9/9/25

Entre el rugido y el silencio: crónica mínima del Barrio del Aeropuerto - Pólvora en salvas XVIII

El Barrio del Aeropuerto es ese recodo pequeño y obstinado de Barajas que vive a la sombra literal y sonora del Adolfo Suárez, pegado a la Alameda de Osuna por un lado y a Rejas por el otro. Creció de forma apresurada en los años cincuenta y sesenta sobre suelos no preparados, con obras de urgencia y defectos que dejaron huella en fachadas, tuberías y calles. 

Aquí los vecinos aprenden pronto a hablar de riadas como quien habla del tiempo: cada verano trae la memoria de garajes anegados, comercios heridos y charcos de agua turbia que tardan en irse. Los descampados plagados de coches y los bloques de viviendas tienen el aire de quien ha sobrevivido a muchas promesas administrativas; aun así, en cada portal, los vecinos se saludan con familiaridad y rebuscan soluciones comunitarias. 

Hace pocos años empezaron obras de rehabilitación en fachadas y ascensores, detalles pequeños que cambian días y rutinas. Proyectos recientes miran al barrio como laboratorio de regeneración urbana sostenible, intentando que el ruido del aeropuerto no sea el único latido que marque la vida de este lugar. Aquí, entre contenedores, parques mal medidos y voces de cafetería, se teje un melancólico costumbrismo que nunca olvida de dónde viene.

11/7/25

Tres relámpagos y un apagón: sobre «Los colores del adiós», de Bernhard Schlink

No acostumbro a leer libros movido por reseñas elogiosas pues, generalmente, no me fio ni un pelo de quienes las firman. Sin embargo, un crítico al que respeto, Alberto Olmos, publicó un artículo sobre Los colores del adiós, del escritor alemán Bernhard Schlink, y me pareció que podría estar hablando del tipo de libro de relatos perfecto para calmar mis apetencias literarias. Así pues, no tardé mucho tiempo en solicitar un ejemplar a través del servicio de préstamo interbibliotecario (para cosas así se pagan con gusto los impuestos) y comenzar a leerlo con notable interés.

Lo que encontré en los tres primeros relatos fue, sencillamente, una revelación. El primero me pareció excelente; el segundo, aún mejor; y el tercero, pese a que Olmos aseguraba no haber podido terminarlo, a mí me pareció casi a la altura de los anteriores. Aquel libro se había convertido en uno de esos hallazgos raros que aparecen de vez en cuando: una obra que no solo lees, sino que te persigue mientras no estás leyendo. Te acompaña en el metro, en el ascensor, mientras mueres de tedio en la oficina. Y uno piensa: ojalá todos los libros fueran así, ojalá este no se acabe nunca.

Por desgracia, a partir del cuarto relato, lo que había sido una experiencia literaria estimulante, casi hipnótica, se convirtió en algo muy distinto: una sucesión de textos mediocres que no me dejaron absolutamente nada. Ni ideas, ni preguntas, ni siquiera una frase rescatable. No me conmovieron, no me hicieron pensar, no me interesaron. Fue como si los hubiera escrito otro autor, uno sin inspiración, sin urgencia, sin necesidad de contar nada.

Y la diferencia no era menor. Los tres primeros cuentos tenían una precisión asombrosa: conflictos morales nítidos, anagnórisis profundas pero naturales, un equilibrio de tono que hacía que cada palabra tuviera su lugar. Ni una coma sobraba. Eran piezas cerradas, limpias, cargadas de resonancia. El resto, sin embargo, parecía el resultado de una estrategia editorial: tres relatos brillantes y seis añadidos de relleno para poder publicar un libro. Porque Schlink es Schlink, y a un autor consagrado se le publica todo. 

De hecho, sospecho que si hubiera empezado el libro por alguno de esos cuentos mediocres, no me habrían indignado tanto. Pero existe el fenómeno del horizonte de expectativas, y los tres primeros relatos colocaron ese horizonte muy, muy alto. El contraste fue brutal. Donde antes había descubrimiento y profundidad, ahora había escenas inverosímiles, descripciones inútiles y momentos que llegaron a provocarme auténtica vergüenza ajena.

En definitiva, la decepción fue tan grande que lo único que puedo deciros es que no perdáis la oportunidad de leer los tres primeros cuentos y que tampoco perdáis ni un segundo en leer los seis siguientes.