20/6/13

No voy a hablarte de eso


Patrick acababa de salir de la ducha cuando sonó su móvil. Se puso una toalla en la cintura y fue a su habitación a atender la llamada. Era Cathy.
―Hola, querido.
―Hola.
―Josh se ha ido con un amigo todo el fin de semana.
―¿A dónde?
―De pesca, al otro lado de las colinas. ¿Quieres venirte a casa?
―Prefiero que vengas tú aquí.
―No va a volver, está a más de cincuenta millas.
―No me gusta ir a tu casa.
―Mira, estoy en el trabajo y salgo en una hora. Voy a tu casa directamente, ¿vale?
―Trae cerveza, por favor.
―Muy bien, nos vemos luego.
Patrick miró el reloj. Eran las ocho y media de la tarde. Afuera los tonos anaranjados del cielo auguraban la pronta llegada de la noche. Se puso un pantalón corto, cogió una lata de cerveza y el paquete de tabaco y salió al porche a sentarse. La temperatura era muy agradable. De lejos llegaba el murmullo de la autopista, el cual, lejos de molestarle, provocaba en Patrick un efecto sedante. Encendió un cigarrillo, tomó un buen trago de cerveza y se recostó plácidamente sobre una tumbona.

Cathy y Josh eran amigos suyos desde los años del instituto. Perdieron el contacto durante mucho tiempo, pero volvieron a encontrarse en una fiesta organizada por un amigo en común. Los tres estuvieron hablando y riendo, contándose sus vidas mientras bebían vino blanco y daban chupadas de MDMA. Hubo un momento de la noche en que Patrick decidió salir a una de las terrazas del apartamento a fumar un cigarrillo y contemplar la ciudad desde aquella altura. A los pocos minutos apareció Cathy. Cruzaron unas palabras pero enseguida empezaron a besarse y a meterse mano. Cathy entró en razón y dijo que debían detenerse, que alguien les podría ver. Con mucho esfuerzo se separaron y recompusieron sus atuendos.
Un par de semanas después quedaron para tomar un café. A Patrick le sorprendió que Cathy le llamase. Pensaba que aquello no iba a trascender más allá de un calentón propiciado por un estado alterado de conciencia. Cathy le dijo que no podía quitarse de la cabeza lo ocurrido. Le contó que amaba a Josh y que quería seguir con él, pero que llevaban ya diez años juntos. Ella necesitaba disfrutar del sexo con otros hombres y entendía que Josh también necesitase acostarse con otras mujeres y que estaba dispuesta a aceptarlo. Patrick le dijo que todo aquello era comprensible.
Un tiempo después Cathy le confesó lo ocurrido a Josh y le dijo que quería abrir la relación, que deseaba acostarse con Patrick, pero que no lo haría sin su consentimiento. Josh se puso hecho una furia y se marchó de casa varios días. Dijo que esperaba no encontrarse a Patrick porque no sabía de lo que sería capaz si le viese.
Finalmente Cathy pidió perdón a Josh y le dijo que se olvidaría del tema de abrir la relación. Eso le dijo, pero en realidad había decidido acostarse con Patrick, al menos una vez.
―No quiero llegar a vieja y pensar que me he perdido más cosas de las que he vivido― le dijo a Patrick unos días más tarde, tras hacer el amor con él por primera vez.
―No tienes por qué justificarte― respondió Patrick después de dar una profunda calada a un cigarrillo.

