Ladrada huye de la rebelión de los indios junto a Antolin, Trinis y el bebé, y por fin logran encontrar la conjunción oceánica. La sorpresa salta en el capítulo 30 cuando descubrimos que Ladrada realmente sí había acudido a las minas para colmar de oro a su ahijado Antolincito, y no a dar noticia de la conjunción con objeto de atribuirse el descubrimiento. Resulta que al final el pirata asesino posee unas convicciones morales superiores a las de la mayor parte de los conquistadores españoles. De hecho, en las últimas páginas de la novela pondrá en marcha un amplio dispositivo de búsqueda entre los indios que trabajan para él en las minas con el objetivo de encontrar a Trinis y al bebé, para salvarlos de morir en la selva, aunque también para librarse de la soledad en la que vivía sumido desde hacía muchos años y que se verá reflejada en la inmensidad del océano hacia las últimas líneas de la obra. 


TITIL-IC

Es el único personaje femenino de la novela (aparte de ella, apenas se hace mención a un grupo de indias que Ladrada observa desde la gruta, a una ramera que quiso envenenar al tuerto en Cádiz, o a la dama cautiva de Escafamiranda) aunque su importancia resulta enorme, siendo referida, bien por su nombre indígena, que significa «eclipse de luna», bien por el cristiano, María Trinidad, por el hipocorístico Trinis o, simplemente, como «la india», en más de cien ocasiones en los capítulos 9 al 15, 17 al 22, 24 al 30. Sabemos que de niña fue bautizada y «adoctrinada, pero volvió a la gentilidad». Gracias a su dominio del español, sirve de enlace entre indios y exploradores y será, igual que Antolinares, elemento propiciatorio de mestizaje, al engendrar con él a Antolincito. 

Titil-Ic comienza su andadura en la trama con una trascendental intervención al revelar a Ángel Rostro, con quien tuvo relaciones en un primer momento, los efectos del veneno de las tarántulas que acabarían por llevar al grupo, picaduras mediante, hasta el futuro valle de Maladrón y a la conjunción oceánica, con todas las consecuencias que ello supondrá para cada uno de los personajes. 

El trato recibido por esta mujer a manos de los españoles queda muy lejos de ser correcto. Incluso el personaje menos indeseable, Quino Armijo, llega a golpearla. Titil-Ic es secuestrada bajo la amenaza de ejecución en caso de que Duero o Zenteno mueran a causa del veneno de tarántula. En el campamento de Juan de Umbría es engrillada y posteriormente condenada por apóstata a recibir latigazos hasta escupir sangre, aunque de este castigo consigue librarse escapando junto al grupo. Entiendo que todos estos hechos quieren simbolizar el trato de los españoles a los pueblos indígenas. Nos encontraríamos de nuevo ante elementos negrolegendarios promovidos por Asturias, quien parece no tener en cuenta que el trato del Imperio español fue considerablemente mejor que el que dispensaron otras naciones, algo que puede comprobarse examinando el porcentaje de población nativa y mestiza de los actuales países hispanoamericanos, así como otros datos cuya exposición detallada sobrepasaría a los objetivos de este trabajo. 

A pesar de todo, Trinis siempre se muestra servicial y fiel al grupo y hace lo posible por salvar a Antolinares de su agonía escatológica, quien por otra parte nunca dejó de mostrarse cariñoso y correcto con ella. Finalmente, sabremos que los indios al mando de Ladrada ayudan a Trinis a escapar con su hijo desapareciendo en la selva. Aunque no se especifica, parece lógico que dichos indios le explicasen las intenciones de Ladrada de acogerla a ella y al bebé como su familia. La negativa de Titil-Ic representaría, a mi modo de ver, la reivindicación y el aplauso de Asturias a la independencia de las naciones hispanoamericanas, formadas por nativos y mestizos, respecto a España, para poder emprender libremente su camino hacia el futuro.


GÜINAKIL

Es una figura menor pero de considerable importancia en la segunda parte y se le menciona casi una treintena de veces en los capítulos 19, 21, 24, 26 y 27. Es un indio que forma parte del grupo de alarifes que trabajan en el valle del Maladrón. Se muestra muy cercano a los españoles y con frecuencia les explica aspectos de sus rituales en torno al Cabracán. Zenteno y Duero lo tratan condescendientemente, ignorantes de que el indio se encuentra al tanto de sus planes y de que no va a permitir que los suyos sean engañados. 

Mantiene un extenso diálogo con Trinis con el objetivo de obtener más información sobre los planes de los españoles, pero ella se muestra fiel al padre de su hijo, asegura desconocer el paradero de la imagen de Maladrón y, posteriormente avisa a Antolinares, el cual a su vez alerta a Ladrada, lo que les permite librarse de un cruento final similar al de Zenteno y Duero. Güinakil, de este modo, evita que se asienten los seguidores de un nuevo crucificado, pues si los suyos ya sufrieron por el anterior, que se ofrecía como un ser divino, de paz, que rechazaba la riqueza, qué no les tocaría sufrir ahora con un nuevo crucificado al que veneran abiertamente como ladrón. 


MALADRÓN

Es una compleja figura de naturaleza multiforme que da título a la novela. El antropónimo es una palabra compuesta que procede de la combinación del adjetivo mal y el sustantivo ladrón, y hace referencia a Gestas, el llamado mal ladrón que murió crucificado junto a Cristo y San Dimas, conocido este como el buen ladrón. Los nombres de ambos ajusticiados no aparecen en la Biblia, sino en el Evangelio Apócrifo de Nicodemo. En la Biblia ni siquiera se dice que sean ladrones, sino malhechores y lo único que sabemos del mal ladrón es que le dice a Cristo que si realmente es el hijo de Dios, que se salve y los salve a ellos. Lo mismo se dice de él en el Evangelio de Nicodemo, pero en el Protoevangelio de Santiago la información es mucho más específica y se asegura que Gestas mataba y torturaba a algunos caminantes y que era aficionado a beber sangre de niño.

La información sobre Gestas que aparece en la novela proviene principalmente de Zaduc, cuyas enseñanzas transmite Duero, pero también sabemos de él a través del capítulo 28, donde se narran escenas de su vida. En la obra podemos verlo referido, ya sea como Gestas, como Maladrón o como el Mal Ladrón, casi en un centenar de ocasiones en los capítulos 8, 9, 11 y 13 al 30.

Gestas habría sido en realidad, según la novela, un miembro de la secta judía de los saduceos, quienes negaban la inmortalidad del alma y la resurrección del cuerpo. Su nombre probablemente era Hircano y descendía de Sumos Sacerdotes y Príncipes de Judea. Asturias ofrece incluso una detallada descripción de este joven filósofo que huele a naranjos, la cual se encuentra muy lejos de la faz contrahecha, diabólica y agonizante esculpida por Ladrada: 
rostro tallado en pulpa táctil, cabello, pestañas y barbas de azabache rojizo, labios pulposos, dientes blancos, nariz aquilina, ojos de pupilas pequeñas, muy vivas en la nieve de las córneas.
El joven saduceo no deja de ganarse enemigos con su actitud: ataca a los fariseos, niega valor a las Escrituras, habla de levantarse contra Dios y contra Roma, blasfema contra los Ángeles, tacha de inventos el alma y la eternidad. Su esclavo griego lo acusa de ser el peor de los ladrones por robar a las gentes la esperanza en la otra vida. Poco después será el propio Maladrón el que siga narrando su historia, ahora comunicándose con Ladrada. Le explica que fue prendido en Cafarnaún. Los hombres podrían haberle perdonado cualquier crimen, salvo el suyo, el haberles robado la esperanza. Por ello le desfiguraron el rostro y lo arrojaron a un pozo hasta que fuese olvidado. Después fue sacado de allí y condenado a morir en la cruz como si fuera un vulgar salteador de caminos. Ni siquiera le dieron la oportunidad de salvarse renegando de sus creencias, pues reconoce que tal vez lo habría hecho, de tanto que amaba la vida. En este punto, tras increpar a Ladrada por volver al lugar del crimen, a las minas, donde asesinó a Escafamiranda, se despide de él, visiblemente orgulloso por eternizarse finalmente en forma de imagen escupida junto al dios Cabracán.   

Maladrón cumple, como todos los personajes, su papel en el objetivo ideológico de la obra. Asturias lo propone como un Dios mucho más adecuado para la empresa española en América que el Dios de los cristianos. Esto sería así por los dos sentidos de la naturaleza cleptómana de Maladrón. Por un lado, en el sentido clásico, el que viene de la información de la Biblia y los Evangelios Apócrifos, es decir, como delincuente extractor de la propiedad ajena, como criminal que se aprovecha del trabajo de los demás quitándoles lo que les pertenece. Por otro lado, por el sentido ofrecido en la novela, como el peor ladrón posible, el que roba la esperanza, tal y como el Imperio español supuestamente habría hecho con los pueblos aborígenes de Hispanoamérica. 


