15/8/17

Me da igual, joder, me da igual

Dann supo por primera vez de aquel estudio viendo un documental. Era ese asunto de los dedos. Al parecer, los hombres heterosexuales y las lesbianas suelen tener el índice más corto que el anular, mientras que las mujeres heterosexuales y los gais muestran tenerlos de una longitud parecida. Dann pausó el documental y se miró las manos. Ahí estaban sus dedos índice, ligeramente más largos que los anulares. “La madre que me …” pensó. Se levantó del sofá y fue a la cocina. Abrió una lata de cerveza de medio litro y empezó a beber. Después lio un cigarrillo y se puso a fumar. Fumó y bebió un buen rato. Luego volvió al sofá. 

“Pero si a mí me gustan los coños”, pensó. Y era cierto. Si de algo estaba seguro Dann en esta vida era de que se sentía atraído por las mujeres. Sin embargo… ¿Estaba seguro de que no le atraían los hombres? Lo cierto es que nunca había reflexionado sobre ello.

Cuando era pequeño, le chupó el pene a su primo y su primo se lo chupó a él, pero, ¿acaso no hacía eso todo el mundo? Dann suponía que sí, pero tampoco lo había hablado con nadie. Por otro lado, el chaval que reponía la máquina de refrescos en el trabajo, ese de los ojos color miel… “¡Dios mío, soy bisexual!”, pensó Dann.

¿Cómo afectaría eso a su vida cotidiana? Bien, en el terreno místico, no habría problemas. Dann no creía en ninguno de los cientos de dioses actuales o de la antigüedad, por lo que no debía preocuparse por todo ese rollo del infierno. 

Por otra parte, las posibilidades de tener sexo o conseguir pareja crecían notablemente. Al parecer, entre un tres y un cuatro por ciento de los hombres son homosexuales. ¡Eso incrementaba su target en millones de personas! “Se acabaron las noches solitarias”, pensó mientras abría otra cerveza.

Estaba también el tema de la familia. A su padre no le haría ninguna gracia; a su madre le daría igual; a su hermana empezaría a caerle mejor; a su gato solo le importaría seguir recibiendo sus raciones de salmón noruego descuartizado. 

¿Y en el trabajo? Bueno, las cosas ya no eran como en otros tiempos. Allí estaba su compañera, Gineke, que era lesbiana y que no sufría ningún tipo de discriminación o desprecio. Hablaba con los muchachos sobre resultados deportivos y sobre tías buenas con total naturalidad. Los tiempos cambian, ¿no? En el colegio… bueno, los niños son como psicópatas salvajes, como criaturas infernales entrenadas para provocar sufrimiento y desasosiego. Pero Dann ya era adulto, vivía en el mundo de los adultos y podía tomar decisiones adultas. Podía tomar sus propias decisiones siempre que no dañasen a otros, el tipo de decisiones que le incumben solo a uno mismo. No, no habría problemas en el trabajo.

Dann se sintió calmado y feliz, y también un poco borracho, por lo que decidió abrir otra cerveza y terminar de ponerse a tono. Se sentó en el sofá con una sonrisa y pulsó el play. El científico al que entrevistaban en el documental dijo que había otro estudio que contradecía al primero. Al parecer, las lesbianas sí que mostraban dedos índices más cortos pero, en los hombres homosexuales, no se percibían diferencias significativas con los heterosexuales. Es decir, los gais también tenían dedos índices cortos. El científico comentaba que esta contradicción en los estudios se estaba analizando con mucho interés.

Dann se miró los dedos. Estuvo observándolos un rato. ¿Qué pasaba entonces con sus índices larguiruchos? ¿Eh? ¿En qué quedábamos? ¿Era Dann hetero, homo, bi, a, demi, inter, pan...?

—¡Me da igual, joder, me da igual! —gritó en mitad de la noche—.  ¡Voy a probar con tíos de todas formas! —Y se fue a la cama mientras allá afuera las galaxias continuaban alejándose unas de otras a una velocidad proporcional al cuadrado de la distancia que las separaba.


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