14/04/10

Miedo azul brillante


El frío perpetuo que moraba en la cara oscura del planeta Maral era imperceptible para los soldados terrícolas, que estaban muy bien protegidos por sus trajes espaciales de combate. La Compañía Gloria III, al mando del Coronel Rerhad, avanzaba desde posición sur-sureste por una llanura de amoniaco helado hacia el asentamiento de las cosas.

Aquella hermosa ciudad alienígena -un punto clave para el dominio de un planeta tan estratégico como Maral- llevaba sitiada por las cinco Compañías Gloria desde hacía dos meses estándar. La capacidad defensiva de las cosas había ido disminuyendo a un ritmo constante tras cada ataque de los invasores. Después de cientos de bombardeos eléctricos, avanzadillas de androides kamikaces, bombas de presión y ráfagas de ácido compacto, empezó a quedar de manifiesto la inferioridad táctica, estratégica y numérica de los enemigos de la humanidad. Finalmente, los pájaros-espía informaron de actividad militar nula tras los muros de la ciudad y el Coronel Rerhad mandó entrar en acción a la infantería.

Las bajas entre los humanos habían sido mínimas por lo que los ánimos estaban elevados. Lo último que faltaba para tener un merecido descanso era limpiar la ciudad; es decir, entrar en ella y exterminar a todas las cosas que siguieran con vida.

Arsim Esh avanzaba emocionado con sus compañeros. Se movían ágiles en sus trajes espaciales ultraligeros gracias a la gravedad ligeramente inferior de aquel planeta con respecto a la de La Tierra. Iban equipados con desintegradores, pistolas de ácido y otras armas de asalto. Estaban preparados para destruir a toda cosa repugnante que se cruzase en su camino.

Arsim no era más que un crío. En otros tiempos estuvo mal visto enviar críos a la guerra, aunque lo cierto es que siempre se había hecho. En la época de Arsim nadie veía ningún problema moral en esta práctica. Se podía coger a cualquier enclenque adolescente lleno de granos como él y convertirle, en muy pocos años, en una perfecta máquina de exterminar mediante estudio, disciplina y vanguardistas operaciones de cirugía. Así pues, a pesar de contar con quince años recién cumplidos, Arsim aparentaba ser un hombre de treinta, de unos dos metros de alto y con una musculatura tan férrea como el hielo sobre el que corría.

Ninguno de aquellos fieros y jóvenes soldados había visto nunca a una cosa de cerca; solo conocían su aspecto por los documentales que les ponían en la academia. Las cosas procedían de algún planeta situado en el Brazo de Norma, pero su origen exacto era desconocido, pues formaban un vasto imperio de varios miles de planetas. Las personas que habían visto una cosa de cerca aseguraban que no se parecían a nada que pudieran haber imaginado. Eran masas ovaladas de metro y medio de altura, y unos cincuenta centímetros de diámetro en la parte central, y se iban estrechando hacia la “cabeza” y hacia los “pies”. Parecían berenjenas gigantes, pero tenían aspecto de ser líquidos, o al menos pastosos. Su “piel” era de color gris, pero cuando se les había observado con filtros infrarrojos, sus cuerpos aparecían “tatuados” por complejas figuras fractales. Al mirarles con filtros ultravioletas, dejaban ver dibujos de confusas estructuras que parecían estar en tres dimensiones y que se hundían en sus cuerpos viscosos para volver luego a salir a la superficie. Aparte de estos hechos fascinantes, poco más se sabía de las cosas, salvo que eran un peligro nocivo para el pequeño y creciente imperio humano, y que no se escatimarían esfuerzos en exterminarlas.

Las desgastadas murallas y la cúpula semidestruida de la ciudad ya ocupaban gran parte del campo visual de los soldados. Los inmensos edificios se alzaban allí dentro como gigantescas secuoyas metálicas de las que saliesen montañas rusas en todas direcciones. Arsim pensaba sobre si aquellas construcciones serían viviendas, armas, escuelas, lanzaderas o qué. No se sabía si las cosas formaban familias, o si eran una gran colmena, si soñaban, si sentían frío o miedo, si cuidaban a sus hijos o si se los comían. Por ello, tampoco se sabía mucho sobre para qué servían las cosas que las cosas construían. Excepto en el caso de las armas. Sus armas servían para matar seres humanos.