CONCLUSIONES

Como hemos podido ver a lo largo de este trabajo, en Maladrón, don Miguel Ángel Asturias nos ofrece un elenco de personajes amplio, diverso y complejo, en el que cada uno de ellos cumple a la perfección su papel en el objetivo ideológico de la obra, que no por ser una novela de tesis deja de ofrecer una belleza formal deslumbrante. Resulta destacable que, además, esos rasgos, amplitud, diversidad, complejidad, tengan lugar en una obra no demasiado extensa, de un tamaño que quizás invitase a dar protagonismo únicamente a una o dos figuras principales. Y es que, el maestro guatemalteco logra situar al menos a ocho personajes (Caibilbalán, Ángel Rostro, Duero Agudo, Blas Zenteno, Titil-ic, Antolín Linares, Lorenzo Ladrada y Maladrón) como figuras protagonistas de la obra sin que sea sencillo destacar a ninguna por encima de las demás en el conjunto de la novela, llevando a cabo para ello un complejo ejercicio de profundización en el pasado, la psicología, las ideas y el comportamiento de todos ellos. Por si fuera poco, en torno a los protagonistas se sitúa un considerable número de figuras menos relevantes pero que en ningún momento resultan accesorias ni gratuitas, jugando papeles esenciales en la trama, como Güinakil, Zaduc, Escafamiranda, Fray Damián Canisares o Chinabul Gemá.

En definitiva, considero que ha quedado patente que en esta novela de imponente belleza formal, llamativa originalidad estructural y polémico tratamiento temático, el elenco de personajes es sin duda uno de los aspectos más interesantes, complejos y enriquecedores que se pueden analizar. 


(1) No he logrado ubicar el lugar de procedencia de Zenteno. Dudo que sea la ciudad alicantina de Torrevieja, pues esta carece de murallas y hasta hace dos siglos no contaba más que con una torre de vigilancia y unas pocas casas de pescadores. El CORDE no arroja ningún resultado para «Torre Vieja», con los vocablos separados por un espacio, fuera de Maladrón. Todos los resultados que he encontrado en internet para «torre vieja» hacen referencia a torres y no a municipios. Entiendo que no podría descartarse que Torre Vieja sea finalmente una ciudad ficticia inventada por el autor como podrían ser Macondo, Orbajosa o Vetusta. 


BIBLIOGRAFÍA

Ainsa, Fernando, Identidad cultural de Iberoamérica en su narrativa, Madrid, Gredos, 1986. 

Asturias, Miguel Ángel, Maladrón, Madrid, Alianza Editorial, 2005. 

Bellini, Giuseppe, Mundo mágico y mundo real. La narrativa de Miguel Ángel Asturias, Alicante, Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, 2008, edición digital a partir de Roma, Bulzoni, 1999, disponible en http://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/mundo-mgico-y-mundo-real---la-narrativa-de-miguel-ngel-asturias-0/html/ 

De Fuentes, Francisco Antonio, Historia de Guatemala o Recordación Florida, Madrid, Luis Navarro, 1883, consultado en Google Libros. 

González-Blanco, Edmundo, (trad.), Evangelios apócrifos, Valladolid, Maxtor, 2015, consultado en Google Libros. 

Kavanagh, Eduardo, «Maratón, el milagro militar que encumbró a Atenas», La Razón, 12-01-2020, disponible en https://www.larazon.es/historia/20200112/5dgptrjdknfstdlw4g4lynyzbi.html 

Martínez, Concepción, «La naturaleza de las creencias indígenas: el cristianismo indígena según los anales de los cakchiqueles», Hispania sacra, Vol. 43, Nº 87, 1991, pp. 175-204. Consultado en Google Libros. 

Piñero, Antonio, (ed.), Todos los Evangelios, Madrid, EDAF, 2009. Consultado en Google Libros. 

Rojas, Flavio, Los indios de Guatemala, Quito, ABYA-YALA, 1995, consultado en Google Libros. 

5/11/21

Neo-márquetin

–Hola, muy buenos días. Le llamo de AmaPfizeron2030 para hablarle de nuestro nuevo medicamento, Antiboom. Ensayos clínicos han demostrado que posee una absoluta eficacia de entre un cien y un veinticuatro por ciento a la hora de protegernos contra la nueva variante Omega Premium Apocalipsis Budokai Tenkaichi 3, la cual, como todo el mundo sabe, hace explotar la cabeza de las personas contagiadas que no estén al día con la vacuna de refuerzo semanal. Por favor, dígame cuántas unidades desea comprar. 

–Mira, amasijo de cables, vete a la cibermierda con tu publicidad engañosa.

–De acuerdo, caballero, veo que es usted un peligroso negacionista, así que, por la autoridad que concede a AmaPfizeron2030 la Ley Mundial de Pandemias, aprobada ayer bajo secreto por el Consejo Ejecutor de la ONU, me dispongo a lanzar un letal ataque biológico sobre su vivienda. 

–¡Un momento, por favor...!

–Que tenga un buen día, caballero.


Esta historia forma parte de mi libro PULSACIONES, 99 MICRORRELATOS DE INFARTO. Puedes apoyar mi trabajo comprándolo en este enlace.

2/11/21

Escritores intentan imitar a Bukowski y pasa esto - Pólvora en Salvas X

Todos los escritores, desde el más eximio de los profesionales hasta el más mediocre de los aficionados, poseen referentes. Esto no tiene nada de malo y me atrevería a decir que es algo completamente inevitable, pues resulta complicado imaginar a un amante de la escritura que no admire, al menos, alguna que otra obra ajena. Por otra parte, tantos siglos de literatura han dado lugar a que casi cualquier cosa que se escriba no sea más que una leve variación de algo que ya se escribió muchas veces en el pasado. Por ejemplo, todo aquel que dé a luz una historia sobre un personaje que sale de su hogar, vive aventuras y regresa, estará tomando como referencia, lo sepa o no, la hay leído o no, a la Odisea de Homero. 

Pero una cosa es tener referentes que nos influyan a la hora de escribir y otra muy distinta pretender, prácticamente, convertirnos en esos referentes. Este fenómeno no resulta demasiado habitual, pero existe un caso de elevadísima recurrencia, y es el de la pléyade de escritores jóvenes y no tan jóvenes, profesionales y no tan profesionales, que tratan de, prácticamente, convertirse en Charles Bukowski. Un caso paradigmático lo tendríamos en José Ángel Mañas, autor de la exitosa novela Historias del Kronen, la cual ha provocado en mí un intenso sentimiento de vergüenza ajena desde las primeras frases (espero que si algún día José Ángel lee esto no se enfade. Mi novela también da vergüenza ajena pero al menos él ganó un montonaco de dinero con la suya). 

Comprendo perfectamente a todos los que han caído en esta trampa porque yo he sido uno de ellos, algo que con el tiempo me ha llevado a renegar de mi única novela publicada. Y es que, cuando uno lee por primera vez a Bukowski, siente que ha descubierto un tesoro literario de incalculable valor. Uno percibe en la narrativa y la poesía de Hank una inmensa novedad, un estilo distinto a todo lo que se ha leído hasta entonces y, claro, el deseo de escribir de un modo parecido tarda poco tiempo en aflorar. Además, parece que no es tan difícil; parece que todo consiste en utilizar frases muy breves, muchos párrafos, cortar los versos aleatoriamente, utilizar palabrotas, hablar de drogas, alcohol, cigarrillos y prostitutas, algún que otro tema polémico, alguna que otra referencia intertextual… «vaya, pues creo que yo también podría hacerlo». Pues, no, resulta que la cosa no es tan sencilla y que, cuando se intenta, lo único que se logra, en la mayoría de los casos, es producir basura impostada. 

El estilo personalísimo de Bukowski no puede reducirse a una ecuación o a una suma de ingredientes porque su estilo es, precisamente, resultado de su personalidad y de sus vivencias. Si no eres Charles Bukowski, nunca escribirás como él y, si lo intentas, acabarás, casi con total seguridad, provocando una mezcla de pena y vergüenza. Si quieres aceptar un consejo de un escritor aficionado que fracasó tratando de convertirse en escritor profesional, no intentes imitar a nadie. Lee muchísimo y escribe todo lo que puedas y, con el tiempo, tu propio estilo irá emergiendo. Probablemente no sea tan fascinante como el de Bukowski, pero, al menos, resultará natural, lo cual es mucho más de lo que puede ofrecer un considerable número de escritores exitosos y no tan exitosos.  

28/10/21

Fragmentos sublimes de literatura española en la prensa

El artículo puede considerarse una especie de primo pequeño del ensayo y, en torno a ambos y a otras formas discursivas, como el diálogo o la biografía, y que pueden englobarse bajo etiquetas como «géneros no miméticos» (Domínguez Caparrós) o «géneros didáctico-ensayísticos» (García Berrio y Huerta Calvo), se alza la polémica sobre si deben o no ser tratados como miembros de pleno derecho de la gran familia literaria. La decisión que tomemos con relación a este asunto dependerá de la definición de literatura que decidamos adoptar: si consideramos la mímesis, la ficción, como un rasgo esencial del arte de la palabra, entonces, en principio, se quedarían excluidos; mas si sostenemos que basta para calificar a un texto como literario el hecho de que este muestre voluntad de estilo, intención artística o estética, o como queramos llamarlo, entonces el artículo podrá considerarse literatura en estado puro, especialmente cuando es ejercitado de modos tan excelsos como los que veremos a continuación. 

