11/09/09

La sonrisa más triste del mundo

Sune conduce muy bien. El complejo sistema de imanes mantiene su coche a veinte centímetros por encima de la carretera. El suave movimiento del vehículo me relaja. Es casi como volar. Nos deslizamos a gran velocidad entre las luces de las farolas y los edificios. El viento entra por la ventanilla y revuelve mi pelo. Me recuesto y cierro los ojos. Soy feliz.

La conocí en un bar. Ella me vio bailando con mis amigas. Se acercó, puso su mano en mi cintura desnuda y me dijo al oído que tenía droga. Su aspecto bello y salvaje me impresionó. Llevaba los ojos pintados de un negro intenso, casi brillante. Su ajustada camiseta mostraba el lema “La humanidad está sobrevalorada”. Sentí una fuerte curiosidad, pero también miedo. Yo solo era una niñata de barrio rico, con el pelo liso, los labios pintados de rosa y trescientos billetes en ropa de marca. Me pidió que la acompañase un rato, que lo pasaríamos bien. Se me quedó mirando con su aspecto desaliñado y rudo, pero con una sonrisa tan tierna… me deshice de todo temor y salimos a la calle.

Compró dos latas de cerveza en un puestecito y hablamos un poco sobre nuestras vidas. Me llevó a un callejón cercano y preparó dos rayas de spirit sobre su cartera. Me invitó a probar, y probé. Estuvo bien. Después me besó y me tocó los pechos. Estuvo mucho mejor. Acabamos intimando en la oscuridad del callejón. Aquella noche descubrí que me gustan las drogas y que me gustan las mujeres.

El ordenador del coche emite un pitido y se abre una ventana en el monitor del salpicadero. “Huye”, leo en la pantalla. Sune golpea el volante, lanza una maldición y acelera. No para de decir “mierda, mierda, mierda”. Vemos una patrulla en la esquina. Sune reduce la velocidad, gira a la izquierda y se detiene detrás de un Toyota azul parado en un semáforo.

Mira preocupada por el espejo retrovisor mientras tamborilea con los dedos sobre el volante y dice “Vamos, cabrón, ponte verde”. “¿Qué pasa?” le pregunto. Me toca la mejilla y me mira apretando los labios. “Me voy de la ciudad, mi amor”. Ante mi cara de desconcierto, me explica la situación. Su madre es funcionaria y se entera de cosas. Hace meses le avisó de ciertas medidas que iba a empezar a tomar el gobierno de la ciudad. Los robots habían decidido reducir la población humana y lo iban a hacer quitando gente de en medio.

Le digo que es una paranoica y me mira con tristeza. Va a decir algo pero un balazo atraviesa el cristal trasero y el delantero, pasando entre nuestras cabezas. El ruido me provoca un fuerte dolor de oído. Chillo a pleno pulmón y me escondo bajo el asiento.

Sune da marcha atrás un metro y luego adelanta al Toyota por el carril izquierdo. Oigo más disparos, pero no sé cuantos. Un camión que viene de frente frena para no aplastarnos y Sune logra volver a nuestro carril. Consigo dejar de chillar, pero tiemblo y me lloran los ojos por el miedo. Miro por el cristal trasero y veo por un instante a los policías subiéndose al coche. Sune no para de decir “Hijos de puta” y yo no paro de preguntar qué coño pasa.

Salimos de la avenida girando bruscamente a la derecha. Nuestro coche culea y la aleta trasera izquierda choca con el morro de otro vehículo. La policía está cerca. Oigo las sirenas. Sune mete primera y saca al coche con tanta fuerza que nos elevamos casi un metro para después volver a caer sobre el campo magnético del suelo. Giramos a izquierda y derecha por calles estrechas y oscuras hasta que salimos a una de dos carriles.

El coche de Sune es muy silencioso, pero ahora oigo al motor rugir con violencia. Veo a lo lejos un coche de policía que se dirige de frente hacia nosotras. Sune maldice. Después pone el coche en automático y le ordena: “Gira en la quinta a la derecha. Aceleración continua.”

Los policías siguen acercándose a gran velocidad. Son robots y no les importa que colisionemos. Cada vez vamos más rápido. El coche girará en la quinta calle, pero dudo que lleguemos antes de chocar. Ya hemos pasado las dos primeras.

Grito. El pánico me controla. No quiero morir. No quiero que Sune muera. Le suplico que gire en la tercera, pero ya la hemos pasado. Quizás podríamos girar en la cuarta, pero en la quinta será imposible.

