9/2/16

Estos maravillosos años

Cuando eras pequeño pensabas que la vida adulta debía de ser maravillosa. Claro, llevabas poco tiempo por aquí y no tenías ni puta idea de nada. Tus primos y tú os tocabais unos a otros a escondidas sin siquiera sospechar que la sexualidad de tu “yo” futuro sería mucho menos interesante que aquellos “inocentes” desvaríos. En esos años todo resultaba sugerente y misterioso y podías preguntar lo que te diera la gana sin parecer estúpido. Ahora una pregunta a destiempo puede mandar a la mierda tu endeble relación amorosa o llevarte de cabeza a la interminable cola de la oficina de empleo.

Odiabas levantarte cada mañana para ir al colegio y tener que enfrentarte a todo ese ritual sórdido y deprimente: la leche ardiendo te daba ganas de vomitar; las galletas reblandecidas… también; los gritos de tu madre para que te dieras prisa te volvían loco; y mejor no hablemos de las legañas desbordantes en los ojos de tu hermana pequeña. Y lo peor estaba por llegar, claro. Cada día de clase era un completo infierno. Lo único que hacías era preguntarte por qué Naiara te ignoraba de aquel modo. Tampoco te veías tan feo en el espejo. Quizá era aquella ropa absurda que compraban tus padres: ese anorak de un indefinido color azul chillón con peluche en el borde de la capucha o las sudaderas de imitación del mercadillo o tal vez los pantalones vaqueros dos tallas más grandes. Puede que el culpable fuese tu ridículo corte de pelo con la raya a un lado.

Entiendo que todo esto pueda sonar extraño para los críos actuales, que hacen lo que les da la gana y salen a la calle simulando ser estrellas de cine. En tus tiempos las cosas no eran exactamente así. Al menos no lo eran para ti. Tú eras un cagueta. No había una sola gota de valor circulando por tu enclenque cuerpo y una mirada severa de tu padre podía bastar para que se te aflojara el esfínter. Ahora escuchas a la familia que vive bajo tu cochambroso piso de alquiler, oyes sus gritos en medio de la noche, al padre diciendo “Te voy a partir la cara, cabrón” y al niño respondiendo “Atrévete, venga, no hay huevos” y tienes la sensación de haberte cambiado de planeta sin darte cuenta.

Volviendo a Naiara, no sólo te preguntabas por qué pasaba de ti, sino por qué estaba tan enamorada de Miguel Manuel, el psicópata de la clase, un tipo que se dedicaba a reírse de ella y a meterle hormigas en el bocadillo. No comprendías que alguien pudiese tratar mal a tan delicado ser, a aquella criatura a la que tú solamente deseabas mimar hasta el fin de los tiempos. Odiabas a ese chaval por cómo la trataba, pero también por cómo te trataba a ti. Un día podía parecer que erais colegas. Te venía con alguna de sus payasadas, como cuando decía “Eh, tío, la profesora está buenísima, le comería el coño como si fuera un flan” y tú te partías de risa pero al día siguiente era factible que te tirase una silla en la espalda.

¿Recuerdas las primeras pajas? Aquello sí que era la gloria. Intentar compararlo con lo que supone la masturbación hoy en día sería un insulto al buen gusto, a la inteligencia y a la dignidad. Aun así, la masturbación es lo único agradable que te queda en tu maravillosa vida adulta, ¿verdad? Ah, claro, se me olvidaba. También están los relatos de Bukowski o Raymond Carver y la música de Radiohead o Arcade Fire. Además, esa clase de gustos culturales te hacen parecer un tipo interesante y profundo y tarde o temprano alguien tendrá que fijarse en ti por ello, joder, es imposible que sigan pasando años y que nadie se dé cuenta, no te desesperes.

Luego estaba aquella época en la que no eras ni un crío ni un adulto. Quizá fuesen los buenos tiempos, si es que hay que ponerle ese calificativo a algún periodo de tu vida. Al menos podías fumar y sentirte una especie de Dios y comprar vino barato para mezclarlo con refrescos y colocarte muy seriamente. Claro, con esto pasaba un poco como con las pajas, al principio parece demasiado bueno para ser cierto pero después te acostumbras y necesitas algo más y ahí estaban las drogas. Sin embargo, llega un momento en que también cansan y te ves de repente metido de lleno en la edad adulta, aunque básicamente sigues siendo igual de ignorante y desconfiado.

Ahora te encuentras rodeado de responsabilidades y peligros por todas partes. Puedes perderlo todo en un segundo, pero difícilmente vas a lograr alguna mejora sin dejarte la piel y el alma. No. Tú no. Hay gente que sí puede hacerlo, pero tú no formas parte de esa minoría, lo sabes y en el fondo te la pela, porque si algo tiene de bueno la vida adulta es que, con el paso de los años, empiezas a resignarte, a asumir con cierta dignidad que todo es una mierda. Tu pareja te pondrá los cuernos y te dejará por paranoico, se te caerá el pelo, la rutina difuminará tu sonrisa y, en ocasiones, sentirás cierta envidia de los suicidas y los heroinómanos. De vez en cuando recordarás tu infancia y mirarás a ese mocoso a través de las brumas del tiempo mientras le dices: “Es normal que pensases que la vida adulta iba a ser maravillosa. Cualquiera en tu lugar supondría que era imposible que las cosas fuesen a peor. Pobrecito. Pobre crío feo y atontado”.


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