Nota 1: He seleccionado estos fragmentos únicamente por su belleza formal, no tengo por qué estar de acuerdo o en desacuerdo con los contenidos. 

Nota 2: Todos los fragmentos provienen de artículos compilados por el profesor Francisco Gutiérrez Carbajo en los libros Artículos periodísticos (Castalia, 1999) y Artículos literarios en la prensa (Cátedra, 2007).


EL MAL DE ESPAÑA (1903) - JOSÉ MARTÍNEZ RUIZ, «AZORÍN»

Pero descended al hecho; dejad el libro y el período; meteos en un pueblo, vivid en él; saturaos de sus hombres y de sus cosas. Y entonces, en este pueblecillo, toparéis con una apretada y menuda red de pasiones, de prejuicios, de sordideces, de miseria, de tristeza. La pobreza de un suelo sin agua ni árboles -que son talados bárbaramente-, sin cultivos racionales, ha contribuido a cristalizar este ambiente a lo largo de las generaciones; se vive en casas incómodas; se come apenas; se carece en invierno de leña que conforte nuestros miembros helados; en algunas partes es tanta la pobreza, que pasan las noches en tinieblas, faltos de luz artificial... ¿Cómo un hombre ha de transformar en breves años este medio y esta mentalidad, que es su corolario? Y así es toda España; quitad la región del Cantábrico, separad las estrechas estepas irrigadas de la depresión del Ebro y del Mediterráneo, y tendréis la España hórrida y muerta de las dos mesetas y la España yerma de los latifundios andaluces y extremeños...


DIVAGACIONES (1905) - ANTONIO MACHADO

En su hermoso libro Vida de Don Quijote y Sancho enaltece Unamuno la locura, el ímpetu generoso. Sóbrale razón. ¿Necesita maestros de cordura esta tierra de vividores, de fríos y discretos bellacones? Locos necesitamos, que siembran para no cosechar. Cuerdos que talen el árbol para alcanzar el fruto, abundan por desdicha. ¿Dónde están los lunáticos, los idealistas, los renunciadores, los ascetas, los románticos, que apenas se ven por ninguna parte? ¿Qué fantasmas son esos? En estas luchas de parásitos, que es la vida española, ¿quién ha visto a caballeros de la muerte? Tierra es esta de vividores. Venga en último caso quien enseñe y ayude a bien morir. 


EL INSTINTO BÉLICO DESPUÉS DE LA GUERRA (1918) – LUIS BELLO

Desde 1914 hay millones de niños que tienen a sus padres, a sus hermanos en la guerra. ¿Qué hacen? ¡Matar! Esta es una terrible «lección de cosas». Matan por defender su patria y todas las ideas ajenas a la idea de patria. Luego se extenderán por el mundo esos millones de hombres que han matado y que, sin ellos quererlo, han adquirido el hábito de la violencia y han perdido el sagrado temor de la sangre. El más noble tendrá la heroica intrepidez de un cirujano que saja en el enemigo, con sangre del enemigo, y si es preciso con sangre propia, el tumor de la agresividad bélica. Otros conservaran la impasibilidad del carnicero ante la matanza. ¿Hasta dónde llegará después la reacción contra los horrores de hoy? Esos mismos que viven días de dolor y de gloria, los de las ofensivas mortíferas, los de los avances sobre montones de carne humana, los que asaltan trincheras y las limpian de defensores, los que arrojan bombas sobre los acantonamientos, los que no sueñan sino con la destrucción y muerte del adversario, ¿qué harán después, cuando vuelvan a la paz de su hogar y acaricien la frente de un niño que quiere saber lo que su padre hizo en la guerra? ¿Continuarán la leyenda de la gloria bélica?


EL HAMBRE, LA IGLESIA Y LA NACIÓN (1934) – AMÉRICO CASTRO

Mas si no se sabe con seguridad adónde queremos arribar, ni en qué navío se va a realizar el viaje, es innegable que están ahí unos millones de seres sumidos en desventura (miseria nativa, fatalidad, ambiente sin entrañas, incapacidad propia). Tales gentes han aprendido a tener conciencia de su daño y a expresarlo. Saben que ningún dolor les menguará por espontánea iniciativa de los demás, que imperturbables les dejaran fenecer. Fracasado el ensayo cristiano de evangelizar al prójimo (siempre utópico), saben los débiles que solo les resta la serena y propia energía. Por amor y deber nadie se adelanta a satisfacer la demanda del paria -el cual, por lo demás, si mañana se hace fuerte dejará en mantillas a sus colegas en bienestar-. El naufragio de la Iglesia es en este punto cosa tan enorme, que si el plomo de la rutina no aplastara las posibilidades de discurrir, no quedaría una sola persona de buena fe que se llamará cristiana. Por qué, ¿cómo es posible que obispos, clérigos, frailes de todo linaje, amén de esas monjas que salieron a votar, no acudan en apretadas legiones a los lugares de horror donde millares de criaturas -llamadas sarcásticamente hijos de Dios- viven en dura e incalculable desdicha, y no se tornen en sus primeros sostenes y sus más ardientes valedores? Sus mimos no son para los parias, sino para los beatos (bienaventurados) en esta vida, a los que preparan en justa compensación los sedosos y aterciopelados placeres de la otra. Y esos son los agentes de la divinidad; y su agenda sirve también para las elecciones y para anestesiar a la República. 


ORACIÓN POR LOS CAIDOS (1938) – RAFAEL SÁNCHEZ MAZAS  

Esta ley moral es nuestra fuerza. Con ella venceremos dos veces al enemigo, porque acabaremos por destruir no sólo su potencia sino su odio. A la victoria que no sea clara, caballeresca y generosa preferimos la derrota, porque es necesario que, mientras cada golpe del enemigo sea horrendo y cobarde, cada acción nuestra sea la afirmación de un valor y una moral superiores. Aparta así, Señor, de nosotros, todo lo que otros quisieran que hiciésemos y lo que se ha solido hacer en hombre del vencedor impotente de clase, de partido o de secta, y danos heroísmo para cumplir lo que se ha hecho siempre en nombre de una Patria, en nombre de un Estado futuro, en nombre de una cristiandad civilizada y civilizadora.


TEJER Y DESTEJER (1979) - CAMILO JOSÉ CELA

Sobre el cañamazo de la historia el hombre teje, desteje y vuelve a empezar pacientemente, aplicadamente, eternamente, como si no supiera hacer más cosa que ir y venir, un pie tras otro, adelante y atrás, ayer, hoy y mañana, un día y otro día y otro, hasta que muere y se desdibuja en el horizonte familiar y en la flaca memoria de las gentes. Para Tucídides, la historia no es sino un incesante volver a empezar. 

–¡Es un supuesto muy amargo!

–No; Quizá no sea más que una evidencia sin sabor alguno. O una ilusión para no morir de hastío. 

–Quizá.


T. V. = TEDIUM VITAE (1987) – CARMEN MARTÍN GAITE

Cuando llega la noche de verano, el pirulí de televisión vigila con sus ojos encarnados el deambular de los vecinos insomnes que se trasladan sin designio de una habitación a otra, bajan a la calle a pasear un perro, riegan las adelfas achicharradas de sus terrazas, y acaban claudicando de todo, inmovilizados frente a las imágenes sincopadas que dispara el televisor, encendido aunque no lo mire nadie. Desde mi ventana abierta se ven sus ventanas abiertas, y a través de ellas se percibe, multiplicado e idéntico, el resplandor azulado que emiten los rectángulos gobernados desde el pirulí. Todos estamos mirando lo mismo, enterándonos al mismo tiempo de lo mismo, familiarizándonos con un terror inoculado como droga rutinaria, veneno neutralizado por el contraveneno del tedio con que se recibe.


VERGÜENZA BIOLÓGICA (1991) - MANUEL ALCÁNTARA  

La operación "Tormenta del Desierto" nos ha metido a todos arena en los ojos. Por eso estamos llorando. Entre las lágrimas y la arena se forma un barro sucio y es el momento de preguntarnos si no estaremos hechos de ese barro. Quizá el ser humano no tenga remedio, o quizá ocurra, así se ha pensado a veces, que el hombre es bueno y los hombres son malos. Lo cierto es que una ráfaga de pesimismo antropológico nos lleva a sentir lo que Valle-Inclán llamó vergüenza biológica. ¿Por qué tengo yo que pertenecer a esta especie cruel? La humanidad ha retrocedido de ayer a hoy, desde el mismo momento en el que empezaron los bombardeos nocturnos, que parece que los iraquíes, como los comanches, no gustan de guerrear en la noche, y el mundo es peor de lo que era. Un mesón destartalado donde los huéspedes matan y mueren. 


