23/10/17

Dormir (mi enésima novela inconclusa)

Mis principales ocupaciones son aburrirme, fracasar y pensar en la muerte. A veces busco la complicidad de los amigos o la protección de las drogas, aunque lo cierto es que no hay nada como dormir. Dormir la siesta en el salón mientras mi compañero de piso está en el trabajo. Dormir boca arriba, tapado con una manta áspera y roja que encontré en la basura. Dormir protegiéndome los testículos con las manos porque los gatos vendrán a tumbarse sobre mí. Dormir como forma de soportar la vida, como un ensayo de la muerte, como unas vacaciones breves, solitarias y muy baratas. El día se va escapando lentamente, llenando los rincones de tonalidades mustias. Cada vez que me despierto entra menos luz por la ventana, y vuelvo caer dormido con la facilidad de lo inevitable. Los gatos yacen sobre de mí, en fila, una hilera de adorables cuerpecillos de peluche, y paso de la vigilia a la somnolencia y de allí al sueño sin movimientos oculares rápidos y de allí al sueño de movimientos oculares rápidos e Isabella d'Este acaba de cumplir su condena. Su chofer tetrapléjico va a buscarla a la cárcel del condado, a ese espacio desierto y aséptico que suele haber a la salida de las prisiones, donde corre una ligera brisa caliginosa y el cielo posee el influjo de lo infinito. El chofer llega puntual, y no es negro, como muchos pensarían, sino de un hermosísimo color lavanda floral, y conduce controlando el vehículo con la mente. No es que tenga poderes sobrenaturales, se trata más bien de una serie de implantes electrónicos en la corteza motora sensorial que conectan su cerebro con el sistema operativo del vehículo. Es tecnología pura y dura y es lo que salvará al mundo y lo que pondrá fin al sufrimiento de los animales. La tecnología y el capitalismo llenarán los estantes de las grandes superficies comerciales con hamburguesas producidas a partir de células madre, leche sintética elaborada con levaduras modificadas o alitas de pollo artificial con huesos fabricados en impresoras 3D, y todos esos productos serán más sanos, más baratos, más ecológicos y, sobretodo, más sabrosos que los convencionales. ¿Qué persona con al menos un trozo de corazón latiendo en su pecho será partidaria de que sigan en pie esas gigantescas salas de tortura conocidas con nombres como “granja industrial” o “matadero”? No todo el mundo ha visto el interior de esos lugares, pero, si los vieran, si los vieran, Dios mío, si los vieran creo que muchos tendrían pesadillas durante semanas. Hay gente que ha entrado allí con cámaras de vídeo. Cualquiera puede llegar ahora mismo a su casa y buscar información por Internet. Yo tuve la desgracia de ver un reportaje en el que se mostraba a un cerdito bebé con un tumor cerebral más grande que su propia cabeza. El animalillo agonizaba sobre un suelo de hormigón cubierto de paja y excrementos; el pobre movía frenéticamente las patitas, como intentando escapar de la insoportable realidad que le había tocado vivir. Era muy pequeño, un bebé de pocos días. Tenía ese monstruoso tumor incrustado en el cráneo y nadie iba a acudir en su ayuda. Era como un niño, un chiquillo desfigurado por alguna terrible maldición. La cámara enfocaba sus ojos aterrados y eran los ojos de una criatura casi humana que sufría y sufría y sufría y que nunca recibiría el menor gesto de cariño. La muerte era lo único bueno que la vida le deparaba. La muerte, lo contrario de mantener tu interior estable compensando la variabilidad exterior mediante el intercambio de materia y energía a través de procesos como la termorregulación o el balance entre acidez y alcalinidad, de lo que podemos deducir que la vida consiste en evitar que el ambiente te aniquile. Si dejas de luchar por vivir, mueres. No lo entiendo. ¿Por qué tanta hostilidad? ¿Por qué el exterior quiere destruirnos todo el rato? No sé. No sé muy bien lo que estoy diciendo. La muerte, la muerte, la muerte, es la muerte, la muerte es la muerte, la muerte, la muerte es la muerte. Me tomé una de esas pastillas alargadas. No sé por qué lo hice, no lo recuerdo, en el sueño no quedaba claro. Yo simplemente me tomaba una de esas pastillas y sabía que eran para morir, pero tardaban mucho en hacer efecto y me iba caminando a casa y no me arrepentía pero sentía mucha pena. No pensaba gran cosa, solo que pronto moriría, y solo sentía una profunda tristeza que me invadía hasta el tuétano. Al llegar a casa me sentaba en la cama y suspiraba y me preguntaba qué podía hacer mientras llegaba la muerte y decidía ponerme a escribir y aparecía mi compañero de piso y le explicaba que me había comido una pastilla para suicidarme y que, si no le importaba, iba a morir allí, en mi cuarto, y él decía algo como que, en fin, que era un poco marrón para él porque tendría que llamar a la policía y contestar a muchas