En el reloj del salón sonaron las diez al tiempo que Cathy aparcaba su coche frente a la casa de Patrick. La mujer anduvo el camino de grava que dividía en dos el jardín y llamó al timbre. Parick sabía que era ella, pero, aun así, echó un ojo por la mirilla y la observo allí, parada frente a la puerta, sonriendo, el pelo recogido en una coleta, un pack de seis latas de cerveza en la mano.
Patrick deseó no abrir. Le apetecía seguir observandola por la mirilla y comprobar qué hacía. Dejar que tocase más veces el timbre, que golpease la puerta, que intentase mirar por las ventanas, que le llamase por teléfono, que gritase su nombre y dijera “¿Estás ahí, querido? ¿Por qué no me abres?” Observar su confusión y su inquietud, hasta que por fin se marchase.
Abrió la puerta y Cathy empezó a besarle, introduciéndole la lengua en la boca con ansia. Le tocó los genitales por encima de los pantalones.
―¿Qué tienes aquí? ―preguntó Cathy mirándole a los ojos y sonriendo maliciosamente.
―Tu cena― respondió Patrick con complicidad.

Después de hacer el amor salieron al porche a beber unas cervezas. Cathy se lió un canuto. Los aspersores habían dejado un agradable olor a hierba mojada.
―Me encanta estar aquí contigo­― dijo Cathy.
―¿Qué tal con Josh?
Cathy borró su sonrisa y miró hacia las casas de enfrente, al otro lado de la carretera.
―Está insoportable―dio una calada y continuó hablando―. Ya han pasado varias semanas, no sé… no sé cuánto tiempo necesita para superar que me diese un par de besos contigo.
―¿Te dice algo de mí?
­­­―Sí.
―¿Qué te dice?
―Déjalo, Patrick, no voy a hablarte de eso.
Patrick apretó los puños y expulsó aire por la nariz.
De repente empezó a sonar el móvil de Cathy. Miró la pantalla: era Josh.
―Tengo que contestarle, si no, se mosquea. Voy dentro.
Patrick no dijo nada, tan solo frunció el ceño, encendió un cigarrillo y abrió otra cerveza. Se sentía mareado y con hambre, pero le daba pereza ir a por comida.
Observó cómo el humo del cigarro se desmenuzaba en el aire fresco de la noche; observó decenas de bichos de diferentes tipos chocando contra la bombilla del techo; observó cómo en casa de los Simmons se apagaban las luces, pero una cortina no dejaba de moverse. Entonces oyó a Cathy gritar.

Cuando entró a la casa, Cathy seguía gritando. Decía “¡Joder! ¡Mierda! ¡La he cagado!” y cosas por el estilo. Patrick la estuvo mirando hasta que se calmó y empezó a explicarse con la voz quebrada y los ojos brillantes.
―Me ha preguntado que dónde estaba. Le he dicho que en casa. Entonces me ha preguntado si no tenía nada que decirle. No sabía de qué coño me hablaba. Entonces ha empezado a llamarme zorra. Se ha puesto hecho un energúmeno. Me ha dicho que me ha dejado toda la casa llena de notitas y flores y no sé qué más.
―No entiendo― dijo Patrick, confuso.
―Joder, yo me he ido temprano a trabajar y él se iba después con su amigo. Ha debido hacer lo de las flores para tener un detalle conmigo, para que las cosas mejoren. Quería darme una sorpresa… ¡Y yo lo he jodido todo, Patrick! ¡Lo he mandado todo a la mierda! Si hubiéramos ido a mi casa, esto no habría pasado.
―¿Qué le has dicho?
―¡Nada! He colgado. No sabía qué decir. Dios mío…
Patrick sintió lástima por ella. Estaba realmente afectada; sollozaba y le temblaban las manos. Pero también se sintió asqueado. “¿Hacia dónde va todo esto?” se preguntó.
―Me tengo que ir, Patrick. ―dijo ella mientras recogía sus cosas.
―Estás muy alterada. ¿Vas a coger así el coche?
―Tengo que irme, me va a llamar otra vez. Quiero estar en mi casa.

Cathy subió al coche, arrancó el motor y salió de allí a bastante velocidad. Patrick observó el vehículo alejarse hasta que lo perdió de vista. Miró hacia la casa de los Simmons y vio que la cortina se movía otra vez. Escupió en la acera y se marchó a su casa. 

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