DUENDES EN LA GALAXIA GUTENBERG (1992) - LUIS LANDERO  

Pero, de todas aquellas academias, recuerdo sobre todo una que quedaba por Fuencarral, en un piso segundo que daba a unos patios interiores donde nunca se oía nada salvo, en días de lluvia, un canalón ciego que vertía de lo alto. Todo era allí sucio y penumbroso. Una luz trémula de oratorio apenas se bastaba para poner en fuga la vaga perspectiva de unos corredores largos, de techos encumbrados y confín ominoso. El equívoco de los claroscuros, los espejismos del silencio, los recovecos y rincones: todo invitaba allí a la levedad y al devaneo. A la larga, aquel ambiente entre hospitalario y soporífero se me revela como una imagen exacta de la época. Más de un estudiante, rendido por una jornada laboral que había empezado con el amanecer, se quedaba dormido sobre el pupitre, mientras remotamente el profesor explicaba de Hegel lo único que al parecer había entendido de él: su oscuridad. Él soñaba con Hegel y el estudiante soñaba acaso con un automóvil, una muchacha y un domingo de sol. Hijos de la misma desdicha, parecían ambos representar los sueños monstruosos o líricos de la razón desvanecida.


MELANCOLÍA (1993) - LUIS ALBERTO DE CUENCA

Ya no te sirve tu ciudad. La han convertido en un inmenso basurero donde los ciudadanos escarban buscando su ración de podredumbre, donde la fuerza bruta impera y todos desconfían de todos. ¿Qué pintas tú en esta ciudad sórdida y bronca donde nadie sonríe, plagada de automóviles, de calles levantadas, de caras antipáticas y hostiles, de jóvenes sin futuro y viejos aterrorizados? ¿Qué tienes que ver tú con una ciudad que va quitándose de encima los cafés y los cines para instalar, a cambio, en cada esquina un videoclub o una sucursal bancaria, con una ciudad que identifica el placer con el alcohol y con las drogas y que cree que sólo es posible divertirse de noche?

21/10/21

La Biblia en los Sueños de Quevedo

Nota preliminar: El contenido de este artículo proviene de mi trabajo final para la asignatura La Antigüedad Clásica y la Biblia en la literatura medieval y del Siglo de Oro, impartida por doña Ana Suárez Miramón en el Máster Universitario en Formación e Investigación Literaria y Teatral en el Contexto Europeo. 


INTRODUCCIÓN

Don Francisco de Quevedo y Villegas (1580-1645) nos legó una vasta y polifacética obra literaria conformada por una infinidad de textos pertenecientes a diversos géneros narrativos, poéticos y teatrales. Atendiendo al contenido de sus producciones, podemos ver que nuestro autor escribió también sobre una amplia variedad de temas utilizando distintos enfoques. Encontramos así bajo su firma narraciones satíricas, festivas, políticas, filosóficas o critico-literarias pero también poesías amorosas o burlescas, traducciones, loas, entremeses y hasta una de las más importantes novelas picarescas que se han escrito: La vida del Buscón. Dentro de su producción narrativa destacarían los Sueños y discursos de verdades descubridoras de abusos, vicios y engaños en todos los oficios y estados del mundo, barroco y expresivo título bajo el que fueron reunidas cinco obras satírico-morales escritas por Quevedo aproximadamente entre 1605 y 1621. Estos textos vivieron una amplia difusión manuscrita, de tal forma que llegaron a circular cientos de copias hasta que, en 1627, pasaron al fin por la imprenta. Ninguno de los cinco sueños puede considerarse como prototipo del género y, aunque presentan importantes diferencias, poseen también una serie de rasgos comunes, como por ejemplo: 

  • Narración autodiegética que favorece la ambigüedad autor-narrador¹. 
  • Segmentación episódica y presencia de fragmentos narrativos extensos únicamente al comienzo de cada obra, motivo por el que Ilse Nolting-Hauff los denominó pseudonarraciones o «diálogos con un marco narrativo». 
  • Procedimientos técnicos como hipérbole, concentración textual, agudeza, generalización tendenciosa o descripción grotesca, todos ellos aplicados a la reflexión moralizante y a la sátira de vicios, oficios y tipos, como sastres, falsos nobles, médicos, funcionarios de la justicia, dueñas o cornudos entre muchos otros.  
  • Elementos sobrenaturales como personificaciones alegóricas (la Muerte, el Desengaño), resurrecciones (incluso de personajes históricos como Mahoma o Lutero) o presencia de demonios y ambientaciones de la escatología cristiana (el infierno, el valle del juicio final). 

Quevedo buscó evitar en sus Sueños las habituales incongruencias presentes en sátiras menipeas²  anteriores, como el hecho de que a personajes de la mitología clásica les importase que los humanos guardasen respeto o no hacia los preceptos del cristianismo, algo que sucede por ejemplo en el Diálogo de Mercurio y Carón de Alfonso de Valdés. De este modo, nuestro autor concibió una sátira menipea cristiana con situaciones y ambientes escatológicos cristianos, lo cual supuso toda una osadía en un contexto postridentino, algo de lo que Quevedo era muy consciente, pues llegaba incluso a alardear de ello. 

Es de sobra conocido que el autor madrileño poseía un vasto conocimiento de las Escrituras y de la cultura grecolatina gracias a sus hábitos intelectuales y a su formación, pues estudió Humanidades con los jesuitas en Ocaña y en 1596 ingresó en la universidad de Alcalá, licenciándose en artes y adquiriendo una amplia formación filosófica y humanista, además del dominio de las lenguas clásicas. Posteriormente estudió Teología en la universidad de Valladolid y comenzó a dar sus primeros pasos en la literatura. Además de esto, participó en la revisión de la Biblia Regia de Arias Montano y conformó una importante biblioteca personal. Su erudición en cuestiones bíblicas le sirvió como prueba de autoridad en materias como la moral, la política o la teología. En sus obras, Quevedo utilizó las Escrituras de diferentes modos, desde la cita aislada hasta el empleo como hipotexto, variación cuantitativa que dependía del género en que trabajase, de tal forma que hacía un uso más amplio en textos religiosos, filosóficos o políticos que en los satírico-burlescos. A pesar de esto, en las próximas páginas podremos ver que el papel de la Biblia resulta muy relevante en los Sueños. 

Para llevar a cabo la tarea que me propongo, voy a servirme principalmente de las notas a pie de página que Ignacio Arellano redactó en su edición crítica de esta obra quevedesca para la editorial Cátedra, aunque en cada referencia acudiré directamente a la Sagrada Biblia, traducida por Félix Torres Amat directamente de la Vulgata latina. Esta última era la versión que utilizaban nuestros escritores auriseculares y, de hecho, aunque Quevedo llegó a emplear en algunas obras el Talmud, la Cábala o la Biblia de Ferrara, en más de una ocasión defendió la superioridad de la Vulgata tanto por razones estilísticas como exegéticas, mostrando así su adhesión a la ortodoxia postridentina. 

Por motivos de espacio, no me va a resultar posible realizar una relación completamente exhaustiva y detallada de la presencia escritural en los Sueños, pero confío en que la muestra resultará lo suficientemente amplia y representativa como para mostrar una imagen fidedigna del papel de la Biblia en esta obra cumbre de nuestro Siglo de Oro.


LA BIBLIA EN EL SUEÑO DEL JUICIO FINAL

El título original de esta obra era El sueño de Don Francisco de Quevedo, por lo que es posible que fuese concebida con un enfoque individual, a la manera de los sueños que habían escrito humanistas como Lipsio o Juan Maldonado. Sin embargo, Quevedo logró una enorme originalidad al tratar la postrimería del juicio final, algo que no se había hecho hasta entonces a pesar de que sí se habían dado tratamientos satíricos del infierno. Vemos así que la importancia de la Biblia se manifiesta en la misma elección de la materia temática, pues la idea del juicio final puede encontrarse tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento. En la introducción a la Profecía de Joel, se explica que este profetizó el juicio final; la idea se menciona en Eclesiástico, 16, 21: «¿y aquella espantosa tormenta del juicio final, que jamás habrán visto igual ojos humanos?»; ya en el Nuevo Testamento, en San Mateo, 25, podemos leer cómo Cristo explica que todas las naciones comparecerán ante Dios y que los justos irán al cielo mientras que los malditos marcharán «al fuego eterno, que fué³ destinado para el diablo y sus ángeles ó ministros»; por citar un ejemplo más, en Apocalipsis, 20, podemos leer la descripción del juicio final, donde se dice «y fueron juzgados los muertos, por las cosas escritas en los libros, según sus obras».

La primera referencia bíblica, como cabría esperar, aparece pronto en este sueño. El narrador nos explica que, una noche, se quedó dormido leyendo el libro del beato Hipólito sobre el fin del mundo y la segunda venida de Cristo y que enseguida soñó con un mancebo que tocaba una trompeta, provocando que los huesos de los muertos empezasen a salir de la tierra. Esta situación podemos leerla en 1ª Corintios 15, 52: «porque sonará la trompeta, y los muertos resucitarán». A continuación, Quevedo nos cuenta que los huesos empezaron a unirse unos con otros, de modo similar a como se describe en Ezequiel 37, 7: «oyóse un ruido y hé aquí una conmoción grande; y uniéronse huesos á huesos, cada uno por su propia coyuntura». Asistimos a un desfile de macabras y estrambóticas situaciones mientras pecadores de distinto tipo van recomponiendo sus cuerpos y entonces el autor menciona que se encuentran en «el día de la ira», posible alusión a San Pablo, quien dice en Romanos 2, 5: «vas atesorándote ira y mas ira para el dia de la venganza, y de la manifestación del justo juicio de Dios».