Sune ha cogido una pequeña pistola lanzagranadas, no sé de dónde. Me dijo que ya no llevaba armas. La carga y saca medio cuerpo por la ventanilla. Un par de disparos chocan en la chapa frontal de nuestro coche. No les importa matarnos. Sune apunta, dispara y al instante observo por encima del salpicadero cómo el coche de policía estalla, llenando la calle de fuego en todas direcciones.

Pasamos la cuarta calle. Nos acercamos irremediablemente a la gran bola de fuego. Sune se vuelve a meter dentro y cierra las ventanillas. Se agacha junto a mí y me abraza. No paro de gritar. Nos introducimos en la explosión. Todo sucede muy rápido. Durante un instante entra una abrumadora luminosidad por las ventanillas y creo percibir un incremento de la temperatura. Temo chocar con los restos del coche de policía pero eso no sucede. Quizás el metal ha saltado por los aires o quizás se ha desintegrado. No entiendo de armas. Atravesamos la bola de fuego y el coche gira bruscamente en la quinta calle.

Sune vuelve a coger el volante. Con la mano izquierda conduce. Con la derecha acaricia mi pelo sudado mientras me voy calmando. Continuamos a gran velocidad, creo que en dirección al puerto. “Lo siento cariño” me dice. “Siento haberte asustado”.

Nos callamos durante unos diez minutos mientras el coche devora kilómetros. Llegamos al puerto. Nos detenemos detrás de unos grandes contenedores. Bajamos. La noche en los muelles es deliciosa. Hay silencio y nos llega el olor salado de la brisa. Una luna creciente, casi tan bonita como la sonrisa de Sune, se desparrama sobre las aguas en calma.

Sune pone el coche en automático. Lo programa para que se mueva él solo por la ciudad, de forma aleatoria y a gran velocidad. Espera distraer a la policía, me dice. El vehículo emprende la marcha y desaparece en la distancia.

Vuelvo a preguntarle. Necesito una explicación más comprensible. No he entendido casi nada. Se detiene frente a mí, apenas a diez centímetros. Me besa en la boca acariciándome las mejillas. Después empieza a hablar. Me repite que los robots quieren reducir la población, quitar gente de en medio. Y los primeros iban a ser los delincuentes o las personas con antecedentes. Sune había matado a un hombre, hace muchos años. También había atracado con violencia, había pertenecido a una banda armada, había traficado con drogas... Su madre tuvo acceso a información restringida y vio su nombre en una lista negra. Le dijo que la avisaría en cuento empezase la operación, que estuviese preparada. Me dice que tendría que haberse largado ya, pero que quería aprovechar para estar conmigo.

“Tengo que salir de la ciudad esta noche” me dice y yo no puedo asimilar esas palabras. Algo dentro de mí no me lo permite y me obliga a pensar que estoy viviendo una pesadilla. “¿A donde? ¿Hasta cuando?” pregunto, porque ahora mismo son las dos únicas preguntas que tienen importancia. “No lo sé” recibo por respuesta. Me explica que ha contactado con un grupo rebelde, que tienen un submarino y que van a recoger disidentes a una gruta situada a unos doce kilómetros siguiendo la costa.

Le pido que me deje ir con ella. “No”. Se lo suplico derramando lágrimas, con la voz entrecortada. “No”. La abrazo y me desintegro sobre su camiseta. Me acaricia la espalda con ternura. “Cariño, tu estás limpia. Venir conmigo sería un delito. Suficiente para que te quitasen de en medio. No puedes pedirme que haga algo que te condene” me dice.

La miro a los ojos, rodeados como siempre por maquillaje negro y brillante. “¿Volveremos a vernos?” pregunto. “Eso espero” responde. Y sus ojos sombreados se llenan de lágrimas. Es la primera vez que la veo llorar. “Te quiero” dice. “Te amo” respondo. Y nos besamos. Nos abrazamos. Lloramos desconsoladamente. Se separa de mí. Nos miramos con las manos cogidas. Me suelta una mano. Después la otra. Me sonríe. La sonrisa más triste del mundo.

Y sale corriendo, casi a sprint, en dirección a los acantilados que bordean el mar. Y yo me quedo sola en los muelles. Tan sola, tan triste, tan rota... ¿Qué voy a hacer ahora? ¿Qué puedo hacer si estoy tan sola, bajo la luz de una luna creciente casi tan bonita como la sonrisa de Sune?

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