Un enorme robot estaba terminando de hacer un hueco de unos veinte metros de ancho en la muralla con sus potentes puños de diamante fortificado. Por él empezaron a entrar los soldados, cubriéndose unos a otros y avanzando posiciones dentro de la ciudad, sin demora.

No se percibía actividad de ningún tipo. La luz del pequeño sol que llegaba a la ciudad desde la otra cara del planeta a través de satélites artificiales, daba al escenario ruinoso un toque de misterio al teñir el ambiente de tonos rosas y rojos muy suaves.

Todo lo que debían hacer los fieros combatientes estaba ya muy ensayado en interminables horas de entrenamiento en las academias. La compañía se iría dividiendo en patrullas de seis soldados. Cada patrulla se desplazaría a una determinada zona de la ciudad. En función del tamaño de la zona y de la altura de los edificios de la misma, acudirían allí un número proporcional de patrullas, que se irían internando en las construcciones en busca de civiles o de restos de resistencia militar a los que exterminar. Si algo fallaba, el viejo Coronel Rerhad lo solucionaría.

Desde el campamento terrícola situado a diez kilómetros de la ciudad enemiga, el archiconocido militar observaba los movimientos de sus hombres. Gracias a las miles de operaciones nanotecnológicas que habían hecho de su cerebro un potentísimo ordenador, podía visualizar en su mente todo lo referente a la misión: las constantes vitales de cada soldado y su posición en el mapa, lo que había alrededor de ellos (gracias a varias cámaras instaladas en sus cascos), gráficos en tiempo real de los desplazamientos de las tropas... podía saber lo que hacían o no hacían y hasta podía alterar sus estados de ánimo mediante la liberación artificial de sustancias en sus organismos. Se rumoreaba que incluso podía saber lo que pensaban.

El joven Arsim se unió a sus cinco compañeros y se dirigió con otras once patrullas hacia el este de la ciudad. El área que tenían asignada comprendía unos cinco kilómetros cuadrados llenos de carreteras, algo parecido a parques con árboles que se movían por sí mismos y edificios de dos y tres plantas en forma de dodecaedros irregulares. Se intuía que era una zona residencial, algo análogo a un barrio dormitorio, aunque bien podría ser cualquier cosa que pudiese concebir la imaginación (o no).

La patrulla de Arsim se detuvo ante uno de esos edificios, el primero que les correspondía asaltar. Dos soldados se quedaron cubriendo la puerta y los demás entraron. Estaba oscuro, pero veían perfectamente gracias al multivisor. Un soldado se quedó a revisar la planta baja y Arsim subió con los otros dos por una rampa muy empinada. A él le tocaba la primera planta. Uno de los otros inspeccionaría la segunda y el último se quedaría atento por si alguno pedía ayuda.

Arsim se adentró por un pasillo. Inspeccionó la primera habitación que encontró, la cual tenía también forma de dodecaedro irregular. Estaba vacía, salvo por extraños muebles y aparatos que no tenía tiempo de investigar. Siguió por el pasillo y visualizó la segunda habitación. Con un rápido movimiento se situó bajo el umbral de la entrada con su potente desintegrador por delante. Y allí estaban las cosas.
En una de las esquinas del pentágono que hacía de suelo de la habitación, dos montones de materia viscosa se apretujaban contra una pared. Una de las cosas era mucho más grande y de su cuerpo salía una protuberancia con la que parecía intentar proteger a la cosa más pequeña. Ambas brillaban con un tono azulado e intenso, brillante, y Arsim veía en su superficie ondas y remolinos deslizándose frenéticamente en tonos azules más oscuros. Emitían un extraño chillido que el joven soldado oía de forma intermitente, pues su frecuencia variaba entre los 14.000 y los 75.000 hercios.