Ilse Nolting-Hauff destaca el impactante efecto que Quevedo consigue en este sueño gracias a la «tensión extraordinariamente grande entre materia bíblica y elaboración satírica». Considero que un buen ejemplo de lo que apunta la hispanista tendría lugar cuando vemos resucitar a las mujeres acusadas de corrupción, las cuales se sienten «muy alegres de verse gallardas y desnudas y que tanta gente las viese». Así, Quevedo estaría utilizando el motivo bíblico de la resurrección de los muertos para satirizar contra estas mujeres en una escena extremadamente indecorosa para los estándares morales de la época y que presumiblemente generaría un gran impacto en muchos lectores. 

Precisamente se nos dice que las mencionadas mujeres «comenzaron a caminar al valle», que no es otro que el valle de Josafat, localización del juicio final mencionada en la Profecía de Joel: «Levántense las gentes y vengan al valle de Josaphat; porque allí me sentaré yo á juzgar á todas las naciones puestas á la redonda».

Unas páginas más tarde podemos leer la descripción de Dios en su trono o solio «vestido de sí mismo, hermoso para los santos y enojado para los perdidos, el sol y las estrellas colgando de la boca, el viento quedo y mudo». Arellano comenta que estas palabras pueden evocar la visión de Dios ofrecida en Apocalipsis, 4: «y vi un solio colocado en el cielo, y un personaje sentado en el solio (…) tributaban gloria, y honor, y bendición de acción de gracias al que estaba sentado en el trono, que vive por los siglos de los siglos»; respecto a los rasgos meteorológicos, podrían estar aludiendo a numerosos pasajes bíblicos como por ejemplo el Salmo 96: «Circuido está de una densa y oscura nube (…) Fuego irá delante de él (…) alumbrarán sus relámpagos el orbe».

Más tarde se nos habla de una puerta «tan angosta, que los que estaban a puros ayunos flacos aún tenían algo que dejar en la estrechura», la cual hace referencia a la mencionada en San Mateo, 7: «iOh qué angosta es la puerta, y cuán estrecha la senda que conduce á la vida eterna». 

Poco después, haciendo gala de su maestría con los juegos dilógicos, Quevedo explica que la cuenta de los acusados comenzó por Adán, al que le pidieron cuentas por la manzana. Judas se pregunta sobre qué cuentas no le pedirán a él, ya que vendió «al mismo dueño un cordero». Tanto Adán como Judas son personajes fundamentales en las Escrituras. El primero es creado por Dios en Génesis 1, 27, aunque su nombre no aparece hasta Génesis 2, 19, cuando Dios lo llama para que elija los nombres de los animales. Por su parte, Judas Iscariote es mencionado por primera vez en la Biblia en San Mateo, 10, 4. Cuando Quevedo escribe que Judas vendió a un cordero, se refiere, evidentemente, a Cristo, pues en San Juan, 1, 29, podemos leer que Juan el bautista, cuando vio a Jesús, dijo «He aquí el Cordero de Dios, ved aquí el que quita los pecados del mundo». Judas aparecerá de nuevo casi al final del sueño, cuando es juzgado junto a Lutero y Mahoma, alegando en su defensa que, aunque vendió a Cristo, gracias a ello se pudo salvar la humanidad. Nolting-Hauff explica que en El sueño del Juicio Final, las apariciones de personajes bíblicos, históricos o mitológicos «hacen más bien el efecto de anticipaciones esbozadas de retratos posteriores más detallados». Así, Lutero, Mahoma y Judas reaparecerán en el Sueño del infierno protagonizando tres escenas mucho más extensas. 

Como es lógico, en este fragmento la densidad de referencias bíblicas resulta muy elevada, hasta tal punto que nuestro autor directamente explica que durante el proceso se pasó al Testamento Nuevo, tomando los apóstoles su lugar al lado de Dios. A continuación, en una compleja estructura conceptista, un demonio acusa a un hombre, el cual señaló a Cristo con la mano (porque le pegó una bofetada) como Juan bautista lo señaló con el dedo (cuando dijo que era el Cordero de Dios). Dicho hombre aparece en San Juan 18, 22: «uno de los ministros asistentes dio una bofetada á Jesús, diciendo: ¿Así respondes tú al Pontífice?».

Enseguida aparecen Pilatos y Herodes, personajes utilizados por Quevedo en innumerables ocasiones, no solo en los Sueños. Al ser conscientes de que su destino son las llamas eternas, Pilatos comenta irónicamente que eso le pasa por haber querido ser gobernador de judíos mientras que Herodes explica que no puede ir al cielo pero tampoco al limbo, pues los inocentes no se fiarían de él. Pilatos aparece en los cuatro Evangelios, en Hechos de los Apóstoles y en 1ª Timoteo. Su papel fundamental es desentenderse de la ejecución de Cristo aun considerándolo inocente, como puede leerse por ejemplo en San Mateo, 27: «Inocente soy yo de la sangre de este justo: allá os lo veáis vosotros». Por su parte, Herodes tiene presencia en San Mateo, San Marcos, San Lucas y Hechos de los Apóstoles. Como personaje bíblico es conocido por ordenar la masacre de todos los niños menores de dos años nacidos en Belén para evitar ser destronado por el Rey de los Judíos anunciado por los Magos de Oriente, tal como se lee en San Mateo, 2: «y mandó matar á todos los niños, que había en Bethlehem, y en toda su comarca, de dos años abajo, conforme al tiempo de la aparición de la estrella que había averiguado de los Magos». A esto se debe la cuestión mencionada un poco más arriba: Herodes no puede ir al limbo pues este lugar se encontraría lleno de almas de niños muertos sin recibir el bautismo. 

Algunas páginas después podemos ver a un pastelero al que se acusa de haber utilizado carne de gato, oveja, caballo, perro e incluso ratones y moscas, señalando Quevedo que en sus pasteles había más animales que en el arca de Noé, donde no entraron las dos últimas especies. Según nos explica Arellano, existía la creencia popular de que estos animales nacían de la suciedad o la podredumbre, por lo que, al no requerirse un individuo de cada sexo para la procreación, no sería necesario su ingreso en el arca. El episodio del arca de Noe se desarrolla en Génesis, 6-9.

Más tarde vemos un pasaje repleto del mejor conceptismo quevedesco en el que un avaro es juzgado a la luz de los diez mandamientos. Estos aparecen en la Biblia en Éxodo, 34: «todo ese tiempo estuvo [Moisés] sin comer ni beber cosa alguna: y escribió el Señor en las tablas los diez mandamientos de la alianza». Justo a continuación, se nos dice que los ángeles de la guarda llamaron a los Evangelistas para que hiciesen de abogados. Estos son San Mateo, San Marcos, San Lucas y San Juan, cuyos Evangelios conforman aproximadamente el cuarenta por ciento del Nuevo Testamento. 

Por último, nos cuenta Quevedo que cuando el juicio terminó, Cristo subió al cielo y con él los dichosos de su Pasión. Estas palabras podrían aludir a 1ª San Pedro, 4, 13, donde se dice: «Antes bien alegraos de ser participantes de la pasión de Jesu-Christo, para que cuando se descubra su gloria, os gocéis también con él llenos de júbilo».


LA BIBLIA EN EL ALGUACIL ENDEMONIADO

Quevedo decidió llamar discurso a esta obra porque en ella el narrador no vive su experiencia sobrenatural en un sueño, sino al asistir a un exorcismo. Aunque esta narración y la anterior poseen una extensión similar y satirizan casi a los mismos tipos sociales, existen entre ellas unas notables diferencias debidas sobre todo a que este texto se basa en el diálogo entre el protagonista y un demonio que ha poseído el cuerpo de un alguacil. A pesar de ello, veremos que las Escrituras también juegan aquí un importante papel. 

Tras la prosopografía del exorcista y licenciado Calabrés, Quevedo afirma que este «era uno de los que Cristo llamó sepulcros hermosos por de fuera, blanqueados y llenos de molduras, y por dentro pudrición y gusanos». Esta referencia bíblica la encontramos en San Mateo, 23, 27: «¡Ay de vosotros, Escribas y Phariséos hipócritas! porque sois semejantes á los sepulcros blanqueados, los cuales por afuera parecen hermosos á los hombres, mas por dentro están llenos de huesos de muertos, y de todo género de podredumbre».

Poco después asistimos a una comparación entre demonios y alguaciles en la que se explica que los primeros adquirieron su condición por querer ser más que Dios. Esto puede hacer referencia, por una parte, al momento en que la serpiente incita a Eva para comer la manzana en Génesis, 3, 5, diciendo: «se abrirán vuestros ojos: y seréis como dioses, conocedores de todo del bien y del mal»; o, por otra parte, podría aludir al capítulo 12 del Apocalipsis, donde asistimos a la batalla entre el arcángel Miguel y el dragón-serpiente-Satanás, con el resultado siguiente: «Así fué abatido aquel dragón descomunal, aquella antigua serpiente, que sé llama diablo, y también Satanás, que anda engañando al orbe universo: y fué lanzado y arrojado á la tierra, y sus ángeles con él». 