preguntas, y yo pensaba que tenía razón, que era bastante desconsiderado por mi parte y que me podía haber ido a morir a la calle pero al final mi compañero lo aceptaba y yo me quedaba allí con mi tristeza y me ponía a escribir en una libreta, escribía con el pulso tembloroso algo como que me marchaba de la vida igual que había venido, solo y triste, y en ese momento empezaba a sentirme raro, notaba algo en el estómago y se me nublaba la vista y me costaba pensar. No sentía dolor, pero por un segundo me arrepentía y de algún modo razonaba que ya no había vuelta atrás, que los principios activos de la pastilla ya habrían dañado mi organismo, habrían pasado del estómago a la sangre y ya estarían por todo mi cuerpo causando desastres irreparables. La muerte venía y se parecía mucho a quedarte dormido y me percataba de ello y me decía que enseguida se acabaría todo, en cuestión de segundos, y la siguiente bocanada de aire ya no entraba bien, y la siguiente peor y entonces despierto, aunque suene a tópico, despierto justo al morir y me siento muy aliviado de no haber muerto realmente y me doy cuenta de que ya es de noche y de que por la ventana se cuela la serena luz anaranjada de las farolas. A ella le gustaba mucho mi salón con esta luz moribunda, se quedaba dormida con la cabeza sobre mi pecho mientras que yo besaba su frente y le acariciaba los hombros. Recuerdo aquellos momentos remotos unos segundos pero tengo tanto sueño que me vuelvo a dormir y le digo a ese amigo desconocido que ya no hago vida de parque, que ya nunca voy a los parques a fumar porrillos y a beber litronas calientes mientras se alargan las sombras y los pájaros van guardando silencio. Aquel otro tipo hace dominadas en una de esas estructuras para críos que hay en los parques y se le cae un paquete de tabaco pero no se da cuenta. Yo lo recojo y lo abro y veo que dentro hay un cigarrillo y un porro de marihuana, ya liado, y la voz de mi conciencia me empuja a levantarme y preguntar si se le ha caído y me da las gracias y yo le digo que no hay nada mejor que un porrito para después de hacer deporte, ¿verdad? Él me mira con semblante circunspecto, guardando silencio durante unos segundos, y me comenta que yo debo de ser una persona muy sabia. Le digo que no, y el cincuenta por ciento de sus moléculas se empiezan a marchar, mientras el resto continua allí, escuchándome. Podría haberse dividido por la mitad, separándose en dos partes, cada una con un ojo, con un testículo, un brazo, una pierna y media polla, o podría ser que sus piernas se hubiesen retirado del tronco y que una de las dos partes se marchase, o bien la de abajo, caminando tranquilamente, o bien la de arriba, arrastrándose con los brazos, que tampoco le iba a costar mucho, porque ya se ha mencionado más arriba que este hombre es del tipo de gente que baja al parque a hacer dominadas y luego se clava un canuto como si tal cosa, pero el modo en que se dividió fue como por una especie de mitosis, aunque con la misma cantidad de materia, sin añadir nada, es decir, creando dos individuos cada uno de ellos con la mitad de masa que el original pero con el mismo volumen, por lo que se veía a dos tipos iguales pero algo translúcidos, no translúcidos como una cortina, sino de otro modo muy difícil de explicar, a lo que le dije a la mitad que se quedó a escucharme que yo solo era un perdedor que no comprende este mundo, que se siente perdido entre la gente y que lo único que quiere es el valor para enfrentarse al destino y escribir otra novela, para lo que está recurriendo al tópico de escribir una novela sobre un tipo que escribe una novela, cuando a la gente no le interesa la vida de los escritores ni sus peripecias para crear una obra que consiga marcar la diferencia, la gente quiere historias desgarradoras que les hagan vomitar el alma y sangrar por los ojos, la gente quiere leer sucesos estremecedores, quiere violencia y sufrimiento y quiere libros que les dejen el corazón despellejado, que les hagan sentir que sus vidas nunca volverán a ser las mismas después de haberlos leído, igual que tu vida no vuelve a ser la misma después de ver El hombre elefante o después de ver ese pequeño documental sobre un señor al que un virus le provocó un daño en el cerebro de tal forma que desde hace treinta años solo tiene siete segundos de memoria, y el medio-tipo del parque me dice que no está demasiado seguro de que lo vaya a conseguir tal y como van las cosas en el mundo y tal y como está el panorama sociocultural pero me comenta que podría incluir en mi novela una historia que leyó en una revista de sucesos en la que el periodista relataba algo que le había contado un tipo que tenía un amigo que había presenciado todo, y que no consigo recordar por más que lo intento.


2 comentarios:

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...