16/4/15

El paso de los años

   Mi abuelo nunca nos contaba historias de sus tiempos. Decía que su vida había sido triste y absurda y que no tenía intención de aguarnos la fiesta. Sin embargo mi abuela sí que nos relataba muchas cosas sobre él. Siendo muy joven solía ir a tirar piedras a los señoritos del pueblo, que tomaban el aperitivo en su club privado. Mi abuelo y sus amigos pasaban muchas penurias y sentían un odio visceral por aquellas personas tan bien vestidas y alimentadas. Después llegó la guerra. «Abuela, ¿a cuánta gente mató el abuelo?» preguntábamos. «Ni él mismo lo sabe. Estaban allí en las trincheras y pegaban tiros con sus fusiles. Bien pudo haber matado a cien como a ninguno». Más tarde acabó preso. En la cárcel aprendió a leer y conoció a Miguel Hernández. Poco antes de que llegase el día de su ejecución, el cura de su pueblo intercedió por él y logró que lo indultasen. «Si no fuese por aquel cura, vosotros nunca habríais nacido» nos decía mi abuela, dejándonos completamente desconcertados. Un tiempo después de dejar atrás la prisión, se instaló en la capital y conoció a mi abuela. Se casaron, abrieron una tiendecita de ultramarinos y tuvieron a mi madre y a mis tías. Allá por noviembre del setenta y cinco, un tipo con bigotillo y gesto compungido apareció en la tele para dar una trascendental noticia. Mi abuelo se levantó, fue a la cocina y descorchó una botella de vino que tenía reservada para la ocasión. Los años pasaron y una triste mañana de julio, un cáncer de estómago terminó con la vida de mi abuela, y mi abuelo se volvió aún más reservado y taciturno, si es que eso era posible. Y así llegamos al momento actual. Una enfermera nos lo trae empujando su silla de ruedas por los pasillos de la residencia. Como siempre, no nos reconoce, pero acepta nuestra compañía. Un rato después empieza a llorar sin motivo. Luego relata incoherencias, nos llama por el nombre de otras personas o se vuelve loco de alegría cuando le damos una onza de chocolate. Entonces poso afectuosamente mi mano sobre su hombro y digo:
   ―Abuelo, gracias. De verdad, gracias por todo. 
   Él me mira afable, me sonríe y dice:
   ―¿Y usted quién es?



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