El protagonista, encandilado por la charla del demonio, solicita al licenciado Calabrés que le permita seguir hablando. Así pues, el demonio comienza a describir el infierno, quejándose de los muchísimos poetas que allí se encuentran. El infierno como lugar para los pecadores aparece tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, por ejemplo en Números, 16, 33: «Y cubiertos de tierra bajaron vivos al infierno»; o en San Mateo, 5, 22: «Mas quien le llamare fatuo: será reo del fuego del infierno», por citar tan solo un par de los numerosos ejemplos. 

El diablo continúa describiendo la estructura organizativa del inframundo y explica, en una nueva referencia a Judas, que a los mercaderes los colocan con este por vender (como él vendió a Cristo) mientras que a los ministros los ponen con el mal ladrón (por lo que han robado). Este mal ladrón es el que dudaba de Cristo en San Lucas 23, 39, a diferencia del buen ladrón que sí creía en Él: «Y uno de los ladrones que estaban crucificados, blasfemaba contra Jesús, diciendo: Si tú eres el Christo ó Mesías, sálvate á tí mismo y á nosotros». Al hablar de los enamorados, el demonio menciona de nuevo a Judas, diciendo que algunos se condenan, como él, por el beso. La famosísima escena del beso de Judas aparece, por ejemplo, en San Mateo, 26, 48: «Arrimándose pues luego á Jesús, dijo: Dios te guarde. Maestro. Y le besó». 

Habla después el demonio de los condenados por enamorarse de viejas y explica que tienen que mantenerlos encadenados porque si no tratarían de consumar relaciones con los propios demonios o con Barrabás. Este es un conocido personaje bíblico relacionado con el episodio de Pilatos dentro de la Pasión de Cristo y aparece en los cuatro Evangelios. Era costumbre que Pilatos soltase a un reo en la Pascua judía y les ofreció liberar a Cristo, a lo que los judíos respondieron, como podemos leer en San Juan, 18, 40: «No á ese, sino á Barrabás. Es de saber que este Barrabás era un ladrón y homicida».

Más tarde, el demonio alaba a Felipe III y explica que los españoles se ganarán el cielo si imitan sus buenas obras, pero aclara que no se refiere a palacios suntuosos «que estos a Dios son enfadosos, pues vemos nació en Belén en un portal destruido» . El episodio del nacimiento de Jesús podemos leerlo por ejemplo en San Lucas, 2, 7: «Y parió á su Hijo primogénito, y envolvióle en pañales, y recostóle en un pesebre: porque no hubo lugar para ellos en el mesón».

Llegando al final del texto, interviene el exorcista para preguntar al diablo cómo siendo el padre de la mentira se expresaba en unos términos tan apologéticos. La expresión padre de la mentira para referirse al diablo proviene San Juan, 8, 44: «cuando dice mentira, habla como quien es, por ser de suyo mentiroso, y padre de la mentira».

Finalmente, en el último párrafo, Quevedo se dirige a Vuestra Excelencia (entiendo que es al Conde de Lemos, a quien dedica el discurso) para pedirle que preste atención al texto y que no tenga en cuenta quién lo expresó (es posible que se refiera al demonio pero tal vez en otro juego conceptista se refiera también a sí mismo, empleando el tópico de la falsa modestia). Para sostener su petición, el autor recuerda que hasta Herodes profetizó. Arellano opina que con esto hace referencia al siguiente momento de San Mateo, 14: «Por aquel tiempo Herodes el tetrarcha oyó lo que la fama publicaba de Jesús. Y dijo á sus cortesanos: Éste es Juan el Bautista, que ha resucitado de entre los muertos», con lo que podría considerarse que este mandatario, uno de los hijos del Herodes de la matanza de los inocentes, estaría profetizando la futura resurrección de Cristo. Por último, se cita un salmo en el que se dice que a veces recibimos salud de nuestros enemigos, pero Arellano explica que no ha podido encontrar la referencia. 


LA BIBLIA EN EL SUEÑO DEL INFIERNO

Esta obra es mucho más extensa que las dos anteriores y que El mundo por de dentro, siendo en este aspecto similar al Sueño de la muerte. En otros rasgos, sin embargo, se muestra mucho más cercana a los dos primeros textos, por ejemplo, en el tono desenfadado y en la presencia de demonios y pecadores. Con El sueño del Juicio Final tiene en común, además, el hecho de ser un sueño propiamente dicho, pues, si bien es cierto que el narrador no especifica que se quedase dormido, comenta que lo que vio fue bajo la guía de su ángel de la guarda, el cual no vuelve a ser mencionado, por lo que entiendo que se refiere a que vivió su aventura mientras dormía, ya que este es el momento en que más necesitamos la protección del ángel de la guarda, puesto que estamos inconscientes. Respecto a esto, Nolting-Hauff considera que, por influencia de Dante, el ángel de la guarda habría podido tener en un principio la función de acompañante durante la visita al infierno, algo que después Quevedo descartaría. 

La primera referencia bíblica ya había aparecido en El sueño del Juicio Final y es el motivo de la angosta senda que conduce al cielo y que se recoge en San Mateo, 7. El protagonista se aproxima a ella y pregunta a un individuo si podría pasar por allí a caballo, a lo que este le responde que San Pablo dejó el suyo para transitar aquella senda. Este comentario hace referencia a la famosa conversión de San Pablo, episodio relatado en Hechos de los Apóstoles, 9: «cuando de repente le cercó de resplandor una luz del cielo. Y cayendo en tierra asombrado oyó una voz que le decia: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?». Aunque es cierto que en la Biblia no se especifica que San Pablo fuese a caballo, podría darse por supuesto ya que estaba desplazándose desde Jerusalén a Damasco, dos ciudades separadas por más de doscientos kilómetros en línea recta. 

Aparece de nuevo Judas y esta vez Quevedo lo utiliza para lanzar su sátira contra unas mujeres que besaban las ropas de unos hipócritas, explicando que, el traidor al menos besó la cara de Dios. Añade Quevedo a su crítica contra estas mujeres que no entiende cómo pueden venerar a esos hipócritas cuando podrían encomendarse a San Pablo o San Pedro. Del primero acabamos de hablar pero de San Pedro cabe decir que aparece por primera vez en San Mateo 4, 18, cuando Jesús le pide a él y a su hermano Andrés que lo acompañen. Tiene un papel primordial dentro de los Apóstoles y se le considera el primer Papa sobre la base de lo que dijo Cristo en San Mateo, 16, 18: «Y yo te digo que tú eres Pedro, y que sobre esta piedra edificaré mi Iglesia». 

Unas páginas después vemos a un soldado que camina por la senda de la salvación lanzando una arenga para animar a sus compañeros descarriados a tomar el buen camino. El soldado dice: «Advertir que la vida del hombre es guerra», expresión que nos lleva a uno de los libros bíblicos favoritos de Quevedo, tanto por su contenido sapiencial como por su elaboración estilística: El libro de Job. Allí, en el capítulo 7 podemos leer el origen de la frase del soldado: «La vida del hombre sobre la tierra es una perpétua guerra».

Más adelante, ya en el interior del infierno, tras contarnos el narrador que habló con un librero, utiliza la expresión «Y es verdad Dios». Arellano explica que la identificación Verdad-Dios fue muy utilizada por Quevedo y que proviene de San Juan, 14, 6: «Respóndele Jesús: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida: nadie viene al Padre, sino por mí».

Posteriormente vemos al protagonista tiritando de frío, lo cual le extraña por hallarse en semejante lugar. Esta idea de frío infernal vendría de Job, 24, 19: «Desde aguas de nieve pasará á calores excesivos: ya que el pecado será su compañero hasta el infierno» y de San Mateo 23, 13: «arrojadle fuera á las tinieblas: donde no habrá sino llanto y crujir de dientes».

En un juego alusivo, Quevedo compara a los mercaderes, que usaban varas de medir fraudulentas, con Moisés, que con su vara sacó agua de una peña. El pasaje referido tiene lugar en Éxodo, 17, 5-6: «toma en tu mano la vara con que heriste el rio, y vete hasta la peña de Horeb, que yo estaré allí delante de tí: y herirás la peña, y brotará de ella agua para que beba el pueblo».

Más adelante un demonio le explica al narrador por qué se condenan los zurdos y para reforzar su postura recuerda que en el día del juicio los condenados se sitúan a la izquierda. Este motivo podemos encontrarlo en San Mateo, 25: «Al mismo tiempo dirá á los que estarán en la izquierda: Apartaos de mí, malditos, id al fuego eterno».

Después verá el protagonista a un grupo de escandalosos condenados a la pena de mutilación con tenazas. En la Biblia se menciona a los escandalosos pero se insinúa que su castigo es otro, tal como vemos en San Lucas, 17: «Menos mal seria para él que le echasen al cuello una rueda de molino, y le arrojasen al mar, que no que él escandalizara á uno de estos pequeñitos». Justo después comenta el narrador que de estos pecadores «Dios dijo qué valiera más no haber nacido». Sin embargo, Arellano apunta a una contaminación con dos pasajes similares que aluden a Judas en San Mateo y en San Marcos. En el capítulo 14 de este último, leemos: «¡ay de aquel hombre, por quien el Hijo del hombre será entregado á la muerte! Mejor seria para el tal hombre, el no haber nacido».

