Por la mañana había ido a trabajar como cada día. Papeleos, presentaciones, cafés... Lo de siempre. Nada interesante que archivar en la memoria. Ya en casa, relajada y feliz, me puse a ver una película muy buena pero muy dura: Érase una vez en América, protagonizada por Robert De Niro, mi actor favorito y mi amor platónico. Era una tarde de miércoles, de cielo encapotado y agenda vacía y nada me gusta más bajo semejantes circunstancias que revivir una de las actuaciones estelares de mi Boby: Taxi Driver, Casino, El cazador, Toro Salvaje... Según me dé veo una u otra, todas ellas por enésima vez.
Al terminar la película (la obra de arte) me limpié las lágrimas, me preparé un sándwich de espárragos con rodajas de tomate, aceite y mostaza y me metí en Internet. Estuve un rato feisbuqueando, mirando vídeos tontos y leyendo algún artículo de divulgación científica. Luego me puse a revisar el correo. Entre todos aquellos mensajes de venta de Viagra y chistes verdes, había uno de mi vieja amiga Anita. No nos veíamos desde hacía más de dos años, desde la boda de Carmen, otra a la que tampoco veo casi nunca. En el email, Anita me contaba que había tenido un bebé hace seis meses y me invitaba a ir a su casa a conocer al niño y a ponernos al día mientras merendábamos algo. Le respondí al instante, diciéndole que me encantaría y pasándole mi número de móvil, pues lo había cambiado recientemente.
Por la noche me llamó. Charlamos durante cinco minutos escasos porque el nene la reclamaba. A penas intercambiamos unas palabras; Me dio su dirección y quedamos en vernos el fin de semana siguiente.
Llegó el sábado y aparecí con puntualidad en la calle de mi querida amiga. Piqué el telefonillo 7º-B del portal 55 y a los pocos segundos un repiqueteo me permitió abrir la puerta. Me dirigí al ascensor y subí hasta la séptima planta. Anita me esperaba, sonriente, bajo el quicio de la puerta de su apartamento. Estaba muy guapa a pesar de las muestras de cansancio de su cara, típicas de las mamás que han parido hace poco. Llevaba su largo pelo negro recogido en una coleta y vestía unos pantalones de chándal y una sudadera holgada. Nos abrazamos con cariño y me invitó a entrar.
Su piso era pequeñito pero encantador, todo decorado con cosas del Ikea. Había una mesita baja para merendar sentadas en el suelo, sobre cojines, al estilo japonés. Anita había preparado café y un bizcocho de chocolate y también había comprado pastas de té. “Luego picamos cositas saladas. Y tengo cervezas. Y vinito” me dijo sonriendo. Yo también sonreí. Me sentí muy contenta de volver a verla. Nos volvimos a abrazar.
Me dijo que el bebé estaba dormido, que en unas horas se despertaría y que entonces iríamos a verle a la habitación. Así que, mientras llegaba el momento de ver al pequeñuelo, estuvimos charlando sobre nuestras vidas: su embarazo, el parto, el papá de frasco, mi trabajo, el mierdas de mi ex y cosas así. Nos reprochamos ser tan tontas y tan dejadas y decidimos que nos veríamos más a menudo, pero esta vez de verdad, no como en ocasiones anteriores. Tras un buen rato de darle al pico y llenarnos la panza de chocolate y café, escuchamos una llantina que venía de la habitación. “Este ya tiene hambre” dijo Anita y fuimos a ver al bebé.
La habitación estaba casi a oscuras, pues a penas entraban unos rayos de luz por los huecos de la persiana. Anita se acercó a la cuna y sacó a su hijo, envuelto en una mantita blanca, meneándole con ternura y diciendo: “Ya, mi niño, ya”. Le pregunté si podía cogerlo, me sonrió y me lo pasó con cuidado.
Me sorprendió lo poco que pesaba, pero esa sorpresa no fue nada comparada con la que me llevé al ver que lo que me había pasado Anita era un muñeco y no un bebé. Entonces me percaté de que había una minicadena funcionando y que de ahí provenían los llantos.
“¿A que es guapo?” me preguntó. Yo me quedé en silencio, en medio de la oscuridad, con aquel muñeco de plástico en los brazos y sin saber qué hacer o qué decir.
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Dioss!!! es la hostia!!! NB
ResponderSuprimirMuchas gracias!! :D
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