Arsim no supo cuanto tiempo pasó con el desintegrador apuntando a aquellos dos seres insólitos, observando su extraña presencia y lo que a sus ojos humanos no era más que el desesperado intento de algún aterrorizado tipo de padre de proteger a algún aterrorizado tipo de cría. Entonces una voz le hizo volver a la realidad.

-¡Soldado Esh! ¿Qué coño está haciendo?¡Soldado Esh, le habla el Coronel Rerhad!¡Conteste!

Arsim no contestó. Continuó en silencio, apuntando y observando a las cosas. Una sensación interna de vacío absoluto le mantenía inmóvil.

-¡Por su santísima madre, soldado! ¡Conteste de una puta vez!

Por fin fue capaz de emitir algún sonido.

-Aquí el soldado Esh. A sus órdenes mi coronel.

-¿Qué coño le pasa a usted, chico? ¡Se le ha disparado la pistola de ácido en el cerebro, maldito estúpido!

-No señor.

-Entonces desintegre de una puta vez a esos dos montones de mierda o le meteré en prisión.

-Señor... Son dos seres indefensos. No están armados.

-¿Pero dónde coño se cree usted que está? ¿Cree que una de esas cosas no le mataría si los papeles se invirtieran? ¿Cree que ellos se andan con dilemas morales cuando nos atacan? ¡Dispare ya, maldito hijo de puta!

-Señor, no puedo hacerlo... Podríamos capturarles... Sólo son civiles y, creo que están asustados. Están... indefensos.
El General Rerham rió desde su puesto en el campamento terrestre.

-Maldito imbécil. ¿Quién coño metió a este inútil en el ejército? Escuche, prepárese porque haré que lo juzguen por insubordinación en cuanto llegue a La Tierra, si es que antes no lo mato de una patada en los cojones cuando le vea en persona.

Rerham cortó la comunicación. Accedió al fichero de Arsim y desde allí a sus controles conductuales. Eligió la zona de la corteza frontal inferior del cerebro y activó la liberación de una droga inhibidora del funcionamiento de las neuronas espejo. También hizo que sus niveles de serotonina se redujesen y que sus testículos incrementasen la producción de testosterona. Por otro lado generó la liberación de una considerable cantidad de ácido lisérgico concentrado, que provocaba alucinaciones rápidamente, pero sólo durante unos segundos. Finalmente, pidió una cerveza y continuó controlando simultáneamente al resto de soldados, mientras una sonrisa de satisfacción se perfilaba en su delgado rostro.

Casi al mismo tiempo que Rerham realizaba toda esa serie de drásticas medidas, Arsim empezó a sentirse extraño. Las cosas aterrorizadas que había ante él empezaron a importarle menos que un chicle pegado bajo un asiento. De hecho comenzó a odiarlas. Vio cómo de ambos seres empezaban a surgir bocas babeantes llenas de dientes afilados y sanguinolentos. Cada vez se hacían más grandes y sus cuerpos se llenaban de llagas verdes de las que salían unas horribles arañas que chillaban como cerdos en un matadero. Entonces Arsim apretó el gatillo, su arma se cargó de energía con un bufido y vomitó una tremenda descarga sobre aquellas abominaciones.

Cuando la intensa luz desapareció, Arsim se fijó en que en el lugar donde estaban las cosas sólo había un enorme agujero que permitía ver el exterior del edificio y un par de charcos azules en el suelo que poco a poco iban dejando de brillar. Arsim observó los charcos y fue consciente de que le habían manipulado y de que le habían obligado a hacer algo que no estaba bien. Fue consciente también de que se sentiría mal por ello. Sin embargo, en aquel momento nada le importaba, así que se dio la vuelta y salió en busca de sus compañeros de patrulla, sintiendo un ligero deseo de volver a cruzarse con una cosa.

1 comentarios:

  1. Hola, he visto tu blog en Facebook y he entrado a curiosear. Yo también tengo un blog literario de parecidas pretensiones al tuyo. Me ha gustado este relato, un saludo y ánimo con la página.

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