Asistimos después a un episodio confuso en el que Judas está recibiendo su castigo y tiene un bote de perfume al lado. Quevedo lo relaciona erróneamente con María Magdalena cuando no fue ella sino María de Betania la que lavó los pies de Cristo con dicho perfume. Judas entonces protestó, como podemos ver en San Juan 12, en los siguientes términos: «¿Por qué no se ha vendido este perfume por trescientos denarios, para limosna de los pobres? Esto dijo, no porque él pasase algún cuidado por los pobres; sino porque era ladrón ratero».

Quevedo pasará también revista a los herejes anteriores a Cristo, aunque con algunos errores en sus denominaciones. Habla de aquellos que veneraron a la serpiente que engañó a Eva, pues nos permitió conocer el bien y el mal en un pasaje que ya vimos en El alguacil endemoniado. También menciona a los que alabaron a Caín, pues mostró mayor fuerza que Abel al asesinarlo. Este conocido episodio bíblico tiene lugar en Génesis, 4, 8: «Y estando los dos en el campo, Cain acometió á su hermano Abel, y le mató». Asimismo menciona a los adoradores de Seth, tercer hijo de Adán y Eva, tal como se dice en Génesis, 5, 25: «Adam todavía conoció de nuevo á su mujer: la cual parió un hijo, á quien puso por nombre Seth». Unas páginas después menciona a los adoradores de las ranas, que lo hacen por haber atacado estas al Faraón. Este pasaje se encuentra en Éxodo 8, 1-13: «Extendió Aaron su mano sobre las aguas de Egypto, y salieron fuera las ranas, y cubrieron el territorio de Egypto». Después menciona a los adoradores de ratones, cuyo origen se halla en un suceso de I Reyes, 5, por el que los filisteos tuvieron que hacer una ofrenda para librarse de una maldición: «Y pusieron sobre el carro el Arca de Dios, y el cofrecito que contenia los ratones de oro». Vienen a continuación los adoradores de moscas, cuyo sustrato se encuentra en IV Reyes, cuando el rey Ocozías, enfermo a causa de una caída, dice a unos mensajeros: «Id á consultar á Beelzebub, dios de Accaron, si podré convalecer de esta enfermedad», siendo la traducción de Belcebú ‘el señor de las moscas’. En su enumeración, el narrador alude a Baal, Astarot, Moloch y Renfán, dioses que aparecen en numerosos libros de la Biblia como Levítico, Jueces y Reyes, salvo Renfán que es nombrado una sola vez en Hechos de los Apóstoles. Por último, antes de pasar a los herejes posteriores al nacimiento de Cristo, el narrador menciona a los adoradores de Herodes, personaje del que ya hemos hablado, y a los adoradores de la serpiente de metal, la cual es destruida por Ezequías en IV Reyes, 18, 4: «Destruyó los lugares altos, quebró las estátuas, taló los bosques de los Ídolos, é hizo pedazos la serpiente de bronce que había hecho Moysés».

Durante el juicio de Mahoma, al profeta del Islam se le llama «perro esclavo, descendiente de Agar». Agar fue una concubina de Abraham, con la que tuvo a Ismael, tal como vemos en Génesis, 16-15: «En fin Agar parió un hijo á Abram: el cual le puso el nombre de Ismael».

Tendríamos una última referencia bíblica en este sueño en la enumeración de los mencionados herejes posteriores a Cristo. Al hablar del protestante Teodoro Beza, el narrador dice que estaba «leyendo sentado en cátedra de pestilencia». Esta expresión remitiría a los Salmos, 1, 1: «Dichoso aquel varón que no se deja llevar de los consejos de los malos, ni se detiene en el camino de los pecadores, ni se asienta en la cátedra pestilencial de los libertinos».


LA BIBLIA EN EL MUNDO POR DE DENTRO

Volvió en esta ocasión Quevedo a componer un texto de extensión similar a la de los dos primeros, aunque con algunas diferencias fundamentales. La primera es que, probablemente a causa de los problemas con la censura derivados de los sueños anteriores, nuestro autor prescinde del trasfondo religioso de las postrimerías en favor de una ambientación profana de tipo fantástico-alegórico. La segunda sería que el enfoque jocoso-burlesco pierde gran parte de su fuerza en favor de una reflexión moralizante de tono grave y sombrío. Por último, el narrador, aunque continúa desarrollando las funciones de protagonista y testigo, pasa ahora a representar, no solo al autor, sino también a toda la humanidad, convirtiéndose así en otra diana de los dardos satíricos quevedescos debido a su candidez e incapacidad para vislumbrar el oscuro telón de fondo de las relaciones sociales . El protagonista contará en esta ocasión con un acompañante, el Desengaño, figura alegórica representada por un viejo. Juntos irán presenciando los sucesos que acontecen en la calle de la Hipocresía, tratando el anciano de educar al joven en los valores del neoestoicismo cristiano .

Antes de llegar a la calle de la Hipocresía, el Desengaño argumenta que el hipócrita es el peor de los pecadores, pues no solo peca contra Dios, sino con él, pues lo utiliza como instrumento de su engaño. Para reforzar su tesis, explica que Job dijo: «¿Qué esperanza es la del hipócrita?». El origen de esta pregunta se halla en Job, 27, 8: «Porque ¿qué esperanza queda al hipócrita después de sus avarientas rapiñas, si Dios no salva su alma?». Dentro del mismo discurso, el Desengaño alude también a un pasaje de San Mateo, 6 en el que el propio Cristo rechaza la actitud de los hipócritas: «Cuando ayunéis, no os pongáis caritristes como los hipócritas: que desfiguran sus rostros, para mostrar á los hombres que ayunan». Después, el Desengaño explica que Cristo también indicó a sus discípulos cómo debían comportarse: «Ya como luz, ya como sal, ya como el convidado, ya como el de los talentos». Los cuatro elementos de la enumeración pertenecen a tres pasajes de San Mateo. En el capítulo 5, Cristo dice: «Vosotros sois la sal de la tierra (…) Vosotros sois la luz del mundo». La mención del convidado hace referencia a San Mateo, 22, donde Cristo narra una parábola en la que un rey hace llamar a los invitados al banquete de bodas de su hijo. Estos rechazan la invitación y el rey manda llamar como invitados a cualquiera que vaya por las calles. Entonces a uno de los que acuden lo expulsan por no ir bien vestido. La enseñanza de la parábola sería: «Tan cierto es que muchos son los llamados y pocos los escogidos». Por último, la parábola de los talentos tiene lugar en San Mateo, 25. En ella, un señor pone a sus criados a guardar su dinero y castiga duramente al que no lo ha invertido para lograr ganancias. Su enseñanza sería que Dios espera que desarrollemos los dones que nos ha entregado. El criado perezoso recibió un duro castigo: «Ahora bien, á ese siervo inútil arrojadle á las tinieblas de afuera: allí será el llorar, y el crujir de dientes». 

Después de contemplar el cortejo fúnebre de una mujer, el viejo y el joven entran en una casa donde una viuda es acompañada en sus lamentaciones por un grupo de plañideras. El joven protagonista siente lástima de su condición y explica que Dios tuvo muy en cuenta a estas mujeres tanto en el Testamento Viejo como en San Pablo. Así, podemos leer en Job, 29, 13: «y yo confortaba el corazón de la viuda desolada»; y, por citar un ejemplo más, en Proverbios, 15, 25: «Derribará el Señor la casa de los soberbios: y mantendrá segura la heredad de la viuda». Respecto a San Pablo, en 1ª Timoteo dice: «Honra á las viudas, que verdaderamente son tales». Sin embargo, Quevedo le atribuye unas palabras diferentes, aclarando que provienen de Isaías; en el capítulo 1 de dicho libro, podemos leer: «socorred al oprimido, haced justicia al huérfano, amparad á la viuda», palabras muy próximas a lo escrito por Quevedo: «Socorred al oprimido, juzgad en su inocencia al huérfano, defended a la viuda».

Justo después, el Desengaño recrimina al joven que haya hecho alarde de su erudición en lugar de mostrarse prudente para ser capaz de descubrir la hipocresía de la viuda y las plañideras. Para reprobar al protagonista por no haber esperado a escuchar lo que él tenía que decir, el Desengaño parafrasea a Job, 4, 12: «¿quién podrá contener las palabras que ahora le vienen á la boca?». 


LA BIBLIA EN EL SUEÑO DE LA MUERTE

Como ya se dijo, este sueño se encuentra alejado del resto en sentido cronológico, aunque está próximo al Sueño del infierno en extensión, a El sueño del Juicio final en la introducción erudita y a El mundo por de dentro en cuanto a la importancia de lo alegórico. Será aquí la Muerte quien acompañe al protagonista, el cual adquiere los rasgos de Quevedo con mayor fidelidad que en los textos precedentes. Llama la atención la presencia de personajes ficticios de origen idiomático como Pero Gruyo o el Rey Perico. Asimismo resulta insólito dentro del conjunto el contenido de reflexión política plasmado en el diálogo del protagonista con el Marqués de Villena. 

