6/6/13

Que viene el coco

—¡Niño, vete a dormir ya, coño, que al final vendrá el coco! 
  En estos términos solía dirigirse a mí mi pobre abuelita cuando era pequeño. Algo totalmente comprensible, pues yo era un pieza de mucho cuidado. 
   —¡Ja, ja, ja! Yo no tengo miedo a ese coco de mierda— le respondía yo a grito pelado y salía corriendo por los pasillos. 
   En mi mente infantil se dibujaba una playa tropical y sobre la arena se veía un hermoso coco partido por la mitad, con su pulpa blanca brillando al sol y su corteza llena de pelos. “La abuela es tonta” pensaba yo. “¿Qué me va a hacer a mí un coco?”
   Una noche llamaron a mi armario. Con la chulería que me caracterizaba me acerqué y pregunté que quién era. “Soy el coco” dijo una voz. Abrí la puerta y allí estaba ese viejo asqueroso con la cara mugrienta y un saco en una mano. 
   —Buenas noches. Venía a llevarte conmigo. Por favor, entra en el saco, hagámoslo fácil. 
   Mediante una serie de peripecias que ahora no vienen al caso, conseguí salvar mi pellejo. 
  Aquella noche aprendí una lección muy importante. Una lección de gramática. Que existen las palabras homónimas. 


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