
Miguel estaba descargando maletas del vuelo de Quito. Faltaban ocho contenedores por descargar. Era un día frío, tanto que a pesar de estar bajo techo, era necesario llevar el abrigo para estar medianamente a gusto.
-Los de Quito son los peores- dijo Miguel a Arturo.
-Y los de Guayaquil.-respondió Arturo.
-Sí, los de Guayaquil también.
Miguel descargó otra maleta y después una enorme con ayuda de Arturo.
-Las llenan de comida. De frutas, de zumos.-dijo Miguel.
-A veces algo revienta y huelen fatal.-dijo Arturo.
-Sí, huelen muy, muy mal. En ocho o diez horas de viaje se pudre la comida.-dijo Miguel.
-Es normal-apuntó Arturo.
-Como allí es más barato aprovechan para traerse kilos y kilos de comida.-dijo Miguel.
-También es normal.-apuntó de nuevo Arturo.
-Cierto.
Terminaron de echar las maletas en la cinta transportadora y se marcharon, pues ya había acabado su jornada laboral. Caminaron juntos hacia la salida del aeropuerto.
-¿Qué tal tu hijo?- preguntó Miguel.
-Bien, pero sigue sin encontrar trabajo.-dijo Arturo.
-Voy a hablar con mi cuñado. Tráeme un currículum.-dijo Miguel.
-Gracias Miguel, te lo traigo mañana.-dijo Arturo.
Miguel se sintió bien. Pensó: “Me gusta ayudar a la gente”.
Miguel esperaba al autobús en Canillejas. En la parada había también una señora mayor con bolsas de la compra, y una muchacha de unos 17 años con una carpeta de una academia. En eso pasó un joven con las manos en los bolsillos de la cazadora y escupió en el suelo, al lado de la parada.
-Qué poca vergüenza- le dijo Miguel a la señora mayor. El joven continuó su camino y Miguel le siguió con la mirada.
-Esta juventud... Les da igual todo.-dijo Miguel.
La señora mayor le miraba sin decir nada.
-Bueno, sin ánimo de ofender muchacha, pero de verdad, que algunos jóvenes me sacan de quicio-le dijo Miguel a la muchacha de la carpeta.
-Tranquilo.-dijo la chica y miró hacia otro lado.
-En fin. Ya viene el autobús.-dijo Miguel.
Dejó pasar a la señora mayor, que rechazó su ofrecimiento de llevarle las bolsas hasta un asiento. También dejó pasar a la muchacha y la miró el culo, aunque no era esa su intención al dejarla pasar, sino simplemente ser amable.
Saludó al conductor, picó su billete y se sentó en un asiento al lado de la ventanilla, en la parte izquierda del autobús. El vehículo se puso en marcha y se incorporó a la Nacional II en dirección a Avenida de América, cogiendo velocidad poco a poco.
Miguel miraba por la ventanilla los coches y los edificios de oficinas. De repente vio una vieja Citroen C15 blanca que le recordó a la que tenía su abuelo en el pueblo. Sonrió. El conductor parecía pintor u obrero, pues llevaba un mono blanco y se podían ver trastos en la parte de atrás de la furgoneta. El hombre sacó un teléfono móvil y comenzó a hablar mientras conducía.
-¡Será hijo de puta!-dijo Miguel.
La señora mayor estaba sentada un poco más adelante, en uno de esos asientos para ancianos, inválidos y embarazas que están al revés con respecto a la dirección del autobús. Le miró con cara inexpresiva. Miguel levantó los hombros e hizo una mueca como diciendo: “Esto es increíble”.
Sacó su móvil y lo puso en modo cámara fotográfica. Entonces apuntó hacia la furgoneta y empezó a sacar fotos de la matrícula y del conductor, que seguía hablando por teléfono y conduciendo con una sola mano.
“Se va a enterar ese cabrón” pensó. Podría mandarle las fotos por e-mail a su primo, que trabajaba de policía municipal en la comisaría de Hortaleza. Es posible que le cayera una buena multa y así la próxima vez se lo pensaría dos veces antes de hablar por teléfono al volante. Pensó que lo haría nada más llegar a casa. O quizás después de comer. Ya vería.
De repente el hombre de la furgoneta miró hacia el autobús y vio a Miguel sacándole fotos. Dijo “¿Pero qué coño haces?” o algo por el estilo, pero Miguel no le oyó por motivos evidentes. Entonces el hombre volvió a mirar al frente y dio un volantazo para no chocar contra un coche que circulaba muy despacio por el carril central. La furgoneta viró a la izquierda y se empotró contra la mediana a 85 kilómetros por hora. Miguel no pudo ver cómo quedó la C15, pues el autobús siguió su camino.
Miró al frente y vio que la señora mayor le observaba con su rostro inexpresivo. Miguel puso el móvil en modo normal y se lo guardó en el bolsillo. La señora mayor le seguía mirando. Miguel se puso a mirar por la ventanilla.


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ResponderSuprimirMe ha gustado mucho el relato. Las conversaciones concisas y con ritmo y un final sin más, como el caer de una pluma, como la vida misma.
ResponderSuprimirUn abrazo,
Romek