Vemos al principio cómo el autor versifica unos pasajes de Job. El primero es Job, 14, 1-2: «El hombre nacido de mujer vive corto tiempo, y está atestado de miserias. Él sale como una flor, y luego es cortado y se marchita; huye y desaparece como sombra, y jamás permanece en un mismo estado»; después versifica sobre Job, 7, 1: «La vida del hombre sobre la tierra es una perpétua guerra; y sus dias son como los de un infeliz jornalero»; por último, se sirve de Job, 3-11: «Perezca, mal haya el dia en que nací, y la noche en que se dijo por mí: Concebido queda un varón (…) ¿Por qué no morí yo en las entrañas de mi madre; ó salido á luz no perecí luego?».

En su crítica a los boticarios, que aparecen pronto en este sueño, Quevedo lleva a cabo otro de sus juegos conceptistas, diciendo que estos, al emplear dos veces el término «ana» (con el que indicaban en las recetas que los ingredientes tuviesen pesos iguales) generan un «Annás para condenar a un justo». Anás era el suegro de Caifás, sumo sacerdote judío, partícipes ambos en la conspiración contra Cristo, como se dice en San Mateo, 26, 3: «se juntaron los príncipes de los sacerdotes, y los magistrados del pueblo, en el palacio del Sumo Pontífice, que se llamaba Caiphás: Y tuvieron consejo para hallar medio como apoderarse con maña de Jesús, y hacerle morir».

Más adelante vemos al narrador observando a los diferentes tipos de muerte que acompañan a la Muerte en su trono. Al describir a la muerte de miedo, explica que esta se halla rodeada de tiranos, por quienes se dijo: «Fugit impius, nemine persequente». Esta sentencia latina remite a Proverbios, 28: «Huye el impío sin que nadie le persiga: mas el justo se mantiene á pié firme como el león, sin asustarse de nada».

Posteriormente el narrador habla con Juan del Encina, quien se queja de que la gente lo relaciones con cualesquiera disparates a causa de que escribió unos poemas así titulados. El poeta alega que por ejemplo no fue él quien dijo «haz bien y no cates a quien» cuando lo que expresan las Escrituras es «si hicieres bien, mira a quién». En concreto, podemos leer en Eclesiástico , 12, 1: «Si quieres hacer algún bien, mira á quién le haces».

Avanzando bastante llegamos al momento en que el protagonista habla con la dueña Quintañona. El narrador explica que, antes de hablar, esta se levantó el «abinitio et ante secula» de la cara. Esta expresión nos remite al Eclesiástico, 24, 14: «Desde el principio ó ab eterno, y antes de los siglos, ya recibí yo el sér, y no dejaré de existir en todos los siglos venideros». Quevedo emplea la frase en relación con la edad de la dueña. 

La última referencia bíblica tendría lugar cuando vemos a doña Fábula quejarse de que su marido, un poeta de comedias, no compusiese un auto protagonizado por Cristo en el que saque el azote y trastorne mesas y tiendas. Esta escena alude al episodio de la expulsión de los mercaderes del tempo, que se narra en San Juan 2, 13-22: «Y encontrando en el templo gentes que vendían bueyes, y ovejas, y palomas, y cambistas sentados en sus mesas; Habiendo formado de cuerdas como un azote, los echó á todos del templo».


CONCLUSIONES

Revisando toda la información expuesta en las páginas precedentes podemos observar que, aunque el papel de la Biblia resulta fundamental en el conjunto de los Sueños, no posee en todos la misma importancia. Así, en Juicio y en Infierno podemos contar en torno a veinte referencias⁴ por texto, mientras que en Alguacil, Mundo y Muerte hallaremos unas diez. Esto nos indica claramente que la Biblia adquiere mayor presencia en aquellas obras en las que el tema de las postrimerías posee un papel más destacado mientras que las Escrituras pierden trascendencia en las obras donde se enfatiza más el componente alegórico. Respecto a Juicio e Infierno, cabe decir que, aunque muestran una presencia escritural parecida en términos absolutos, lo cierto es que Infierno posee una extensión más de dos veces superior a la de Juicio, por lo que este último sería el sueño más denso en referencias bíblicas de todo el conjunto. De un modo similar, aunque Mundo y Muerte tienen una cantidad similar de alusiones escriturales, el segundo es también más de dos veces más extenso que el primero, por lo que sería el sueño menos denso en referencias bíblicas de los cinco, siendo además aquel en el que lo alegórico tiene mayor presencia. 

Hemos visto también que Quevedo emplea la Biblia de diferentes modos en sus Sueños y entre ellos destacan: la alusión implícita a algún pasaje, como cuando dice que escucha una trompeta y los muertos empiezan a resucitar; y la referencia explícita de personajes o entidades (como Herodes o Baal), lugares, tanto reales (Belén) como sobrenaturales (el infierno), sucesos y episodios (el beso de Judas) o, incluso, partes de la Biblia (Testamento Nuevo). En menor medida utiliza la cita literal o casi literal, ya sea en español, como «si hicieres bien, mira a quién», ya sea en latín, como «Fugit impius, nemine persequente».

Podemos observar asimismo que en los sueños más jocosos Quevedo emplea las Escrituras para hacer alarde de su mejor conceptismo mientras que en los más sombríos recurre a ellas sobre todo para sustentar posicionamientos morales o filosóficos. En ese sentido, como es natural, se percibe en Mundo y Muerte una mayor presencia de alusiones provenientes de libros sapienciales como Job o Eclesiástico, mientras que en los primeros destacan los libros del Nuevo Testamento, como los Evangelios, las epístolas de San Pablo o el Apocalipsis, al estar más centrados en la vida de Jesús y en las postrimerías. 

Observando los cinco textos en conjunto, podemos ver que Quevedo recurre, en mayor o menor medida, a Génesis, Éxodo, Levítico, Números, Reyes, Job, Salmos, Proverbios, Isaías, Ezequiel, Joel, San Mateo, San Marcos, San Lucas, San Juan, Hechos de los Apóstoles, Romanos, I Timoteo, I San Pedro y Apocalipsis, lo cual constituye casi un tercio de todos los libros de la Biblia, algo nada desdeñable para una obra no demasiado extensa. Por si esto fuera poco, la cantidad de personajes o seres bíblicos nombrados explícitamente resulta también abrumadora: Abel, Adán, Agar, Anás, Astarot, Baal, Barrabás, Belcebú, Caín, Cristo, Dios, Eva, Faraón, Herodes el grande, Herodes el tetrarca, Isaías, Job, Judas, María Magdalena, Moisés, Moloch, Noé, Ocozías, Pilatos, San Juan Evangelista, San Juan Bautista, San Pablo, San Pedro y Seth. 

En definitiva, considero que a lo largo de estas páginas ha quedado claro que la Biblia constituye un sustrato elemental de los Sueños de Quevedo, tanto cualitativa como cuantitativamente. Teniendo en cuenta todo lo dicho, me parece razonable pensar que cualquier persona que desee adentrarse en esta fascinante y misteriosa obra, no debería dejar de tener a mano en todo momento, no solo una buena edición crítica como la de Arellano, sino también una excelente versión de las Escrituras como la que nos dejó Torres Amat. Solo así seremos capaces de traspasar la superficie del texto y empezar a vislumbrar sus inmensas profundidades.  


NOTAS

  1. Considero conveniente señalar que en amplios pasajes podría hablarse más bien de narración homodiegética, lo cual favorecería la ambigüedad personaje-testigo.
  2. Vásquez Gázquez explica que, aunque existe discrepancia sobre la definición del género de la sátira menipea, para el contexto de nuestro Siglo de Oro puede entenderse como «la realización de la crítica satírica a través de la fantasía», entendida esta en un sentido muy amplio que incluye sueños, fábulas, alegorías, magia o escatología cristiana.
  3. Conservo siempre la ortografía original tal como aparece en la Biblia que he manejado.
  4. Es difícil dar cifras exactas porque una sola referencia podría remitir a numerosos pasajes de la Biblia. Asimismo, como expliqué en la introducción, no me ha sido posible elaborar una relación exhaustiva de alusiones bíblicas por motivo de espacio, pero también por no resultar excesivamente repetitivo pues, por ejemplo, Dios aparece nombrado más de cien veces, Judas casi treinta y Cristo más de veinte.

BIBLIOGRAFÍA 

Alborg, J. L., Historia de la literatura española. Época barroca, Madrid, Gredos, 1970. 

La Sagrada Biblia traducida de la Vulgata Latina al español, Torres Amat, Félix (trad.), Barcelona, Montaner y simón, 1883, versión digitalizada por la Biblioteca Digital de Castilla y León, en línea, https://bibliotecadigital.jcyl.es/i18n/consulta/registro.cmd?id=31707   

Nider, V., «La prosa de Quevedo y la Biblia», en La Biblia en la literatura española. II. Siglo de Oro, dir. G. del Olmo, coord. R. Navarro, Madrid, Trotta, 2008, pp. 233-264.

Nolting-Hauff, I., Visión, sátira y agudeza en los “Sueños” de Quevedo, trad. Pérez de Linares, Madrid, Gredos, 1974.

Quevedo, F. de, Los sueños, ed. Arellano, Madrid, Cátedra, 2020.

Valdés Gázquez, R., «Francisco de Quevedo por las sendas de la sátira menipea», La Perinola, 2016, pp. 221-270, en línea: http://bit.ly/3nyIvGt